«La democracia, lógicamente, se opone a la tiranía, pero de hecho conduce a ella. Es decir, como su reacción es sentimental –si no, sería centrípeta y tendería hacia la teocracia, única garantía de una libertad realista–, la democracia no es más que un extremo que, por su negación irrealista de la autoridad y de la competencia, llama fatalmente a otro extremo y a una nueva reacción autoritaria: autoritaria y tiránica por su mismo principio. La ilusión democrática aparece sobre todo en los siguientes rasgos: en la democracia, es verdad lo que cree la mayoría; es ella quien «crea» prácticamente la verdad; la misma democracia no es verdadera más que en la medida en que –y mientras que– la mayoría cree en ella. En su seno lleva, por tanto, los gérmenes de su suicidio. La autoridad, a la que no hay más remedio que tolerar so pena de anarquía, vive a merced de los electores, y de ahí la imposibilidad de gobernar realmente; el ideal de «libertad» hace del gobierno un prisionero que debe seguir constantemente las presiones de los diversos grupos de interés; las mismas campañas electorales prueban que los aspirantes a la autoridad deben engañar a los electores, y los medios de este engaño son tan groseros y estúpidos, y constituyen tal envilecimiento del pueblo, que eso debería bastar para reducir a la nada el mito de la democracia moderna. Ello no quiere decir que ningún género de democracia sea posible, pero en ese caso se trata, en primer lugar, de colectividades restringidas –sobre todo nómadas– y, después, de una democracia interiormente aristocrática y teocrática, no de un igualitarismo laico impuesto a los grandes pueblos sedentarios.» Frithjof Schuon
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