Rescato este antiguo texto de Phantastika no sin alguna corrección. La entrada va sobre la película "El camello que llora". Desde mi unto de vista una pequeña obra de arte a medio camino del documental y la ficción. (1) El camello que llora. Una madre que no quiere a su hijo. Un hijo que se sumerge en el desafecto y el rechazo en lo que sería esa matriz íntima que nos debe nutrir. Un vástago recién nacido al que no se le da teta, al que se rechaza, con el que no se quiere estar. El resultado es claro; incertidumbre, enfermedad y fragilidad; acaso muerte… Resulta casi imposible atisbar una fuente de dolor más originaria. Me viene a la cabeza ese emperador medieval que quiso “descubrir” el lenguaje primigenio de la humanidad. Con ese fin encerró a un grupo de recién nacidos en una torre. Las nodrizas y la gente que les atendía tenían prohibido hablarles... Todos murieron. “El camello que llora”, acaso esta fabula siberiana y mogola, tan magistralmente llevada al cine, nos confronte con la textura más primigenia del dolor y con la fuente más remota de todo desarreglo; una infancia incierta, una familia áspera y fría, una madre que evita, un entorno que no acoge... En esas, al vástago, le cuesta prosperar, le cuesta respirar, le cuesta andar. Ante una situación así cada cual sale por donde puede y los resultados nos desgranan los muy variados horizontes de lo enfermizo aunque también de la salud que se alcanza. La perspectiva apuntada nos sitúa ante una enfermedad inocente y ante una salud entendida como arte. De todo esto trata esta película; de la salud y de cómo ciertos rituales pudieran promoverla integrando la sombra y el horror. ¿De qué manera?. Congregando al buen espíritu y a la vida triunfante que cobra –recobra- su forma propia. En la película se nos habla de los espíritus y de cómo estos se retiran ante la tecnificada y virtualizada vida moderna –la vida pierde así su propio rostro-. Se escenifican rituales, se hacen ofrendas y libaciones para congregarles, para que retornen y para que aseguren el buen discurrir y el buen ser de las cosas que son. “El camello que llora”. Un camello recién nacido es despreciado por su madre ante un mal parto. La madre le niega la teta y el pequeño camello ve peligrar su vida. Su familia, los hombres que le rodean, van tejiendo diversas estrategias para solventar la situación. Finalmente será un ritual el que reconcilie a la madre con su camello. El ritual será sencillo. Unas salmodias, un canto y la bella llamada de un violón oriental. Ante el espíritu y la belleza convocadas la madre-camello llorará, reconocerá y palpará su dolor sin desagüarlo en el recien venido a la vida. La camella llora, el llanto la mueve el alma y así acontece una disposicion renovada para la vida. Finalmente la conciliación se produce. El cachorro accede a la teta de la madre y se nutre de su leche. Ni más, ni menos. (2) Esta fábula chamánica, mogola y siberiana, nos confronta, por un lado, con uno de los núcleos más elementales del dolor humano, al tiempo que nos muestra esos rituales que saben promover la salud y restaurar los equilibrios perdidos en la memoria de una belleza originaria y de la mano del reconocimiento del dolor, de la catarsis y del advenimiento de un cambio profundo en el estado del alma. Sólo un bobo quedaría insatisfecho por que la historia se desplace a un camello ya que los animales nos dicen. Y si esto es cierto, en términos generales, lo es con más vigor en relación a las tradiciones chamánicas; precisamente por ser tradiciones de la physis, es decir, tradiciones de la naturaleza animada. De los animales del alma a la catarsis del alma a través del rito. El rito, un teatro sagrado en palabras de Antonin Artaud; también y, desde su punto de vista, un teatro de la crueldad por ser capaz de sublimarla. La relevancia de lo ritual nos lleva directamente a ese chamanismo ancestral que, en tanto sabiduría de la salud, sabe manejar determinados estados extáticos –acaso muy discretos- para re-equilibrar lo desordenado y la salud perdida. Podríamos tirar del hilo, y siguiendo la directriz de Eliade (1), utilizar nociones helénicas para arrojar luz sobre algo que, en principio, nos resulta ajeno. La salud como re-equilibrio, la salud como la tarea que nos devuelve la forma perdida, rememorar el propio eide, la propia figura de plenitud, la salud como intensidad vivida de la propia forma, la enfermedad como el lastre, como desequilibrio y pérdida de esa forma… Si bien cada cual no construye la realidad unilateralmente, al modo que estúpidamente se dice en los ambientes new age o por la llamada psicología positiva, no es menos cierto que realidad y conciencia se encuentran estrechamente vinculadas. Hasta el punto que el encuentro entre ambas queda determinado no sólo por aquello que se nos confronta –lo que nos sucede- sino por la elaboración que desde el imaginario hacemos de eso que nos pasa. De ahí que haya quienes se pasen la vida inmersos en infiernos privados o en territorios más amables. En este proceso los estados del alma y la relevancia de nuestras facultades imaginativas serán decisivas. De tal suerte que sanar el imaginario se traduce en re-ordenar y re-equilibrar la visión de eso que nos pasa. Desde la perspectiva apuntada el mundo que habitamos será, básicamente, una visión, un modo de elaborar lo que se nos confronta. Hay visiones que enferman, que nos enferman profundamente, y que están en la génesis de ciertos procesos y dolencias. Apelo a una manera de entender la imaginación que la considera relevante en la trama de nuestros procesos cognoscitivos y muy distante de como es entendida hoy en día. En concreto, apelo a esas tradiciones helénicas y mediterráneas de la imaginación creadora. De acuerdo a las mismas la imaginación tendrá una enorme relevancia en nuestra visión del mundo y en nuestros procesos cognoscitivos. Así, según veamos el mundo, habitaremos texturas de vida o órdenes de lo real completamente diferentes. La magia pneumática o ritual intentará mover ese punto de encaje del imaginar humano, a favor de la vida, y con la finalidad de corregir ciertos desequilibrios; lo que supondrá atravesar y tomar conciencia de esas dosis de dolor subyacentes a determinados "modos de ver" y de vernos. Convocar el buen espíritu, el buen daymon -la eudaymonia como decían los griegos-, será convocar la armonía de la vida y su memoria, la integración y la propia figura de plenitud en medio de la contracción y el dolor; una simple canción, una voz que irrumpe, un sonido que nos devuelve la vida, una salmodia que nos atraviesa cuerpo y mente y nos hace llorar y recordar, un instante privilegiado y propicio fuera del tiempo ordinario pero capaz de reordenarlo desde su riqueza. Ahí, en el brindarse de un tiempo eterno, originario y constituyente,la salud queda promovida y se constata animada. Todo ritual debe abrir a las figuras de plenitud de la vida, de la vida del alma y de un cosmos vivo, a la plenitud e influencia que suscita nombrarlas y festejarlas. El hombre-medicina atenderá al manejo de ciertos estados y de ciertos escenarios con el fin de dinamizar esos procesos que promueven la salud. A través de un saber sobre el éxtasis y abriendo un espacio ordenado para la memoria y en la ruptura del tiempo ordinario. Desde tal saber teúrgico el hombre-medicina encontrará las claves que permitan acceder a esas fuentes de las que mana la salud y la plenitud. Entre la salud alcanzada y un desequilibrio que se deja atrás mediará una determinada catarsis, una toma de conciencia; a veces un llanto lúcido y consciente. El camello que llora. Toda una joyita cinematográfica. - Artículo*: jcaguirre - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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