Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

lunes, 8 de marzo de 2021

Los peores instintos. Juan Manuel de Prada

Los peores instintos Juan Manuel De Prada ANIMALES DE COMPAÑÍA No creo que exista mejor síntesis del derrumbe de una época que la imagen de las hordas de vándalos que arrasaron las calles, tras el ingreso en prisión del rapero Pablo Hasél, mientras la casta de los tertulianeses e intelectualillos sistémicos balbuceaba paparruchas, reclamando «libertad de expresión» para los «artistas». Como ya hemos señalado en otras ocasiones, para que pueda hablarse de ‘libertad de expresión’ debe haber primero expresión propiamente dicha; y la coprolalia, el vómito del resentimiento, la rumia esquizofrénica no son ‘expresión’ digna de protección jurídica. Además, toda libertad –para ser digna de tal nombre– tiene que orientarse hacia un fin legítimo; y una libertad que tiene como fin desear la muerte al prójimo o aplaudir los crímenes más aberrantes, como propone el rapero de marras –con insistencia en verdad psicopática–, debe ser justamente reprimida. Pero este episodio terminal de indigencia intelectual es consecuencia inevitable de la subversión de categorías filosóficas en la que chapoteamos. Para todos los pensadores políticos clásicos –con Aristóteles y Platón a la cabeza–, la justicia es el fin y la regla de la política; y la libertad es la capacidad de discernimiento que asiste al hombre para elegir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, en las diferentes circunstancias en que se encuentra. Sólo así, con una libertad orientada hacia la justicia, es posible una auténtica comunidad política. Pero el liberalismo trastornó por completo el concepto de libertad, convirtiéndolo en una ‘fuerza vital’ con ‘derecho’ a remover todos los obstáculos que la coartan, hasta hacer de la espontaneidad la única regla de su conducta. E, inevitablemente, todo intento de orientar esta ‘fuerza vital’ hacia la justicia es percibida como una intromisión inaceptable, por represora de la espontaneidad individual. Que, por supuesto, incluirá el ‘derecho’ a vomitar las vilezas más sórdidas, a exaltar los delitos más bestiales, a ultrajar las creencias religiosas del prójimo, etcétera. A nadie se le escapa que, una vez que se consagra esta libertad demente, la comunidad política es simplemente inviable, porque no puede haber auténtica convivencia allá donde hay libertad para envilecer y envilecerse. Y, en su lugar, se instaura una horrenda disociedad, para devolvernos a la selva. Esta libertad entendida como ‘flujo vital’ la definió Hegel –su promotor filosófico, acaso inconsciente de sus consecuencias– como «libertad del querer»; libertad «determinada en sí y por sí»; libertad que «sostiene que ella misma es su regla y su fin»; libertad que no admite cortapisas en su expresión, que realiza su propia voluntad, exigiendo al gobernante la supresión de todos aquellos impedimentos que la estorban. Así, los gobernantes dejan de ser garantes de la justicia, para convertirse en una especie de promotores de la ‘libertad del querer’, que deben auspiciar y proteger, poniendo a disposición de sus gobernados los medios para que pueda desarrollarse sin trabas. Inevitablemente, esta libertad tiene efectos devastadores sobre la convivencia, porque crea un clima de agresividad irrespirable, en el que cada quisque se cree ‘libre’ para vomitar su resentimiento, para dirigir su odio contra el prójimo, para exaltar el crimen; y, aunque el gobernante trate de impedir tímidamente la realización de estos anhelos aberrantes, tarde o temprano terminan realizándose. Y, entretanto, antes de provocar la definitiva destrucción de la comunidad política, se va destruyendo la conciencia moral de las personas, que imperceptiblemente se convierten en chacales rezumantes de ensoñaciones psicopáticas. Una libertad que exige realizar su propia voluntad acaba siempre, más tarde o más temprano, anulando la conciencia, pues no acepta la imposición de obligaciones morales. Cuando la casta de los tertulianeses e intelectualillos sistémicos reclama ‘libertad de expresión’ está, en realidad, reclamando esta ‘libertad del querer’ que hemos descrito; que es la misma, por cierto, que ejercen las hordas de vándalos que destruyen nuestras ciudades. Una libertad sin discernimiento, pura expresión espontánea de ‘flujos vitales’, que afirma su voluntad al margen de la justicia y exige al gobernante que se convierta en su garante. Así, el gobernante dimite de su obligación primera, que es encaminar a sus gobernados hacia el bien común, para convertirse en una especie de dontancredo que, en el mejor de los casos, se interpone para evitar que se destruyan entre sí. Pronto ni siquiera podrá desempeñar esta vil tarea, porque los peores instintos, una vez liberados, acaban expresándose libremente hasta las últimas consecuencias. La entrada Los peores instintos aparece primero en XLSemanal. Artículo*: Juan Manuel De Prada Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
Animales de compañía. 'Los peores instintos', por Juan Manuel de Prada.

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