Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

domingo, 13 de agosto de 2017

Programar el universo, honrar la vibración.

Hemos definido el sentimiento como el resultado de pensamiento alimentados por una de las dos emociones posibles: amor o miedo. Lo que hace de la creencia sea un caso especial es que a veces parece ocurrir sin que le acompañe ningún pensamiento, al menos sin un pensamiento del que nosotros seamos conscientes. Todos hemos experimentado convicciones (creencias) que simplemente parecen “ocurrir”, surgidas de la nada, como cuando estamos convencidos de hallarnos en el lugar equivocado en el momento equivocado. Aunque no haya una razón evidente para ello, sabemos con toda claridad que es así. Y generalmente nos conviene hacer caso de estas convicciones cuando las tenemos. Posteriormente, en un entorno seguro, podemos mirar atrás y explorar cuál ha sido la causa de que sonara esta “alarma interna”. Y cuando lo hacemos, habitualmente descubrimos que estas convicciones (creencias) han sido activadas por algo que está más allá de las emociones de amor miedo que generan los típicos sentimientos. Ese algo es lo que mucha gente llama vibraciones de la verdad corporal, resonancia corporal o simplemente resonancia. En su forma más simple, la resonancia es un intercambio de energía entre dos cosas. Es una experiencia que va en dos direcciones, y permite que cada una de las “cosas” se ponga en equilibrio con la otra. La resonancia desempeña un papel fundamental en muchos aspectos de nuestras vidas, como cuando sintonizamos nuestro canal preferido de televisión o radio, o cuando tenemos un sentimiento inolvidable porque otro ser humano nos mira directamente a los ojos y nos dice “te quiero”. Nuestra experiencia de la creencia está muy relacionada con la resonancia existente entre nosotros y los hechos con los que nos estamos confrontando. Para tener una idea clara de qué es la resonancia, examinemos el ejemplo de la vibración compartida entre dos guitarras situadas en extremos opuestos de la misma habitación. Cuando se rasga la cuerda más baja de cualquiera de las guitarras, la misma cuerda del segundo instrumento se pondrá a vibrar como si también la hubiese sido rasgada. Aunque la segunda guitarra está en el otro extremo de la habitación y nadie la ha tocado físicamente, responde a la primera porque ambas son capaces de compartir un tipo de energía particular. En este caso, la energía toma la forma de una onda que viaja por el espacio y recorre la habitación. Y así es como experimentamos la creencia en nuestras vidas. Como las dos guitarras que se sintonizan una con la otra dentro de una habitación, nosotros somos seres de energía, capaces de sintonizar nuestros cuerpos y compartir tipos de energía particulares. Cuando nuestros pensamientos dirigen nuestra atención a un paisaje que contemplamos, a las palabras que decimos o alguna otra cosa que estemos experimentando de algún modo, nuestro ser físico responde a la energía de esa experiencia. Cuando resuena con nosotros, tenemos una respuesta corporal que nos dice que lo que hemos visto u oído es “verdad”, o al menos lo es para nosotros en ese momento. Esto es lo que hace que la verdad corporal sea tan interesante. Este tipo de verdad no tiene que ver con si la información o la experiencia es objetiva. La persona que experimenta resonancia cree que es verdad. Y, en ese momento, es verdad para ella. Las percepciones, los juicios y los condicionamientos individuales conforman la experiencia, convirtiéndola en lo que la persona siente en ese momento. Y es muy interesante que la misma persona puede vivir el mismo hecho una semana después y descubrir que ya no resuena con ella. Y como no resuena, ya no es verdad. Esto se debe a que los filtros de la percepción personal han cambiado, ya la persona ya no cree en lo que creía la semana pasada. “Todo lo que contemplas aunque parece estar Fuera, está Dentro, en tu imaginación, de la que este Mundo Mortal no es sino la Sombra.” Con estos versos, el poeta William Blake nos recuerda el poder que tenemos en nosotros cada momento de cada día. Aunque las palabras han cambiado, existe una similitud inequívoca entre lo que Blake nos comunica y lo que las tradiciones budistas nos dijeron hace siglos. Si tal como dicen, “la Realidad sólo existe donde nuestra mente se enfoca” y todo lo que experimentamos “aunque parece estar Fuera, está Dentro”, está claro que nuestras creencias son los programas que determinan nuestra experiencia. Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias. Isis sin velo Eliphas Levi expone con muy racional fundamento la ley de las recíprocas influencias de los planetas y sus combinados efectos en los reinos mineral, vegetal, animal y humano. Afirma, además, que la atmósfera astral está en tan incesante movimiento como la aérea, y se muestra conforme con Paracelso en que todo hombre, animal y planta lleva señales externas e internas de las influencias predominantes en el momento de la concepción germinal. También admite con los cabalistas, que nada hay inútil o indiferente en la naturaleza, pues hasta un suceso al parecer tan insignificante como el nacimiento de un niño en nuestro diminuto planeta influye en el universo, al par que recíprocamente el universo influye en él. Dice a este propósito: “Los astros están solidarizados por atracciones que los mantienen en equilibrio y les impelen a moverse regularmente en el espacio. Los rayos de luz se intercambian y entrecruzan de globo a globo, sin que haya en ningún planeta punto alguno que no forme parte de esta sutilísima pero indestructible red. El adepto astrólogo ha de computar exactamente el lugar y hora del nacimiento e inferir luego de las influencias planetarias las facilidades ú obstáculos que haya de encontrar el niño en la vida y las congénitas disposiciones para cumplir su destino. Asimismo ha de tener en cuenta la energía individual de la persona cuyo horóscopo se estudia, por cuanto indica su potencialidad para vencer las dificultades y dominar las propensiones siniestras, de modo que con ello labre su ventura, o bien sufrir las consecuencias si no tiene energía bastante para mudar su destino”. Considerada esta materia desde el punto de vista de los antiguos, resulta muy distinta del concepto expuesto por Tyndall en el siguiente párrafo de su famoso discurso de Belfast: “El ordenamiento y gobierno de los fenómenos naturales está encomendado a ciertos seres, imperceptibles por los sentidos, que no obstante su poder son criaturas humanas, nacidas acaso del seno de la humanidad con todas las pasiones y concupiscencias propias del hombre. Respecto al humano espíritu, coinciden en conjunto las opiniones de los filósofos antiguos y de los cabalistas medioevales, aunque difieran en los pormenores, y así podemos considerar la doctrina de cada uno de ellos como propia de todos. La discrepancia más notable estriba en cómo se infunde y reside el espíritu inmortal en el cuerpo humano. Los neoplatónicos sostenían que el augoeides no se une jamás hipostáticamente al ser humano, sino que cobija e ilumina con su resplandor al alma astral; pero los cabalistas medioevales afirmaban que el espíritu se separaba del océano de luz para infundirse en el alma astral del hombre, que como una cápsula lo envolvía durante la vida terrena. Dimanaba esta discrepancia de que los cabalistas cristianos tomaban al pie de la letra el relato de la caída del hombre. Decían a este propósito: “A consecuencia de la caída de Adán quedó el alma contaminada por el mundo de la materia, personificado en Satán, y era preciso que en las tinieblas eliminase toda impureza antes de comparecer en presencia del Eterno con el divino espíritu aprisionado. El espíritu está en la cárcel del alma como una gota de agua presa en una cápsula de gelatina en el seno del Océano; mientras no se rompa la cápsula permanecerá aislada la gota, pero en cuanto la envoltura se quiebre, se confundirá la gota con la masa total de agua perdiendo su existencia individual. Lo mismo sucede con el espíritu. Mientras está encarcelado en el alma, su medianero plástico, existe individualmente; pero si se desintegra la envoltura a consecuencia de las torturas de una conciencia marchita, de crímenes nefandos o enfermedades morales, el espíritu se restituye a su morada primera. La individualidad se separa”. Por otra parte, los filósofos que interpretaban genésicamente la “caída en la generación” creían que el espíritu era completamente distinto del alma a la que iluminaba con sus rayos. El cuerpo y el alma habían de lograr la inmortalidad ascendiendo hacia la Unidad con la que al fin quedaban identificados y, por decirlo así, absorbidos. La individualización del hombre después de la muerte depende del espíritu y no del alma ni del cuerpo; y aunque en rigor el espíritu no tiene personalidad, es una entidad distinta, inmortal y eterna per se, aun en el caso de los criminales impenitentes de cuyo cuerpo y alma se aparta, dejando que la entidad inferior se desintegre gradualmente en el éter. Entonces el espíritu separado se convierte en ángel; porque los dioses de los paganos o los arcángeles de los cristianos, a pesar de la atrevida afirmación de Swedenborg, son emanaciones directas de la Causa primera y nunca fueron ni serán hombres, por lo menos en nuestro planeta. (Si no entiende bien el lector este punto, léase el post de los fractales para una mayor compresión) Esta cuestión ha sido en todo tiempo piedra de escándalo para los metafísicos. En esta misteriosa enseñanza se basa todo el esoterismo de la filosofía budista, que tan pocos comprenden y que tantos científicos eminentes adulteraron. Aun los mismos metafísicos propenden a confundir el efecto con la causa. Un hombre puede haber alcanzado la inmortalidad y continuar siendo eternamente el mismo yo interno que era en la tierra; pero esto no supone que dicho hombre haya de conservar la personalidad que tuvo en la tierra, so pena de perder su individualidad. Por consiguiente, los cuerpos astral y físico del hombre pueden quedar absorbidos en sus respectivos receptáculos cósmicos de materia y cesar de ser residencia del ego si este ego no merecía ascender más allá; pero el divino espíritu continuará siendo entidad inmutable, aunque las experiencias terrestres se desvanezcan por completo en el instante de separarse de su indigno vehículo. Si como enseñaron Orígenes, Sinesio y otros filósofos cristianos, es el espíritu individualmente persistente en la eternidad, por fuerza ha de ser eterno. Por lo tanto, nada importa que el hombre sea bueno o malo en la tierra, porque jamás puede perder su individualidad. Esta doctrina parece de tan perniciosas consecuencias como la de la redención por ajenos merecimientos; pero si el mundo desentrañara su verdadero significado, hubiese contribuido a mejorar a la humanidad apartándola del vicio y del crimen, no por temor a la justicia humana ni a un infierno ridículo, sino por el arraigadísimo e interno anhelo de la vida individual en el más allá, que sólo podemos alcanzar “conquistando a viva fuerza el reino de los cielos”, es decir, que ni por humanas oraciones ni por sacrificio ajeno podemos salvarnos del aniquilamiento de nuestra individualidad, sino tan sólo uniéndonos íntimamente durante la vida terrena con nuestro espíritu o sea con nuestro Dios. Pitágoras, Platón, Timeo de Locris y los alejandrinos enseñaban que el alma humana deriva del alma del mundo o éter, que por su naturaleza sutilísima sólo puede percibir la visión interna. Por consiguiente, el alma humana no es la esencia monádica de que como efecto dimana el anima mundi. El espíritu y el alma son preexistentes; pero el primero tiene ab eterno individualidad distinta, y la segunda preexiste como partícula material de un todo inteligente. Ambos dimanaron originariamente del eterno océano del Luz; pero, como dicen los teósofos, hay un espíritu de fuego visible y otro invisible, que establecen la distinción entre el alma animal y el alma divina. Empedocles creía firmemente que los hombres y animales tienen dos almas, y de la misma opinión era Aristóteles, que las llamaba respectivamente alma animal y alma racional. Según estos filósofos, el alma racional procede de fuera y la animal de dentro del alma universal. La superior y divina región en que colocaban a la suprema e invisible Divinidad era para ellos un quinto elemento puramente espiritual y divino, mientras que concebían el anima mundi de naturaleza sutil, ígnea y etérea, difundida por todo el universo. Sin embargo, el mismo Epicuro, que aventajaba en materialismo a los estoicos, pues no creía que los dioses intervinieran para nada en la creación y gobierno del mundo, enseña que el alma es de tenue y delicada esencia, constituida por los más sutiles, suaves y refinados átomos, o sean los átomos etéreos. Arnobio, Tertuliano, Ireneo y Orígenes, no obstante sus creencias cristianas, afirmaban que el alma es material, si bien de sutilísima naturaleza. Pero mientras que los espiritistas y los teólogos cristianos no conciben la extinción de la personalidad humana por la disociación del espíritu, los discípulos de Swedenborg están conformes con esta doctrina. El reverendo Chauncey Giles, de Nueva York, la ha dilucidado no ha mucho en un discurso, del que extractamos el párrafo siguiente: “La muerte del cuerpo es una ordenación divina para facilitar al hombre el logro de sus superiores destinos. Pero hay otra muerte que interrumpe la ordenación divina y destruye los elementos de la naturaleza humana con las posibilidades de su felicidad. Es la muerte espiritual que puede sobrevenir antes de la disolución del cuerpo físico. Cabe que la mente humana se desarrolle en alto grado sin que la acompañe la más leve chispa de amor a Dios ni de inegoísta amor al prójimo. El que se deja dominar por el egoísmo y el amor al mundo y sus placeres, sin amar a Dios ni al prójimo, se precipita de la vida en la muerte y desecha de sí los principios superiores de su naturaleza, de modo que aunque físicamente exista, está espiritualmente tan muerto para la vida superior como ha de estarlo su cuerpo para la terrena cuando deje de alentar. Esta muerte espiritual es el resultado de la desobediencia a las leyes de la vida espiritual, que acarrea el correspondiente castigo, ni más ni menos que si se tratara de las leyes de la vida social. Sin embargo, el hombre espiritualmente muerto no deja de tener sus goces ni pierde sus dotes intelectuales ni su poder y actividad. No hay placer animal del que no puedan participar y en su goce estriba para ellos el más elevado ideal de felicidad humana. El incesante afán con que los ricos apetecen las diversiones de la vida mundana, la elegancia en el vestir, los honores y distinciones sociales, trastorna a estas criaturas, que con todas sus gracias y atavíos están muertas a los ojos de Dios, sin más vida que los esqueletos cuya carne se hizo polvo. La poderosa inteligencia no es prueba de vida espiritual. Muchas eminencias científicas son cadáveres animados de donde huyó el espíritu. Por lejos que nos remontemos en la historia de la sociedad mundana, encontraremos siempre y en todas partes hombres espiritualmente muertos”. Enseñaba Pitágoras que el universo es en conjunto un vasto sistema de exactas combinaciones matemáticas y Platón ve en Dios el supremo geómetra. El mundo está regido por la misma ley de equilibrio y armonía que presidió a su formación. La fuerza centrípeta no podría actuar sin la centrífuga en las armoniosas revoluciones de las esferas, pues todas las formas requieren fuerzas duales. Así, para la mejor comprensión del caso de que vamos tratando podemos considerar el espíritu como la fuerza centrífuga y el alma como la centrípeta en el sistema suprafísico. Cuando actúan armónicamente ambas fuerzas producen el mismo efecto; pero si se perturba el movimiento del alma que centrípetamente tiende al centro que la atrae, o si se la abruma con mayor peso de materia del que puede soportar, quedará rota la armonía del conjunto y, por consiguiente, la vida espiritual cuya continuidad requiere el concurso de ambas fuerzas, que si se perturban dañan a la individualidad humana y si se destruyen la aniquilan. Los perversos y depravados que durante la vida interceptaron con su grosera materialidad el rayo del divino espíritu y estorbaron su íntima unión con el alma, se encuentran al morir magnéticamente retenidos en la densa niebla de la atmósfera material, hasta que, recobrada la conciencia, se ve el alma en aquel lugar que llamaron Hades los antiguos. La aniquilación de estas entidades desprovistas de espíritus no es nunca instantánea, sino que a veces tarda siglos, pues la naturaleza nunca procede a saltos ni por bruscas transiciones, y los elementos constituyentes del alma requieren más o menos tiempo para desintegrarse. Entonces se cumple la temerosa ley de compensación a que llaman yin–yuan los budistas. Estas entidades son los elementarios terrestres, que los orientales designan con el alegórico nombre de “hermanos de la sombra”. Su índole es astuta, ruin y vengativa, hasta el punto de qué no desperdician ocasión para mortificar a la humanidad en desquite de sus sufrimientos, y antes de aniquilarse se convierten en vampiros, larvas y simuladores que desempeñan los principales papeles en el gran teatro de las materializaciones espiritistas, con ayuda de los elementales genuinos, quienes se complacen en prestársela. El eminente cabalista alemán Enrique Kunrath representa, en una lámina de su hoy rarísima obra Amphitheatri Sapientæ Æternæ, las cuatro variedades de “espíritus terrestres”. El hombre está en riesgo de perder su espíritu y convertirse en una de estas entidades elementarias hasta que cruza el dintel del santuario de la iniciación y levanta el VELO DE ISIS. Entonces ya no ha de sentir temor. Aristóteles atribuía a la mente humana naturaleza material, anticipándose con ello a los fisiólogos modernos; y aunque ridiculizaba a los hilozoicos, admitía la distinción entre alma y espíritu; pero discrepaba de Estrabón en no creer, como cree éste, que toda partícula de materia tiene en sí misma la suficiente energía vital para desenvolver gradativamente un mundo tan multiforme como el nuestro. La sublime moral que campea en la Etica Nicomaqueana de Aristóteles está entresacada de los Fragmentos Eticos de Pitágoras, según se infiere de la lectura de ambos textos, aunque el filósofo de Estagira no “jurase por el fundador de la tetractys”. Después de todo, ¿qué sabemos en verdad de Aristóteles? Su filosofía es tan abstrusa, que continuamente ha de ir llenando la imaginación del lector las lagunas que interrumpen la ilación de sus deducciones. Además, nos consta que las obras de este filósofo no han llegado íntegras a manos de los eruditos que hoy se deleitan en los al parecer ateísticos argumentos en pro de la teoría del destino expuesta por el autor. Los manuscritos de Aristóteles quedaron en poder de Teofrasto, de quien los heredó Neleo, cuyos sucesores los tuvieron olvidados en unos sótanos durante siglo y medio hasta que los copió Apellicón de Theos, sin reparo en completar a su arbitrio los párrafos medio borrados por el tiempo e interpolar otros que no estaban en el original. Los eruditos nonocentistas podrían observar hechos y fenómenos, tan cuidadosamente como Aristóteles, cuyo ejemplo anhelan seguir, en vez de ponderar su método inductivo y sus teorías materialistas frente a la filosofía platónica y de negar hechos que por completo desconocen. Sin embargo, este fenómeno es tan antiguo como el mundo… Los sacerdotes de India y China lo conocieron antes que los egipcios y griegos, y aun hoy en día lo practican algunos pueblos salvajes, entre ellos los esquimales. Es el fenómeno de la fe, única determinante de todo prodigio, que “os será concedido en proporción de vuestra fe”. Quien así habló era, en efecto, la encarnada palabra de Verdad que ni se engañaba ni podía engañar a los demás; y exponía un axioma que nosotros repetimos ahora sin muchas esperanzas de aceptación. El hombre es un microcosmos o mundo diminuto que lleva en sí un estado caótico, una partícula del Todo universal. La tarea de los semidioses consiste en ir sistematizando su partícula por medio de un continuo esfuerzo mental y físico. Han de producir sin cesar nuevos resultados, nuevos efectos morales para completar la obra de la creación, creando a su vez con los informes y caóticos elementos suministrados por el Creador a Su propia imagen. Cuando el todo se perfeccione hasta el punto de parecerse a Dios y se sobreviva a sí mismo, entonces quedará completada la obra de la creación. Pero todavía estamos muy lejos de este momento final, porque puede decirse que en nuestro mundo está todo por hacer: instituciones, instrumentos y resultados. Mens non solum agitat sed creat molem. Vivimos en este mundo en un ambiente mental que mantiene necesaria y perpetua solidaridad entre todos los hombres y todas las cosas. Cada cerebro es un ganglio, una estación del universal telégrafo neurológico, relacionada con las demás estaciones y con la central por medio de las ondas del pensamiento. El sol espiritual ilumina las almas, así como el sol físico ilumina los cuerpos, porque el universo es dual y obedece a la ley de los pares. El telegrafista torpe no interpreta bien los telegramas divinos y los transmite errónea y ridículamente. Así pues, la verdadera ciencia es el único medio a propósito para extirpar las supersticiones y desatinos divulgados por los ignorantes intérpretes de las enseñanzas en todos los pueblos de la tierra. Estos ciegos intérpretes del Verbo, de la PALABRA, han exigido siempre de sus discípulos juramento in verba magistri sin el más leve examen. No desearíamos otra cosa si fuesen fidelísimo eco de las voces internas que sólo engañan a quienes están poseídos del falaz espíritu. Pero dicen: “nuestro deber es interpretar los oráculos, pues nadie más que nosotros recibió del cielo esta misión. Spiritus flat ubi vult y no sopla más que hacia nosotros”. Sin embargo, el espíritu sopla en todas direcciones y los rayos del sol espiritual iluminan todas las conciencias. Cuando todos los cuerpos y todas las mentes reflejen por igual esta doble luz, el mundo verá mucho más claro. El orangután de Borneo tiene el cerebro menos voluminoso que el tipo ínfimo de los salvajes; pero, no obstante, poco le falta para igualar a éstos en inteligencia; y según afirman Wallace y otros eminentes naturalistas, está dotado de tan maravillosa perspicacia, que únicamente se echa en él de menos la palabra para entrar en la ínfima categoría de la especie humana. Estos orangutanes apostan centinelas alrededor de sus campamentos, edifican chozas para guarecerse, prevén y evitan los peligros, eligen caudillos y en el ejercicio de sus facultades demuestran que bien pueden parigualarse con los australianos de cabeza achatada, pues como dice Wallace, “las necesidades de los salvajes y su potencia mental apenas superan a las de los orangutanes”. Ahora bien; es opinión común que en el otro mundo no puede haber orangutanes porque no tienen alma; pero si algunos orangutanes igualan en inteligencia a muchos hombres, ¿por qué han de tener éstos y aquéllos no, espíritu inmortal? Los materialistas dirán que ni unos ni otros lo tienen, sino que toda vida acaba con la muerte; pero los espiritualistas han estado siempre conformes en afirmar que el hombre ocupa en la escala de los seres el peldaño inmediatamente superior al del animal, y que desde el más rudo salvaje al más profundo filósofo posee algo de que el animal carece. Según hemos visto, enseñaron los antiguos que el hombre consta trínicamente de cuerpo, alma y espíritu, mientras que el animal está dualmente constituido de cuerpo y alma; los fisiólogos no descubren diferencia alguna de constitución entre el cuerpo del hombre y el del bruto, y los cabalistas convienen con ellos al decir que el cuerpo astral (el principio vital de los fisiólogos), es esencialmente idéntico en el hombre y en los animales. El hombre físico no es ni más ni menos que la culminación de la vida animal; y si, como también afirman los materialistas, es materia el pensamiento que en opinión de los audaces autores de El Universo Invisible “afecta a la materia de otros universos simultáneamente a la del nuestro” y no hay sensación placentera o dolorosa ni deseo emocional que no ponga en vibración el éter, ¿por qué las groseras vibraciones mentales del animal no se han de transmitir al éter y asegurar la continuación de la vida después de la muerte del cuerpo? Sostienen los cabalistas que no es lógico creer por una parte en la supervivencia del cuerpo astral del hombre y por otra en la desintegración inmediata del de los animales. Después de la muerte del cuerpo físico sobrevive como entidad el cuerpo astral llamado por Platón alma mortal, porque según la filosofía hermética renueva sus partículas constituyentes en cada una de las etapas que recorre el hombre para alcanzar más elevada esfera. Pone Platón en boca de Sócrates, en su coloquio con Callicles, que “el alma mortal retiene todas las características del cuerpo físico luego de muerto éste, con tal exactitud, que si un hombre sufrió en vida la pena de azotes tendrá el cuerpo astral con las mismas equimosis y cicatrices”. El cuerpo astral es calcada reproducción del físico bajo todos sus aspectos, por lo que sería absurdo y blasfemo creer que recibe premio o castigo el espíritu inmortal, la llama encendida en la inagotable céntrica fuente de luz e idéntica a esta luz en atributos y naturaleza. El espíritu inmortaliza la entidad astral según las disposiciones en que ésta le reciba. Mientras el hombre dual, cuerpo y alma, observen la ley de continuidad espiritual y permanezca en ellos la chispa divina, por débilmente que resplandezca, estará el hombre en camino hacia la inmortalidad de la futura vida; pero si se apegan a la existencia puramente material y refractan el divino rayo emanante del espíritu desde los comienzos de su peregrinación y desoyen las inspiraciones de la avizora conciencia donde se enfoca la luz espiritual, no tendrán más remedio que someterse a las leyes de la materia. Ciertamente que la materia es tan eterna e indestructible como el mismo espíritu, pero solamente en esencia, no en sus formas. El cuerpo carnal de un hombre groseramente materialista queda abandonado por el espíritu aun antes de la muerte física, y al sobrevenir ésta, el cuerpo astral moldea su plástica materia, con arreglo a las leyes físicas, en el molde que se ha ido elaborando poco a poco durante la vida terrena. Como dice Platón, “asume entonces la forma del animal con quien más le asemejó su mala conducta”. Dice además, que, “según antigua creencia, las almas van al Hades al salir de la tierra y vuelven de allí otra vez para ser engendradas de los muertos…. Pero quienes vivieron santamente llegan a la pura mansión superior y habitan en las más elevadas regiones de la tierra”. También dice Platón en el Fedro que al término de su primera vida van algunos hombres a los lugares de castigo situados debajo de la tierra. De todos los modernos tratadistas acerca de las aparentes incongruencias del Nuevo Testamento, tan sólo los autores de El Universo invisible han percibido un vislumbre de la cabalística verdad encubierta en la palabra gehena (Véase El Universo invisible, pág. 205–206. Los cabalistas no creen que este lugar inferior esté en el centro de la tierra, sino que es una esfera mucho más material y menos perfecta que la tierra) con la cual significaban los ocultistas la octava esfera (Enumeradas en orden inverso), o sea un planeta como la tierra y relacionado con ella de modo que le sigue en la penumbra. Es una especie de caverna sepulcral, un “sitio en donde se consume todo desperdicio e inmundicia” y se regeneran las escorias y residuos de materia cósmica procedente de la tierra. Enseña la doctrina secreta que si el hombre logra la inmortalidad continuará siendo trino como era en vida y trino será en todas las esferas, porque él cuerpo astral que durante la vida física está envuelto por el físico, se convierte después de la muerte carnal en envoltura de otro cuerpo más etéreo, que empieza a desarrollarse en el momento de la muerte terrena y culmina su desarrollo cuando a su vez muere y se desintegra el cuerpo astral. Este proceso se repite en cada nuevo tránsito de esfera; pero el espíritu inmortal, la “argentina chispa” que el doctor Jenwick halla en el cerebro de Margrave 83 y no en el de los animales, es inmutable y jamás se altera “aunque se desmorone su tabernáculo”. Muchos clarividentes, fidedignos por lo lúcidos, corroboran las descripciones que Porfirio, Jámblico y otros autores hacen de los espíritus de los animales. Pero prosigamos la argumentación. Si después de la muerte del cuerpo persiste la vida, ha de obedecer necesariamente esta vida a la ley de evolución, que desde la cúspide de la materia eleva al hombre a superior esfera de existencia. Pero ¿cómo es posible que esta ley de elevación sólo rija para el hombre y no para los demás seres de la naturaleza? ¿Por qué habían de quedar eliminados de ella animales y plantas, puesto que en las formas de unos y otras alienta el principio vital hasta que, como a la forma humana, las destruye la muerte? ¿Por qué el cuerpo astral de los animales no habría de sutilizarse en las otras esferas lo mismo que el del hombre? También los animales proceden evolutivamente de la materia cósmica y ninguna diferencia encuentran los naturalistas entre los principios orgánicos de los reinos animal, vegetal y mineral a los que el profesor Le Conte añade el reino elemental. La materia evoluciona continuamente de cada uno de estos reinos al inmediato superior y, de conformidad con Le Conte, no hay en la naturaleza fuerza capaz de transportar la materia del reino elemental al vegetal o del mineral al animal sin pasar por los intermedios. Ahora bien; nadie se atreverá a suponer que de entre las moléculas primariamente homogéneas, animadas por la energía evolutiva, tan sólo unas cuantas alcancen en su progresivo desenvolvimiento los confines superiores del reino animal, donde culmina el hombre, y las demás moléculas, dotadas de la misma energía, no pasen más allá del reino vegetal. ¿Por qué razón no han de estar todas estas moléculas sujetas a la misma ley de modo que el mineral evolucione en vegetal, el vegetal en animal y el animal en hombre, ya que no en este nuestro planeta en alguno de los innumerables astros del espacio? No hubiera en el universo la armonía que descubre la matemática astronómica, si la evolución se contrajera al hombre sin extenderse a los reinos inferiores. La psicometría corrobora las deducciones de la lógica y tal vez llegue tiempo en que los científicos honren la memoria de Buchanan, el moderno expositor de aquella ciencia. Un trozo de mineral, un fósil vegetal o animal, representan viva y exactamente sus condiciones pasadas a la vista del psicómetra, como un hueso humano le sugiere determinadas peculiaridades del individuo al que perteneciera; y por lo tanto, es lógico inferir de todo esto que la naturaleza entera está animada del mismo espíritu que sutilmente anima así la materia orgánica como la inorgánica. Antropólogos, fisiólogos y psicólogos se ven perplejos ante las causas primarias y finales sin comprender la analogía de las diversas formas materiales en contraste con los abismos de diferencia que advierten en el espíritu. Sin embargo, esta perplejidad proviene de que sus investigaciones se contraen a nuestro globo visible y no se atreven o no pueden ir más allá. Cabe en lo posible que la mónada universal, vegetal o animal, empiece a tomar forma en la tierra y haya de llegar al término de su evolución al cabo de millones de siglos en otros planetas conocidos y visibles, o desconocidos e invisibles para los astrónomos. La misma tierra, según antes dijimos, después de su muerte cósmica y desintegración física se convertirá en eterificado planeta astral. La armonía es ley fundamental de la naturaleza. Como es arriba, así es abajo. Pero la armonía en el universo material es justicia en el mundo espiritual. La justicia engendra armonía y la injusticia discordia, que en el orden cósmico equivale a caos y aniquilación. Si el hombre tiene espíritu ya evolucionado, el mismo espíritu debe alentar, por lo menos potencialmente, en los demás seres, con promesa de ir también evolucionando con el tiempo, pues fuera inconcebible injusticia que el depravado criminal pudiera redimirse por el arrepentimiento y gozar de felicidad eterna, mientras que el inocente caballo hubiese de sufrir y trabajar a latigazos para que la muerte aniquile su ser. Semejante absurdo sólo cabe entre quienes creen que el hombre es el absoluto soberano del universo, y para quien fueron creadas todas las cosas, no obstante haber sido necesario que en satisfacción de sus culpas muriese nada menos que el mismo Dios y creador del universo, cuya cólera no se hubiera aplacado con ningún otro sacrificio. Si, por ejemplo, un filósofo ha tenido que pasar por sucesivas etapas de civilización para llegar a serlo, y el salvaje es en cuanto a organización cerebral no muy inferior al filósofo85 ni tampoco muy superior al orangután, no será despropósito inferir que el salvaje en este planeta y el orangután en otro, poblado por seres también semejantes a cualquier otra imagen de Dios, hallarán su respectiva oportunidad de llegar a las altezas de la filosofía. Al tratar del porvenir de la psicometría dice Denton: “La astronomía no desdeñará el concurso de este poder, pues así como a medida que nos remontamos a los primitivos períodos geológicos, descubrimos diversas formas orgánicas, así también cuando la penetrante mirada del psicómetra explore los cielos de aquellas remotas edades, descubrirá que hubo constelaciones ya extinguidas. El exacto y minucioso mapa del firmamento en el período silúrico nos revelaría muchos Arcanos imposibles hoy de escudriñar. Hay fundados motivos para creer que no han de faltar psicómetras lo bastante hábiles para leer la historia cósmica, y tal vez la humana, de los cuerpos celestes”. Cuenta Heródoto que en la octava torre de Belo, en Babilonia, residencia de los sacerdotes astrólogos, había un santuario donde las profetisas quedaban en trance para recibir las comunicaciones del dios. Junto al lecho de las profetisas paraba una mesa de oro y sobre ella varias piedras que, según refiere Maneto, eran aerolitos cuyo contacto despertaba la visión profética. Lo mismo sucedía en Tebas y Patara. Esto parece indicar que los antiguos conocían y practicaban extensamente la psicometría hasta el punto de que los profundos conocimientos astronómicos que reconoce Draper en los sacerdotes caldeos, antes dimanaban de la psicometrización de los aerolitos que de directas observaciones con instrumentos a propósito. Estrabón, Plinio y Helancio aluden al poder electromagnético del betylo o piedra meteórica que desde la más remota antigüedad tuvieron en suma veneración los egipcios y samotracios, quienes creían que los aerolitos tenían alma caída con ellos del cielo. En Grecia, los sacerdotes de la diosa Cibeles llevaban siempre consigo un pedazo de aerolito. Puesto que el alma evoluciona perpetuamente y en determinado tiempo pasa a través de todas las cosas, se ve luego precisada a retroceder por el mismo camino y a proceder por el mismo orden de generación en el mundo, porque tantas cuantas veces se repiten las causas, otras tantas han de repetirse los efectos. FICIN: Oráculos caldeos La ciencia escolástica nada ha comprendido de cuanto precede al momento en que se forma el embrión ni de lo que sigue después que el hombre baja a la tumba, pues ignora las relaciones entre espíritu, alma y cuerpo antes y después de la muerte. El mismo principio vital es intrincado enigma en cuya solución agotó infructuosamente el materialismo sus energías mentales. Ante un cadáver enmudece el escéptico si su discípulo le pregunta de dónde vino y adónde fue el morador de aquel cuerpo inerte. Por lo tanto, no tiene el discípulo más remedio que satisfacerse con la explicación de que el hombre procede del protoplasma o abandonar escuela, libros y maestro, para encontrar la explicación del misterio. En ciertas ocasiones resulta tan interesante como instructivo observar de cerca las frecuentes escaramuzas entre la ciencia y la teología. Pero no todos los hijos de la Iglesia son tan desdichados en defenderla como el abate Moigno de París, quien, a pesar de sus buenas intenciones, fracasó en el empeño de refutar los librepensadores argumentos de HuxIey, Tyndall, Du Bois–Raymond y otros tantos, para recibir en recompensa la inclusión de su obra en el índice de libros prohibidos por Roma. Miremos primeramente en torno del mundo material, desde el diminuto átomo al sol inmenso; y para formular la ley de la unidad en la diversidad a que armónicamente obedecen los cuerpos y movimientos siderales, pronunciáis la palabra atracción que compendia la ciencia de los astros. Decís vosotros que estos astros se atraen unos a otros en razón. directa de las masas e inversa del cuadrado de las distancias. Hasta ahora todo confirma esta ley que impera soberanamente en los dominios de la hipótesis y ha entrado en la categoría de axioma. Con toda mi alma rindo científico homenaje a la soberanía de la atracción y no seré yo quien intente eclipsar en el mundo de la materia una luz que se refleja en el del espíritu. El imperio de la atracción es evidente; es soberano; nos da en rostro. Pero ¿qué es la atracción?; ¿quién la ha visto?; ¿quién la ha palpado? ¿Cómo es que estos cuerpos mudos, sin sensibilidad ni inteligencia, ejercen inconsciente y recíprocamente la acción y reacción que los mantiene en equilibrio y armonía? La fuerza que atrae un sol a otro sol y un átomo a otro átomo ¿es acaso un medianero invisible que va de unos a otros? Pero entonces ¿quién es este medianero?; ¿de dónde dimana esta fuerza intermediaria que todo lo abarca y cuya acción no pueden eludir ni el sol ni el átomo? ¿Es o no esta fuerza algo distinto de los elementos recíprocamente atraídos? ¡Misterio! ¡Misterio! Sí, señores; esa atracción que tan esplendorosamente se manifiesta a través del mundo material es para vosotros misterio impenetrable; y sin embargo, ¿negaréis por ello su palpable realidad y su dominio?… Por otra parte, advertid que los principios fundamentales de toda ciencia son tan misteriosos, que si negáis el misterio habréis de negar la ciencia misma. Imaginad la ciencia que os plazca, seguid al majestuoso vuelo de sus inducciones y en cuanto lleguéis a sus origines os encontraréis frente a frente de lo desconocido. ¿Quién es capaz de sorprender el secreto de la formación de un cuerpo o de la generación de un simple átomo? ¿Qué hay, no ya en el centro de un sol, sino en el centro de un átomo? ¿Quién ha sondeado el abismo de un grano de arena? Sin embargo, la ciencia estudia desde hace cuatro mil años el grano de arena, le da mil vueltas, lo divide y lo subdivide, lo tortura en sus experimentos, lo agobia a preguntas y le dice: ¿podré dividirte hasta lo infinito? Entonces, suspendida sobre el abismo, la ciencia titubea, vacila, se turba y confunde y desesperadamente exclama: nada sé. Pues si tan ignorantes estáis de la génesis e íntima naturaleza de un grano de arena ¿cómo podréis tener ni siquiera un vislumbre del ser viviente? ¿De dónde dimana la vida? ¿Cuándo empieza? ¿Qué la engendra y qué la mantiene? ¿Pueden los científicos redargüir al elocuente clérigo? Sin duda alguna el misterio les cerca por todos lados y el último reducto de Spencer, Tyndall o Huxley tiene grabadas en el frontis las palabras INCOMPRENSIBLE, AGNOSCIBLE. La ciencia es comparable a un astro de brillante luz cuyos rayos atraviesan por entre una capa de negras y densas nubes. Si los científicos no aciertan a definir la atracción que mantiene unidas en concreta masa las partículas materiales de un guijarro, ¿cómo serán capaces de deslindar lo posible de lo imposible? Además, ¿por qué habría de haber atracción en la materia y no en el espíritu? Si del éter densificado proceden por el incesante movimiento de sus moléculas las formas materiales, no es despropósito suponer que del éter sublimado dimanen las entidades espirituales, desde la monádica hasta la humana, en sucesiva evolución de perfeccionamiento. Basta la lógica para inferirlo así, aun prescindiendo de toda prueba experimental. La ciencia niega la existencia del espíritu en el éter, al paso que la teología afirma la existencia de un Dios personal; pero los cabalistas sostienen que ni la ciencia ni la teología hablan con razón, sino que los elementos representan en el éter las fuerzas de la naturaleza y el espíritu es la inteligencia que las rige y gobierna. Las doctrinas cosmogónicas de Hermes, Orfeo, Pitágoras, Sanchoniaton y Berocio, se fundan en el axioma de que el éter (inteligencia) y el caos (materia) son los primordiales y coeternos principios del universo. El éter es el principio mental que todo lo vivifica; el caos es un principio fluídico sin forma ni sensibilidad. De la unión de ambos nace la primera divinidad andrógina cuyo cuerpo es la materia caótica y cuya alma es el éter. Tal es la universal trinidad según el metafísico concepto de los antiguos que, discurriendo por analogía, vieron en el hombre, formado de materia e inteligencia, el microcosmos o minúscula reproducción del Cosmos. Si comparamos esta doctrina con las especulaciones de la ciencia que se detiene en las lindes de lo desconocido y no tolera que nadie vaya más allá de sus pasos, o bien con el dogma teológico de que Dios creó el mundo de la nada como juego de prestidigitación, no podemos por menos de reconocer la superioridad lógica y metafísica de la doctrina hermética. El universo existe y existimos nosotros; pero ¿cómo apareció el universo y cómo aparecimos nosotros en él? Puesto que los científicos no responden a esta pregunta y los usurpadores del solio espiritual anatematizan por blasfema nuestra curiosidad, no tenemos más remedio que recurrir a los sabios cuya atención se empleó en este estudio siglos antes de que se condensaran las moléculas corporales de los filósofos modernos. La antigua sabiduría que el visible universo de espíritu y materia es la concreción plástica de la abstracción ideal, con arreglo al modelo trazado por la IDEA divina. Así pues, nuestro universo estaba latente de toda eternidad, animado por el céntrico sol espiritual o Divinidad suprema. Pero esta Divinidad suprema no plasmó su idea sino que la plasmó su primogénito. (Dice Platón en el Timeo que la ideación divina estaba fundamentada en el dodecaedro y por ello computa la cosmogonía tirrena (Suidas, Tyrrhenía) en 12.000 años el período de la creación, afirmando que el hombre fue creado en el sexto milenario. Esto concuerda con el ciclo egipcio de los 6.000 años y con el cómputo hebreo, entendiendo por años lo mismo que épocas y no simples períodos de doce revoluciones lunares. Refiere Sanchoniaton en su Cosmogonía (traducción griega por Filo Biblio), que cuando el viento (espíritu), se enamoró de su propio principio (caos) se enlazaron ambos en unión llamada pothos, de que brotó la semilla de todo lo existente. El caos no tenía conciencia de su propia producción porque era insensible; pero de su enlace con el viento nació el iIus (lodo) (Cory: Fragmentos antiguos)de que dimanaron los esporos de la creación y la existencia objetiva del universo.) Los antiguos sólo contaban cuatro elementos, pero consideraron el éter como el medio transmisor entre el mundo visible y el invisible y creyeron que su esencia estaba sutilizada por la presencia divina. Decían, además, que cuando las inteligencias directoras se apartaban del reino que respectivamente les correspondía gobernar, quedaba aquella porción de espacio en poder del mal. El adepto que se disponga a entrar en comunicación con los invisibles ha de conocer perfectamente el ritual y estar muy bien enterado de las condiciones requeridas por el equilibrio de los cuatro elementos de la luz astral. Ante todo ha de purificar la esencia y equilibrar los elementos en el círculo de comunicación, de modo que no puedan entrar allí los elementarios. Pero ¡ay del curioso impertinente que sin los debidos conocimientos ponga los pies en terreno vedado! El peligro le cercará en todo instante por haber evocado poderes que no es capaz de dominar y por haber despertado a centinelas que únicamente dejan pasar a sus superiores. A este propósito dice un famoso rosacruz: “Desde el momento en que resuelvas convertirte en cooperador del Dios vivo, cuida de no entorpecer su obra, porque si tu calor excede de la proporción natural, excitarás la cólera de las naturalezas húmedas, que se revelarán contra el fuego central y éste contra ellas, de lo que provendría una terrible escisión en el caos. Tu mano temeraria perturbará la armonía y concordia de los elementos y las corrientes de fuerza quedarán infestadas de innumerables criaturas de materia e instinto. Los gnomos, salamandras, sílfides y ondinas te asaltarán, ¡oh imprudente experimentador!, y como son incapaces de inventar cosa alguna, escudriñarán las más íntimas reconditeces de tu memoria para refrescar ideas, formas, imágenes, reminiscencias y frases olvidadas de mucho tiempo, pero que se mantienen indelebles en las páginas astrales del indestructible LIBRO DE LA VIDA”. H.P. Blavatsky Isis sin velo tomo II Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz - Artículo*: Filosofía Oculta - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
 

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