
Ofrenda de hojas en Ocongate. Fuente: Wikimedia Commons.Este otoño, un organismo regulador mundial podría despenalizar la demonizada planta por primera vez en más de 60 años, dando acceso a todo el mundo a unas hojas sagradas y medicinales con probados beneficios para la salud.
Por Wade Davis
La diferencia entre las hojas de coca y la cocaína, bromeó una vez un amigo peruano, es la diferencia entre viajar en mula y en avión. Una frase ingeniosa, pero que pasa por alto un punto esencial. Los efectos de las hojas y de la droga no son comparables. Equiparar la coca con el alcaloide en bruto es, de hecho, tan erróneo como sugerir que la deliciosa pulpa de un melocotón es equivalente al cianuro de hidrógeno que se encuentra en cada hueso de melocotón. Sin embargo, durante más de un siglo, ésta ha sido precisamente la postura jurídica y política de naciones y organizaciones internacionales de todo el mundo.
Desde la adopción por parte de las Naciones Unidas de la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, no menos de 186 países han firmado un tratado internacional que demoniza el uso tradicional de la coca y exige la erradicación total de la planta. Entre los signatarios originales se encontraban tres países andinos —Colombia, Perú y Bolivia— donde la coca, venerada hasta hoy, se ha utilizado de forma beneficiosa, sin pruebas de toxicidad o adicción, durante al menos 8000 años. El valor medicinal, nutricional, social y espiritual de la coca ha sido demostrado una y otra vez por antropólogos, botánicos y médicos que trabajan en los Andes y el noroeste del Amazonas. Por el contrario, quienes dominan la agenda internacional con claros llamamientos a la eliminación de la planta lo han hecho sistemáticamente sin la menor justificación científica o médica.
Tales políticas, de hecho, sólo tienen sentido si se contemplan a través del marco ideológico que condujo a su formulación: el legado tóxico y de hecho racista de las élites coloniales y el desastroso medio siglo de la fracasada Guerra contra las Drogas. Los esfuerzos por negar a los pueblos indígenas de los Andes el acceso a la coca, como ha escrito la antropóloga del Smithsonian Catherine Allen, no son análogos a prohibir, por ejemplo, la cerveza en Alemania, el café en Oriente Medio o mascar betel en la India. Son actos de genocidio cultural, el último asalto en un choque de civilizaciones que comenzó hace 500 años con la conquista española.
Afortunadamente, todo esto puede cambiar pronto. En 2009, Bolivia solicitó formalmente al Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC) que suprimiera de la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes el texto que pedía explícitamente la erradicación de la coca en un plazo de 25 años. Evo Morales, que tres años antes se había convertido en el primer presidente indígena electo de Bolivia, encabezaba esta iniciativa. Los que le precedieron —64 presidentes en 180 años— eran todos vástagos de la nobleza empresarial y terrateniente, la misma élite culta que había dominado el país desde su independencia en 1825. Morales, por el contrario, era aymara, un líder sindical que había dedicado su vida profesional al bienestar de las familias dependientes de la cosecha legal de coca en Chapare, una provincia de las tierras bajas que durante mucho tiempo fue objetivo de los esfuerzos de erradicación patrocinados por Estados Unidos en la Guerra contra las Drogas. Al desafiar a la ONU, se convirtió en el primer jefe de Estado latinoamericano en invocar la coca como símbolo esencial del patrimonio y el bienestar de su pueblo.
La audaz postura de Morales revitalizó un largo compromiso diplomático que, con la adhesión de Colombia a Bolivia, condujo finalmente a que la Organización Mundial de la Salud (OMS) aceptara en 2023 llevar a cabo una «revisión crítica» de la hoja de coca, cuyos resultados se anunciarán en octubre, y cuyas recomendaciones finales se votarán en la sesión anual de la Comisión de Estupefacientes de la ONU (CND) en Viena en marzo de 2026.
El objetivo de Bolivia, como reiteró el 10 de marzo de 2025 el vicepresidente David Choquehuanca al dirigirse a la 68ª sesión de la CND en Viena, es «liberar la sagrada hoja de coca del oscuro mundo del crimen y la delincuencia». Al categorizar la coca como estupefaciente de la Lista 1, continuó, junto con la heroína y la cocaína, «la convención de 1961, sin pruebas científicas concluyentes, cometió un absurdo, un atentado contra la cultura de la vida». Después de más de seis décadas de injusticia, persecución, amenazas, violación de derechos y silencio cómplice, la petición de Bolivia a la OMS sacará a la luz la verdad científica, una verdad que nuestros pueblos conocen desde hace milenios».
La planta sagrada
LA COCA ES MENOS UN SUBIDÓN que una meditación. Cuando los viajeros se encuentran en las montañas del sur de los Andes, hacen una pausa e intercambian k’intus de coca, tres hojas perfectas dispuestas formando una cruz. Luego se giran para mirar a los Apus más cercanos, las deidades protectoras de las montañas que se ciernen sobre todas las comunidades y dirigen los destinos de todos los que nacen a su sombra. Con los ojos levantados hacia las cumbres, se llevan las hojas a la boca y soplan suavemente, una invocación ritual que devuelve la esencia de la planta a la tierra, a la comunidad, a los lugares sagrados y a las almas de los antepasados. El intercambio de hojas es un gesto social, una forma de reconocer una conexión humana. Pero el soplado del phukuy, como se le llama, es un acto de reciprocidad espiritual, ya que al dar desinteresadamente a la tierra, el individuo se asegura de que con el tiempo la energía de la coca regresará cerrando el círculo, tan seguramente como la lluvia que cae sobre un campo renacerá inevitablemente en forma de nube.
La etiqueta del hallpay, la totalidad del acto de consumir coca —el intercambio y los saludos, la forma de llevarse las hojas a la boca, la actitud de reverencia y respeto— define en un sentido muy real lo que significa ser Runakuna, un hijo de la Pachamama. En todo el mundo andino, como escribe Allen: «Uno no puede funcionar como ser social a menos que participe en el ritual, y debe hacerlo correctamente». Nada ofende más que los turistas que se llenan la boca de hojas, como caballos comiendo heno.
Ya sea que las hojas se tomen en presencia de un amigo o de un extraño, a solas o junto con toda la comunidad, masticar coca, hallpay, es trascender el yo y formar parte del nexo social, moral y espiritual que en los Andes da sentido a la vida. Sólo la coca hace posible la comunicación directa con lo divino, y hay quien dice hoy que la primera en probar las hojas fue la Santísima María, madre de Cristo, que, según la leyenda, perdió a su santo hijo y masticó las hojas para mitigar su dolor. Así, para los pueblos de los Andes estar sin coca es una forma de muerte social y espiritual, una excomunión de la propia existencia.
La planta que inspiró tanta devoción es un arbusto hermoso aunque delicado, con pequeñas flores blancas y frutos del tamaño y el color de rubíes. La textura y la forma de las hojas varían, pues existen dos especies cultivadas, cada una con dos variedades. Erythroxylum coca var. coca es la hoja clásica de los Andes meridionales, cultivada en la parte alta de los valles tropicales que descienden hasta el Amazonas, y cuya cosecha llega a los mercados de Cuzco y La Paz. La coca de Colombia, Erythroxylum novogranatense var. novogranatense, es distinta. Adaptada a hábitats cálidos y estacionalmente secos y muy resistente a la sequía, produce hojas pequeñas y estrechas de un tono verde amarillento brillante. Cabe destacar que la coca del noroeste del Amazonas, Erythroxylum coca var. ipadu, fuente del mambe, no deriva del hayo colombiano, sino que se parece más a la coca del sur de los Andes, lo que llevó a los primeros investigadores a sugerir que se habían transportado esquejes o semillas río abajo desde Perú o Bolivia en la época precolombina. Por último, Erythroxylum novogranatense var. truxillense se cultiva hoy en los valles desérticos costeros del norte de Perú. Con un toque de aceite de gaulteria, era la coca preferida de los incas, por no mencionar el ingrediente clave de la fórmula secreta de la Coca-Cola.
Resulta significativo que los análisis de ADN sugieran que el progenitor de las dos especies domesticadas y de las cuatro variedades es Erythroxylum gracilipes, una especie silvestre que se encuentra a lo largo de los Andes, en los bosques de las tierras bajas de la Amazonia occidental. Este tipo de investigación botánica puede parecer arcaica, pero el hecho de que tres cultígenos muy apreciados (el hayo de Colombia, el ipadu o mambe del noroeste del Amazonas y la coca de la montaña de Perú y Bolivia) deriven independientemente de un ancestro común, con procesos separados de selección artificial ocurridos a miles de kilómetros de distancia, es una asombrosa historia de invenciones paralelas, tanto más maravillosa cuanto que las plantas en cuestión son veneradas en toda la zona de distribución de las especies cultivadas como la esencia misma de lo sagrado.
Todo ello plantea una pregunta: ¿Qué tenía la coca que llamó tanto la atención de los responsables de su cultivo? No una, sino tres veces, en las laderas de las montañas de Colombia, de nuevo en el corazón de la Amazonia noroccidental y de nuevo en las montañas de Perú y Bolivia, los humanos probaron las hojas flexibles de un arbusto forestal anodino y llegaron a la conclusión de que esta planta, entre todas las demás, merecía su atención; que claramente tenía algo a su favor. Su fidelidad no decayó con el paso de las generaciones, ya que la coca fue domesticada y transformada. Durante al menos 8000 años, y en tierras que van desde Costa Rica hasta Chile y Argentina, los pueblos de todas partes, aunque nacidos de culturas únicas y hablando lenguas distintas, abrazaron las hojas con reverencia y celo, no sólo como una fuente esencial de nutrientes, sino como la encarnación misma de lo divino, un mensajero de los dioses. La coca tocaba y transformaba a todos.
Que los primeros humanos se sintieran atraídos por las propiedades físicas de la planta no es ninguna sorpresa. Cuando Tim Plowman, de Harvard, y Jim Duke, del USDA, realizaron el primer estudio nutricional de la coca, en 1975, examinando 15 nutrientes presentes en las hojas y comparando sus concentraciones con los niveles de los mismos nutrientes en 50 alimentos latinoamericanos comunes, descubrieron que la coca era superior a la media en calorías, proteínas, hidratos de carbono y varios minerales. Es más, descubrieron que las hojas de coca contienen una gran cantidad de vitaminas, más calcio que cualquier otra planta cultivada —especialmente útil para las comunidades andinas que tradicionalmente carecían de productos lácteos— y enzimas que mejoran la capacidad del organismo para digerir los hidratos de carbono a gran altitud, un complemento ideal para una dieta basada en la patata. Para decepción de los funcionarios gubernamentales y las autoridades de salud pública que durante mucho tiempo habían demonizado la planta, Plowman y Duke confirmaron que las hojas de coca, tal como las consumen tradicionalmente hoy en día no menos de 9 millones de ciudadanos de Colombia, Perú y Bolivia, sirven como estimulante suave y benigno, beneficioso para la salud y altamente nutritivo.
También tras la pista de la coca a principios de la década de 1970 estaba el Dr. Andrew Weil, licenciado por la Facultad de Medicina de Harvard y con profundos conocimientos de botánica medicinal. Conocido hoy como el médico de América, el principal defensor de la medicina integrativa del país, Weil fue uno de los primeros médicos en consumir coca él mismo, incluso mientras realizaba estudios médicos preliminares entre cocaleros tradicionales tanto en los Andes como en el noroeste del Amazonas. Descubrió que la coca facilita el bienestar, facilita la digestión y alivia de forma demostrable los síntomas del mal de altura o soroche. La planta puede ser útil en el tratamiento del reumatismo, la disentería, las úlceras estomacales y las náuseas, y las hojas tienen una influencia positiva en la respiración y la capacidad de limpiar la sangre de metabolitos tóxicos, especialmente el ácido úrico. El uso diario de las hojas despeja la mente, eleva el estado de ánimo y tonifica y fortalece el tracto digestivo, mejorando la asimilación de los alimentos, al tiempo que favorece la longevidad.
«Basándome en mis estudios de más de 50 años», señala, «creo que la coca tiene un potencial terapéutico significativo y debería estar disponible aquí para uso médico. Además de su acción como estimulante suave, estimulante del estado de ánimo de acción rápida y remedio para los trastornos gastrointestinales, tiene un efecto notable sobre el metabolismo de los hidratos de carbono. Parece ayudar a normalizar el azúcar en sangre. Como sustancia controlada de la Lista 2, la coca está legalmente disponible para uso médico en EE.UU., pero no hay suministro legal y me gustaría que eso cambiara. Como dicen en los Andes, la coca es un regalo del cielo, una planta destinada únicamente a mejorar la vida de todas las personas que habitan en todos los lugares de la tierra».
Quizás aquí esté la clave de la santidad de la planta. Por muy útil y beneficiosa que sea la coca como alimento y medicina, sus propiedades físicas no pueden explicar por sí solas el lugar exaltado que ocupa en la vida espiritual de quienes viven hoy en los Andes, por no hablar de todas las culturas y civilizaciones que les precedieron. La coca ha sido anunciada universalmente como un don terrenal concedido al mundo por la gracia y la fortuna divinas, porque hace mucho más que alimentar y curar nuestros cuerpos. Nos permite vivir mejor, y por ello podemos dar las gracias a su atributo más misterioso, la forma exquisitamente sutil en que sus efectos se manifiestan en el uso diario y ritual.
Podría decirse que las observaciones más perspicaces sobre la farmacología de la coca proceden de médicos y viajeros de finales del siglo XIX y principios del XX, europeos en su mayoría, eruditos familiarizados con los peligros de la cocaína pero sin prejuicios en lo que respecta al uso tradicional de las hojas. Hay una cualidad ingenua en sus informes, que sugiere una lucha por expresar con palabras los efectos subjetivos de un estimulante natural que en realidad no era estimulante en absoluto, aunque por supuesto, como escribió uno, claramente lo era.
J.T. Lloyd, que publicó A Treatise on Coca en 1913, escribió sobre los porteadores nativos de Popayán, en el sur de Colombia: «Después de tomar un desayuno sencillo, se ponían en marcha con sus pesadas mochilas, que pesaban de 75 a más de cien libras, atadas a la espalda. Durante todo el día viajaban a paso rápido por empinadas estribaciones montañosas a una altitud que para nosotros, sin carga alguna, resultaba agotadora. En estos viajes los indios no descansaban en ningún sitio ni comían al mediodía, sino que chupaban sus fajos de coca durante todo el día». Lloyd llegó a la conclusión de que la coca era seguramente la clave de su buena salud y buen ánimo. «No sólo no es dañina, sino que se dice que proporciona alimento al cuerpo y es útil en el tratamiento de muchos tipos de enfermedades».
El médico estadounidense W. Golden Mortimer, autor de History of Coca (1901), reconoció la coca como panacea, señalando sus virtudes como medicina, tónico y alimento. Pero lo que realmente le fascinaba era la sutileza de su modo de acción. Sin duda era un estimulante y, al mismo tiempo, su efecto subjetivo sobre el cuerpo era diferente al de cualquier otro estimulante conocido por la ciencia. Como escribió el médico W.S. Searle en 1881: «No deja de ser sorprendente que ninguna otra sustancia conocida pueda rivalizar con la coca en su poder estimulante, pero que ninguna otra tenga tan poco efecto aparente. Para alguien que sigue el tenor uniforme de su rutina habitual, la masticación de la coca no produce ninguna sensación especial; de hecho, el único resultado parece ser negativo, la ausencia del deseo habitual de comer y dormir. Su influencia sólo se deja sentir cuando la mente o el cuerpo se ven sometidos a una exigencia inusitada: …. Los que esperan alguna conmoción o sensación interna se sienten decepcionados».
Andrew Weil captó perfectamente esta cualidad de la experiencia de la coca en su descripción de su primera exposición al mambe durante una visita al Cubeo en la Amazonia colombiana en 1973. El efecto de la coca, informó, era tan sutil que no podía compararse con ningún otro producto natural empleado de forma similar. La primera vez que probó el mambe fue por la noche, y le dejó una buena sensación «que duró algún tiempo después de que ya no tuviera nada más en la boca; de hecho, nunca terminó realmente, sino que simplemente se fue apagando imperceptiblemente». Sólo por la mañana, mientras se acurrucaba con los hombres para intercambiar una calabaza llena del delicado polvo verde, comprendió por qué tanto alboroto. «Me encontré marchando en la columna de cubeos, blandiendo mi machete, tarareando una melodía y sintiéndome cada vez más feliz. La coca parecía más fuerte a esas horas de la mañana. Su cálido resplandor se extendía desde mi estómago por todo mi cuerpo. Sentí una sutil energía vibratoria en los músculos. Mi paso se hizo ligero y no había nada que deseara más que lo que estaba haciendo».
Las mismas cualidades que hoy nos llaman la atención sobre la coca sin duda atrajeron a hombres y mujeres en un pasado lejano. Vivieran como vivieran, seguramente compartían rasgos que nos marcan hoy, todas las debilidades y pequeñas neurosis que definen lo que significa ser humano y estar vivo. El malestar existencial, el anhelo inquieto de algo nuevo, la insatisfacción y la indecisión, incluso a veces la depresión y la desesperación, seguramente van de la mano de la conciencia. Al igual que la muerte es el precio que pagamos por la gloria de estar vivos, estas aflicciones modestas pero crónicas son el coste de ser sensibles y conscientes. No hay razón para suponer que los antiguos pueblos de los Andes estuvieran libres de los mismos oscurecimientos mentales que los budistas han identificado como la perdición de la condición humana.
Al contrario, habrían sufrido tanto como nosotros y, como nosotros, se habrían sentido poderosamente atraídos por cualquier planta que les ofreciera alivio, como sin duda lo hace la coca. También ellos se habrían asombrado de sus efectos sutiles pero placenteros y de su uso práctico. ¿Qué hombre o mujer, entonces o ahora, no querría experimentar una sensación de mayor energía y claridad mental, una leve supresión del hambre, un suave sentimiento de confianza creativa, una ligereza al caminar que durase todo el día, sabiendo que la fuente de su leve elevación del estado de ánimo era una hoja benigna y altamente nutritiva que ha sido venerada por los pueblos y culturas de Sudamérica desde los albores de la civilización?
¿Qué podría ser más bienvenido o prometedor en cualquier época que un producto natural beneficioso que facilita el enfoque y la concentración, al tiempo que induce una sutil sensación de satisfacción y bienestar? A decir verdad, la coca es y ha sido siempre la compañera ideal para cualquier empresa creativa, ya sea el tejido del algodón y la lana, la talla de la piedra o la escritura de código digital. La coca funciona, y funciona para todo el mundo, que es precisamente la razón por la que todas las culturas y civilizaciones que conocieron la planta la consideraron sagrada, merecedora de veneración.
La planta demoníaca
¿Cómo es posible entonces que una planta tan beneficiosa y benigna como medicina, alimento y estimulante suave haya llegado a ser clasificada entre las drogas más peligrosas del mundo, condenada por la legislación internacional como el equivalente criminal de la heroína, el fentanilo y el crack?
La morfina, derivada del opio, fue la primera droga aislada a partir de un producto natural. La segunda fue la cocaína, en 1860. Celebrada como una panacea, el tratamiento ideal para todo, desde la adicción a la morfina hasta ese azote del siglo XIX que era la masturbación femenina, la cocaína revolucionó la medicina como el primer anestésico tópico eficaz; sigue siendo esencial hoy en día para la cirugía de nariz, garganta y oído.
Durante un tiempo, la cocaína estuvo en todas partes, vendida y celebrada en decenas de productos comerciales. Sin embargo, en 1890, con la literatura médica informando de más de 400 casos de toxicidad aguda provocados por la droga, la cocaína había perdido su brillo. Cuando la profesión médica empezó a considerar que la cocaína y la morfina eran igual de peligrosas, la coca se asoció con el opio, y se hizo creer al público que los efectos ruinosos del consumo habitual de opio afectarían inevitablemente a quienes masticaban hojas de coca con regularidad. Así, una planta que se había utilizado de forma segura y benigna durante miles de años se vio envuelta en las mismas sanciones que criminalizaban el consumo de opio, morfina y cocaína.
Esta explicación tiene sentido, pero sólo hasta cierto punto, ya que había algo mucho más oscuro en juego. El gobierno estadounidense había demonizado la planta durante mucho tiempo. En Perú, los programas para eliminar los campos tradicionales, apoyados por Estados Unidos, empezaron 50 años antes de que existiera siquiera un mercado negro de la droga. El verdadero problema no era la cocaína, sino la identidad cultural y la supervivencia de quienes tradicionalmente veneraban la coca. El llamamiento a la erradicación procedía de funcionarios y médicos, peruanos y estadounidenses, cuya preocupación por los consumidores de coca sólo era comparable en intensidad a su ignorancia de la vida andina y a su desprecio por las mismas personas a las que pretendían salvar.
Estos fueron también los hombres que formaron parte de las comisiones y redactaron los informes que se convirtieron en la base de las leyes y acuerdos que definen la política internacional sobre drogas hasta nuestros días. El hecho de que estas voces aún puedan oírse —a través de sus escritos, cuando confunden la opinión personal con los hechos científicos y los pseudoexperimentos con la ciencia real— es el escándalo que subyace en el corazón de la historia de la coca.
En la década de 1920, cuando los médicos y los funcionarios de salud pública de Lima miraban hacia los Andes, sólo veían pobreza abyecta, analfabetismo, mala salud y nutrición, y altas tasas de mortalidad infantil. Con la ceguera de la clase social, los prejuicios y las buenas intenciones, buscaron una causa. Como las cuestiones políticas de la tierra, la disparidad económica y la explotación en bruto les tocaban demasiado de cerca, obligándoles a examinar la estructura de su propio mundo, se decidieron por la coca. Culparon a la planta de todos los males posibles, de todas las fuentes de vergüenza para su sensibilidad burguesa.
«Todo apunta a la conclusión», escribió Vicente Zapata Ortiz, profesor de farmacología en la facultad de medicina de Lima, en 1952, «de que la constante condición tóxica producida por la coca da lugar a la aceptación de las condiciones de vida más miserables, que son la causa principal de las deficiencias de los masticadores; y, por lo tanto, se considera a la coca como la principal responsable».
Zapata Ortiz llegó a caracterizar a los consumidores de coca como «apáticos, indolentes, deficientes en la actividad mental superior y en la vida subjetiva… sin rumbo, indiferentes e inadaptados» y, sobre todo, reacios a aprender español, prefiriendo en su ignorancia las lenguas de sus antepasados. «Donde el consumo de coca es mayor, el porcentaje de analfabetismo es alto, y el quechua y el aimara son las lenguas predominantes».
Carlos A. Rickets, que presentó por primera vez un plan para la erradicación de la coca en 1929, describió a los consumidores de coca como débiles, deficientes mentales, perezosos, sumisos y deprimidos. Otro destacado comentarista, Mario A. Puga, condenó la coca como «una elaborada y monstruosa forma de genocidio que se comete contra el pueblo». Refiriéndose en 1936 a las «legiones de drogadictos» de Perú, Carlos Enrique Paz Soldán, médico y profesor universitario, lanzó el grito de guerra: «Si esperamos con los brazos cruzados un milagro divino que libere a nuestra población indígena de la acción deterioradora de la coca, estaremos renunciando a nuestra condición de hombres amantes de la civilización.»
EN LOS AÑOS 40, el impulso a la erradicación fue liderado por Carlos Gutiérrez-Noriega, jefe de farmacología del Instituto de Higiene de Lima. Gutiérrez-Noriega, que consideraba la coca «el mayor obstáculo para el mejoramiento de la salud y la condición social de los indios», estableció su reputación con una serie de dudosos estudios científicos, realizados exclusivamente en prisiones y manicomios, que concluían que los consumidores de coca tendían a ser alienados, antisociales, inferiores en inteligencia e iniciativa, propensos a «alteraciones mentales agudas y crónicas», así como a otros supuestos trastornos del comportamiento, como la «ausencia de ambición». La orientación ideológica de su ciencia era flagrante. En un informe publicado en 1947 por el Ministerio de Educación Pública peruano, escribió: «el uso de la coca, el analfabetismo y una actitud negativa hacia la cultura superior están estrechamente relacionados».
Fue en gran parte como resultado de la presión ejercida por Gutiérrez-Noriega que Perú, en 1947 —y dos años más tarde Bolivia—, invitó a las Naciones Unidas a enviar un equipo de expertos para investigar el problema de la coca. Al frente de la investigación, conocida formalmente como la Comisión de Investigación sobre la Hoja de Coca de ECOSOC de 1950, estuvo Howard Fonda, vicepresidente tanto de Burroughs Wellcome, el gigante farmacéutico, como de la Asociación Farmacéutica Estadounidense, la organización gremial de la industria.
Antes de viajar a Perú, Fonda declaró en una entrevista de 1949 para un periódico los objetivos de la comisión. Afirmó que la coca era «definitivamente perjudicial y dañina… la causa de la degeneración racial de muchos grupos poblacionales y de la decadencia evidente en muchos habitantes nativos, e incluso en los mestizos, de ciertas regiones de Perú y Bolivia. Nuestros estudios confirmarán la veracidad de nuestras afirmaciones, y esperamos poder presentar un plan de acción racional, basado en las realidades de la situación y en la experiencia de campo, para lograr la erradicación total de este pernicioso hábito». Semanas más tarde, Fonda repetiría estas afirmaciones, palabra por palabra, en una conferencia de prensa en el aeropuerto de Lima, al llegar la comisión a Perú para comenzar su investigación.
La comisión de Fonda, compuesta por dos expertos médicos y dos autoridades en gestión del control de drogas, visitó regiones andinas tanto de Perú como de Bolivia, recopilando información de militares y funcionarios del gobierno, personal médico, académicos, líderes religiosos, autoridades locales y terratenientes. Ausentes de la conversación estuvieron las voces de los verdaderos sujetos de la investigación. En tres meses de trabajo de campo, la comisión no hizo ningún esfuerzo por entablar diálogo con las comunidades quechua y aymara por las que transitó. Su informe final, de unas 200 páginas, no incluye ni un solo testimonio de un usuario tradicional de la hoja, una omisión flagrante que, al parecer, no inquietó a nadie. Fonda regresó a Nueva York en diciembre de 1949, tan convencido como siempre, como concluye el informe de la comisión, de que «desde el punto de vista social, los efectos de masticar hoja de coca son sumamente perjudiciales tanto para el individuo como para la nación».
Estrechamente asociado con Fonda y ejerciendo formalmente como asesor se encontraba Pablo Osvaldo Wolff, jefe de la sección de drogas que producen adicción de la Organización Mundial de la Salud (1949-1954). Como protegido de Harry Anslinger, el célebre fanático antidrogas que dirigía la Oficina Federal de Narcóticos de Estados Unidos, Wolff formaba parte del círculo íntimo de defensores del control que prácticamente dictaban la política de la OMS en aquella época. Su folleto de 1949, La marihuana en América Latina: la amenaza que representa, con prólogo de Anslinger, hoy se lee de forma casi cómica, con un lenguaje que recuerda a la película Reefer Madness. Pero en su tiempo, Wolff y Anslinger eran cruzados, profundamente serios y nada dispuestos a permitir que los hechos interfirieran con sus opiniones. Al establecer una correlación directa entre el cannabis y el crimen, Wolff se ganó el favor de Anslinger al afirmar —sin la más mínima evidencia— haber identificado a 200 millones de adictos al cannabis en el mundo, cada uno de ellos una amenaza grave para los valores estadounidenses.
Como secretario del Comité de Expertos de la OMS sobre Drogas Susceptibles de Producir Adicción, Wolff desempeñó un papel clave no solo en la redacción del informe de Fonda, sino en todas las decisiones relacionadas con la coca; más que cualquier otra persona, fue responsable de la estigmatización y criminalización de la planta en el sistema de tratados antidrogas de las Naciones Unidas. Dada su influencia, sus declaraciones públicas son reveladoras, especialmente una conferencia que dio en 1949 ante la Sociedad Real de Medicina en Londres, en vísperas del envío de la comisión al Perú.
«El indio que no mastica hojas de coca es claro de mente, inteligente y alegre, dispuesto a trabajar, vigoroso y resistente a las enfermedades; el coquero, en cambio, es abúlico, apático, perezoso, insensible a su entorno; su mente está nublada; sus reacciones emocionales son escasas y violentas, está moral e intelectualmente anestesiado, socialmente sometido, casi un esclavo. La degeneración moral acompaña a la física; la mentira es una de sus características más notables, probablemente debido a una falta de equilibrio moral. La criminalidad es alta, y las formas bárbaras de homicidio solo pueden explicarse por una cierta insensibilidad moral.
Estamos convencidos de que la masticación de hojas de coca es un mal social; el consumo crónico de estas hojas constituye un veneno social que socava la salud física y mental de la población y reduce su nivel moral y económico… Los hijos de los coqueros presentan notorias deficiencias intelectuales… No cabe duda de que el hábito de masticar hojas de coca es una de las razones más poderosas del atraso y la miseria de la población indígena… el último eslabón de una cadena de plagas sociales y médico-sociales, que incluyen el pauperismo, las malas condiciones de vivienda, la nutrición deficiente, la educación rudimentaria o completamente ausente, el alcoholismo, la tuberculosis, las enfermedades venéreas y otras infecciones, y la promiscuidad, por mencionar solo las calamidades y miserias más graves.
El remedio del momento es la desintoxicación gradual del nativo, disminuyendo tanto la producción como el consumo de coca mediante una educación adecuada; aboliendo la superstición de la acción mágica de la coca y el culto a las hojas; prohibiendo la iniciación de niños pequeños en su uso… Solo con habilidad y paciencia puede erradicarse la adicción a la coca, pero es posible hacerlo… Los indios cristianizados ya no viven en las miserables condiciones anteriores y, por tanto, demuestran estar física y mentalmente capacitados para liberarse del hábito de masticar hojas de coca».
Wolff no estaba solo en sus opiniones sobre la coca ni en su desprecio por quienes usaban y veneraban la planta. Su actitud coincidía con el consenso de su época, un tiempo en que las élites urbanas gobernaban sin oposición en países andinos que seguían siendo, en muchos aspectos, territorios de conquistadores y conquistados.
En 1948, el gobierno colombiano declaró que la masticación de hojas de coca era un “mal social”, criminalizando su comercio en mercados públicos y limitando la venta de coca a farmacias y dispensarios registrados. El funcionario de salud pública más destacado del país, el Dr. Jorge Bejarano, nombrado ministro de salud en 1947, resumió el destino del cocalero con estas palabras: «A la degeneración física hay que añadir también las implicancias morales: entre estos individuos la criminalidad es elevada. Parece que sus mentes solo obedecieran a la fuerza del instinto; y el engaño, que es una de sus características más marcadas, probablemente sea efecto del desequilibrio psicológico causado por el uso habitual de la coca».
Las autoridades sanitarias bolivianas, también sin justificación médica o científica, afirmaban que la coca causaba autismo, además de «visiones fantásticas, alteraciones en la percepción espacial… pseudoalucinaciones y verdaderas alucinaciones auditivas y visuales». Un médico de Cochabamba culpaba a la coca de «la decadencia mental y la inferioridad social del indígena». Desde Quito, Luis León escribió en el Boletín sobre Estupefacientes de las Naciones Unidas en 1952, señalando con orgullo que, debido a la desaparición histórica de la coca en Ecuador, «muchos sociólogos completamente imparciales que han estudiado los grupos indígenas de Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador, no dudarían en admitir la superioridad cultural del indígena ecuatoriano».
Wolff se destaca entre sus colegas científicos no porque fuera único en su condena feroz de la coca, sino porque sus certezas crudas y exhortaciones pseudocientíficas fueron las del hombre directamente responsable de redactar el lenguaje de los documentos y declaraciones de la ONU que aún hoy rigen la política internacional sobre drogas. Su autoridad, junto con el poder político de su mentor Harry Anslinger, estuvo firmemente al lado de Howard Fonda mientras el ejecutivo farmacéutico y su equipo recorrían Perú y Bolivia en busca de evidencias que confirmaran convicciones que ya habían formado mucho antes de salir de Nueva York.
DURANTE CASI 40 AÑOS, incluso cuando el comercio ilícito de cocaína sacudía a América Latina y gran parte del mundo, el estatus de la coca permaneció inalterado y sin cuestionamientos. En 1992, como respuesta a la crisis global de las drogas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emprendió el estudio más exhaustivo jamás realizado sobre el consumo de cocaína, con encuestas llevadas a cabo en 19 países de cinco continentes por 45 expertos en el campo. El informe preliminar, en contradicción con años de políticas oficiales, afirmaba de manera inesperada que «el uso tradicional de las hojas de coca no parece tener efectos negativos sobre la salud y cumple funciones terapéuticas, sagradas y sociales positivas para las poblaciones indígenas andinas». El informe, además, alentaba a la OMS a investigar los beneficios terapéuticos de la hoja de coca, así como los impactos de las medidas represivas sobre personas específicas y comunidades usuarias.
Esto no era lo que el gobierno estadounidense quería oír. Neil Boyer, representante de Estados Unidos en la 48ª reunión de la Asamblea Mundial de la Salud en Ginebra, en mayo de 1995, denunció a la OMS por «socavar los esfuerzos de la comunidad internacional para erradicar el cultivo y la producción ilegal de coca». El gobierno estadounidense, según Boyer, estaba especialmente preocupado porque el informe afirmaba «que el consumo de hoja de coca no ocasionaba daños notorios a la salud mental o física, que los efectos positivos de la masticación de coca podrían trasladarse desde los contextos tradicionales a otros países y culturas, y que la producción de coca proporcionaba beneficios económicos a los campesinos». Boyer luego añadió una amenaza: «Si las actividades de la OMS relacionadas con las drogas no refuerzan los enfoques comprobados de control de drogas, los fondos para los programas correspondientes deberían ser recortados».
En ese momento, Estados Unidos —el principal financiador de la Organización Mundial de la Salud— utilizó todo el peso de su influencia para asegurarse de que el informe nunca fuera publicado. La posición oficial de la OMS sobre la coca permaneció sin cambios, aunque el razonamiento se volvió aún más forzado. Como señaló un informe de 1992 del Comité de Expertos en Farmacodependencia (ECDD, por sus siglas en inglés), «la hoja de coca está correctamente incluida en la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961, ya que de ella se puede extraer cocaína con facilidad».
Treinta años después, semejante razonamiento carece de fundamento. Los cárteles de la droga, que han logrado enviar toneladas de cocaína a Estados Unidos durante casi 50 años, no podrían estar menos interesados en el estatus legal de la hoja de coca, ya que no afecta en absoluto sus operaciones. Con la coca como sustancia controlada, los cárteles han prosperado. Si la hoja de coca fuera legalizada, la producción y distribución ilícita de cocaína seguiría estando sujeta a todas las sanciones penales vigentes por tratados internacionales. Sugerir que los cárteles importarían hojas de coca para extraer cocaína tiene tanto sentido como sugerir que alguien importaría Dom Pérignon para obtener, mediante un proceso químico, extractos puros de alcohol etílico.
Lo que está en juego son los derechos de las personas comunes a disfrutar de los beneficios de la planta, y la legitimidad de políticas antidrogas originalmente sustentadas en las certezas vacías de hombres cuyas investigaciones eran profundamente defectuosas y cuyas convicciones, como revelan sus escritos, eran moralmente reprobables y abiertamente racistas.
El vicepresidente de Bolivia, David Choquehuanca, hablando en Viena durante la 67ª sesión de la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas, dejó en claro que al llamar a la erradicación de la coca, la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 violó los derechos de los pueblos indígenas, al mismo tiempo que atentaba contra el patrimonio cultural de su nación. Acompañada por Colombia, Bolivia exige, en esencia, que la coca sea liberada y reconocida como el maravilloso regalo que representa para toda la humanidad.
«Nadie», dijo Choquehuanca, refiriéndose al comercio ilícito y a la continua Guerra contra las Drogas, «debería confundir la energía vital de esta planta sagrada con la energía del culto a la muerte. Ha llegado el momento de la liberación de la coca, mientras construimos una política de drogas basada en el culto a la vida».
El desafío inmediato será la integridad del proceso de revisión crítica, iniciado finalmente por la OMS el 30 de noviembre de 2023. Si prevalece la ciencia, en palabras de Laura Sarabia, ministra de Relaciones Exteriores de Colombia, esta «demostrará que la hoja de coca en sí misma no es perjudicial para la salud». Que Andrew Weil y otras autoridades y defensores de la reforma hayan sido excluidos del proceso de revisión debido a su activismo resulta preocupante. Pero, al final, la verdad sobre la coca será difícil de negar.
La fecha a tener en cuenta es el 20 de octubre de 2025; el lugar, Ginebra, donde se presentará el informe final en la 48ª sesión del Comité de Expertos en Farmacodependencia. En ese momento, los miembros debatirán tres opciones. Podrían optar por no hacer nada, dejando a la coca aún clasificada entre las drogas más peligrosas del mundo. Alternativamente, podrían mover la coca a la Lista 2, tal como está clasificada por la legislación estadounidense. Esta categoría incluye sustancias con uso médico reconocido, aunque potencialmente perjudiciales. En tal caso, las hojas seguirían sujetas a la mayoría de las disposiciones restrictivas del tratado, aunque se permitiría a los médicos recetarlas.
La tercera y opción preferida por los defensores es la desclasificación de la coca, es decir, su eliminación total de las restricciones del tratado, permitiendo así que la coca esté libremente disponible para todos. Si el Comité de Expertos en Farmacodependencia (ECDD) opta por liberar las hojas, la planta aún enfrentaría obstáculos burocráticos. Primero, los 53 Estados miembros de la Comisión de Estupefacientes tendrían que respaldar la recomendación del ECDD mediante una votación por mayoría simple, la cual probablemente se llevará a cabo en Viena en marzo de 2026. Ese resultado luego sería comunicado por el secretario general de las Naciones Unidas a todos los Estados miembros, a la OMS y a la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE). En cualquier momento, la política podría poner en entredicho el proceso. Estados Unidos, el oponente más vocal y ferviente de la reforma, ha abandonado formalmente la OMS, pero su presión sin duda se hará sentir.
Aun así, más de 75 años después de que las Naciones Unidas solicitaran por primera vez la abolición de la coca, las perspectivas para quienes buscan liberar la planta nunca han sido más prometedoras. Si Bolivia y Colombia tienen éxito en Viena, será una sorprendente inversión del destino y un gran beneficio para América Latina. El acceso a las hojas estimulará la investigación científica que evaluará de manera objetiva el potencial médico y terapéutico de la coca, con el objetivo final de poner a disposición de todas las personas una planta que promete mejorar su bienestar y aliviar los desafíos cotidianos de sus vidas. Una amplia variedad de productos a base de coca deleitará a los consumidores, al mismo tiempo que apoyará a las más de 200.000 familias solo en Colombia que cultivan la planta como medio de vida, permitiéndoles restringir o incluso cortar sus lazos con los carteles. La liberación de las hojas socavará el comercio en el mercado negro y reducirá la deforestación al permitir el cultivo en tierras que fueron limpiadas y abandonadas hace mucho tiempo. A través de la recaudación de impuestos, generará para Colombia —en particular— ingresos que permitirán a una nación largamente sufrida pagar el precio de la paz, tras haber vaciado su tesoro nacional durante 50 años para costear una guerra que solo fue posible gracias a las ganancias sórdidas de la prohibición.
Para los pueblos de América Latina, y de hecho para las personas de bien en todo el mundo, se trata de una perspectiva deslumbrante: el fin, por fin, de la guerra contra la coca. Un legado robado que regresa a su estatus legítimo. La planta sagrada, largamente profanada, celebrada nuevamente, como en tiempos del Inca y de todas las civilizaciones antiguas de los Andes, como un regalo de los dioses.
Artículo publicado en Rolling Stone, 6 de abril de 2025.
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