LA ENTREGA AL FUEGO Busco en las palabras una imagen de mí, como en un espejo. Pero no esa imagen conocida, sino otra, una desconocida, que me revele un Yo que no soy yo. Un saber que es no saber. Busco y rebusco, y me pierdo, y olvido precisamente que el altar es portátil. Pero ahora, después de todo, sí recuerdo. Que soy un templo y el altar es en mí; que esa piedra, esa rosa, ese fuego, esa arca, ese sagrario, ese tabernáculo, esa copa, ese sello, esa presencia, ese corazón, también soy, en el centro de mi ser. Aunque mi ser no es mío –paradoja– y todo lo que en mí se expresa ha de ser devuelto, es un traje prestado, y lo quiero y lo acepto sólo para poder entenderlo, y trascenderlo, para llegar a aquel conocimiento que se asemeja más a una ignorancia, para reconocer el abrazo eterno del No Ser y el Ser, su fusión en la Suprema Identidad. Como Hércules con el León de Nemea (símbolo solar) estrangulo a lo más bajo de mi ser y lo coloco alrededor de mi cuerpo para hacerme inviolable. La piel del León de Nemea es muy gruesa, es una capa protectora contra todo mal, pero esa protección es primero de todo interna, como lo es el Cielo que cubre: es inviolable el que ha vencido al mal, entendido como error, habiendo reconocido que el centro está oculto en su interior. Entendemos el que ha vencido el mal no como ser individual que lucha contra algo externo a sí mismo, sino el que ha ordenado los ámbitos de su alma siguiendo el orden cósmico, el Plan divino. Por lo que ha dado el justo lugar a lo primero, que es lo más interno, y que por su propia naturaleza no se puede deteriorar, no se puede romper, no se puede violar (de allí la inviolabilidad), no se puede profanar, porque lo sagrado no es afectado por los vaivenes de este mundo, porque “allí” (es un no lugar, por eso lo ponemos entre comillas) no entra el mal, ni el bien tampoco, entendidos estos dos términos como polos opuestos, o más bien “allí” se mantienen en un equilibrio dado por el eje vertical que es la referencia para determinarlo. La misión es transmutar las heces en oro, hacer de las debilidades fuerza, pero no fuerza bruta. Hablamos aquí de la fuerza de la Inteligencia, que debe guiar en todo momento el camino de quién ha decidido de una vez y para siempre poner su corazón donde está su tesoro. Para ello hay que estrangular todo lo que impide el paso a los estados superiores. Sofocar, como hace el fuego, toda rebelión contra la Voluntad divina, para acoplar la propia a ésta. Iba a decir que hay que sofocar todo lo que no sirve, pero bien mirado, en un sentido, todo sirve para la hoguera. Porque se trata de un centro de comunicación, de comunión, por tanto no se desecha nada, simplemente se toma consciencia de las relaciones entre el cielo y la tierra, entre lo alto y lo bajo. El mundo, pues, es todo sentido, vida, alma, cuerpo, estatua del Altísimo, hecha para su gloria con potestad, discreción y amor. De nada se lamenta. Se producen en él muchas muertes y vidas, que sirven para su gran vida. Muere en nosotros el pan, y se hace quilo, luego muere éste, y se convierte en sangre, luego muere la sangre y se hace carne, nervios, huesos, espíritu, semen, y padece varias muertes y vidas, dolores y voluptuosidades; pero sirven para nuestra vida, y nosotros no nos dolemos, sino que gozamos. Así para todo el mundo todas las cosas son gozo y sirven, y cada cosa está hecha para el todo, y el todo para Dios a su gloria (1). Lo que pesa queda abajo, lo que es ligero asciende. Así es la Ley. En el punto donde horizontal y vertical se unen, allí se ubica el altar. “Mi altar es el fuego: perpetua llama prendida sin arrebato. Fábrica de mundos incesantes que nacen y mueren perpetuamente. Nadie ignora que siempre habrá un fuego encendido sobre la tierra” (2). Desde arriba, o sea desde el punto de vista del principio que se manifiesta, el fuego ilumina y da calor, por él se hace posible la expansión de la vida en este mundo. En cambio, si nos situamos desde el punto de vista inverso, en el recorrido iniciático de vuelta al origen, a partir del altar el camino es ascendente, vertical. Allí se deja todo lo humano, transmutando la carne en humo, en un acto de Amor divino en el que se hace patente la doble naturaleza del hombre: humana y divina. En efecto, es con el fuego del amor, y la sutil pasión que él genera, como se lleva a cabo la obra de la transmutación alquímica, porque ese fuego es el propio Amor al Conocimiento y a la Sabiduría (3). Así, la columna de humo sutil, como eje central, sube hacia el cielo hasta desaparecer en él. Por otra parte, en la tierra, la ceniza queda para fecundar una nueva tierra libre de impurezas y regenerar el mundo desde el interior. Es interesante notar que el camino de Hércules no se acaba en el León de Nemea, pues hay muchos más trabajos, al final de los cuales precisamente aparece dos veces el fuego. Pero viene una nueva plaga, a la que no se puede hacer frente ni con valor, ni con las armas ni protegido con una armadura; corre por lo más hondo de los pulmones un fuego devorador y se ceba en todos los miembros (4). La misma Hidra de Lerna, los egos de uno, presentes hasta el final a pesar de todo, y el insoportable dolor que su veneno le causa al héroe, son el impulso para el auto sacrificio. Es necesario entregarse al fuego, entregarse entero, con todo, hasta las virtudes, y entonces vuela libre el alma (5). Ya no es necesario escoger entre vicio y virtud, ya no es necesario hacer nada, se han acabado los trabajos, el héroe es muerto por los dioses, es amado por ellos y experimenta la libertad. Mientras la ávida llama prende en el túmulo, cubres con la piel del león Nemeo la cima del montón de troncos y te echas apoyando la cabeza sobre la clava con el mismo rostro que tendrías tumbado en un banquete, rodeado de guirnaldas, entre copas llenas de vino. (…) [Zeus habla a los dioses olímpicos que contemplan la escena] “El que lo ha vencido todo vencerá también esos fuegos que estáis contemplando y no sentirá al poderoso Vulcano salvo en la parte que tiene de su madre; lo que ha tomado de mí es eterno, sin la parte y las cargas de la muerte, no domeñable por ninguna llama; eso lo recibiré yo en las celestiales regiones, tras haber acabado su vida en la tierra, y confío que mi acción resulte grata a todos los dioses.” (…) Entretanto, todo lo que podía ser destruido por la llama, el Mulcíbero se lo había arrebatado: quedó una imagen de Hércules irreconocible y que nada tiene de semejanza con su madre, únicamente conserva la impronta de Júpiter. Igual que una serpiente renacida, despojándose de su vejez con la piel, suele florecer y cobrar lustre con las escamas recientes, así cuando el Tirintio se despojó de su cuerpo mortal, en la parte mejor de sí mismo se revitaliza y comienza a parecer más grande y a hacerse digno de veneración por su Augusto porte. El padre todopoderoso lo arrebató por entre las oquedades de las nubes en una cuadriga y lo condujo hasta los radiantes astros (6). El cielo se despeja, hay claridad, el héroe atraviesa las nubes. La duda ya no tiene lugar. Pero no hay que confundirse: esto no quiere decir que al que camina en esta senda no le pueda asaltar la duda (Zeus conduce a Hércules al cielo en una cuadriga). Como nos dice el Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos (7), esto sucede y puede, además, ser una ayuda. Es cuando ya no lo es, cuando se convierte en un obstáculo, que desde la encrucijada, entre derecha e izquierda, uno más bien tiene que mirar hacia lo alto, volver su mirada al centro de sí mismo y del Ser, y nada más. Lo otro vendrá por añadidura. Y es importante señalar que no es que primero haya duda y después se deje de dudar, sino que la duda y la certeza son dos estados que conviven en el alma del iniciado, que resuelve la primera en el punto en donde los opuestos dejan de serlo, su propio corazón. “Ante la duda, abstente” (8). O échate al fuego. Yo tenía pensado hablar de muchas otras cosas, y escribí todo esto inesperadamente. Así es el Espíritu, que sopla donde quiere y cuando quiere, y no pide permiso, simplemente irrumpe como un rayo y te deja fulminado. Notas 1 T. Campanella, Del sentido de las cosas y de la magia, extraído de Federico González, Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016. 2 Federico González, Noche de Brujas. Auto sacramental en dos actos. Symbolos, Barcelona, 2007. 3 Federico González y col., Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Revista Symbolos nº 25-26, Barcelona, 2003. 4 Ovidio, Metamorfosis. Ed. Gredos, Madrid, 2012. 5 En el capítulo V de Mujeres Herméticas. Voces de la sabiduría en occidente de Mireia Valls encontramos estos preciosos fragmentos de El Espejo de las Almas simples, de Margarita Porete: Los libres, en cambio han de hacer lo que les plazca si no quieren perder la paz, ya que han alcanzado el estado de libertad, es decir, que han caído de las Virtudes en Amor y de Amor en nada. No hacen nada que no les plazca y, si lo hicieran, eso les quitaría su paz, su libertad y su nobleza. Pues el Alma no es inmaculada hasta que hace lo que le place y no se reprocha ese placer. Es justo –dice Amor–, pues su voluntad es nuestra: ha pasado el Mar Rojo, sus enemigos quedaron en él. Su placer es nuestra voluntad, por la pureza de la unidad del querer de la Deidad en la que la hemos encerrado. Su voluntad es nuestra, pues ha caído de la gracia en la perfección de las obras de las Virtudes, y de las Virtudes en Amor, y de Amor en Nada, y de Nada en la Claridad de Dios, viéndose con los ojos de su majestad, que le ha dado su propia claridad. 6 Ovidio, Op. cit. 7 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, entrada: “Duda”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013. 8 Op. cit. - Artículo*: Letra Viva. Una Utopía Hermética - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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