(Gerald Moira, la voz silenciosa, 1898) Pasando una vez el Cristo por el campo de las tumbas, encontró a un joven que estaba de rodillas y lloraba ante una cruz. Al verle Jesús, se compadeció de su dolor, y aproximándose le dijo: ¿Por qué lloras? Volvióse el joven, y extendiendo la mano respondió: -Mi madre está allí desde hace tres días. -No, hijo mío, tu madre no está ahí. -respondió Jesús- Ahí sólo se ha depositado el último vestido que abandonó; ¿por qué lloras, pues, sobre un despojo inservible? Levántate y marcha; tu madre te espera. El doliente movió tristemente la cabeza y dijo: -No, esperaré aquí la muerte e iré a reunirme con mi madre. -¡La muerte espera a la muerte, y la vida va en pos de la vida! No entristezcas con un dolor egoísta y estéril, el alma de aquella que te ha precedido; no retardes su marcha hacia Dios con tu desesperación y tu inercia. Su amor vive aún en tu corazón, y no la habrás perdido si la haces vivir dignamente en tí. En vez de llorar a tu madre, resucitala. No me mires con admiración, ni pienses que me burlo de tu dolor. Aquella cuya pérdida lamentas está cerca de tí; uno de los velos que separaba vuestras almas ha caído; queda uno todavía, y, separados sólo por ese velo, debéis vivir el uno para el otro; tú trabajarás para ella y ella rogará por tí. -¿Cómo trabajaré para ella? respondió el huérfano. Ahora que está debajo de tierra, no tiene necesidad de nada. – Te engañas hijo mío, confundiendo el cuerpo con el vestido. Ella tiene ahora, más que nunca, necesidad de inteligencia y de amor en el mundo donde vive. Tú eres la vida de su corazón y la preocupación de su espíritu, y ella te llama en su ayuda. Para tener el derecho de descansar, es preciso trabajar. Si no trabajas por tu madre torturarás su alma. Por eso te dije: Levántate y anda; porque el alma de tu madre se levantará y marchará contigo, y tú la resucitarás en tí si haces fructificar su pensamiento y su amor. Ella tiene un cuerpo en la tierra: es el tuyo; tú tienes un alma en el cielo: es la suya. Que esa alma y este cuerpo marchen juntos y tu madre revivirá. Créeme, hijo mío, el pensamiento y el amor no mueren jamás, aquellos a quienes creeis muertos viven más que tú si piensan, y más todavía, si aman. Si la idea de la muerte te entristece y te espanta, refúgiate en el seno de la vida; allí encontrarás a todos aquellos que te aman. Los muertos son los que no piensan y no aman, pues trabajan para la corrupción, y la corrupción a su vez los consume. Deja pues a los muertos llorar por los muertos, y vive con y para los vivos. El amor es el lazo de las almas, y cuando este lazo es puro, es indestructible. Tu madre te precede; marcha hacia Dios, pero está encadenada a tí; y si tú te duermes en la pena egoísta, se verá obligada a esperarte y sufrirá. Pero yo te digo, en verdad, que todo el bien que puedes hacer, le será tenido en cuenta a su alma, mientras que si haces el mal sufrirá voluntariamente la pena. Por eso te repito; si la amas, vive para ella. El joven, entonces, se levantó. Sus lágrimas cesaron de correr, y contempló la faz de Jesús con admiración, pues el rostro del Cristo estaba radiante de inteligencia y de amor, resplandeciendo la inmortalidad en sus ojos. Tomando al joven de la mano, Jesús le dijo: Ven. Le condujo enseguida sobre una colina que dominaba a la ciudad entera, y exclamó: ¡Mira el verdadero campo de las tumbas! Allá en esos palacios que entristecen el horizonte, hay muertos a los que es necesario llorar, más que aquellos cuyos restos yacen aquí, pues esos no descansan. Se agitan en medio de la corrupción y disputan su pasto a los gusanos; son semejantes a un hombre enterrado en vida. El aire del cielo falta a sus pulmones, y la tierra gravita sobre ellos. Están encerrados en las estrechas y miserables instituciones que han hecho para sí, como en las tablas de un féretro. Joven que llorabas y cuyas lágrimas secó mi palabra, llora y gime ahora sobre los muertos que sufren aún. Llora sobre aquellos que se creen vivos y que son cadáveres atormentados. A esos hay que gritar con poderosa voz: ¡Salid de vuestras tumbas! ¡Oh! ¿Cuándo resonará la trompeta del ángel? El ángel que debe despertar al mundo es el ángel de la inteligencia, el ángel que debe salvarlo es el ángel del amor. La luz será entonces como el relámpago que brilla en Oriente y refulge al mismo tiempo en Occidente. A la voz de aquél, el cuerpo de Cristo que es el pan fraternal, será revelado a todos, y las águilas se reunirán alrededor del cuerpo que debe alimentarlos. Entonces el verbo humano, libertado de los intereses egoístas, se unirá al Verbo divino; y la palabra unitaria, resonando en el mundo entero, será la trompeta del ángel. Los vivos se levantarán, los vivos a quienes se les habrá creído muertos y que sufrirán esperando la liberación, y todo lo que no es muerto se pondrá en marcha e irá delante del Señor; mientras que el viento barrerá las cenizas de los que ya no son. Joven, mantente dispuesto, y guárdate de morir. Vive para aquellos que amas, ama a aquellos que viven, y no llores por los que han subido un grado más en la escala de la vida; llora por los muertos. Tu madre te amaba; te ama por consiguiente, mucho más en este instante en que su pensamiento y su amor están libres de las pesadas barreras de la tierra. Llora por los que no piensan en tí y no te aman. Pues te digo, en verdad, que la humanidad solo tiene un cuerpo y un alma, y vive doquiera se trabaja y se sufre. Un miembro insensible al bienestar y al dolor de los otros miembros, está muerto y debe ser suprimido en breve. Dichas estas cosas, el Cristo desapareció de la vista del joven, quien, después de haberse quedado algunos instantes inmóvil, y como bajo la impresión de un ensueño, emprendió silenciosamente el camino de la ciudad, diciendo: Voy a buscar a los vivos entre los muertos. Y haré bien a todos aquellos que sufren sufriendo con ellos y amándolos, a fin de que mi madre lo sepa y me bendiga en el Cielo; pues ahora comprendo que el Cielo no está lejos de nosotros y que el alma es al cuerpo, lo que el cielo material es a la tierra. El cielo que rodea y sostiene a la tierra se abreva en la inmensidad, como nuestra alma se embriaga de Dios mismo. Y los que viven en el mismo pensamiento y en el mismo amor, no pueden separarse jamás. Publicado en “El Loto Blanco” (Diciembre 1917) Eliphas Levi. Pernety, Fábulas Egipcias y Griegas: La vida es el resultado armónico de la unión de la materia con la forma, lo que constituye la perfección del individuo. La muerte es el término prefijado donde se hace la desunión y la separación de la forma y de la materia. Se empieza a morir desde que esta desunión comienza y la disolución del mixto es su complemento. Todo lo que vive ya sea vegetal, ya sea animal, tiene la necesidad de alimento para su conservación y estos alimentos son de dos clases. Los vegetales no se alimentan menos del aire que del agua y de la tierra. Los pechos mismos de ésta se secarían pronto si no estuvieran continuamente abrevados de leche etérea. Es lo que Moisés nos expresa perfectamente en los términos de la bendición que da a los hijos de José: Bendita del Señor sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del Sol, con el rico producto de la Luna. Con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos. Y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud, etc… ¿Sería solamente para refrescar el corazón que la naturaleza habría tomado cuidado de colocar cerca de él los pulmones, estos admirables e infatigables fuelles? No, ellos tienen un uso más esencial; es para aspirar y transmitirle continuamente este espíritu etéreo que viene a socorrer a los espíritus vitales y reparar su pérdida y algunas veces los multiplica. Es por lo que se respira más a menudo cuando se produce más movimiento, porque entonces se produce más gran pérdida de espíritus que la naturaleza busca reemplazar. Los filósofos dan el nombre de espíritus, o naturalezas espirituales, no solamente a los seres creados sin ser materia y que sólo pueden ser conocidos por el intelecto, tales como los ángeles y los demonios, sino a aquellos que, aunque materiales, no pueden ser percibidos por los sentidos a causa de su gran tenuidad. El aire puro o éter es de esta naturaleza, las influencias de los cuerpos celestes, el fuego innato, los espíritus seminales, vitales, vegetales, etc. Son los ministros de la naturaleza, que sólo parece obrar sobre la materia mediante ellos. El fuego de la naturaleza sólo se manifiesta en los animales por el calor que él excita. Cuando se retira, la muerte toma su lugar, y el cuerpo elemental o el cadáver permanece entero hasta que empieza a disolverse. Este fuego es muy débil en los vegetales como para volverse sensible al sentido mismo del tacto. No se hace tal cual la naturaleza del fuego común, su materia es tan tenue que sólo se manifiesta por los otros cuerpos a los que ataca. El carbón no es fuego, ni la madera que arde, ni la llama que sólo es un humo inflamado. Luego parece extinguirse y desvanecerse cuando el alimento le falta. Es preciso que sea un efecto de la luz sobre los cuerpos combustibles. LA LUZ El origen de la luz nos prueba su naturaleza espiritual. Antes de que la materia comenzará a recibir su forma, Dios formo la luz, ella se propagó inmediatamente en la materia, que le sirvió como de mecha para su conservación. La manifestación de la luz fue, pues, como el primer acto que Dios ejerció sobre la materia, el primer matrimonio del creador con la criatura, y el del espíritu con el cuerpo. Extendida primeramente por todo, la luz parece reunirse en el Sol, como si muchos rayos se reunieran en un punto. La luz del Sol es en consecuencia un espíritu luminoso, unido inseparablemente a este astro, cuyos rayos se revisten de partes del éter para volverse sensibles a nuestros ojos. Estos son los raudales que manan de una fuente inagotable y que se extienden en la vasta extensión de todo el Universo. Sin embargo no se ha de concluir de ello que estos rayos sean puramente espirituales. Ellos se corporifican con el éter como la llama con el humo. Suministremos en nuestros hornos un alimento perpetuamente humoso y tendremos una perpetua llama. La naturaleza de la luz es de fluir sin cesar, y estamos convencidos al llamar rayos a estas efusiones del Sol mezcladas con el éter. No se ha de confundir, pues, la luz con el rayo o la luz con el esplendor y la claridad. La luz es la causa, la claridad el efecto. Cuando una bujía encendida se extingue, el espíritu ígneo y luminoso que inflama la mecha, no se pierde, como se cree comúnmente. Su acción sólo desaparece cuando el alimento le falta o cuando se le retira. Se expande en el aire que es el receptáculo de la luz y de las naturalezas espirituales del mundo material. Así como los cuerpos vuelven, mediante la resolución, a la materia de donde tienen su origen, así mismo también las formas naturales de los individuos vuelven a la forma universal o a la luz, que es el espíritu vivificante del Universo. No se debe confundir este espíritu con los rayos del Sol, puesto que ellos no son más que el vehículo. Él penetra hasta el centro mismo de la tierra, aún cuando el Sol no esté sobre nuestro horizonte. La luz es para nosotros una viva imagen de la Divinidad. El amor divino no pudiendo, por así decirlo, contenerse en sí mismo, es como expandido fuera de él y multiplicado en la creación. La luz no se encierra tampoco en los cuerpos luminosos, ella se expande y se multiplica, es como Dios una fuente inagotable de bienes. Se comunica sin cesar y sin ninguna disminución; así mismo parece tomar nuevas fuerzas por esta comunicación, como un maestro que enseña a sus discípulos los conocimientos que tiene, sin perderlos e imprimiendolos por más tiempo en su espíritu. Este espíritu ígneo traído a los cuerpos por los rayos se distingue muy fácilmente. Estos se comunican lo mismo aunque se encuentren en su camino alguno de los cuerpos opacos que detenga su curso. Él penetra los cuerpos más densos, puesto que se siente el calor en el lado del muro opuesto al del lado donde recaen los rayos, aunque no hayan podido penetrar allí. Este calor subsiste aún después de que los rayos hayan desaparecido con el cuerpo luminoso. Todo cuerpo diáfano, el vidrio particularmente, transmite este espíritu ígneo y luminoso sin transmitir sus rayos, esto es porque el aire que está detrás suministrando un nuevo cuerpo a este espíritu, deviene iluminado y forma nuevos rayos que se extienden como los primeros. Además todo cuerpo diáfano, sirviendo de medio para transmitir este espíritu, se encuentra no solamente esclarecido sino que se vuelve luminoso, y este aumento de claridad se manifiesta fácilmente a los que ponen un poco de atención. Este aumento de esplendor no llegaría si el cuerpo diáfano transmitiera los rayos tal como los ha recibido. El señor Pott parece haber adoptado estas ideas de los filósofos herméticos sobre la luz, en su Ensayo de Observaciones Químicas y Físicas, sobre las propiedades y los efectos de la luz y del fuego. Se encuentra perfectamente con Espagnet, del que analizo aquí sus sentimientos, y que vivió hace cerca de un siglo y medio. Las observaciones que este sabio profesor de Berlín aporta, concurren todas en probar la verdad de lo que hemos dicho hasta aquí. Él llama a la luz el gran y maravilloso agente de la naturaleza. Dice que su substancia, a causa de la tenuidad de sus partes, no puede ser examinada por el número, por la medida ni por el peso; que la química no puede exponer su forma exterior, porque en ninguna substancia puede ser concebida, y aún menos expresada, como son anunciadas su dignidad y su excelencia en la Escritura santa, donde Dios se hace llamar con el nombre de luz y de fuego, puesto que allí está dicho que Dios es una luz, que permanece en la luz, que la luz es su vestido, que la vida está en la luz, que hace a sus ángeles llamas de fuego, etc… y en fin, que muchas personas observan la luz más bien como un ser espiritual que como una substancia corporal. Reflexionando sobre la luz, la primera cosa, dice este autor, que se presenta a mis ojos y a mi espíritu es la luz del Sol, y presumo que el Sol es la fuente de toda la luz que se encuentra en la naturaleza, ya que toda la luz entra allí como en su círculo de revolución y que de allí es de nuevo reenviada sobre todo el globo. No pienso, añade, que el Sol contenga un fuego ardiente y destructivo; sino que encierra una substancia luminosa, pura, simple y concentrada, que lo aclara todo (el pensamiento con genio, sabiduría). Miro la luz como una substancia, que alegra, que anima y que produce la claridad; en una palabra, la observó como el primer instrumento que Dios puso y pone aún en obra en la naturaleza. De ahí viene el culto que algunos paganos han rendido al Sol; de ahí la fábula de Prometeo que roba el fuego en el Cielo para comunicarlo a la tierra. Sin embargo el señor Pott no aprueba, no en apariencia sino que lo hace en realidad, el sentimiento de los que hacen del éter un vehículo de la materia de la luz, porque multiplican, dice, los seres sin necesidad. Pero si la luz es un ser tan simple como él declara, ¿podrá manifestarse de otra forma que mediante alguna substancia sensible? Ella tiene la propiedad de penetrar muy sutilmente los cuerpos por su tenuidad superior a la del aire y por su movimiento progresivo, el más rápido que se puede imaginar, pero él no osa determinar si es de substancia espiritual, aunque sea cierto que el principio motor es tan antiguo como esta substancia misma. El movimiento, como movimiento, no produce la luz, pero la manifiesta en las materias convenientes. Sólo se muestra en los cuerpos móviles, es decir, en una materia extremadamente sutil, fina y propia al movimiento precipitado, ya sea porque esta materia se derrama inmediatamente del Sol o de su atmósfera y penetra hasta nosotros, ya sea, lo que parece más verosímil, que el Sol pone en movimiento estas materias extremadamente sutiles de las que nuestra atmósfera está llena. He aquí pues un vehículo de la luz, vehículo que no difiere en nada del éter, puesto que este erudito añade más abajo: es pues también allí la causa del movimiento de la luz que obra sobre nuestro éter y que nos viene principalmente y más eficazmente del Sol. Este vehículo no es pues, como según dice él, un ser multiplicado sin necesidad. Él distingue muy bien el fuego de la luz y señala la diferencia del uno y del otro, pero después de haber dicho que la luz produce la claridad, confunde aquí esta última con el principio luminoso, como se puede concluir de las experiencias que aporta. Yo habría concluido que hay allí un fuego y una luz que no queman, es decir, que no destruyen los cuerpos a los que son adheridos, pero no que haya una luz sin fuego. La falta de distinción entre el principio y la causa del resplandor y de la claridad y el efecto de esta causa es la fuente de una infinidad de errores sobre esta materia. Puede ser que esto fuera una falta del traductor que hubiera empleado indiferentemente los términos de luz y de claridad como sinónimos. Soy bastante partidario de creer esto, puesto que Pott, inmediatamente después de haber aportado diversos fenómenos de las materias fosfóricas, la madera podrida, los gusanos luminosos, la arcilla calcinada y frotada, etc…, dice que la materia de la luz en su pureza o separada de todo cuerpo, no se deja percibir y que sólo la tratamos rodeada de una envoltura y que sólo conocemos su presencia por inducción. Esto es distinguir propiamente la luz de la claridad que es el efecto. Con esta distinción vuelve fácilmente razonable una infinidad de fenómenos muy difíciles de explicar sin ésta. El calor, aunque efecto del movimiento, es como identificado con él. La luz siendo el principio del fuego lo es del movimiento y del calor. Éste es sólo un grado menor del fuego, o el movimiento producido por un fuego muy moderado, o muy alejado del cuerpo afectado. Es a este movimiento que el agua debe su fluidez, puesto que sin esta causa sería hielo. No se debe confundir, pues, el fuego elemental con el fuego de las cocinas y observar que el primero sólo se vuelve fuego actual y ardiente cuando es combinado con las substancias combustibles, por él mismo no da ni llama, ni luz. Así el flogístico o substancia oleosa, sulfurosa, resinosa, no es el principio del fuego, sino la materia propia para mantenerlo, alimentarlo y para manifestarlo. Los razonamientos de Pott prueban que el sentimiento de Espagnet y de otros filósofos herméticos sobre el fuego y la luz, es un sentir razonable y muy conforme a las observaciones físico-químicas más exactas, puesto que están de acuerdo con este erudito profesor de química de la Academia de las Ciencias y Bellas Letras de Berlín. Estos filósofos conocen, pues, la naturaleza, y si la conocen ¿por qué no probar, más bien, levantar el oscuro velo bajo el cual han ocultado sus procedimientos, mediante sus discursos enigmáticos, alegóricos y fabulosos, antes que despreciar sus razonamientos, puesto que parecen inteligibles, o acusarlos de ignorancia y de mentira?. LA CONSERVACIÓN DE LOS MIXTOS El espíritu ígneo, el principio vivificante, da la vida y el vigor a los mixtos, pero este fuego los consumiría pronto si su actividad no fuera moderada por el humor acuoso que los liga. Este humor circula perpetuamente en todos. Él se hace una revolución en el Universo, en medio de la cual los unos se forman, se nutren, aumentan así mismo de volumen mientras que su evaporación y su ausencia hacen desechar y perecer a los otros. Toda la máquina del mundo sólo compone un cuerpo, cuyas partes están ligadas por los medios que participan de los extremos. Esta ligadura está oculta, este nudo es secreto, pero lo es menos real, y es por su medio que todas estas partes se prestan ayuda mutua, puesto que hay una relación y un verdadero comercio entre ellas. Los espíritus emisarios de las naturalezas superiores hacen y mantienen esta comunicación, los unos se van cuando los otros vienen, estos vuelven a su fuente cuando aquellos descienden, los que han venido últimos toman el lugar de los que parten en su viaje, luego los otros les suceden, y por este flujo y reflujo continuos la naturaleza se renueva y se mantiene. Esto son las alas de Mercurio, mediante la ayuda de las cuales este mensajero de los dioses rinde tan frecuentes visitas a los habitantes del Cielo y de la Tierra. Esta sucesión circular de espíritus se hace mediante dos medios, la rarefacción y la condensación, que la naturaleza emplea para espiritualizar los cuerpos y corporificar los espíritus, o si se quiere, para atenuar los elementos groseros, abrirlos, levantarlos así mismo en la naturaleza sutil de las materias espirituales y enseguida hacerlos retornar a la naturaleza de los elementos groseros y corporales. Así experimentan sin cesar estas metamorfosis. El aire abastece al agua una sustancia tenue etérea que allí empieza corporificarse, el agua la comunica a la tierra donde se corporifica aún más. Se vuelve entonces un alimento para los minerales y los vegetales. En estos se hace tallo, corteza, hojas, flores, fruto, en una palabra una substancia corporal palpable. En los animales, la naturaleza separa lo más sutil, lo más espiritual de lo que beben y lo que comen para volverlo alimento. Cambia y especifica la más pura substancia en semilla, en carne, en hueso, etc…, deja lo más grosero, lo más heterogéneo para los excrementos. El arte imita a la naturaleza en sus resoluciones y sus composiciones. CONSEJOS FILOSÓFICOS Adorad sólo a Dios, amarle con todo vuestro corazón y a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Proponeos siempre la gloria de Dios como fin de todas vuestras acciones, invocadle y Él os otorgará, glorificarle y Él os exaltará. Sed tardíos en vuestras palabras y en vuestras acciones. No os apoyéis sobre vuestra prudencia, sobre vuestros conocimientos, ni sobre las palabras y las riquezas de los hombres, principalmente de los grandes. No pongáis vuestra confianza más que en Dios. Haced valer el talento que os ha confiado. Sed avaros con el tiempo, es infinitamente corto para un hombre que ha de emplearlo en ello. No dejéis para mañana lo que podáis hacer hoy. Frecuentad a los buenos y los sabios. El hombre ha nacido para aprender, su curiosidad natural es una prueba palpable de ello, y es degradar a la humanidad estancarse en la ociosidad y la ignorancia. Cuantos más conocimientos tiene un hombre, más se acerca al Autor de su ser, que lo hace todo. Aprovechad pues, las luces de los sabios, recibid sus instrucciones con dulzura y sus correcciones siempre buenamente. Evitad el comercio ruin, la multitud de ocupaciones y la cantidad de amigos. Las ciencias sólo se adquieren estudiando y meditando y no disputando. Aprended poco a la vez; repetid a menudo el mismo estudio, el espíritu puede todo cuando está en poco y no puede nada cuando está al mismo tiempo en todo. La ciencia unida a la experiencia forma la verdadera sabiduría. Es contrario, en su defecto, recurrir a la opinión, a la duda y a la conjetura y a la autoridad. Los sujetos de la ciencia son Dios, el gran mundo y el hombre. El hombre ha sido hecho por Dios, la mujer por Dios y el hombre y las otras criaturas por el hombre y la mujer, a fin de que hicieran uso de sus ocupaciones para su propia conservación y la gloria de su Autor común. Con todo, es preciso que siempre estéis bien con Dios y con vuestro prójimo. La venganza es una debilidad en los hombres. No os hagáis jamás un enemigo y si alguien quiere haceros algún mal o ya os lo ha hecho, no seréis mejores o más nobles por el hecho de vengaros que por el de hacer el bien. AFORISMO DE LA VERDAD DE LAS CIENCIAS. Dos clases de ciencias y no más. La religión y la física, es decir, la ciencia de Dios y la de la naturaleza, el resto no son más que ramas. También las hay bastardas pero son más bien errores que ciencias. Dios da la primera en su perfección a los santos y a los hijos del Cielo. Esclarece el espíritu del hombre para adquirir la segunda y el demonio pone allí los velos para insinuar las bastardas. La religión viene del Cielo, es la verdadera ciencia, porque Dios, fuente de toda verdad, es su Autor. La física es el conocimiento da la naturaleza, con ella el hombre hace cosas sorprendentes. Mens humana mirabilium effectrix. El poder del hombre es más grande de lo que se podría imaginar. Puede todo por Dios, nada sin Él, excepto el mal. LA LLAVE DE LAS CIENCIAS El primer paso en la sabiduría es el temor de Dios, el segundo el conocimiento de la naturaleza. Por ella se sube hasta el conocimiento de su Autor. La naturaleza enseña a los clarividentes la física hermética. La obra larga es siempre de la naturaleza, ella opera simplemente, sucesivamente y siempre por las mismas vías para producir las mismas cosas. La obra del arte es menos larga, este avanza mucho los pasos de la naturaleza. El de Dios se hace en un instante. La alquimia propiamente dicha es una operación de la naturaleza ayudada por el arte. Ella nos pone en la mano la llave de la magia natural o de la física y nos vuelve admirables a los hombres, elevándonos por encima de lo común. EL SECRETO La estatua de Harpócrates, que tiene una mano sobre la boca, era para los antiguos sabios el emblema del secreto, que se fortifica por el silencio y se debilita y se desvanece por la revelación. Jesús Cristo nuestro Salvador sólo reveló nuestros misterios a sus discípulos y habló siempre al pueblo mediante alegorías y en parábolas. Vobis dacum est noscere mysteria regni coelorum, sine parabolis non loquebutur eis. Los sacerdotes egipcios, los magos persas, los mecubeles y los cabalistas hebreos, los brahmanes hindúes, Orfeo, Homero, Pitágoras, Platón, Porfirio entre los griegos y los druidas entre los occidentales, sólo han hablado de las ciencias secretas mediante enigmas y alegorías; si hubieran dicho cual era el verdadero objeto, no habrían habido más misterios y lo sagrado habría sido mezclado con lo profano. LA MATERIA DE LA GRAN OBRA EN GENERAL Parece que los filósofos sólo han hablado de la materia para ocultarla, al menos cuando se trata de designarla en particular. Pero cuando hablan en general se extienden mucho sobre sus cualidades y sus propiedades, le dan todos los nombres de los individuos del Universo, porque dicen que ella es el principio y la base de todos. Examinad- dice el Cosmopolita- si esto que os proponéis hacer es conforme a lo que quede hacer la naturaleza. Ved cuáles son los materiales que emplea y de qué vaso se sirve. Si sólo queréis lo que ella hace seguirla paso a paso. Si queréis hacer alguna cosa mejor, ved lo que puede servir a este efecto, pero permaneced siempre en las naturalezas del mismo género. Si, por ejemplo, queréis llevar un metal más allá de la perfección que ha recibido de la naturaleza es preciso tomar vuestras materias en el género metálico y siempre un macho y una hembra, sin los cuales no lo lograríais. Pues en vano os propondríais hacer un metal con una hierba o una naturaleza animal, así como de un perro o cualquier otra bestia no sabríais producir un árbol. Esta primera materia es llamada muy comúnmente azufre y plata viva. Raimon Llull, los nombra como los dos extremos de la piedra y de todos los metales. Otros dicen en general que el Sol es su padre y la Luna su madre, que es macho y hembra, que está compuesta de cuatro, de tres, de dos y de uno y todo esto para ocultarla. Ella se encuentra por todo, sobre la tierra, sobre el mar, en los llanos, sobre las montañas, etc. El mismo autor dice que su materia es única y dice seguidamente que la piedra está compuesta de muchos principios individuales. Sin embargo todas estas contradicciones sólo son aparentes, porque no hablan de la materia desde un sólo punto de vista, sino en cuanto a sus principios generales o de los diferentes estados en los que ella se encuentra en las operaciones. Es cierto que no hay más que un sólo principio en toda la naturaleza y que lo es de la piedra como lo es de las otras cosas. Se ha de saber distinguir, pues, lo que los filósofos dicen de la materia en general de lo que dicen en particular. También, no hay más que un solo espíritu fijo, compuesto de un fuego muy puro e incombustible que tiene su morada en el húmedo radical de los mixtos. Es más perfecto en el oro que en toda otra cosa y sólo el mercurio de los filósofos tiene la propiedad y la virtud de sacarlo de su prisión, de corromperlo y de disponerlo para la generación. La plata viva es el principio de la volatilidad, de la maleabilidad y de la mineralidad, el espíritu fijo del oro no puede nada sin él. El oro es humectado, reincrudado, volatilizado y sometido a la putrefacción por la operación del mercurio; éste es digerido, cocido, espesado, desecado y fijado por la operación del oro filosófico que lo convierte, por este medio, en tintura metálica. El uno y el otro son el mercurio y el azufre filosófico. Pero éste no es suficiente hasta que se haga entrar en la obra un azufre metálico como levadura, lo que hace también como un esperma o simiente de naturaleza sulfurosa para unirse a la simiente de substancia mercurial. Este azufre y este mercurio han sido sabiamente representados en los antiguos por dos serpientes, la una macho y la otra hembra, enroscaras alrededor de la vara de oro de Mercurio. La vara de oro es el espíritu fijo donde deben ser unidas. Estas son las mismas que Juno envió contra Hércules, en el tiempo que este héroe estaba aún en la cuna. Este azufre es el alma de los cuerpos y el principio de la exuberación de su tintura; el mercurio vulgar está privado de él, el oro y la plata vulgares sólo tienen para ellos. El mercurio apropiado para la obra debe, pues, primeramente ser impregnado de un azufre invisible, a fin de que esté más dispuesto a recibir la tintura visible de los cuerpos perfectos y que pueda seguidamente comunicarla con usura. Numerosos químicos sudan sangre y agua para extraer la tintura del oro vulgar, imaginan que ha fuerza de torturarlo se la harán vomitar y que enseguida encontrarán el secreto para aumentarlo y para multiplicarlo, pero: Spes tandem agrícolas vanis aludit aristis Pues es imposible que la tintura solar pueda ser enteramente separada de su cuerpo. El arte no sabría deshacer en este género lo que la naturaleza ha unido tan bien. Si lograran sacar del oro un licor brillante y permanente por la fuerza del fuego o por la corrosión de las aguas fuertes se le ha de considerar solamente como una porción del cuerpo pero no como su tintura, pues lo que constituye propiamente la tintura no puede ser separada del oro. Es este término de tintura lo que hace ilusión a la mayor parte de los artistas. Con mucho gusto querría yo que eso fuera una tintura, al menos convendrán en que aún siendo alterada por la fuerza del fuego, o por las aguas fuertes no puede ser útil a la obra y que no podría dar a los cuerpos volátiles la fijeza del oro del que ella habría sido separada. Es por estas razones que Espagnet les aconseja no gastar su plata y su oro en un trabajo tan penoso y del que no podrían sacar ningún fruto. LOS NOMBRES QUE LOS ANTIGUOS FILÓSOFOS HAN DADO A LA PIEDRA Los antiguos filósofos ocultaban el verdadero nombre de la materia de la gran obra con tanto cuidado como así lo hacen los modernos. Sólo han hablado mediante alegorías y símbolos. Los egipcios la representaron en sus jeroglíficos bajo la forma de un buey, que era al mismo tiempo símbolo de Osiris y de Isis, que se suponían haber sido hermano y hermana y esposo y esposa, el uno y la otra nietos del Cielo y de la Tierra. Otros le han dado el nombre de Venus. También la han llamado Andrógino, Andrómeda, mujer de Saturno, hija del dios Neptuno; Latona, Maya, Semele, Leda, Ceres, y Homero la ha honrado más de una vez con el título de madre de los dioses. También era conocida bajo el nombre de Rea, tierra fluyente, fusible, en fin, con una infinidad de otros nombres de mujeres, según las diferentes circunstancias en las que ella se encuentra en las diversas y sucesivas operaciones de la obra. Ellos la personificaban y cada circunstancia les sugería un motivo para yo no se cuantas fábulas alegóricas que inventaban como bien les parecía; se verán la pruebas de ello en el transcurso de esta obra. El filósofo hermético quiere que el Latón (nombre que les ha complacido dar también a su materia) sea compuesto de un oro y de una plata que están crudos, volátiles, inmersos y llenos de negrura durante la putrefacción que es llamada vientre de Saturno, del que Venus fue engendrada. Es por lo que ella es considerada como nacida del mar filosófico. La sal que se produjo era representada por Cupido, hijo de Venus y de Mercurio, la plata viva, o el mercurio filosófico. Nicolás Flamel ha representado la primera materia en sus figuras jeroglíficas bajo la figura de dos dragones, uno alado y el otro sin alas para significar, dice él: el principio fijó, el macho o el azufre y por el que tiene alas el principio volátil, la humedad, la hembra o la plata viva. Estos son –añade– el Sol y la Luna de fuente mercurial. Son estas serpientes y dragones que los antiguos egipcios han pintado en círculo, la cabeza mordiéndose la cola para decir que habían salido de una misma cosa, que es suficiente a ella misma y que se perfecciona en su contorneo y circulación. Estos son los dragones que los antiguos filósofos poetas han puesto a guardar sin dormir a las manzanas de oro de los jardines de las vírgenes Hespérides. Estos son sobre los cuales Jasón, en la aventura del Toisón de oro, derramó la pócima preparada por la bella Medea; de los discursos de los cuales los libros de los filósofos están tan llenos, y no hay ningún filósofo que no haya escrito sobre ellos después del verídico Hermes Trismegisto, Orfeo, Pitágoras, Artefio, Morien y los siguientes hasta mí. Son las dos serpientes enviadas por Juno, que es la naturaleza metálica, que el fuerte Hércules, es decir el sabio, debe estrangular en su cuna, quiero decir vencer y matar para hacerlas pudrir, corromper y engendrar al comienzo de su obra. Son las dos serpientes atadas alrededor del caduceo de Mercurio, con las cuales ejerce su gran poder y se transforma y se cambia como le place. La tortuga era también en los antiguos el símbolo de la materia, porque lleva sobre su concha una especie de representación de esta figura de Saturno ђ. Es por lo que Venus era a veces representada sentada sobre un chivo, cuya cabeza como la del carnero presenta poco más o menos esta figura de Mercurio y el pie derecho apoyado sobre la tortuga. Se ve también en un emblema filosófico un artista haciendo una salsa con uvas en una tortuga. Y un filósofo interrogó ¿cual es la materia? respondió: testudo solis cum pinguedine vitis. En los aborígenes la figura ђ de Saturno tenía gran veneración, la ponían en sus medallas, sobre sus columnas, obeliscos, etc… Representaban a Saturno bajo la figura de un anciano, teniendo sin embargo un aire masculino y vigoroso que dejaba brotar su orina en forma de chorro de agua, era en esta agua en la que consistían la mayor parte de su medicina y de sus riquezas. Otros añaden allí la planta llamada Molydnos, o planta Saturnina, de la que dicen que la raíz era de plomo, el tallo de plata y las flores de oro. Es la misma de la que le hace mención en Homero, bajo el nombre de Moly. Hablaremos de ella más extensamente en las explicaciones que daremos en el descenso de Eneas a los infiernos, al final de esta obra. Los griegos también inventaron una infinidad de fábulas respecto a esto y en consecuencia formaron el nombre de Mercurio de Μαρός inguin (ingle) y de κũρος puer (niño), porque el Mercurio filosófico es una agua que muchos autores, y particularmente Raimon Llull han llamado orina de niño. De allí también la fábula de Orión engendrado de la orina de Júpiter, de Neptuno y de Mercurio. LA MATERIA ES UNA Y TODA COSA Los filósofos, siempre atentos en ocultar tanto su materia como sus procedimientos, llamaron indiferentemente su materia, a esta misma materia en todos los estados en los que se encuentra durante el transcurso de sus operaciones. Le dieron a este efecto nombres en particular que sólo le convenían en general y jamás un mixto ha tenido tantos nombres. Ella es una y todas las cosas, dicen, porque es el principio radical de todos los mixtos. Está en todo y parecida a todo porque es susceptible de todas las formas, pero antes de que sea especificada en cualquier especie de los individuos de los tres reinos de la naturaleza. Cuando es especificada en el reino mineral ellos dicen que es parecida al oro, porque es su base, su principio y su madre. Es por lo que la han llamado oro crudo, oro volátil, oro inmaduro, oro leproso. Ella es análoga a los metales siendo el mercurio del que están compuestos. El espíritu de este mercurio es tan congelante que se le llama padre de las piedras tanto preciosas como vulgares. Es la madre que los concibe, la humedad que los nutre y la materia que los hace. Los minerales también son formados de ella y como el antimonio es el Proteo de la química y el mineral que tiene más propiedades y virtudes, Artefio ha nombrado a la materia de la gran obra Antimonio de las partes de Saturno. Pero aunque da un verdadero mercurio, no se ha de imaginar que este mercurio se saca del antimonio vulgar, ni que éste sea el mercurio común. Filaleteo nos asegura que de cualquier manera que se trate el mercurio vulgar, jamás se hará de él mercurio filosófico. El Cosmopolita dice que éste es el verdadero mercurio y que el mercurio común no es más que su hermano bastardo. Cuando el mercurio de los sabios es mezclado con la plata y el oro es llamado electro de los filósofos, su bronce, su latón, su cobre, su acero, y en las operaciones, su veneno, su arsénico, su oropimente, su plomo, su latón que se ha de blanquear, Saturno, Júpiter, Marte, Venus, la Luna y el Sol. Este mercurio es un agua ardiente que tiene la virtud de disolver todos los mixtos, los minerales, las piedras y todo lo que los otros menstruos o aguas fuertes no sabrían hacer, la guadaña del viejo Saturno viene al punto para significarlo, por lo que se le ha dado el nombre de disolvente universal. Paracelso, hablando de Saturno, se expresa así: No sería a propósito que se les persuadiera, aún menos que fueran instruidos en las propiedades ocultadas en el interior de Saturno y todo lo que se puede hacer con él y por él. Si los hombres lo supieran, todos los alquimistas abandonarían cualquier otra materia para trabajar nada más que sobre ésta. Terminaré lo que tengo que decir sobre la materia de la gran obra con la exclusión que algunos filósofos dan a cierta materia que los sopladores toman comúnmente para hacer la medicina dorada o piedra filosofal. Yo he hecho -dice Ripley muchas experiencias sobre todas las cosas que los filósofos nombran en sus escritos para hacer el oro y la plata y os las voy a contar. He trabajado sobre el cinabrio pero no vale nada y sobre el mercurio sublimado, que me costó bien caro. He hecho muchas sublimaciones de espíritus, de fermentos, de sales de hierro, de acero y de su espuma, creyendo que por este medio y estas materias llegaría a hacer la piedra; pero al fin he visto que había perdido el tiempo, mis costes y mis esfuerzos. Seguía sin embargo exactamente todo lo que me era prescrito por los autores y encontré que todos los procedimientos que enseñaban eran falsos. Seguidamente tomé aguas fuertes, aguas corrosivas, aguas ardientes con las cuales operé de diversas maneras pero siempre sin provecho alguno. Después recurrí a la cáscara de los huevos, al azufre, al vitriolo, que los artistas insensatos toman por el león verde de los filósofos, al arsénico, al oropimente, a la sal amoniaca, a la sal de vidrio, a la sal alkali, a la sal común, a la sal de gema, o salitre, o sal de soda, o sal ática, o sal de tártaro, o sal alembrot; pero creedme, guardaos de todas estas materias. Evitad los metales imperfectos rubificados; el olor del mercurio y el mercurio sublimado o precipitado pues os hará equivocar como a mí. Lo he probado todo, la sangre, los cabellos, el alma de Saturno, las marcasitas, l’aes ustum (metales quemados), el azafrán de Marte, las escamas y la espuma del hierro, el litargirio, el antimonio; todo esto no vale una figura podrida. He trabajado mucho para tener el aceite y el agua de plata, he calcinado este metal con una sal preparada, y sin sal, con el agua de vida; he sacado aceites corrosivos, pero todo esto fue inútil. Empleé los aceites, la leche, el vino, el cuajo, el esperma de las estrellas que cae sobre la tierra, la celidonia, las fecundaciones y una infinidad de otras cosas y no he sacado ningún provecho. He mezclado el mercurio con los metales, los he reducido a cristal, imaginándome hacer algo bueno; he buscado en las mismas cenizas, pero creedme, por Dios, huid de tales necedades. Sólo he encontrado una obra verdadera. El Trevisano se explica, más o menos, en el mismo sentido: Y así -dice- hemos visto y conocido muchos e infinitos trabajos en estas amalgamaciones y multiplicaciones al blanco y al rojo, con todas las materias que pudierais imaginar y tantas fatigas continuas y constantes, que creí que era posible pero jamás encontramos nuestro oro ni nuestra plata multiplicada, ni del tercio ni de la mitad ni de ninguna parte. Y así hemos visto tantos blanqueos y rubificaciones, recetas, sofisticaciones, y por tantos países, en Roma, Navarra, España, Turquía, Grecia, Alejandría, Barbaria, Persia, Mesina, en Rodas, en Francia, en Escocia, en Tierra Santa y sus alrededores, en toda Italia, en Alemania, en Inglaterra y casi rodeando todo el mundo. Pero sólo encontramos gente que trabajaba en cosas sofisticadas y materias herbales, animales, vegetales y plantables, piedras, minerales, sales alumbres y aguas fuertes, destilaciones, separaciones de los elementos y sublimaciones, calcinaciones, congelaciones de plata viva mediante hierbas, piedras, aguas, aceites, estiércoles, y fuego y vasos muy extraños y jamás encontramos obreros sobre la debida materia. Encontramos en estos países a quienes sabían bien de la piedra, pero jamás pudimos tener un trato íntimo… y me puse, pues, a leer los libros antes de trabajar más tiempo, pensando en mí mismo que siguiendo a cualquier hombre no podría lograrlo, puesto que si ellos lo sabían nunca lo querrían decir… así, observé allí dónde los libros más concordaban y entonces pensé que esto era la verdad; pues sólo pueden decir verdad en una cosa. Y así encontré la verdad. Pues donde más concordaban, esto era la verdad; todo cuanto nombra uno de una manera el otro lo hace de otra; no obstante todo es una substancia en sus palabras. Pero conocí que la falsedad estaba en la diversidad y no en la concordancia, y si esto era verdad, sólo ponían allí una materia, algunos nombres y algunas figuras que daban. Y ¡Dios mío! creo que los que han escrito parabolicamente y figurativamente sus libros, hablando de cabellos, de orina, de sangre, de esperma, de hierbas, de vegetales, de animales, de plantas, de piedras y de minerales como son sales, alumbres y porosas, otros como vitriolos, bórax y magnesia y piedras cualquiera, y aguas; creo, digo, que les ha costado muy poco, o se han tomado pocas molestias, o es que son muy crueles… Pues sabed que ningún libro la declara en palabras verdaderas, sino mediante parábolas y como en figuras. Pero el hombre debe pensar y revisar frecuentemente en lo posible lo que dicen y observar las operaciones que la naturaleza dirige en sus obras. Porque concluyo, y creedme: Dejad las sofisticaciones y a todos los que en ellas creen, huid de sus sublimaciones, conjunciones, separaciones, congelaciones, preparaciones, desuniones, conexiones y otras decepciones […] Y se amontonan los que afirman otra tintura que no es la nuestra, no verdadera, y sin ningún provecho. Y se amontonan los que van diciendo y sermoneando otro azufre que no es el nuestro, que está oculto en la magnesia (filosófica) y que quieren sacar otra plata viva que la del servidor rojo, y otra agua que no es la nuestra, que es permanente, que de ningún modo se une a nada más que a su naturaleza, y que no moja otra cosa que no sea la propia unidad de su naturaleza […] Dejad alumbres, vitriolos, sales y otros, bórax, cualquier agua fuerte, animales, bestias y todo lo que de ellos pueda salir; cabellos, sangre, orina, espermas, carnes, huevos, piedras y todos los minerales. Dejad todos los metales, pues aunque se haga uso de ellos, nuestra materia, dicho por todos los filósofos, debe estar compuesta de viva-plata; y la viva-plata no está en otras cosas que en los metales, como aporta Geber, en el gran Rosario, en el código de toda verdad, por Morien, por Haly, por Calib, por Avicena, por Bendegid, Esid, Serapión, por Sarne, que hizo el libro llamado Lilium, por Euclides en su séptimo capítulo de las Retracciones y por el filósofo (Aristote), en el tercero de los meteoros […] Y por esto dicen Aristote y Demócrito en el libro de la Física, capítulo tercero de los meteoros, que es muy caro para los alquimistas, pues ellos no cambiarán jamás la forma de los metales, si no se hace una reducción a su primera materia […] O, sabed, como dice Noscus, en la Turba, el cual fue rey de Albania, que del hombre sólo viene hombre, de volátil sólo volátil, y de bestia sólo bestia bruta, y que naturaleza sólo corrige a su propia naturaleza y no a otra. Lo que acabamos de aportar, de estos dos autores, es una lección para los sopladores. Les indica claramente que no están en la buena vía., y podrá servir al mismo tiempo de preservativo a los que ellos quisieran engañar, porque cada vez que un hombre prometa hacer la piedra con las materias aquí arriba excluidas, se puede concluir que es un ignorante o un bribón. Está claro también, por todo este razonamiento del Trevisano, que la materia de la gran obra debe de ser de naturaleza mineral y metálica; pero ¿Cuál es esta materia en particular? Ninguno lo dice precisamente. Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz. - Artículo*: Filosofía Oculta - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
- Enlace a artículo -
Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL.
(No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí presentados)
No hay comentarios:
Publicar un comentario