
Requiem… Non nobis
Uno de los grandes riesgos del ocultismo es la pérdida de objetividad del yo. Tenemos el caso paradigmático del creador del término, Éliphas Lévi, quien menciona la locura más de cincuenta veces en su obra. Ahora bien, esta pérdida de objetividad del yo constituye el principal riesgo que corre toda persona que busca una experiencia espiritual profunda pero desordenada, sin la luz de la fe. Ello la conduce a una experiencia ciega y peligrosa de lo oculto, que opera y se manifiesta detrás de dicha búsqueda.
Por lo tanto, la pérdida de objetividad del yo es el mayor, aunque no único, peligro para quienes se dedican al ocultismo, la magia o el gnosticismo. Los monasterios y las órdenes espirituales cristianas siempre lo han sabido, gracias al inmenso caudal de experiencia que han acumulado durante milenios en el dominio de la vida interior. Por eso, toda su práctica espiritual se basa en el examen de conciencia y en la ayuda fraterna recíproca, así como en el cultivo de la humildad mediante medios concretos como la obediencia.

Megalomanía espiritual
Tomemos un ejemplo: Sabbatai Zevi, cabalista del siglo XVII. Si este hombre hubiera sido consagrado sacerdote o miembro de una orden monástica cristiana, su supuesta «iluminación» —en realidad, una inversión de la luz auténtica— jamás lo habría llevado a proclamarse como el Mesías prometido en 1648 ante sus discípulos. Mucho menos habría generado uno de los movimientos más nefastos de la historia moderna, que ha influido, en parte, en las creencias de ciertos sectores del poder actual.
Tampoco habría necesitado convertirse al islam para salvar su vida y continuar con su pretendida misión: “Dios me ha hecho turco ismaelita; él ha ordenado y yo he obedecido, al noveno día después de mi segundo nacimiento”, escribió a sus seguidores desde Turquía.
De haber vivido bajo el discernimiento de una orden espiritual, aquellas intuiciones —procedentes de fuentes inciertas— habrían sido corregidas o silenciadas. Pero, en lugar de eso, su exploración solitaria y su hundimiento en lo oculto lo condujeron a una verdadera megalomanía espiritual. Una de las características de esta forma de locura aparece en el testimonio de Samuel Gandor, uno de sus discípulos:
<<Se dice de Sabbatai Zevi que desde hace quince años está agobiado por la siguiente aflicción: le persigue una sensación de depresión que no le deja ningún momento de tranquilidad y ni siquiera le permite leer, sin poder hablar o decir de qué se trata la naturaleza de esta tristeza que le ha sobrevenido.>>[1]
El extraño Sabbatai Zevi. Su sistema esoterico tiene repercución todavia hoy entre los que ostentan el poderLa historia del iluminado cabalista Sabbatai Zevi es solo un caso entre muchos que ilustran los peligros y pruebas inherentes a quienes practican estas supuestas ciencias espirituales. El escritor Hargrave Jennings expresó con claridad este riesgo al referirse a los rosacruces:
<<Hablan de toda la humanidad como si estuviera infinitamente por debajo de ellos; su orgullo está más allá de toda idea, aunque son muy humildes y tranquilos en el exterior. Se glorían en la pobreza y declaran que es el estado que se les ha ordenado; y esto a pesar de que se jactan de riquezas universales. Rechazan todos los afectos humanos, o se someten a ellos como escapes aconsejables: apariencia de obligaciones amorosas, que asumen para una aceptación conveniente o para pasar en un mundo que está compuesto de ellos o de su suposición. […] mientras critican con lástima o desprecio a los seres humanos en sus propias mentes, como si fueran completamente ajenos al orden de los hombres. Son más simples y deferentes en su exterior; y, sin embargo, el valor propio que llena sus corazones encuentra su expansión autoglorificante solo en los cielos ilimitados. En comparación con los adeptos herméticos, los monarcas son pobres.
Y sus mayores acumulaciones son despreciables. Al lado de los sabios, los más eruditos son meros idiotas y tontos. Por lo tanto, hacia la humanidad son negativos; hacia todo lo demás, positivos; autónomos, autoiluminados, autotodo; pero siempre preparados (más aún, ordenados) para hacer el bien, siempre que sea posible o seguro. ¿Qué medida o qué criterio puede aplicarse a esta inconmensurable exaltación de sí mismos? Las estimaciones ordinarias fallan ante semejante idea. O el estado de estos filósofos ocultistas es el colmo de la sublimidad, o es el colmo del absurdo[2].>>
Es evidente que la idea de unos supuestos “maestros superiores” que practican una autoapreciada humildad sin límites, pero que al mismo tiempo se proclaman portadores de todo bien, resulta profundamente chocante. Este tipo de figuras, que parecen mover los hilos secretos del mundo, comienzan a ponerse de moda en el siglo XVIII con el Barón Von Hund y alcanzan su clímax con Helena Blavatsky y sus, hasta hoy, desconocidos “maestros ascendidos”.
Uno de los ejemplos paradigmáticos de la megalomanía espiritual propia del ocultismo es el caso de John Custance, relatado por él mismo en su libro Wisdom, Madness and Folly: the Philosophy of a Lunatic:
<<Me siento tan cerca de Dios, tan inspirado por Su Espíritu, que en cierto sentido soy Dios. Veo el futuro, planifico el Universo, salvo a la humanidad: soy total y completamente inmortal; incluso soy hombre y mujer. Todo el Universo, animado e inanimado, pasado, presente y futuro, está dentro de mí. Toda la naturaleza y la vida, todos los espíritus, están cooperando y conectados conmigo; todo es posible. En cierto sentido soy idéntico a todos los espíritus, desde Dios hasta Satanás. Reconcilio el Bien y el Mal y creo luz, oscuridad, mundos, universos.>>[3]
El estado descrito por Custance es característico de la manía aguda, y el propio autor no lo niega en modo alguno. Éliphas Lévi la describe de forma similar y advierte con vehemencia contra ella. Otro ejemplo lo ofrece Valentin Tomberg:
“Hace treinta y ocho años conocí a un hombre tranquilo, de edad madura, que enseñaba inglés en la YMCA de la capital de un país báltico. Un día me reveló que había alcanzado un estado espiritual que se manifiesta a través de ‘la mirada eterna’ y que equivale a la conciencia de la identidad del Ser con la Realidad Eterna del mundo. El pasado, el presente y el futuro, vistos desde el pedestal de la eternidad —donde decía habitar su conciencia—, eran para él un libro abierto. Ya no tenía problemas, no porque los hubiera resuelto, sino porque había alcanzado un estado donde dejaban de tener importancia. Según él, los problemas pertenecen al dominio del movimiento en el tiempo y el espacio; quien trasciende esto y alcanza el reino de la eternidad e inmovilidad queda libre de ellos.
Cuando hablaba de estas cosas, sus grandes ojos azules irradiaban sinceridad y certeza. Pero ese resplandor dio paso a una mirada sombría y enojada tan pronto como planteé el valor del ‘sentimiento subjetivo de eternidad’, que claramente era lo que padecía. Pues quien en ese estado se cree por encima del resto de los seres humanos, acaba incapaz de ayudarlos objetivamente, sea en el progreso espiritual o en el alivio del sufrimiento. Nunca me perdonó esa pregunta. Se dio la vuelta y se marchó. Esa fue mi última impresión de él en este mundo. Partió a la India, donde poco después murió víctima de una epidemia.>>[4]
Estos testimonios reflejan un mismo fenómeno: el despertar, en distintas personas, del gravísimo problema de la megalomanía espiritual, consecuencia de una espiritualidad desordenada. Esta se orienta, poco a poco, hacia una forma de trascendencia inversa, lógicamente dominada por ideas ocultistas, incluso aquellas disfrazadas bajo el lenguaje edulcorado del New Age.
La megalomanía espiritual es tan antigua como el mundo. Su origen se encuentra más allá del ámbito terrestre; según la tradición cristiana, su raíz está en la caída de Lucifer, fruto del pecado de la soberbia. El profeta Ezequiel da un retrato conmovedor de este acontecimiento:
<<Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura… Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste… Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios…>>[5]
Aquí está el origen superior —es decir, celestial— de la megalomanía espiritual: el complejo de superioridad asociado a un saber oculto reservado solo a unos pocos. Al orientarse hacia lo luciferino, esta forma de espiritualidad se convierte en una búsqueda de la trascendencia hacia abajo. El pecado de la soberbia se repite, siglo tras siglo, generación tras generación, especialmente en aquellos que se desligan del entorno común y de la conciencia ordinaria. Es ahí donde suelen actuar con más eficacia las fuerzas del ocultismo.
Quien aspira a un plano superior al del mundo visible corre el riesgo de volverse altivo. Quien busca amplitud más allá del círculo normal de deberes y placeres corre el riesgo de considerarse especial. Pero quien busca la profundidad —bajo la superficie de la vida— corre el mayor riesgo de todos: la megalomanía espiritual.
Quien cae en esto puede perder todo interés por lo concreto y lo individual, hasta llegar a considerar a los demás seres humanos casi tan insignificantes como insectos. Solo los mira “desde arriba”. Vistos desde su altura metafísica, los otros pierden proporción y significado. Mientras tanto, él —el ocultista, el esoterista— se considera grande, partícipe de un conocimiento reservado y envuelto en una supuesta grandeza trascendental que solo unos pocos comprenden.
El reformador que quiere corregir o salvar a la humanidad fácilmente cae víctima de la tentación de considerarse el centro activo de un círculo pasivo: la humanidad. Se siente portador de una misión de significado universal y, por tanto, cada vez más superior.
El ocultista, el mago o el gnóstico experimentan fuerzas superiores que actúan más allá de su conciencia y que irrumpen en ella. Pero ¿a qué precio? Al precio de la identificación del yo con esas fuerzas externas, que el Apóstol describe como “espíritus del aire”, y cuyo resultado es la megalomanía.
Se habla con frecuencia de los peligros del ocultismo. La magia negra suele presentarse como el mayor de ellos, contra el cual la Iglesia exhorta a mantenerse alejados. Otros —sobre todo quienes tienen cierta formación médica— interpretan estos fenómenos como trastornos del sistema nervioso. Pero la experiencia de quienes han estado implicados en estas prácticas y luego han dado testimonio de ello —como Huysmans, Tomberg, entre otros— muestra que el verdadero peligro no es ni la magia negra ni el desequilibrio nervioso. Al menos, estos riesgos no son más comunes entre los ocultistas que entre políticos, artistas, psicólogos, creyentes o agnósticos.
No hace falta buscar nombres de «magos negros» en las leyendas; podemos pensar en personajes como el Dr. Fausto, pero no es necesario. Basta con observar a ciertos políticos —que nada tienen que ver con el ocultismo, e incluso le son hostiles— cuya influencia se ajusta bastante bien al concepto clásico de mago negro. Pensemos, por ejemplo, en Lenin. ¿Es difícil nombrar a políticos que hayan ejercido una influencia fatal y sugestiva sobre las masas, incitándolas a actos de crueldad y violencia que individualmente serían incapaces de cometer? ¿No es esa sugestión colectiva —que priva de libertad moral al individuo y lo convierte en objeto— la esencia de la magia negra? Nombres como Pol Pot, Stalin, Hugo Chávez o Fidel Castro vienen inmediatamente a la mente.
Politicos con influencia nefasta sobre las masasAsí pues, aunque hay diversos riesgos, ni la magia negra ni los trastornos mentales constituyen el peligro esencial del ocultismo. El verdadero peligro, aunque no exclusivo del ocultismo, puede definirse con dos términos: complejo de superioridad y megalomanía.
De hecho, es raro el ocultista (que no sea un principiante) que no haya contraído esta enfermedad moral, o que no la haya sufrido en algún momento. La megalomanía aparece en muchos niveles. Comienza como una seguridad excesiva en uno mismo y cierta familiaridad irreverente al hablar de cosas elevadas y sagradas. Luego se manifiesta como el “saber mejor” y el “saber todo”, es decir, la actitud del maestro que se cree por encima de los demás. Finalmente, alcanza la forma de una infalibilidad implícita o incluso explícita. No son pocos los que encajan en este retrato; basta una ojeada a los escritos de Swedenborg, por ejemplo.
En defensa contra la megalomanía espiritual
¿Qué se puede hacer contra este peligro para proteger la salud moral personal? Además de mantenerse alejado de estas prácticas —aunque nuestra sociedad neopagana las promueva con creciente descaro—, debemos recordar el antiguo adagio benedictino: ora et labora («reza y trabaja»).
León Bloy lo expresó con claridad:
<<La adoración a Dios y el trabajo constituyen el único remedio curativo y profiláctico que conozco contra las ilusiones megalómanas. Es necesario adorar lo que está por encima de nosotros y participar en el esfuerzo humano, en el plano de los hechos objetivos, para mantener a raya las ilusiones sobre lo que uno es o puede hacer.>>[6]
<<Quien eleva su oración al nivel de adoración pura siempre será consciente de la distancia que lo separa —y al mismo tiempo lo une— con aquello que adora. Por tanto, no se verá tentado a adorarse a sí mismo, raíz última de la megalomanía. La clave está en reconocerse pecador, y mantener clara la diferencia entre el ser humano y Dios. No confundirá el «yo» con el «Yo soy».
Asimismo, quien trabaja y participa del esfuerzo humano con miras a resultados objetivos y verificables, difícilmente caerá en ilusiones sobre su propia grandeza. Un médico, por ejemplo, que sobrestime su poder curativo, pronto aprende a conocer sus límites a través de sus fracasos. Y esa experiencia del fracaso —que la sociedad moderna detesta y rehúye— es clave para la humildad. Nuestra cultura, obsesionada con la felicidad y la perfección artificial, niega sistemáticamente el valor del error y el sufrimiento.>>[7]
Ora et labora es, entonces, la conditio sine qua non para mantener a raya la tendencia a esa extraña megalomanía espiritual, que se ha vuelto tan común en un mundo saturado de ocultismo (como vemos, por ejemplo, en ciertas religiones animistas como la santería).
Ahora bien, para alcanzar inmunidad real contra esta enfermedad moral no basta con el rezo y el trabajo. Es necesario algo más: haber tenido la experiencia concreta de encontrarse con un ser verdaderamente superior. No hablamos de las vaguedades del new age, del “yo superior”, ni de un sentimiento nebuloso de “presencia”, ni siquiera de una “inspiración” intensa. Hablamos de un encuentro real, tangible, aunque espiritual, cara a cara con Dios. Y esto ocurre principalmente en los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y en la oración.
Un ejemplo luminoso de esto es Santa Teresa de Ávila. La experiencia de sus encuentros con el Maestro la hacía cada vez más humilde. Y cualquier persona que conozca a un monje o una monja de clausura comprenderá que no hablamos de una visión física de Cristo, sino de una vivencia profunda que lleva a la humildad.
Santa Teresa de AvilaLas Escrituras están llenas de ejemplos similares: auténticas experiencias de lo divino que conducen a la humildad. Quien no es humilde, simplemente no ha tenido una experiencia verdadera de Dios. Los apóstoles, que “vieron y oyeron” al Maestro, y los profetas, que escucharon la voz del Dios de Israel, no mostraron orgullo alguno. A diferencia de muchos maestros gnósticos que —precisamente— no “vieron ni oyeron” nada verdadero.
Es cierto que se necesita “ver y oír” para aprender a fondo la lección de la humildad. Pero también es verdad que Cristo bendice a quienes, sin haber visto, creen.
La humildad, como la caridad, es una cualidad natural del alma humana, aunque frecuentemente eclipsada por nuestra naturaleza caída. Sus raíces no están en lo horizontal, ni en una sociedad regida por el darwinismo social, donde solo sobreviven los más fuertes y los débiles son descartados. Esa lógica de lucha perpetua no forma personas humildes, sino guerreros, ideólogos, oportunistas.
La humildad —como forma esencial de la templanza— es una virtud impresa en el alma por la búsqueda de Dios y por la gracia del Espíritu Santo. Es un don, y como todo don, se recibe desde lo alto.
Jhon Carrera
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[1] (Scholem, 1955) Major Trends in Jewish Mysticism
[2] (Jennings, 1987) The Rosicrucians: Their Rites and Mysteries
[3] (Custance) Wisdom, Madness and Folly: the Philosophy of a Lunatic (Tomberg, 2002)
[4] (Tomberg, 2002) Meditations on the Tarot
[5] Ezequiel 28, 12-17
[6] (Bloy, 2021) La Sangre del Pobre
[7] (Tomberg, 2002)
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