Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

domingo, 13 de agosto de 2017

Emoción, pensamiento y sentimiento: Alquimia.

Si verdaderamente podemos entender lo que el poder de nuestra creencia de corazón nos dice con respecto al mundo, la vida adquiere un significado completamente diferente. Nos convertimos en arquitectos de la realidad, en lugar de ser víctimas de fuerzas misteriosas que no podemos ver ni comprender. No obstante, para ello, debemos entender no sólo cómo hablan nuestras creencias al universo, sino también cómo podríamos cambiarlas para revisar esa conversación. Cuando lo logramos, verdaderamente estamos programando el universo. Y todo ello comienza con la compresión de las tres experiencias separadas, aunque relacionadas, que conocemos como pensamiento, sentimiento y emoción. Esta ilustración muestra los siete centros de energía que forman el sistema de chakras, que van verticalmente desde la corona hasta el perineo del cuerpo humano. Este dibujo procede de un antiguo manuscrito sánscrito. El diagrama de la figura procede de un antiguo texto místico escrito en sánscrito. Ilustra cómo podemos usar el pensamiento y la emoción para crear los sentimientos y creencias del corazón. La clave de este dibujo es la ubicación de los centros de energía del cuerpo, conocidos como chakras (un término sánscrito que significa “ruedas girantes de energía”). En el sistema sánscrito, se establece una distinción entre los tres primeros chakras, situados desde lo alto de la cabeza hacia abajo, y los tres emplazados desde la base de la columna hacia arriba. El papel que desempeñan estos grupos de chakras en la creación de nuestras creencias es la clave para poder asumir la responsabilidad de nuestras vidas. Cuando entendemos la relación entre nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, también reconocemos que nuestras creencias tienen el poder de afectar al mundo. A nivel físico cada centro de energía está vinculado con la glándula de secreción interna del sistema endocrino, pero a nivel energético los chakras tienen otro papel en nuestra vida. En las secciones siguientes definiré emoción, pensamiento y sentimiento separadamente, y después ilustraré como se unen para generar las experiencias internas en nuestra realidad. DEFINICIÓN DE EMOCIÓN Los tres chakras inferiores (creatividad) suelen estar asociados comúnmente con nuestra experiencia de la emoción. Si pensamos en estos centros como pura energía, representan las dos únicas emociones básicas que podemos tener en la vida: amor y lo que consideremos su opuesto. Por extraño que esto pueda parecernos de entrada, como veremos más adelante, esta definición nos indica que la alegría, el odio y la paz, que podríamos haber considerado emociones en el pasado, de hecho son los generados por su uso. Todos hemos tenido experiencias de amor en nuestras vidas. Y como todos somos únicos, estas experiencias también lo han sido. De modo que cuando hablamos del opuesto del amor, puede significar distintas cosas para distintas personas. Para algunos, el opuesto al amor es el miedo; para otros, puede ser odio. Independientemente de cómo le llamemos, cuando llegamos a la esencia desnuda de las enseñanzas más profundas, el amor y su opuesto en realidad sólo son dos aspectos de la misma cosa, dos polaridades de la misma fuerza: emoción. La emoción es la fuente de energía que nos impulsa hacia delante en la vida. El amor o el miedo es la fuerza impulsora que nos impele a través de los muros de resistencia y nos catapulta más allá de las barreras que nos separan de nuestros objetivos, sueños y deseos. Tal como tenemos que poner riendas a la fuerza de n motor para que nos sea útil, debemos enfocar y canalizar el poder de la emoción para que sea productivo en nuestras vidas. Cuando no tenemos una dirección clara, nuestras emociones son dispersas y caóticas. Todos hemos conocido el drama y el caos que a menudo acompaña a las personas que tratan con la vida exclusivamente sobre esta base. Si bien estas dos emociones son una fuente de poder en nuestra vida, está claro que a veces pueden ser una bendición o una maldición. Nuestras emociones pueden servirnos o destruirnos. La experiencia que tengamos vendrá determinada por nuestra capacidad de ponerles riendas y de darles dirección. Y ahí entra el poder del pensamiento. DEFINICIÓN DE PENSAMIENTO Los pensamientos están asociados con los centros de energía superiores de nuestro cuerpo, los chakras relacionados con la lógica y la comunicación. Mientras que podemos considerar que la emoción es una fuente de fuerza, los pensamientos son el sistema que dirige la fuerza, que la enfocan de maneras precisas. De modo que si bien nuestros pensamientos son importantes, no tienen mucho poder por sí mismos. En términos de ingeniería, podríamos considerarlos la energía escalar (una fuerza potencial) que rodea una posible situación, más que la energía vectorial (una fuerza real) que está ocurriendo en nuestras vidas. Este proceso de amortiguación da seguridad e impide que todos los pensamientos que pasan por nuestra mente se manifiesten en la realidad. Como sugiere la estadística siguiente, eso es muy bueno. Hace algunos años, la National Sciencie Foundatión informó que la persona media tiene unos mil pensamientos por hora. Dependiendo de si somos considerados “pensadores profundos” o no, podemos tener de doce mil a quince mil pensamientos al día. Por curiosidad, a veces pido a mis amigos y compañeros de trabajo que compartan lo que están pensando. Cuando lo hago, descubro rápidamente que muchas veces piensan cosas que prefieren no compartir. Por suerte para nosotros, la mayoría de nuestros pensamientos pasajeros son sólo eso: breves vislumbres de lo que puede ser, de lo que podrá ser o de lo que ha sido. DEFINICIÓN DE SENTIMIENTO Un pensamiento sin emoción que lo alimente es sólo un pensamiento, no es bueno ni malo, correcto ni equivocado. Por sí mismo tiene poco efecto sobre las cosas, e implica imaginar una posibilidad que está en la mente: la semilla de lo que podría ser, suspendida en el tiempo, inocua y relativamente inoperante. Llamamos deseo al pensamiento que carece del combustible emocional para plasmarlo. Aunque pueden tener buena intención, nuestros deseos probablemente apenas tendrán efecto sobre nuestros cuerpos o sobre el mundo hasta que los despertemos. Como ilustra la figura, cuando unimos los pensamientos de nuestra mente con el poder de las emociones que emanan de los centros de energía inferiores, creamos sentimientos. Así, un sentimiento es la unión de lo que pensamos con el combustible de nuestro amor o de nuestro odio por ese pensamiento. Ahora ya tenemos una definición de los sentimientos y un modo de diferenciarlos de las emociones. Cuando unimos los pensamientos con nuestra emoción de amor o de miedo con respecto a ellos, creamos sentimientos se definen como “la unión de pensamiento y emoción”. Son la base de nuestras creencias y se forman en nuestro corazón. Si bien sólo hay dos emociones básicas- amor y miedo-, podemos experimentar un número infinito de sentimientos. Algunos ejemplos son ira, compasión, furia, celos, gratitud, escepticismo y paz, por nombrar sólo unos pocos. En términos de ingeniería, los sentimientos son la energía vectorial. En otras palabras, ellos son los que realmente nos mueven a actuar y consiguen que se hagan las cosas. Nuestros sentimientos pueden cambiar el mundo. Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias. Isis sin velo No califiques de locura aquello de que has probado no saber nada. TERTULIANO – Apología Esto no es cosa de hoy ni de ayer, sino de todo tiempo. Y nadie nos ha dicho todavía de dónde ni cómo viene. SÓFOCLES La creencia en lo sobrenatural se ha manifestado espontáneamente desde un principio en todos los pueblos de la raza humana. La incredulidad en lo sobrenatural conduce al materialismo, el materialismo a la sensualidad y la sensualidad a las catástrofes sociales entre cuyas convulsiones aprende el hombre otra vez a creer y orar. GUIZOT Si alguien no cree en estas cosas, guarde para sí su opinión y no contradiga a quienes por ellas se ve inclinado a la práctica de la virtud. JOSEFO. De los pitagóricos y platónicos conceptos de la materia y de la fuerza, vayamos ahora a la cabalística teoría sobre el origen del hombre y comparémosla con la de la selección natural expuesta por Darwin y Wallace, pues tal vez hallemos tantas razones para atribuir a los antiguos la originalidad en este punto como en los que hasta aquí hemos considerado. A nuestro entender, la teoría de la evolución cíclica deriva su más valiosa prueba del cotejo entre las enseñanzas antiguas y las de los padres de la Iglesia respecto a la figura de la tierra y al movimiento del sistema planetario. Aun cuando no cupiera esperar otra prueba, la ignorancia de Agustín y Lactancio en estas materias, que extravió a la cristiandad hasta la época de Galileo, bastaría para evidenciar los eclipses que de tiempo en tiempo sufren los conocimientos humanos. Algunos filósofos antiguos dicen que las “vestiduras de piel” que, según el Génesis, proporcionó Dios a Adán y Eva, significan los cuerpos carnales de que en la sucesión de los ciclos se vieron revestidos los progenitores de la raza humana. Sostenían dichos filósofos que la forma física, de semejanza divina al principio, se fue densificando gradualmente hasta que descendiendo al punto ínfimo del que pudiéramos llamar postrer ciclo espiritual, entró la humanidad en el arco ascendente del primer ciclo terreno. De entonces arranca una no interrumpida serie de ciclos (yugas) cuyo exacto número de años se mantuvo secreto en los santuarios sin revelarlo más que a los iniciados. En cada ciclo, edad o yuga, el género humano alcanza la mayor perfección posible en aquel ciclo; pero después decae antes de entrar en el nuevo ciclo con todos los residuos de su precedente civilización social y mental. Así se suceden los ciclos en transiciones imperceptibles que llevan al pináculo el poderío de los imperios, para de allí decaer hasta extinguirse. En el límite del arco inferior de cada ciclo, la humanidad queda sumida de nuevo en la barbarie. Desde los tiempos primitivos hasta nuestros días, cuenta la historia el poderío y decadencia de las naciones que ascendieron a la cumbre para hundirse en el llano. Draper observa que no cabe incluir en cada ciclo a toda la especie humana, sino que, por el contrario, mientras la humanidad decae en algunos países, progresa y asciende en otros. Esta teoría de la evolución cíclica es muy semejante a la ley reguladora del movimiento de los astros, que además de girar sobre su eje voltean en diversidad de sistemas alrededor de sus respectivos soles. Vida y muerte, luz y tinieblas, día y noche se suceden alternativamente en el planeta mientras gira sobre su eje y recorre el círculo zodiacal, el menor de los ciclos máximos. Recordemos el axioma hermético: “Como es arriba así es abajo; así en la tierra como en el cielo”. (Dícese que Orfeo asignaba 120.000 años de duración al ciclo máximo, y Casandro 136.000 – Véase Censorino: De Natal Die. Fragmentos cronológicos y astronómicos.) Con profunda lógica arguye Wallace diciendo que el hombre ha progresado mucho más en organización mental que en física, y opina que el hombre difiere de los animales en su fácil adaptación a los medios circundantes sin notables alteraciones en su forma y estructura corporal. Advierte Wallace que la variedad de climas está en correspondencia con la variedad de trajes, moradas, armas, aperos y utensilios. Según el clima, puede el cuerpo humano estar más erguido y menos cubierto de pelos con diversa proporcionalidad de miembros y pigmentación de la piel. “El cráneo y el rostro están íntimamente relacionados con el cerebro, que cambia al par de la evolución mental, puesto que es el medio de expresión de los más refinados impulsos de la naturaleza humana”. Continúa diciendo Wallace que “cuando el hombre tenía apariencia de tal, sin que apenas participara de la naturaleza humana, no poseía el don de la palabra ni sentimientos de moralidad y simpatía ni tampoco el cerebro tan maravillosamente dispuesto para órgano de la mente, que aun en los más atrasados individuos, le da innegable superioridad sobre los brutos”. El hombre debió de constituir en otro tiempo una raza homogénea (sigue diciendo Wallace). y poco a poco ha casi desaparecido el pelo que cubría su cuerpo… “La anchura del rostro y el enorme desarrollo de la rama ascendente del maxilar inferior denotan en el hombre de las cavernas de Les Eyzies poderosa musculatura y costumbres brutalmente salvajes”. Acepten o no los científicos que la teoría hermética de la evolución atribuye al hombre origen espiritual, ellos mismos nos enseñan cómo ha ido progresando la raza desde el más bajo punto a que alcanza la observación antropológica, hasta su actual estado evolutivo. Y si por todas partes se descubren analogías en la naturaleza, ¿será improcedente afirmar que a la misma ley de evolución obedecen los pobladores del universo invisible? Si en nuestro minúsculo e insignificante planeta la evolución derivó del mono el tipo humano dotado de intuición y raciocinio, ¿cómo es posible que en las regiones sin fin del espacio moren tan sólo las angélicas formas desencarnadas? ¿Por qué no señalar sitio en estas regiones a las formas astrales del simiesco hombre, primitivo y de cuantas generaciones le han sucedido hasta nuestros días? Claro está que la forma astral de los hombres primievales sería tan grosera e imperfecta como la física. Los científicos modernos no se toman el trabajo de computar la duración del “ciclo máximo”; pero los herméticos sostenían que por virtud de la ley cíclica, el género humano ha de ascender al mismo nivel del punto en que al descender tomara “vestiduras de piel”, es decir, que con arreglo a la ley de evolución, el hombre ha de espiritualizar su cuerpo físico. No cabe impugnar tan lógica deducción, a menos que Darwin y Huxley demuestren que el astral Homo sapiens ha llegado al pináculo de su perfección física, intelectual y moral. Dice Wallace a propósito de la selección natural: “Las razas superiores en inteligencia y moralidad han de prevalecer inevitablemente contra las razas inferiores y degeneradas, al paso que por la influencia de la selección en la mentalidad, evolucionarán las facultades psíquicas de modo que se adapten con mayor justeza a las condiciones del medio ambiente y a las exigencias del estado social. Aunque la forma externa tal vez no altere sus contornos, ganará, sin embargo, en nobleza y hermosura, por la incesante vigorización de las facultades mentales y el refinamiento de las emociones, hasta que todos los hombres formen una sola y homogénea raza, de cuyos individuos ninguno sea inferior a los más elevados tipos de la actual humanidad”. En este pasaje del eminente antropólogo, se advierte por una parte sobriedad en el método científico y por otra circunspección en las hipótesis, de suerte que sus opiniones no chocan en manera alguna con las enseñanzas cabalísticas. Más allá del punto donde se detiene Wallace, veremos que la siempre progresiva naturaleza, obediente a la ley de adaptación, nos promete, o mejor dicho, nos asegura en el porvenir una raza semejante a la vrilya, descrita por Bulwer–Lytton como reproducción atávica de los “Hijos de Dios”. Conviene advertir que la teoría de los cielos, simbolizada por los hierofantes egipcios en el “círculo de necesidad”, explica al propio tiempo la alegoría de la “caída del hombre”. Según la descripción que de las pirámides de Egipto dan los autores arábigos, cada una de las siete cámaras de estos monumentos llevaba el nombre de un planeta. Su peculiar arquitectura denota ya de por sí la metafísica alteza del pensamiento de los constructores. La cúspide, perdida en el claro azul del cielo faraónico, simboliza el punto primordial, perdido en el universo invisible, de donde surgieron los espirituales tipos de la primera raza humana. En cuanto la momia quedaba embalsamada, perdía, por decirlo así, su individualidad física y simbolizaba la raza humana. Ponían los egipcios la momia en la actitud más favorable a la salida del “alma”, que estaba obligada a pasar por las siete cámaras planetarias antes de recobrar su libertad por la simbólica cúspide. Las cámaras simbolizaban a un tiempo las siete esferas y los siete superiores tipos físico–espirituales de la humanidad futura. De tres en tres mil años, el alma, símbolo de la raza, había de regresar al punto de partida para de allí emprender nueva peregrinación hacia un mayor perfeccionamiento físico y espiritual. Verdaderamente es preciso ahondar en la abstrusa metafísica de los místicos orientales para percatarnos de la multiplicidad de temas que a un tiempo abarcaba su majestuosa mente. (Indudablemente son las Pirámides el más grandioso símbolo cósmico nacido del genio humano.) No satisfecho el Adán edénico de las condiciones en que le puso el Demiurgos intentó orgullosamente ser creador. Este segundo Adán, salido de manos del andrógino Kadmon, es también andrógino, pues según las antiquísimas enseñanzas encubiertas alegóricamente por Platón los arquetipos de las razas humanas estaban contenidos en el árbol microcósmico que creció y se desarrolló dentro y debajo del gran árbol mundanal o macrocósmico. Por diversos e innumerables que sean los rayos del sol espiritual, todos emanan de la unidad divina en cuya lumínica fuente tuvieron su origen las formas orgánicas e inorgánicas y también la forma humana. Aun cuando repudiáramos la primitiva androginidad del hombre en lo concerniente a su evolución física, no cambiaría el sentido espiritual de la alegoría. Mientras el Adán edénico, el primer dios–hombre, encarnación de los elementos masculino y femenino, se mantuvo en estado de inocencia sin idea del bien y del mal, no sintió apetencia de “mujer” porque ella estaba en él y él en ella. Adán asume la distinción masculina separada de la femenina cuando la maligna serpiente mostró el fruto del árbol mundanal o árbol de la ciencia. En aquel punto cesa la integración andrógina y el hombre y la mujer se diferencian en dos distintas entidades con ruptura del enlace entre el espíritu puro y la materia pura. (Fíjese el lector en que el Génesis no le da a Eva el nombre de mujer hasta después de la caída. En estado de inocencia la llama varona y no hembra, como dando a entender con ello la naturaleza andrógina del mito edénico. – N. del T.) Desde entonces dejó el hombre de crear espiritualmente por el poder de su voluntad, limitado en adelante al orden físico hasta reconquistar el reino espiritual tras larga prisión en la cárcel de carne. Tal es el significado del Gogard, el helénico árbol de la vida, el sagrado roble en cuyas frondosas ramas anida una serpiente que no es posible expulsar de allí. Esta serpiente mundana repta fuera del iIus primordial y a cada evolución acrecienta su corpulencia, fuerza y poderío. El primer Adán o Adán Kadmon, el Logos de los místicos judaicos, equivale tanto al Prometeo helénico que intentó igualarse con la sabiduría divina como al Pimander (Poder de la MENTE divina en su aspecto superior, pues los egipcios no hipostatizaron este símbolo como lo estuvieron los otros dos) hermético. Los tres crearon hombres, pero fracasaron en su obra (Esto explica por qué Jehová se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis, VI, 6 y 7)). Prometeo quiere dotar al hombre de espíritu inmortal trino y uno, para que sin perder la individualidad pueda recobrar su primitivo estado espiritual; pero fracasa en su intento de robar el fuego del cielo y en castigo se ve encadenado a la roca Kazbeck. Los griegos antiguos simbolizaban el Logos indistintamente en Prometeo y Heracles. El Código de los Nazarenos dice que Bahak–Zivo desertó del cielo de su padre confesando que aunque progenitor de genios no se ve capaz de plasmar criaturas porque no conoce el orco ni tampoco el “fuego consumidor que no está en la luz”. Entonces Fetahil, una de las potestades, se posa en el “barro”( Símbolo de la materia) y se maravilla de que así haya cambiado el fuego viviente. Las mitologías antiguas representan castigados severamente por su osadía a los Logos que intentaron dotar al hombre de espíritu inmortal. Los Padres de la Iglesia que, como Orígenes y Clemente de Alejandría, fueron filósofos paganos antes de convertirse al cristianismo, no pudieron por menos de reconocer en los antiguos mitos el fundamento de sus nuevas doctrinas con arreglo a las cuales, el Verbo o Logos se había encarnado para señalar al género humano la senda de la inmortalidad y, deseoso de infundir en el mundo la vida eterna por medio del paráclito fuego, sufrió castigo de muerte como sus predecesores. Los teólogos cristianos esquivan la dificultad dimanante de estas analogías y cohonestan la semejanza de las figuras diciendo que la misericordia divina concedió aun a los mismos paganos el don de profetizar el drama del Calvario. Pero los filósofos redarguyen con inflexible lógica que los Padres de la Iglesia se aprovecharon de ya forjadas alegorías, para revestir de ellas sus nuevas doctrinas, de modo que las multitudes vulgares las hallaran semejantes, por lo menos en apariencia, a las paganas. Los mitos de la caída del hombre y del fuego de Prometeo se refieren también a la rebelión del orgulloso Lucifer precipitado en el insondable oreo. En la religión induista, Mahâsura (el Lucifer indo), envidioso de la refulgente luz del Creador, se sublevó contra Brahmâ al frente de una cohorte de ángeles rebeldes. Pero así como en la mitología griega acude el fiel titán Hércules en defensa de Júpiter y le mantiene en el trono celeste, así en la mitología induista vence Siva (la tercera persona de la Trimurti) a los rebeldes, y de la mansión celestial los precipita en el Honderah o abismo de eternas tinieblas, donde arrepentidos por fin de su culpa se les abre el camino de perfección. En la fábula griega, el dios solar Hércules desciende al Hades y acaba con los sufrimientos de las almas, como también en el credo cristiano desciende Cristo a los infiernos para librar a las almas que esperaban el advenimiento. Los cabalistas, por su parte, explican más científicamente esta alegoría. El segundo Adán (Símbolo de la primera raza humana equivalente a los “dioses” de Platón y a los “EIohim” de la Biblia) no era de naturaleza trina, es decir, no estaba formado de cuerpo, alma y espíritu, sino que tan sólo tenía cuerpo astral sublimado y espíritu infundido en él por el Padre. El espíritu pugnaba por librarse de aquella sutil pero aprisionante envoltura, y los esfuerzos que en este sentido hicieron los “hijos de Dios” trazaron el bosquejo de la futura ley cíclica. Según Platón la fábula refiere que “el Creador no quiso que el hombre fuera semejante a los elohim encargados de plasmar las formas de los animales inferiores”; y así, cuando los hombres de la primera raza llegaron al punto culminante del primer ciclo perdieron el equilibrio, y la densificación de su envoltura astral les hizo descender por el arco opuesto. El Código de los Nazarenos da esta misma versión cabalística de los “Hijos de Dios” o “Hijos de la Luz” Bahak–Zivo, “padre de los genios”, recibe el encargo de “formar criaturas”; pero como nada sabe del orco”, fracasa en su empeño y solicita la ayuda de Fetahil, espíritu más puro, que todavía fue menos afortunado en la tarea emprendida. Entonces aparece en la escena de la creación el anima mundi y al ver que por culpa de Fetahil había menguado dañosamente el esplendor (la luz), despertó a Karabtanos que estaba frenético y no tenía sentido ni juicio, y le dijo: “Levántate y mira cómo el esplendor (luz) del nuevo hombre (Fetahil) ha fracasado en la formación de hombres. El esplendor ha menguado. Levántate y ven con tu madre para rebasar los límites que te rodean en mayor amplitud que el mundo entero”. Unida la frenética y ciega materia con el alma astral (no el soplo divino) nacieron “siete figuras” y al verlas Fetahil extendió la mano hacia el abismo de materia y dijo: “Exista la tierra como existió la mansión de las fuerzas”. Y sumergiendo la mano en el caos lo condensa y crea la tierra. Relata después el Código como Bahak–Zivo quedó separado del alma astral y los ángeles malos de los buenos. Entonces, el gran Mano, que mora con el gran Ferho, llama a Kebar–Zivo y compadecido de los insensatos genios rebelados por su desmesurada ambición, le dice: “¡Señor de los genios!: mira lo que hacen los ángeles rebeldes y lo que están maquinando. Dicen ellos: “Evoquemos el mundo y pongamos en existencia las fuerzas. Los genios son príncipes, hijos de la luz; pero tú eres el Mensajero de Vida”. (Según los nazarenos, es Fetahil el creador, el rey de la luz; pero en este pasaje es el infortunado Prometeo que, por desconocer el nombre secreto, fracasó en su empeño de arrebatar el fuego del cielo para infundir en el hombre el espíritu divino. El Mano de los nazarenos se parece sorprendentemente al Maná indo u hombre celeste del Rig Veda.) Para frustrar la influencia de la progenie del alma astral o siete principios malignos, el potente señor de la Luz (Kebar–Zivo) engendra otras siete figuras (Las virtudes capitales) que resplandecen “desde lo alto” en su propia luz y forma y así se restablece el equilibrio entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas. Pero estas criaturas carecían del puro y divino soplo (El “fuego viviente” de los cabalistas) y estaban formadas tan sólo de materia y luz astral La luz astral o anima mundi es dual y bisexual. El elemento masculino es espiritual y divino, Sabiduria; pero el elemento femenino (espíritu astral de los nazarenos) está contaminado de la materia que desde luego lo malea. Este elemento femenino del anima mundi constituye la forma astral o periespíritu del hombre y de toda criatura viviente, aunque en los animales está embrionario el elemento masculino o espíritu inmortal que al cabo de innumerables etapas ha de constituir el tercer principio de la naturaleza trina. La teoría de esta evolución se resume en el cabalístico aforismo que dice: “la piedra se convierte en planta, la planta en bestia, la bestia en hombre, el hombre en ángel y el ángel en dios”. Eleazar. – Comentarios sobre el Idra Suta). Tales fueron los animales precursores del hombre sobre la tierra. Los espíritus (hijos de la Luz) que se mantuvieron fieles al gran Ferho (causa primera) constituyen la jerarquía celestial de los Adonim y las legiones de hombres espirituales que no encarnaron jamás. Los espíritus rebeldes y sus secuaces, con los descendientes de las siete “necias” figuras engendradas por Karabtanos en su unión con el espíritu astral, constituyeron andando el tiempo los “hombres terrenos” después de pasar por todas las creaciones de cada elemento. De este punto de la evolución arranca la teoría de Darwin que demuestra cómo las formas superiores proceden de las inferiores. Sin embargo, la antropología no se atreve a seguir el metafísico vuelo de la cábala más allá de nuestro planeta, y muy dudoso es que los antropólogos tengan el valor de buscar en los viejos manuscritos cabalísticos el eslabón perdido. Puesto en movimiento el primer ciclo, su rotación descendente trajo a nuestro planeta de barro una porción infinitesimal de las criaturas vivientes. Llegada al punto inferior del arco cíclico, es decir, al punto inmediatamente precedente a la vida en la tierra, la chispa divina, suspensa todavía en el Adán, pugna por separarse del alma astral porque “el hombre iba cayendo poco a poco en la generación” y la vestidura de carne se densificaba paralelamente a la actividad. Ahora se nos ofrece al estudio un sod (significa misterio religioso que, según Cicerón, formaba parte de los del monte Ida cuyos sacerdotes se llamaban sodales. – Freund: Diccionario latino, cita de Dunlap) que el rabino Simeón comunicó a muy pocos iniciados, pues sólo se revelaba de siete en siete años en los misterios de Samotracia y sus recuerdos están espontáneamente impresos en las hojas del misterioso Kunbum, el árbol sagrado de la comunidad de lamas adeptos. En el mar sin orillas del espacio refulge el invisible y céntrico sol espiritual cuyo cuerpo es el universo en que infunde su alma y su espíritu. Todas las cosas están formadas según este ideal arquetipo. El cuerpo, alma y espíritu del invisible sol manifestado en el universo son las tres emanaciones, las tres vidas, los tres grados del Pleroma agnóstico, los tres rostros cabalísticos. El Anciano de los Días, el Santo de las edades, el supremo En Soph “tiene forma y después no tiene forma”. Así dice el Zohar (Libro del Esplendor): “El Invisible tomó forma al poner el universo en existencia”. El alma del Invisible es la primera luz, el infinito y eterno soplo que mueve el universo e infunde la vida inteligente en toda la creación. La segunda luz condensa la materia cometaria en formas que pueblan el círculo cósmico, ordena los innumerables mundos que flotan en el espacio etéreo en todas las formas e infunde vida no inteligente. La tercera luz produce el universo físico y según se aleja de la divina luz céntrica va palideciendo su brillo hasta convertirse en tinieblas y mal, es decir, en materia densa, a que los herméticos llamaron “purgaciones groseras del fuego celeste”. Al ver el Señor Ferho los esfuerzos de la chispa divina para recobrar su libertad y no hundirse todavía más en la materia, emanó de Sí mismo una Mónada a la que unida la chispa por sutilísimo hilo debía vigilar durante su continuada peregrinación de forma en forma. Así, la mónada quedó infundida en la piedra; y al cabo de tiempo, por la combinada acción del fuego y del agua viviente, que lanzaban a la par su brillante reflejo sobre la piedra, salió la mónada suavemente de su prisión convertida en liquen. A través de sucesivas transformaciones fue ascendiendo la mónada y asimilándose cada vez mayor brillo de la paterna chispa a la que va aproximándose a medida que pasa por las formas. Por este orden quiso proceder la Causa primera, de modo que la mónada vaya ascendiendo lentamente hasta que su forma física recobre el estado que tuvo en el Adán de barro a semejanza del Adán Kadmon; pero antes de llegar a esta última transformación terrestre, la envoltura externa de la mónada pasa de nuevo en el período embrionario de la gestación por las fases de los diversos reinos de la naturaleza y asume vagas configuraciones de planta, reptil, ave y cuadrúpedo hasta metamorfosearse en feto humano. En el acto del nacimiento queda la mónada inconsciente, es decir, pierde todo recuerdo del pasado hasta que gradualmente recobra la conciencia cuando al instinto de la niñez sucede la razón y el juicio. Luego de separada la vida (alma astral) del cuerpo físico, la libertada mónada se reúne gozosa con su progenitor espíritu, el refulgente augoeides; e identificados ambos, forman, con gloria proporcionada a la pureza espiritual de su pasada vida terrena, el Adán que ha recorrido por completo ya el “círculo de necesidad” y desechado hasta el último vestigio de su envoltura física. Desde entonces aumenta gradualmente su esplendor a cada paso que da en el brillante sendero cuyo punto terminal coincide con el del que partió para recorrer el ciclo máximo. Los seis primeros capítulos del Génesis encierran toda la darwiniana teoría de la selección natural. El hombre mencionado en el capítulo primero es radicalmente distinto del Adán del capítulo segundo, porque el hombre fue creado a imagen de Dios, macho y hembra o sea bisexual, mientras que Adán fue formado del barro de la tierra y se convirtió en “ánima viviente” cuando el Señor le infundió por las ventanillas de la nariz el soplo de vida. Además, este Adán era masculino y no le encontraba Dios digna compañera. Los adonai son puras entidades espirituales y por lo tanto no tienen sexo ó, mejor dicho, reúnen en sí los dos sexos como el Creador. Tan acertadamente comprendían los antiguos este concepto, que representaban a la par masculinas y femeninas a muchas divinidades. Quien lea detenidamente el texto del Génesis no tiene más remedio que interpretarlo según hemos expuesto, so pena de ver en ambos pasajes contradicciones absurdas. Del texto hebreo se infiere claramente que hubo una raza de criaturas puramente carnales y otra de seres puramente espirituales. Dejemos a la competencia de los antropólogos la evolución y selección de las especies y limitémonos a repetir, de acuerdo con la filosofía antigua, que de la unión de estas dos razas nació la raza adámica, que por participar de la naturaleza de sus progenitoras es igualmente apta para vivir en el mundo físico y en el espiritual. Con la naturaleza física está aliada la razón que le da señorío y predominio sobre los demás seres de la tierra, y con la naturaleza espiritual está aliada la conciencia, que le guía entre las falacias de los sentidos para discernir instantáneamente entre lo justo y lo injusto. Este discernimiento es privativo del espíritu absoluto, puro y sabio por naturaleza, como emanación de la pureza y sabiduría divina. Las decisiones de la conciencia no dependen de la razón, pues sólo podrá manifestarse plenamente cuando se haya substraído a la servidumbre de la naturaleza inferior. La razón no es facultad inherente al espíritu, porque tiene por instrumento el cerebro físico y sirve para deducir el consecuente del antecedente y la conclusión de las premisas, de conformidad con las pruebas suministradas por los sentidos. El espíritu sabe de por sí y no necesita argumentar ni discutir, pues como emanación del eterno espíritu de sabiduría, ha de poseer los mismos atributos esenciales que el todo de que procede. Por lo tanto, no discurrían desacertadamente los antiguos teurgos al decir que el elemento espiritual del hombre no se infundía plenamente en su cuerpo, sino que tan sólo cobijaba al alma astral, medianera entre el espíritu y el cuerpo. El hombre que ha subyugado su naturaleza inferior lo bastante para recibir directamente la esplendorosa luz de su augoeides, conoce por intuición la verdad y no puede errar en sus juicios a pesar de cuantos sofismas arguya la fría razón. Entonces alcanza la ILUMINACIÓN, cuyos efectos son la profecía, clarividencia e inspiración divina. De acuerdo con las místicas doctrinas de los filósofos herméticos, escribió Swedenborg varios volúmenes, deseoso de interpretar el sentido esotérico del Génesis. Era Swedenborg congénitamente mago iluminado, pero no adepto; y así, no obstante haber seguido el mismo método de interpretación empleado por los alquimistas, fracasó en su propósito, porque tomó por modelo a Eugenio Filaleteo, que, si bien eximio alquimista, no llegó jamás a la “suprema pirotecnia”, según frase alegórica de los mismos filósofos místicos. Sin embargo, aunque ni uno ni otro lograron abarcar todos los pormenores de la verdad, dió Swedenborg al primer capítulo del Génesis esencialmente la misma interpretación que los filósofos herméticos, demostrando que en sus versículos se encubre la regeneración o nuevo nacimiento del hombre y en modo alguno la creación de nuestro universo con el hombre por remate y corona. Que Swedenborg substituyera los términos sal, azufre y mercurio, que emplearon los alquimistas, por los de fin, causa y efecto, en nada se opone a la interpretación del texto mosaico por el único método posible, o sea el de las correspondencias, que emplearon los herméticos y fue también el de los pitagóricos y cabalistas, resumido en el famoso apotegma: “como es arriba, así es abajo”. Este mismo método siguen los filósofos budistas, que en su todavía más abstracta metafísica invierten la definición corriente entre los modernos científicos y consideran como única realidad los arquetipos invisibles y como ilusión los prototipos visibles o efectos de las causas. Por muy contradictorias que parezcan las interpretaciones del Pentateuco en las obras de Swedenborg, demuestra con ellas que las literaturas sagradas de todos los países, sean los Vedas, la Biblia o las Escrituras budistas, sólo pueden interpretarse a la luz de la filosofía hermética. Los más eminentes sabios antiguos y medioevales fueron herméticos, como también lo son los místicos contemporáneos; y ya les ilumine la verdad por medio de su intuición, ya reciban esta luz en premio del estudio y de la ordinaria iniciación, todos aceptan el método y siguen el sendero trazado por instructores como Moisés, Gautama el Buddha y Jesús. El rocío del cielo, en que simbolizaban los alquimistas la verdad, baña su corazón, porque en las cumbres de las montañas extendieron limpias telas de lino para recogerlo. De esta suerte, cada cual a su manera, se adueñaron del disolvente universal. Muy distinta cuestión es inquirir hasta qué punto estaban facultados para divulgar las verdades poseídas. El Maestro no puede quitarse arbitrariamente aquel velo, que, según el Éxodo, cubría el rostro de Moisés al descender del Sinaí para comunicar al pueblo la palabra de Dios, sino que depende de si los oyentes quieren descorrer el velo que “encubre sus corazones”. Así lo significa claramente el apóstol Pablo en su epístola a los corintios, cuando les dice que si sus entendimientos están cegados por el fulgor que rodea a la verdad divina, no podrán ver la luz hasta que descorran el velo de sus corazones y vuelvan al Señor, aunque el maestro descorra o no el que cubre su faz. El eterno conflicto entre las diversas religiones del mundo, tales como la cristiana, judía, pagana, induista y budista, proviene de que muy pocos de sus respectivos fieles conocen la verdad, y la mayoría se obstinan en no descorrer el velo de su corazón creyendo que el ciego es su prójimo. La divinidad exotérica de todas las religiones, incluso la cristiana, no obstante sus presunciones de misterio, es un ídolo, una ficción y no puede ser otra cosa. Cubierto el rostro con tupido velo habla Moisés a la muchedumbre y les representa al cruel y antropomórfico Jehovah como el Dios más sublime; pero oculta en lo más íntimo de su corazón aquella verdad que no puede decirse ni revelarse”. Kapila hiere con la punzante espada del sarcasmo a los yoguis que afirmaban ver a Dios en sus éxtasis. Gautama el Buddha encubre la verdad bajo impenetrable capa de sutilezas metafísicas y la posteridad le tilda de ateo. A Pitágoras le tienen muchos por hábil impostor a causa de su alegórico misticismo y de la doctrina de la metempsícosis. Apolonio y Plotino sufren injusta acusación de visionarios y charlatanes. Muchos traductores y comentadores de Platón, cuyas obras tan sólo han leído superficialmente la mayor parte de nuestros eminentes eruditos, le echan en cara absurdos y puerilidades, con más el desconocimiento de su propio idioma. Podría llenarse todo un libro con los nombres de sabios cuyas mal comprendidas obras se diputan por un tejido de absurdos místicos, tan sólo porque los críticos escépticos son incapaces de levantar el velo que encubre su verdadero significado. Esto deriva principalmente de que la mayoría de los lectores tienen la inveterada costumbre de juzgar de una obra por los aparentes conceptos del texto, sin detenerse a penetrar su espíritu. Aun hoy mismo, los filósofos de las distintas escuelas se valen de exposiciones diversamente figuradas y algunas obscuras y metafóricas, no obstante tratar del mismo asunto. A la manera como los rayos emanan todos de un foco central, así también los filósofos místicos, ya píos y devotos como Enrique More, ya irascibles y groseros como su contrincante Eugenio Filaleteo, o bien con apariencias de ateos como Spinoza, todos tienen por único punto de mira y objeto de estudio al HOMBRE. Spinoza es tal vez el filósofo que nos da la más segura clave de este simbolismo, pues mientras Moisés se limita a prohibir al pueblo que esculpa imágenes de aquel cuyo nombre no debe tomarse en vano, Spinoza va más allá y declara terminantemente que nadie es capaz de describir a Dios ni es posible en lenguaje humano dar idea del único Ser. El lector juzgará si en esto estuvo más acertado Spinoza que los teólogos cristianos. Todo cuanto se aparte de la inefabilidad del concepto de Dios dará por resultado que el vulgo antropormorfice a la Divinidad, y así pudo decir Swedenborg que en vez de crear Dios al hombre a su imagen y semejanza, ha creado el hombre a Dios a la suya. ¿En qué consiste, pues, el secreto a que tanto aluden los herméticos? Jamás dudarán de este secreto los estudiantes sinceros de ocultismo, pues de seguro que hombres de tanto talento como fueron los herméticos no se hubieran dejado llamar locos ni contagiar con su locura a otros durante miles de años. Siempre se ha sospechado que la “piedra filosofal” encubría secreta significación a un tiempo espiritual y física. El autor de la obra: Observaciones sobre la alquimia y los alquimistas dice muy acertadamente que el arte hermético tiene por sujeto al hombre y por objeto la perfección del hombre; pero no estamos de acuerdo con él cuando dice que aquellos a quienes llama “estúpidos avaros”, no pensaron jamás en conciliar el aspecto moral con el físico, pues prueba de que en efecto consideraron también la cuestión desde el punto de vista físico es que dividieron la trinidad humana en tres elementos: sol, mercurio y azufre o fuego oculto que simbolizan respectivamente el espíritu, el alma y el cuerpo. Espiritualmente es el hombre la piedra filosofal o como dijo Filaleteo: una trinidad, esto es, trino en uno. Pero el hombre físico tiene también por símbolo la piedra filosofal, ya que su causa es el divino espíritu o disolvente universal. El hombre es una correlación de fuerzas físico–químicas, paralela a otra correlación de fuerzas espirituales que reaccionan sobre aquéllas en proporción del desarrollo alcanzado por el hombre terreno. Así dijo un alquimista: “Se perfecciona la obra según la virtud de cuerpo, alma y espíritu, porque el cuerpo no es penetrable sino por el espíritu, ni persistiría el tinte pluscuamperfecto del espíritu si no fuese por el cuerpo, ni tampoco podrían comunicarse espíritu y cuerpo sin la relación del alma, porque el espíritu es invisible y necesita de la vestidura del alma para manifestarse”. Dice Roberto Fludd, jefe de los filósofos del fuego, que la luz engendra simpatía y las tinieblas antipatía. Enseñaban además estos filósofos, de conformidad con otros cabalistas, que “las antinomias de la naturaleza derivan de la esencia o raíz eterna de todas las cosas”, con lo cual tendremos que de la causa primera dimanan igualmente el bien y el mal. El Creador (que conviene distinguir del supremo Dios) es el padre de la materia, vehículo del mal, y padre también del espíritu que emanado de la causa primera y agnoscible se difunde a través de ÉI por todo el universo. A este propósito dice Fludd: “Es indudable que así como en la máquina universal hay infinidad de seres visibles, también hay infinidad de seres invisibles de diversa naturaleza. Según el texto bíblico, Moisés ansiaba conocer el misterioso nombre de Dios, cuando Dios le dijo: “Jehovah es mi sempiterno nombre; pero ni con éste ni con ningún otro nombre es posible articular en lenguaje humano la simple y pura naturaleza de Dios, pues todo nombre está comprendido en Dios porque en Dios hay voluntad e involuntad, negación y afirmación, muerte y vida, maldición y bendición, mal y bien (aunque idealmente nada malo hay en Dios), concordia y discordia, simpatía y antipatía”. Los seres invisibles que los cabalistas llaman espíritus elementarios ocupan el ínfimo peldaño en la escala de la creación. Hay tres clases de espíritus elementarios: 1.º Espíritus terrestres que aventajan a las otras dos clases en sutileza e inteligencia. Son las sombras o larvas de cuantos durante la vida terrena repugnaron toda luz espiritual y vivieron y murieron tan profundamente hundidos en el cieno de la materia, que de sus almas pecadoras se fue separando poco a poco el espíritu inmortal. 2.º Prototipos de hombres que todavía han de nacer. Ninguna forma, por elevada que sea, puede surgir a la existencia objetiva sin que la preceda la idea abstracta de la misma forma o lo que Aristóteles llama su ideación. Antes de pintar un cuadro es preciso que el pintor lo bosqueje en su mente y antes de construir un reloj es indispensable que ya lo haya construido idealmente el relojero. Así sucede con los hombres. Según Aristóteles, en los cuerpos físicos concurren tres elementos: ideación, materia y forma. Si aplicamos este principio al caso particular del cuerpo humano, tendremos que la ideación del niño por nacer está en la mente del Creador, pues aunque la ideación no es substancia ni forma ni cualidad ni especie, es algo abstracto que ha de existir en forma objetiva y concreta. En consecuencia, tan pronto como la ideación se enfoca en el éter universal queda plasmada etéreamente la forma. Si la ciencia moderna admite que el pensamiento humano puede actuar en la materia de otros sistemas planetarios al par que en la del nuestro, ¿cómo dudar de la actuación del pensamiento divino en el alma del mundo o éter universal? Por lo tanto, hemos de inferir que la energía de la mente divina plasma las ideaciones, pero no crea la materia en que se plasma, porque esta materia es coeterna con el espíritu y a impulsos de la evolución quedó preparada para formar un cuerpo humano. Las formas son transitorias; las ideas que crean las formas y la materia en que se plasman son permanentes. Los prototipos no provistos todavía de espíritu inmortal pueden considerarse como embriones psíquicos que, cuando les llega la hora, mueren en el mundo invisible y nacen al mundo visible en forma de fetos de término que reciben in transitu aquel divino soplo llamado espíritu que completa al hombre. Esta clase de elementales no pueden comunicarse objetivamente con los hombres. H.P.Blavatsky, Isis sin velo tomo II Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz. - Artículo*: Filosofía Oculta - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
 

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