Fotografía, eclipse de Luna 7-8-2017, templo de Poseidón Como vengo haciendo en los anteriores posts, empezaremos conociendo el funcionamiento de nuestro mundo a través de la visión de un ordenador e hilándola a la cábala egipcia o Tarot. […]Tal como todos los ordenadores usan el lenguaje binario para hacer sus cálculos, parece que el ordenador universal también emplea los bits. Sin embargo, en lugar de estar compuestos de ceros y unos, los bits de la creación parece ser la sustancia de la que todo está echo: átomos. Los átomos de nuestra realidad o bien existen como materia o bien no existen. O bien están aquí o no están, están “conectados” o “desconectados”. En una entrevista reciente Seth Lloyd describió una conversación que mantuvo con su hija en la que quedó muy clara la paradoja de pensar en el universo como bits en lugar de como átomos. Cuando le explicó a su hija cómo es posible programar el universo, ella respondió: “No, papá, todo está hecho de átomos excepto la luz”. Desde cierta perspectiva, ella tiene toda la razón. Lloyd lo reconoció, al tiempo que le ofrecía otra perspectiva: “Si, Zoey, pero esos átomos también son información, o puedes pensar que los átomos son portadores de bits de información, o puedes pensar que los bits de información son portadores de átomos. No puedes separar las dos cosas”. En otra entrevista que exploraba que la conciencia es información y lo que esto significa, se planteó a Lloyd la típica pregunta que suele surgir cuando comparamos el universo con un ordenador: “Si todo el universo, y todo lo que contiene, en realidad es un gran ordenador cuántico, ¿cuál es el propósito? ¿Qué está computando el universo?”. Lloyd respondió de un modo que recuerda lo que podríamos esperar oír después de viajar durante semanas por los picos nevados del Himalaya, buscando un gran maestro escondido en un monasterio olvidado. La simplicidad de lo que contestó, y la magnitud de su significado, recuerda el tipo de respuesta que podríamos esperar en un lugar así: “EL UNIVERSO se computa a sí mismo. Computa el flujo de zumo de naranja mientras lo bebes, o la posición de cada átomo en tus células…Pero la gran mayoría de los pensamientos del universo tratan de humildes vibraciones y colisiones de átomos”. Al principio, podemos creer que la colisión de un átomo con otro en realidad en realidad no supone una gran diferencia en nuestras vidas. Después de todo, es algo que ocurre constantemente, ¿correcto? … O tal vez no. Las implicaciones de lo que dice Lloyd nos invitan a seguir pensado. Nos recuerda que lo que él mismo llama “la danza de la materia y luz” tuvo el poder de producir nuestro universo y todo lo que contiene. En su libro Computing the Universe, describe que el simple hecho de que los átomos adecuados choquen con otros átomos adecuados puede afectarlo todo: “Todas las interacciones entre partículas en el universo conllevan no sólo energía, sino información; en otras palabras, las partículas no sólo colisionan, también computan. A medida que procede la computación, se despliega la realidad”. A partir de esta manera de pensar sobre las cosas, somos el producto de la energía, del movimiento y de materia tocando materia: una gran danza cósmica en el verdadero sentido de la palabra. John Wheeler pensó en el universo como información de manera muy similar en la década de los 80. Ésta es su explicación: “Cada ‘ello’-cada partícula, cada campo de fuerza, incluso el propio continuo espacio/tiempo-deriva su función, su significado y su existencia misma de elecciones binarias, de bits. Lo que llamamos la realidad surge… de plantear preguntas sí/no”. En otras palabras Wheleer sugería que las “cosas” que hacen del universo y de la vida lo que “son” en realidad son información, pequeñas motas de polaridad. Todo acaba reduciéndose a polos opuestos: más y menos, masculino y femenino, “conectado” y “desconectado”. […] Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias Isis sin velo tomo I Los filósofos iniciados en los Misterios decían que el alma astral es el incoercible duplicado del cuerpo denso, el periespíritu de los espiritistas kardecianos, o la forma–espíritu de los no reencarnacionistas. Sobre este duplicado o molde interno, se cierne el espíritu divino que lo ilumina como el sol a la tierra y fecunda el germen de las cualidades latentes. El cuerpo astral está contenido en el físico, como el éter en una botella o el magnetismo en el imán. Es un mecanismo alimentado por el depósito universal de fuerza y sujeto a las mismas leyes que rigen todos los fenómenos de la naturaleza. Su inherente actividad produce las incesantes operaciones biológicas del organismo carnal, y cuando éste se desgasta por el uso, sale de él, porque es prisionero y no voluntario morador del cuerpo físico. La universal fuerza externa le atrae tan poderosamente que al gastarse la cáscara escapa de ella. Cuanto más robusto, denso y grosero es el cuerpo físico, más largo es el encarcelamiento del astral; pero algunos nacen con organización a propósito para abrir la puerta que comunica con la luz astral, de modo que su alma se asome al mundo astral y se restituya después a su encierro. Los consciente y voluntariamente capaces de ello, se llaman magos, hierofantes, videntes, profetas y adeptos, y los que sin voluntad ni conciencia propia tienen predisposición a actuar en el mundo astral por la influencia de un hipnotizador o de una entidad espírita se llaman medianeros o médiums. Cuando el cuerpo astral se libra de obstáculos, queda tan poderosamente atraído por la imánica fuerza universal, que a veces levanta consigo el estuche de carne y lo mantiene suspendido en el aire hasta que recobra su acción la gravedad de la materia. Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia. Los antiguos acertaron a distinguir entre la actuación ciega y la actuación inteligente de una misma fuerza. Plutarco, sacerdote de Apolo, insinúa la dual modalidad del flúido oracular (gas subterráneo mezclado con substancias intoxicantes de propiedades magnéticas), en el siguiente apóstrofe: “¿Quién eres tú? Sin que Dios te hubiese creado y puesto en vigor; sin el espíritu que por orden de Dios te rige y gobierna, serías impotente. Nada podrías hacer porque por ti mismo eres vano soplo”. Así también, sin la inteligencia dominante fuera vano soplo la fuerza psíquica. Afirma Aristóteles, que las emanaciones astrales del interior de la tierra son causa suficiente para vivificar por intususcepción plantas y animales. A este mismo propósito, movido Cicerón de justa cólera contra los escépticos de su tiempo, les redarguye diciendo: “Hay algo más divino que las exhalaciones de la tierra que conmueven el alma humana hasta el punto de consentirle la predicción del porvenir. ¿Podrá la mano del tiempo desvanecer tal virtud? ¿Creéis que os hablo de algún vino exquisito o de algún manjar sabroso”? No creemos que los modernos investigadores presuman de más sabios que Cicerón y aseguren que se ha desvanecido la fuerza eterna y agotado las fuentes de la profecía. Según parece, los profetas de la antigüedad explayaban su inspirada sensibilidad por el directo efluvio de la emanación astral, o bien por una especie de flujo húmedo que surgía de la tierra, con el que se daba a entender la materia astral de que en esta luz forman las almas su temporánea envoltura. El mismo concepto expresa Cornelio Agripa cuando dice que los fantasmas son de naturaleza vaporosa y húmeda: “in spirito turbido humidoque”. Hay dos linajes de profecía: la consciente, propia de los magos, capaces de ver en la luz astral, y la inconsciente, debida a la inspiración. A esta segunda clase pertenecen los profetas bíblicos y los mediumnímicos. Sobre el particular dice Platón: “Ningún hombre tiene inspiración profética cuando está en sus propios sentidos, sino que es necesario para ello que su mente se halle poseída por algún espíritu… Hay quien presume de profeta y no es más que repetidor, por lo que de ningún modo se le debe llamar profeta, sino transmisor de visiones y profecías”. Después de conceder tanto espacio a las encontradas opiniones de los científicos respecto de los fenómenos psíquicos, justo es atender a las teorías de los alquimistas medioevales, quienes, salvo raras excepciones, profesaban en este punto las mismas doctrinas que los antiguos filósofos, resumidas en la alquimia, la cábala caldeo–hebraica, los sistemas esotéricos de los magos y de los pitagóricos, y posteriormente las enseñanzas de los neoplatónicos y teurgos. Más adelante examinaremos las ideas de los gimnósofos indos y de los astrólogos caldeos, sin descuidarnos de poner de manifiesto las capitales verdades subyacentes en las mal comprendidas religiones de la antigüedad. Los cuatro elementos de nuestros antepasados: tierra, aire, agua y fuego, significan para el estudiante de alquimia y magia o psicología antigua, algo que jamás sospecharon los filósofos modernos. Conviene advertir que la llamada nigromancia o espiritismo, en cuanto atañe a la evocación de los difuntos, es práctica universalmente difundida en todos los países desde la más remota antigüedad. Enrique More, catedrático de la universidad de Cambridge, que no era alquimista ni mago ni astrólogo, sino sencillamente un insigne filósofo, gozaba de universal aprecio por su profundo saber y creía firmemente en sortilegios y hechicerías. Sus ingeniosos argumentos en pro de la inmortalidad del espíritu humano, se fundan en la filosofía pitagórica aceptada por Cardan, Van Helmont y otros místicos. Según sus enseñanzas, todas las cosas proceden del increado espíritu a que llamamos Dios, la substancia suprema, por emanación causativa. Dios es la substancia primaria y todo lo demás la secundaria. Dios emanó la materia dotándola de poder semoviente, por lo que si bien es Dios la causa de la materia y del movimiento, podemos decir, sin embargo, que la materia se mueve por sí misma. El espíritu de Dios es, por lo tanto, una substancia indiscernible que puede moverse, infundirse, contraerse, dilatarse y también penetrar, mover y alterar la materia, su tercera emanación. Creía More en las apariciones y afirmaba resueltamente la individualidad del alma humana cuya memoria: y conciencia persisten en la vida futura. Dice que “el cuerpo astral consta, al dejar el físico, de dos distintos vehículos: el aéreo y el etéreo. Mientras el espíritu desencarnado actúa en el vehículo aéreo está sujeto al hado, esto es, a la culpa y a la tentación, pues le queda el apego a los intereses terrenos y no es completamente puro hasta que desecha este vehículo, propio de las bajas esferas, y se eterifica, pues sólo entonces se convence de su inmortalidad, porque un cuerpo tan transparentemente luminoso como el etéreo, no proyecta sombra alguna. Cuando el alma llega a esta condición se substrae al hado y a la muerte. Esta trascendente condición de divina pureza era el único anhelo de los pitagóricos”. Descartes, aunque adorador de la materia, era ardiente partidario de la teoría magnética y hasta cierto punto de la alquimia. Su concepto del universo tenía no poca semejanza con el de otros insignes filósofos. Según él, está lleno el infinito espacio de una materia flúida elemental, única fuente de toda vida, que envuelve a los astros y los mantiene en continuado movimiento. Los vórtices de Descartes entrañan el mismo concepto que las corrientes magnéticas de Mesmer, y sobre esto dice Ennemoser, que la semejanza entre ambas hipótesis es más notable de lo que presumen quienes no han estudiado cuidadosamente el asunto. El conspicuo filósofo Poiret–Naudé profesó asimismo la teoría magnética y fué uno de sus primeros propagadores. En sus obras está plenamente vindicada la filosofía mágico–teosófica. El conocido doctor Hufeland dejó escrita una obra sobre magia en que expone la teoría de la atracción magnética entre los hombres, los animales, las plantas y los minerales, corroborando el testimonio de Campanella, Van Helmont y Servio, en lo referente a la simpatía entre las diversas partes de los cuerpos orgánicos e inorgánicos. Estas mismas ideas declara Tenzel Wirdig en sus obras, con mayor claridad, lógica y vigor que cuantos místicos trataron del mismo asunto. En su famosa obra: Nueva medicina espiritual, demuestra que la naturaleza entera está animada, fundándose en la magnética atracción universal a que da el nombre de “armonía de los espíritus”. Según él, cada cosa atrae a su semejante y propende hacia las de índole simpática con la suya. De las mutuas simpatías y antipatías se origina el continuado movimiento del universo, y la incesante comunión entre cielos y tierra engendra la armonía universal. Todas las cosas viven y mueren por efecto del magnetismo y se influyen recíprocamente a pesar de la distancia, de modo que la fuerza de atracción y repulsión determina el estado normal o morboso de los congéneres. Kepler, el precursor de Newton en el descubrimiento de fundamentales principios científicos, entre ellos el de la gravitación universal, aceptaba la enseñanza cabalística de que los espíritus planetarios son entidades inteligentes residentes en los planetas, que están habitados por seres espirituales cuya influencia se deja sentir en los moradores de los planetas más densamente groseros, y en particular de nuestro globo. Pero así como esta hipótesis de las planetarias influencias espirituales quedó suplantada por la de los vórtices del materialista Descartes, algún día prevalecerán sobre esta última las de las corrientes magnéticas inteligentemente dirigidas por el ánima mundi. El erudito filósofo italiano Juan Bautista Porta recibió de la crítica el mismo trato que sus colegas, no obstante haber demostrado el ningún fundamento de las imputaciones que de superstición y hechicería se lanzaban contra la magia. Este célebre alquimista dice en su obra: Magia natural, que los fenómenos de ocultismo tienen por fundamento el alma del mundo que solidariza todas las cosas. Añade que el espíritu humano es de la esencia de la luz astral, y que como ésta actúa en simpática armonía con la naturaleza toda, nuestros cuerpos sidéreos alcanzan a operar mágicas maravillas con tal de conocer los elementos a propósito. Declara que la piedra filosofal, de cuya posesión se han jactado muchos para asombrar a las gentes, la encontraron felizmente unos pocos, é insinúa algo de la significación espiritual de esta piedra. El monje Kircher, de la escuela mística, expuso en 1654 una completa teoría del magnetismo universal, basada en muchos puntos insinuados por Paracelso. Define el magnetismo en oposición al concepto de Gilbert, que considera la tierra como un enorme imán, y arguye en contra, diciendo que si bien toda partícula terrestre y toda fuerza invisible é incoercible son magnéticas, no es ello razón bastante para afirmar que la tierra sea un imán, pues en el universo solo hay un imán, del que procede el magnetismo de cuanto existe. Este imán es, por supuesto, lo que los cabalistas llaman sol espiritual, esto es, Dios. Afirmaba Kircher que el sol, la luna, los planetas y las estrellas son sumamente magnéticos, pero por inducción, por efecto de moverse en el flúido magnético del universo o sea en la luz espiritual. Demuestra, además, la misteriosa simpatía entre los seres de los tres reinos de la naturaleza, con infinidad de ejemplos comprobados, algunos posteriormente, aunque la mayor parte no sólo no lo han sido, sino que se les ha negado posibilidad gracias a la tradicional cautela y equívoca lógica de los científicos. Establece Kircher la distinción entre el magnetismo mineral y el animal o zoomagnetismo, diciendo que excepto en el caso de la piedra imán, todos los minerales han de estar magnetizados por la mayor potencia del magnetismo animal, que a su vez recibe esta virtud de la primera causa creadora. Por ejemplo, una aguja puede quedar magnetizada en la mano de un hombre de recia voluntad, y el ámbar adquiere esta potencia más por el frote de la mano humana que por otro medio cualquiera; y así es que el hombre puede comunicar su propia vida y animar hasta cierto punto los cuerpos inanimados. A esto llaman hechicería los necios. El sol es el cuerpo más magnético de todos y así lo entendieron los filósofos antiguos, pues echaron de ver que las emanaciones del sol atraían todas las cosas que por su influencia reciben el poder de atracción. En prueba de ello cita algunas plantas que denotan mayor atracción hacia el sol y otras hacia la luna. Entre las primeras tenemos la llamada githymal, que sigue fielmente al sol aun cuando esté nublado. La flor de acacia abre los pétalos al salir el sol y los cierra a la puesta. Lo mismo hacen el loto egipcio y el girasol de Europa. La hierbamora ofrece análoga particularidad respecto de la luna. Como ejemplo de las simpatías y antipatías entre los planetas, cita Kircher la aversión de la vid por las berzas y su amor al olivo; la simpatía del ranúnculo por el lirio y la de la ruda por la higuera. En prueba de antipatía cita los renuevos del granado mexicano, cuyos trozos, al cortarlos, se repelen como movidos de implacable hostilidad. Opina Kircher, por otra parte, que los sentimientos y emociones son mudanzas de la condición magnética del individuo, es decir, que la ira, los celos, la amistad, el amor y el odio provienen de la alteración del ambiente que constituye nuestro campo de emanaciones magnéticas. El amor es uno de los sentimientos que ofrecen tan diversos aspectos como el amor maternal y el del artista por su arte. Tanto el amor como la amistad son manifestaciones de simpatía entre naturalezas congeniantes. Para Kircher, el magnetismo de amor puro es la causa eficiente de todas las cosas creadas. El amor sexual es de naturaleza eléctrica y lo llama amor febris species, la fiebre de la especie. Distingue Kircher dos clases de atracción magnética: la simpatía y la fascinación; una santa y natural; otra siniestra y artificiosa. A esta última atribuye el poder del sapo que sólo con abrir la boca atrae a la víctima que se precipita en sus fauces. El ciervo y otros rumiantes menores se ven impelidos irresistiblemente hacia la boa que los fascina, y el pez torpedo entorpece el brazo del pescador con sus descargas. El provechoso ejercicio de la facultad magnética, requiere tres condiciones: 1.º Nobleza de alma. 2.º Voluntad robusta é imaginación intensa. 3.º Un sujeto más débil que el magnetizador. El hombre inmune a las tentaciones del mundo y de la carne puede curar magnéticamente enfermedades tenidas por incurables y adquirir clarividencia profética. Hasta aquí las teorías de Kircher. La naturaleza, lo mismo que el hombre, está influída en su actuación por el medio ambiente, y el poderoso aliento de la correlación de fuerzas puede ser aminorado, impedido y contrarrestado en determinadas ocasiones como si fuese un ser humano. No tan sólo el clima, sino las ocultas influencias que cotidianamente recibe, modifican la naturaleza psicofísica del hombre, de la propia suerte que la constitución de la materia llamada inorgánica, hasta extremos no sospechados por la ciencia. Así resulta, que el Diario Médico–Quirúrgico de Londres aconseja a los cirujanos que no lleven lancetas a Calcuta, pues se sabe por personales experiencias que el acero inglés no resiste el clima de la India. Análogamente, un manojo de llaves de fabricación inglesa o norteamericana se enmohecen a las veinticuatro horas de estar en Egipto, al paso que los objetos de acero del país no se oxidan. También se ha visto que un samano de Siberia, que había ejercido notablemente sus facultades psíquicas entre sus compatriotas, las fué perdiendo hasta quedar sin ellas en el nebuloso y humeante Londres. Si el organismo humano no es menos sensible que un pedazo de acero a las influencias climatológicas, ¿á qué dudar del testimonio de los viajeros que vieron al samano realizar cotidianamente asombrosos fenómenos en su país natal, y a qué negar la posibilidad de estos fenómenos tan sólo porque no pudo realizarlos en París y Londres? Wendell demuestra en su conferencia sobre las Artes perdidas, que el cambio de clima influye en la naturaleza psíquica del hombre, y que los orientales superan en agudeza de sentidos a los europeos. Dice Wendell que los tintoreros de Lyon, tan excelentes en su arte, sospechan que hay un delicado matiz azul, invisible para los europeos, al paso que en Cachemira elaboran las muchachas chales de 150.000 pesetas con trescientos matices distintos, que los europeos no sólo son incapaces de obtener, sino ni siquiera de distinguir. Si tan enorme es la diferencia entre la agudeza sensoria de ambas razas, bien pudiera ocurrir lo mismo en cuanto a facultades psíquicas. Además, las muchachas de Cachemira ven objetivamente matices que los europeos no pueden ver y, sin embargo, existen; por lo tanto, posible es también que las personas dotadas de la misteriosa facultad de la doble vista vean lo que ven, tan objetivamente como la muchacha de Cachemira, y en vez de ser sus visiones imaginativas quimeras, sean, por el contrario, reflejos de personas y cosas reales impresas en el éter astral, según enseñaron los antiguos filósofos y los Oráculos Caldeos, y lo sospecharon algunos investigadores modernos como Babbage, Jevons y los autores de El Universo Invisible. A este propósito, dice Paracelso: “Tres espíritus actúan en el hombre y tres mundos lanzan sobre él sus luminosos rayos; pero los tres son imagen y eco de un solo principio productor. El primer espíritu es el de los elementos; el segundo es el de las estrellas; el tercero es el espíritu divino.” Como nuestro cuerpo físico contiene “substancia terrestre primaria”, según la denomina Paracelso, podemos convenir con los investigadores científicos, en que las vidas de los organismos vegetal y animal se contraen a un mero proceso físico-químico. Esta opinión corrobora la de los antiguos filósofos y de la Biblia mosaica, según la cual, el cuerpo del hombre es de polvo y en polvo se ha de convertir, aunque el memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris, nada tiene que ver con el alma. El hombre es un mundo minúsculo, un microcosmos en el macrocosmos, de cuya matriz le tienen suspendido sus tres espíritus; pero mientras el cuerpo terrestre está en constante armonía con su madre tierra, el cuerpo astral actúa en consonancia con el alma del mundo. Uno está en otra como estotra en aquél, porque el omnipenetrante elemento universal llena el espacio y es el mismo espacio ilimitado é infinito. El tercer espíritu, el espíritu divino, es un rayo infinitesimal, una de las innumerables radiaciones de la Causa suprema, de la Luz espiritual del mundo. Tal es la trinidad de la naturaleza, así orgánica como inorgánica, espiritual y física, que son tres en una. A este propósito dice Proclo que la primera mónada es el Dios eterno; la segunda la eternidad, y la tercera el paradigma o modelo del universo. Las tres constituyen la Triada inteligible. Todas las cosas del universo manifestado proceden de esta Triada microcósmica en sí misma y se mueven en majestuosa procesión por los campos de la eternidad en torno del sol espiritual, como los planetas se mueven alrededor del sol visible. La Mónada pitagórica que “reside en soledad y tinieblas” es en este mundo, invisible, impalpable é indemostrable para la ciencia experimental. Sin embargo, el universo entero seguirá gravitando en su torno como desde el origen del tiempo, y a cada segundo que transcurre, el hombre y el átomo se acercan más y más al solemne momento de la eternidad en que la invisible Presencia aparezca clara a su vista espiritual. Cuando hasta la más sutil partícula de materia quede eliminada de la última forma constitutiva del postrer eslabón de la doble cadena que a través de millones de edades, en sucesivas transformaciones, impelió a la entidad evolucionante, y ésta se revista de su primordial esencia idéntica a la del Creador, entonces el impalpable átomo orgánico terminará su jornada, y los hijos de Dios prorrumpirán en exclamaciones de júbilo por la vuelta del peregrino. Dice Van Helmont: “El hombre es el espejo del universo y su trina naturaleza está relacionada con todas las cosas. Todo ser viviente participa de la voluntad del Creador que dió el primer impulso a lo creado; pero al hombre, por su adicional espiritualidad, le corresponde mayor participación, y de su grado de materialidad depende la conciencia o inconciencia en el ejercicio de sus facultades mágicas aplicadas a los demás seres que con él comparten la potencialidad divina. El consciente y pleno ejercicio de estas facultades le capacita para dominar y guiar el alma universal (magnale magnum); pero en la mayor parte de los hombres y en los animales, vegetales y minerales, obra por sí mismo el flúido etéreo que en todo penetra y los mueve con directos impulsos. Las criaturas sublunares, formadas del magnale magnum, se mantienen en relación con este flúido. El hombre está aliado con los cielos y posee la virtud celeste que en menor grado poseen asimismo los animales y quizás todas las cosas del universo, pues todas están en relación recíproca ó, lo que es lo mismo, que Dios está en todas las cosas, según acertadamente dijeron los antiguos. Es preciso que la potencia mágica se actualice, lo mismo en el hombre externo que en el interno… Y si llamamos a esto poder mágico, el ignorante se asustará de la denominación, por lo que podremos llamarle poder espiritual (spirituale robur vocitaveris). Este poder mágico late en el hombre interno, pero por la relación de éste con el externo, ha de difundirse a través del hombre completo”. En su extensa descripción de los ritos y costumbres religiosas de los siameses, dice Loubère: “Los talopines o monjes budistas ejercen maravillosa influencia sobre las fieras, y pasan días seguidos en el bosque bajo una toldilla de ramas y hojas de palmera sin encender fuego por la noche, como es costumbre en el país para ahuyentar a las fieras; y las gentes tienen por milagro que nunca perezca devorado ningún talopín, sino que, al contrario, las fieras los respeten y aun se acerquen a lamerles cuando están dormidos, según observaron algunos viajeros desde parajes seguros. Todos los talopines ejercen la magia, y creen que la naturaleza toda está animada, así como también en la existencia de genios tutelares. Pero lo más notable es la opinión tan generalizada entre los siameses, de que tal como es el hombre en esta vida, así ha de ser después de la muerte. Cuando el tártaro que ahora reina en China mandó que todos los chinos se afeitaran el pelo a estilo tártaro, muchos prefirieron la muerte a la obediencia, por no comparecer rasurados ante sus ascendientes en el otro mundo. Sin embargo, me parece incongruente en esta absurda opinión, que los siameses atribuyan al alma figura humana. A pesar de su fama de sabios, hace tres o cuatro mil años que los chinos creen en la piedra filosofal, en cuya busca dilapidó el padre del actual rey de Siam sobre dos millones de libras, y además quieren encontrar el elixir de larga vida que les libre de la muerte. Se apoyan en que, según tradición, hubo quien logró hacer oro y vivió siglos; y aparte de esto, es opinión común entre los chinos siameses y otros orientales que algunos hombres, de quienes cuentan maravillas, hallaron medio de no morir sino de muerte violenta, y se escondieron del mundo para disfrutar de pacífica y libre vida”. No es extraño que los orientales creyeran en el elixir de larga vida, cuando el mismo Descartes tuvo por cierto su descubrimiento y le atribuía virtud para prolongarla hasta quinientos años. Los fisiólogos occidentales no han resuelto aún el capital problema de la vida y de la muerte, pues ni siquiera en las causas del sueño concuerdan sus opiniones. ¿Cómo, entonces, se empeñan en poner límites a lo posible y definir lo imposible? Desde la más remota antigüedad se percataron los filósofos de la singular influencia de la música en algunas enfermedades, sobre todo en las nerviosas. Kircher recomienda la música como medicina, pues en sí mismo experimentó sus curativos efectos valiéndose de un tímpano compuesto de cinco vasos de muy delgado cristal, dispuestos en fila y llenos de dos distintas clases de vino los dos primeros, de aguardiente el tercero, de aceite el cuarto y de agua el quinto, con los que producía cinco notas golpeando los bordes con el dedo. Los sonidos musicales tienen una propiedad de atracción que expele y se lleva en sus vibraciones la dolencia. Veinte siglos atrás ya se valía Asclepiades del sonido de una trompeta para curar la ciática, cuyo dolor cesaba por la vibración de las fibras nerviosas. Análogamente afirma Demócrito, que muchas enfermedades se curan al son de la flauta, y Mesmer empleaba en sus curas magnéticas el tímpano de Kircher. A este propósito acude espontáneamente a la memoria aquel pasaje de la Biblia, en que David aliviaba al son del arpa la melancolía de Saúl. Dice así: Y con esto, cuando por permisión de Dios arrebataba a Saúl el espíritu maligno, tomaba David el arpa y la tañía con su mano, y Saúl se recobraba y se sentía mejor porque el espíritu maligno se iba de él. El famoso filósofo escocés MaxweIl se comprometió, ante varias facultades de Medicina, a curar magnéticamente las más pertinaces calenturas, así como la epilepsia, impotencia, locura, lisiadura, hidropesía y otras enfermedades incurables. Este mismo filósofo apunta en su Medicina Magnética, los siguientes aforismos entresacados de las enseñanzas cabalísticas y alquímicas. “Lo que los hombres llaman alma del mundo es una vida tan ardiente, espiritual, veloz, brillante y etérea, como la misma luz. Es un espíritu vital que está en todas partes y por doquiera es el mismo… La materia no puede actuar si no está vivificada por este espíritu que mantiene todas las cosas en su peculiar condición. En la naturaleza está libre este espíritu de todo obstáculo, y quien sabe infundirlo en un cuerpo a propósito, posee un tesoro superior a toda riqueza. ” Este espíritu es el lazo común entre todos los ámbitos de la tierra y alienta en todo y a través de todo (adest in mundo quid commune omnibus mextis, in quo ipsa permanent). ” Quien conoce este universal espíritu de vida y sus aplicaciones evita todo daño. ” Si puedes aprovecharte de este espíritu é infundirlo en determinado cuerpo llevarás a cabo los misterios de la magia. ” Quien sepa actuar en los hombres por medio de este espíritu universal curará las enfermedades a la distancia que le plazca. ” Quien sepa vigorizar el espíritu particular, por medio del universal, podrá prolongar su vida hasta la eternidad. ” Los espíritus se comunican entre sí por sus emanaciones, aunque estén distantes unos de otros. Esta comunión recíproca es la eterna é incesante radiación de un cuerpo a otro. Pero no es posible hablar de esto sin peligro, porque motivaría abominables abusos.” Veamos ahora cómo abusan de las facultades magnéticas algunos médiums saludadores. Para que la curación merezca este nombre, requiere confianza en el enfermo o salud robusta y voluntad enérgica en el saludador. La esperanza fortalecida por la fe basta para que uno mismo venza toda condición morbosa. La tumba de un santo, una reliquia, un talismán, un pedazo de papel o una prenda de ropa que haya estado en manos del saludador, un remedio secreto, una penitencia o ceremonia, la imposición de manos o una fórmula pronunciada de intento, producen los mismos efectos curativos, pues todo depende del temperamento, de la imaginación y de la confianza en recobrar la salud. En infinidad de ocasiones el médico, el sacerdote o la reliquia cobraron la fama de curaciones debidas exclusivamente a la fe del paciente. A la enferma de flujo de sangre que tocó su túnica, le dijo Jesús: “Tu fe te ha salvado”. La influencia de la mente sobre el cuerpo físico es tan poderosa, que en todas épocas realizó prodigios. A este propósito dice Salverte: “¡Cuán inesperadas, súbitas y portentosas curaciones ha realizado la imaginación! Las obras de medicina rebosan de ejemplos de esta índole, que se diputarían por milagrosos”. Si el enfermo no tiene fe y es físicamente pasivo y negativo, pero en cambio el saludador es enérgico, sano, positivo y resuelto, la enfermedad puede quedar vencida por la imperiosa voluntad con que consciente o inconscientemente atrae el flúido universal de la naturaleza y restablece el perturbado equilibrio del aura del paciente. Para ello puede auxiliarse de un crucifijo, como hizo Gassner, o imponer las manos, como el zuavo Jacob y el norteamericano Newton, o dar el mandato de viva voz como Jesús y algunos apóstoles; pero el procedimiento es el mismo en todos los casos, y determina la curación efectiva sin dejar reliquias morbosas. Indefinidamente podríamos prolongar la lista de testimonios que desde Pitágoras a Eliphas Levi, sin distinción de categorías, declaran que el vicioso es incapaz de poderes mágicos, pues únicamente “los limpios de corazón verán a Dios”, o lo que tanto vale, recibirán el divino don de curar las dolencias corporales bajo la segura guía de las entidades invisibles para apaciguar el conturbado ánimo de sus hermanos, porque no pueden manar aguas salutíferas de emponzoñada fuente ni los dorados racimos maduran entre espinas ni los cardos dan regalado fruto. Para los limpios de corazón nada tiene de sobrenatural la magia, sino que es una ciencia de cuyas ramas no es la menor el exorcismo de malignos espíritus, tan cuidadosamente aprendido por los iniciados. A este propósito dice Josefo, que “la virtud de expeler los demonios del cuerpo humano es ciencia útil y saludable para los hombres”. Los precedentes bosquejos nos inducen a preferir las enseñanzas antiguas a las teorías modernas, respecto a las leyes de relación entre los mundos y de las facultades potenciales del hombre. Si bien los fenómenos de índole psíquico-física despiertan el interés de los materialistas y dan, si no prueba plena, por lo menos vehemente indicio de la supervivencia del alma, es muy discutible la conveniencia o inconveniencia de dichos fenómenos en cuanto a sus beneficiosos o nocivos efectos, porque fanatizan a los ansiosos de comprobar la inmortalidad, y como dice Stow, los fanáticos están dominados por la imaginación y no por el juicio. Ahora preguntaremos nosotros cómo se explica esa falta de inteligencia si son espíritus humanos, pues o los espíritus humanos inteligentes no pueden materializarse, o los espíritus que se materializan no son humanos, sino, como insinúa Sargent, espíritus elementarios o aquellos demonios que, según Platón, de acuerdo con los magos persas, ocupan un lugar intermedio entre los dioses y los mortales. Buen número de testimonios, entre ellos el de Crookes, aseveran que los espíritus materializados hablan con voz perceptible al oído; pero los antiguos atestiguan que la voz de los espíritus humanos no es ni puede ser articulada, sino un profundo suspiro. Por lo tanto, más crédito merecen los antiguos con su secular experiencia en las prácticas teúrgicas, que los modernos espiritistas sin otra prueba para fundamentar su opinión, que las comunicaciones de espíritus difíciles de identificar. Credos edificados sobre arena y aparatosos dogmas sin fundamento sólido se derrumban arrastrando en su caída a la verdadera religión; pero el ansia de demostrar la existencia de Dios y la vida futura sigue tan tenaz como siempre en el corazón del hombre. En vano intentarán los sofismas científicos acallar la voz de la naturaleza, aunque hayan emponzoñado las puras aguas de la fe sencilla y removido el fango del manantial en que corno en un espejo se miraba la humanidad. Al Dios antropomórfico de nuestros antepasados han sucedido monstruos antropomórficos, y lo que todavía es peor, el reflejo de la humanidad en las cenagosas aguas cuyas ondas restituyen las falseadas imágenes de la verdad. Dice el reverendo Brooke Herford, que no necesitamos milagros, sino pruebas palpables del espíritu, y estas pruebas las pide más bien la humanidad a la ciencia que a los profetas, porque presiente como si con el tiempo hayan de descubrir los investigadores las señales de la Divinidad en los más recónditos escondrijos de la creación. Allí están las señales y, frente a ellas, los titanes científicos que han depuesto a Dios de su escondido trono para poner en su lugar un protoplasma. La magia puede replicar a los científicos con la voz de Dios que le decía a Job desde el torbellino: “¿En dónde estabas tú cuando eché los cimientos de la tierra? Responde si comprendiste. Y ¿quién eres tú para atreverte a decir a la naturaleza: de aquí no pasarás?” Conocieron los alquimistas preparaciones especiales de oro, plata y mercurio, de índole parecida a las de nafta, petróleo y otros minerales combustibles, así como los aceites de alcanfor y de ámbar, el amianto (lapis asbestos), el ciprio (lapis carystius) y el creteo (linum vivum), que emplearon como combustibles de las lámparas perpetuas. Según los alquimistas, el oro es el mejor pábulo por su maravillosa llama, aparte de que entre todos los metales es el que menos se gasta al fundirse y reabsorbe su misma destilación aceitosa, según va ésta exhalándose, para alimentar de tal suerte su propia llama. Aseguran los cabalistas que Moisés aprendió este secreto de los egipcios y que la lámpara del tabernáculo era perpetua, según se infiere del siguiente pasaje: Manda a los hijos de Israel que te traigan el aceite más puro de los árboles de olivas, sacado a mortero, para que arda siempre la lámpara. También niega Liceto que las lámparas perpetuas contuvieran preparaciones metálicas, pero en cambio dice en la misma obra que un compuesto de mercurio, filtrado siete veces por arena blanca puesta al fuego, sirvió para fabricar lámparas que ardían continuamente. Por otra parte, tanto Maturancio como Citesio afirman que este resultado puede obtenerse por procedimientos químicos, pues el licor de mercurio fue ya conocido de los alquimistas, que le dieron los nombres de aqua mercurialis, materia metallorum, perpetua dispositio, materia prima artis y oleum vitri. Tritenheim y Korndorf dieron las siguientes recetas para la confección de los combustibles perpetuos que habían preparado: 1.º Se toman cuatro onzas de sulfuro y alumbre y se subliman en flores hasta dos onzas. Añádase una onza de polvo de borax cristalino de Venecia y sobre estos ingredientes se vierte espíritu de vino muy rectificado, para que se dirigieran en él. Se evapora después en frío y se repite la operación hasta que puesto el sulfuro sobre un plato de bronce se ablande como cera sin despedir humo. Así se obtendrá el pábulo. En cuanto al pabilo se prepara como sigue: Tómense hebras de amianto del grueso del dedo del corazón y largo del meñique y pónganse en un vaso de Venecia recubriéndolas con el pábulo. Déjese el vaso durante 24 horas dentro de arena lo bastante caliente para que el pábulo hierva todo este tiempo, y una vez embadurnado así el pabilo se le pone en un vaso de forma de concha, de manera que el extremo de las hebras sobresalga de la masa del pábulo. Colóquese entonces el vaso sobre arena caliente para que, derretido el pábulo, se impregne el pabilo y una vez encendido éste arderá con llama perpetua que se podrá llevar a cualquier sitio. 2.º Tómese una libra de salis tosti y viértase sobre ella vinagre fuerte de vino. Concéntrese después hasta que tome consistencia el aceite, y se echa entonces en vinagre fresco donde se macera, y luego se destila repitiendo la operación por cuatro veces consecutivas. Se pone después en este vinagre una libra de vitr. antimonii subtilis lœvigat y todo ello se coloca en un vaso cerrado puesto sobre la ceniza por espacio de seis horas, al cabo de las cuales se extrae la tintura, se decanta el licor, se deja enfriar, se extrae de nuevo y se repite la operación hasta sacar todo el color encarnado. Se concentran los extractos hasta que tomen consistencia oleaginosa y se rectifican al bañomaría. Tómese después el antimonio de que se ha extraído la tintura y redúzcase a polvo sutilísimo que se pone dentro de un recipiente de vidrio. Viértase encima el aceite rectificado, que ha de concentrarse y destilarse siete veces, hasta que el polvo haya embebido todo el aceite y quede enteramente seco. Se extrae otra vez con espíritu de vino y se repite la operación hasta que desaparezca toda la esencia. Póngase entonces en un matraz de Venecia, dispuesto para el caso con papel quíntuplo, destílese hasta desaparecer la esencia y quedará en el fondo un aceite inconsumible que puede arder con un pabilo como el sulfuro antes descrito. Libavio, comentador de Tritenheim, dice sobre el particular: “Estas son las luces eternas de Tritenheim, que si bien no tan fijas como la de nafta, pueden auxiliarse unas con otras de modo que aunque la nafta no tenga tanta duración al arder porque exhala y deflagra, da llama perpetua si se le añade jugo de amianto. He visto una lámpara así preparada que, según se nos aseguró, fue encendida el 2 de Mayo de 1871 y aún seguía ardiendo.” Como el experimentador es digno de toda confianza y muy perito en la indagación hermética, no hay motivo alguno para dudar de sus aseveraciones. A esto podría añadirse la famosa máxima de Bacon: “Poca ciencia aleja de Dios y mucha ciencia acerca a Dios”. Si, por ejemplo, nos fijamos en la electricidad y magnetismo, que tan famosos hicieron los nombres de Franklin y Morse, veremos que, seiscientos años antes de nuestra era, descubrió Tales de Mileto las propiedades eléctricas del ámbar, sin contar con que las investigaciones de Schweigger sobre simbología demuestran plenamente que los mitos antiguos se apoyaban en la filosofía natural, y que ya conocían la electricidad y el magnetismo los teurgos de Samotracia, cuyos misterios eran los más antiguos de que hay noticia, según nos dicen Diodoro de Sicilia, Herodoto y Sanchoniaton. (Tenemos prueba del conocimiento de los antiguos en un notabilísimo grabado de la obra de Rochette: Monuments d’Antiquité figurés, en que todas las figuras aparecen con los cabellos erizados como el dios Pan, menos la central figura del Kabir Demetrio, de quien emana la fuerza, y otra figura que representa un hombre arrodillado. Véanse a este propósito: Ennemoser, Historia de la Magia, II; Schweigger, Introducción a la mitología según la historia natural. En opinión de Schweigger, dicho grabado simboliza una escena de las ceremonias de la iniciación; sin embargo, no hace tanto tiempo que en las obras de filosofía natural empezaron a intercalarse dibujos cuyas figuras aparecían con la cabellera erizada en todas direcciones, bajo la acción del flúido eléctrico.) Demuestra Schweigger que las principales ceremonias religiosas de la antigüedad entrañaban conocimientos hoy perdidos de filosofía natural, y que la magia se entremezclaba en los misterios hasta el punto de que los milagros de los teurgos gentiles, judíos o cristianos, indistintamente, derivaban de sus secretos conocimientos físico-alquímicos. Por otra parte, Schweigger y Ennemoser han descubierto la simbólica identidad de los gemelos Dioskuris con los polos eléctricos y magnéticos, demostrando con ello el conocimiento que de las propiedades magnéticas tenían los sacerdotes antiguos. Según Ennemoser, se ha demostrado que muchos mitos, cuya significación antes no se comprendía, son ingeniosas al par que profundas expresiones de principios genuinamente científicos. Los modernos experimentadores se deshacen en alabanzas a nuestro siglo por sus descubrimientos, y poco les falta para emular en sus floridas lecciones de cátedra a los trovadores medioevales. Los Petrarcas, Dantes y Tassos del día, al glorificar la materia, cantan la amorosa unión de los errantes átomos y el afectuoso intercambio de protoplasmas, y lamentan la casquivana veleidad de las fuerzas que tan provocativamente juegan al escondite con los científicos en su dramática correlación. Proclaman a la materia única y autocrática soberana del infinito universo y la elevan al trono de la naturaleza del que depusieron al espíritu, su divorciado consorte. Pero olvidan que, sin el legítimo monarca, es el trono de la naturaleza como sepulcro blanqueado donde la corrupción anida. La materia, purgación grosera del espíritu que la vivifica, es de por sí masa inerte cuyo movimiento demanda un manipulador inteligente de esa batería galvánica llamada vida. ¿En qué rama de conocimientos aventajan los modernos a los antiguos? Conviene advertir que entendemos por conocimiento la acabada expresión de las verdades de la naturaleza y de ningún modo las brillantes definiciones de los científicos, ni los minuciosos pormenores que dan nombres particulares a los nervios, arterias, fibras y células de hombres, animales y plantas. Los modernos echan en cara a los antiguos su ignorancia de estos pormenores, y así los comentadores de Platón dicen que carecía de conocimientos anatómicos y se entretuvo en especular vanamente sobre la fisiología del cuerpo humano, cuyas funciones ignoraba, sin saber ni una palabra respecto a la transmisión nerviosa de las sensaciones. La idea platónica de que el cuerpo humano es un Microcosmos o universo en miniatura, y por lo tanto ha de estar formado como éste de triángulos, es en extremo trascendental para que la comprendan los científicos escépticos, y no es extraño que parezca ridículamente absurda a sus traductores, con excepción de Jowett, quien en el prólogo puesto al Timeo advierte sinceramente que los científicos modernos no tienen en cuenta que las ideas de Platón les han servido de apoyo para elevarse a superiores conocimientos, y además, olvidan lo mucho que la metafísica antigua ha contribuido al progreso de la física moderna. (En otro capítulo de esta obra, dedicado por completo a los admirables descubrimientos de los antiguos, demostraremos, bajo testimonio de fidedignos autores de la época, que mucho antes de la guerra de Troya los sacerdotes conocían el pararrayos.) Si en vez de disputar sobre la falta de precisión científica del lenguaje de Platón, analizáramos detenidamente sus obras, encontraríamos sin ir más allá del Timeo el germen de todos los descubrimientos modernos. Allí se vislumbran la circulación de la sangre y la ley de gravedad, pues sabía Platón que la sangre es un flúido en constante movimiento, aunque, como dice Jowett, ignorara que sale del corazón por las arterias para regresar a esta entraña por las venas. Platón empleó el método sintético cuyo más acabado modelo es la geometría. En vano la ciencia moderna busca entre las alteraciones moleculares aquella Causa primera que Platón infirió del majestuoso movimientos de los mundos que le revelaban el vasto plan de la creación. Apenas atendían los filósofos antiguos a los minuciosos pormenores que han agotado la paciencia de los científicos modernos; y de ello resulta que si un alumno de segunda enseñanza sabe más que Platón en los pormenores, en cambio el menos aprovechado discípulo de este filósofo dejaría tamañito al más sabiondo académico moderno en lo concerniente a las leyes cósmicas y las fuerzas que tras ellas laten. No echan de ver esto los traductores de Platón, porque están demasiado engreídos los modernos a expensas de los antiguos, cuyos errores fisiológicos y anatómicos se exageran para lisonjear el amor propio de nuestra época, obscureciendo el esplendor mental de pasados tiempos, como si con la imaginación agrandáramos las manchas del sol para eclipsarlo. Ejemplo de las presunciones científicas de nuestro siglo y del falso concepto de su valer, nos lo ofrecen las alharacas con que se recibió el descubrimiento de la transformación de la materia y la conservación de la energía, considerado como el más importante del siglo por Guillermo Arimstrong, presidente de la Sociedad Británica. Sin embargo, no merece tal nombre de descubrimiento, porque desde tiempos remotísimos se conocía ya este principio, cuyos primeros vislumbres aparecen en la doctrina védica de la emanación y la absorción. . El griego Demócrito expuso también la teoría de la indestructibilidad de la materia, que nuestros físicos se han visto precisados a extender a la fuerza, diciendo que así como no se aniquila ni un átomo de materia, tampoco se desvanece fuerza alguna de la naturaleza, porque la fuerza es igualmente indestructible y se manifiesta en reversibles aspectos, de cuya modalidad depende el movimiento de la materia. Tal es el principio de la conservación de la energía, según los modernos científicos que de nuevo la han descubierto. Ya el año 1842 sospechaba Grove la reversibilidad del calor, luz, electricidad y magnetismo, capaces de ser causa en determinado momento y efecto en el siguiente. Pero la ciencia nada dice ni sabe del origen de estas fuerzas ni de su modo de transformación; conoce los efectos é ignora la causa, porque no acierta a señalar el alfa y omega del fenómeno. Difícil es superar en este punto a Platón cuando pone en boca de Timeo estas palabras: “Dios conoce las cualidades originales de las cosas, pero al hombre sólo le cabe la posibilidad de conocerlas”. Lo mismo dicen Tyndall y HuxIey en sus obras, con la diferencia de no consentir que ni el mismo Dios les aventaje en sabiduría, y tal vez en esto fundan sus alardes de superioridad. Los antiguos induistas derivaron del principio de la conservación de la energía su doctrina de la emanación y la absorción, según la cual, el punto primario (Tó ‘Ov ) del inmenso círculo, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, emana de sí todas las cosas manifestadas en el universo visible bajo diversas formas que se transmutan y combinan recíprocamente en gradual transformación, desde el espíritu puro (la nada de los budistas) hasta la más densa materia, que se restituye a su primario estado o sea la absorción en el nirvana. ¿Qué significa esto sino la conservación de la energía? Demuestra la ciencia que el calor puede transformarse en electricidad y la electricidad en magnetismo y recíprocamente, de modo que el movimiento engendra indefinidamente el movimiento . Para los científicos materialistas, queda resuelto el problema de la eternidad una vez demostrada la conservación de la materia y de la energía, como si con ella quedara también demostrada científicamente la inutilidad del espíritu. Puede afirmarse, por lo tanto, que los modernos filósofos no han dado un paso más allá de los sacerdotes de Samotracia, los indos y los agnósticos cristianos. La parigualdad de la materia y de la fuerza está simbolizada en el mito samotraciense de los gemelos Dioskuros, hijos del cielo, a que alude Schweigger, que mueren y resucitan juntos, siendo absolutamente necesario que uno muera para que el otro viva. Conocían los sacerdotes de Samotracia, tan bien como los físicos modernos, la transformación de la energía, y aunque los arqueólogos no hayan encontrado aparato alguno a propósito para esta transformación, se infiere fundadamente por analogía, que casi todas las religiones antiguas se apoyan en el principio de coeternidad de la materia y de la fuerza y en la doctrina según la cual todo emana del sol central y espiritual, del espíritu de Dios, en el conocimiento de cuya potencialidad se funda la magia teurgia. A este propósito dice Proclo: “De la propia manera que el amante se eleva poco a poco de la belleza plástica a la belleza divina así los antiguos sacerdotes establecieron una ciencia basada en la mutua simpatía y semejanza que echaron de ver en las cosas subsistentes en el todo universal con las internas potencias que algunas de ellas manifiestan. De este modo descubrieron lo supremo en lo ínfimo y lo ínfimo en lo supremo, es decir, las cualidades terrenas en su celeste condición causal y las cualidades celestes adaptadas a la condición terrena”. Señala después Proclo las misteriosas propiedades de algunos minerales, plantas y animales, conocidas pero no explicadas por los naturalistas modernos. Tales son los movimientos rotatorios del girasol, heliotropo y loto y las particularidades observadas en las piedras solares y lunares, en el helioselenio y en el gallo, león y otros animales. Sobre el particular dice así: “Al observar los antiguos esta mutua simpatía entre las cosas celestes y las terrestres, aplicaron estas últimas a ocultos propósitos de naturaleza, tanto celestial como terrena, y en virtud de dicha simpatía, atrajeron cualidades divinas a esta miserable morada… Todas las cosas están llenas de divinas propiedades y las terrenas reciben su plenitud de las celestiales y éstas de las supercelestiales, pues la ordenación natural arranca de lo supremo para descender gradualmente hasta lo ínfimo. Porque cualesquiera que sean las cosas resumidas en otra de superior categoría se explayan al descender y quedan distribuidas varias almas bajo la acción de sus gobernadoras divinidades”. Proclo no aboga aquí por la superstición, sino por la ciencia, pues la magia no deja de ser ciencia que, aunque oculta y desconocida de los científicos contemporáneos, se funda sólidamente en las misteriosas afinidades entre los seres orgánicos de los cuatro reinos de la naturaleza, y en las invisibles potencias del universo. Los herméticos antiguos y medioevales llamaban magnetismo, atracción y afinidad a la fuerza que hoy la ciencia llama gravitación. Esta ley universal está enunciada por Platón en el Timeo, diciendo que los cuerpos mayores atraen a los menores y cada cual a su semejante. Los fundamentos de la magia fueron y son el perfecto conocimiento de las ocultas propiedades de las cosas visibles é invisibles de la naturaleza y de sus mutuas atracciones, repulsiones y enlaces, cuya causa es el principio espiritual que todo lo penetra y anima, de suerte que dicho conocimiento permite establecer las condiciones necesarias y suficientes para la manifestación de ese principio. Todo esto encierra el profundo y completo conocimiento de las leyes naturales. La actual generación, que sólo cree en el superficial testimonio de sus sentidos, no admitirá la atracción simpática entre animales, vegetales y aun minerales, porque el velo que entorpece su visión interna únicamente les permite percibir lo que no pueden negar. A esta incrédula generación tal vez le convenga el siguiente pasaje de Plotino: “Los hombres se despojan lamentablemente de su divinidad desde el momento en que desdeñan todo cuanto a los cielos se refiere y nada creen de lo que es digno del cielo. Así forzosamente enmudecen las voces divinas”460. Esto mismo significa el emperador Juliano al decir: “el alma mezquina del escéptico es en verdad aguda, pero nada percibe con perfecta y sana visión”. Estamos a fines de un ciclo y en época notoriamente transitoria. Platón divide el progreso mental del universo en cada ciclo en dos períodos: fértil y estéril. Dice a este propósito que en las regiones sublunares permanecen los diversos elementos en perfecta armonía con la naturaleza divina, pero los seres que de dichos elementos participan, están unas veces en armonía y otras en discrepancia con la naturaleza divina, a causa de su entreveración con la materia terrena en los reinos del mal. Cuando las corrientes del éter universal, que en sí entraña los elementos de todas las cosas, están en armonía con el espíritu divino, nuestro planeta y cuanto contiene disfrutan del período fértil. Las ocultas potencias de los animales, vegetales y minerales simpatizan mágicamente con las naturalezas superiores, y el yo inferior del hombre se armoniza perfectamente con el Yo superior. Pero durante el período estéril, el yo inferior agota su mágica simpatía y se entenebrece la visión espiritual de la mayoría de las gentes hasta el punto de perder toda noción de las elevadas potencias de su divino espíritu. Actualmente estamos en un período estéril. El siglo XVIII padeció altísima fiebre de escepticismo, cuya enfermedad heredó el siglo XIX. La mente divina está eclipsada en los hombres que razonan tan sólo con su cerebro físico. Antiguamente era la magia una ciencia universal que tan sólo profesaban los sacerdotes ilustrados; pero aunque el foco de esta ciencia estaba celosamente custodiado en el santuario, sus rayos iluminaban el mundo. Si así no fuera, ¿cómo explicar la sorprendente identidad de tradiciones, leyendas, costumbres, creencias y adagios populares, que lo mismo se encuentran entre los lapones y tártaros del norte, que en los pueblos meridionales de Europa, en las estepas rusas y en las pampas americanas? A este propósito dice Taylor que la máxima pitagórica “no remuevas fuego con espada”, es popular entre gentes sin relación alguna étnica ni geográfica; pues según refiere Carpini, ya en 1246 la observaban los tártaros que en modo alguno consentirían en remover el fuego con arma de filo, por temor de “cortar la cabeza del fuego”. Del mismo temor participan los kalmucos, y los abisinios preferirían meter los brazos desnudos hasta el codo entre brasas, antes que removerlas con hacha o cuchillo. Tyler dice que todos estos hechos son simples aunque curiosas coincidencias, y Max Müller opina, por el contrario, que entrañan en su fondo la doctrina pitagórica. Las máximas de Pitágoras, como las de muchos autores antiguos, tienen doble significado, pues además del literal encubren un precepto, según explica Jámblico en su Vida de Pitágoras. La máxima: “no remuevas el fuego con espada” es el noveno símbolo de los Protrépticos que exhorta, a la prudencia y enseña cuán conveniente es no avivar con duras palabras al encolerizado. También corrobora Heráclito la verdad de este símbolo diciendo que “es difícil luchar contra la cólera, pero todo debe hacerse para redimir el alma. Y ciertamente es así, porque muchos, por satisfacer su cólera, han transmutado la condición de su alma y preferido la muerte a la vida. En cambio, quien refrena la lengua y permanece tranquilo, trueca en amistad la contienda, extingue el fuego de la cólera y da pruebas de buen juicio”. Nuestro vehemente amor a los hombres de la antigüedad, a los sabios primitivos, nos inspiraba el recelo de transponer los límites de la justicia y negársela a quienes la merecen; pero gradualmente se ha ido desvaneciendo toda duda y recelo al observar que somos eco débil de la opinión pública, manifestada en artículos periodísticos tan hábiles como el publicado en la Revista Nacional, correspondiente a Diciembre de 1875, con el título: Los filósofos del día, en el que se pone valientemente en tela de juicio la paternidad de los descubrimientos que los científicos modernos se atribuyen respecto a la naturaleza de la materia y del espíritu, a la formación del universo, a las peculiaridades de la mente y otros puntos igualmente interesantes. Dice a este propósito el autor del artículo que el mundo religioso se ha sorprendido y excitado ante las ideas de Spencer, Tyndall, HuxIey, Proctor y otros de la misma escuela, quienes, no obstante sus innegables servicios a la ciencia, no han efectuado ningún descubrimiento, pues nada hay hasta ahora en sus más atrevidas especulaciones que no se haya enseñado en una ú otra forma desde hace miles de años… Los científicos no exponen sus hipótesis como descubrimientos propios; pero dejan que así lo suponga la opinión pública que, alimentada por los periódicos, acepta como artículo de fe cuanto le dicen y se maravilla de las consecuencias. Pero cuando alguien ataca en la prensa a los presuntos autores de tan sorprendentes hipótesis, tratan éstos de defenderse personalmente, sin que a ninguno se le ocurra decir: “Caballeros, no se incomoden ustedes, porque nosotros no hacemos otra cosa que remendar teorías tan viejas como los montes.” Sin embargo, científicos y filósofos tienen la debilidad de dar importancia a cuanto creen que ha de allegarles nombradía inmortal. HuxIey, Tyndall y aun el mismo Spencer se han erigido últimamente en infalibles pontífices y seguros oráculos de los dogmas del protoplasma, de las moléculas y formas y átomos primordiales, alcanzando con estos descubrimientos más palmas y laureles que pelos en la cabeza tuvieron Lucrecio, Cicerón, Plutarco y Séneca, no obstante el conocimiento que del protoplasma de los átomos primordiales y demás supuestas novedades se vislumbra en las obras de estos últimos autores. Precisamente a Demócrito se le llamó el filósofo atómico por su teoría de los átomos. H.P.Blavatsky. Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz - Artículo*: Filosofía Oculta - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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