
Analizamos la llegada de Robert Prevost al trono de San Pedro en el Vaticano con el nombre de Papa León XIV.
Siglos después de su muerte, acontecida un 2 de noviembre del siglo XII, las Profecías de San Malaquías de Armagh, ese visionario irlandés de la Iglesia Católica que abandonó este mundo en brazos de su hagiógrafo, el célebre San Bernardo de Claraval, maestro de la Orden del Temple y (junto a Virgilio y Beatrice) tercer psicopompo de Dante Alighieri en la Divina Comedia (1321), se pusieron por escrito, cuando el siglo XVI tocaba a su fin, anotando en un total de 113 breves párrafos el devenir de la institución más antigua de Occidente, hasta su inevitable conclusión: «Pedro el Romano apacentará a las ovejas en medio de grandes tribulaciones, pasadas las cuales la Ciudad de las Siete Colinas será destruida y el Juez terrible juzgará al pueblo.»
Obsesionado por ese fin de la Iglesia, que para los católicos resulta indistinguible del propio fin del mundo, destaca una figura en el siglo XX: el jesuita argentino Leonardo Castellani. Nadie como él estudió en nuestra lengua la Revelación prometida por Cristo en los Evangelios y transcrita posteriormente por Juan de Patmos, a través de obras como su estudio El Apokalypsis de San Juan (1963) y la fascinante novela titulada Los papeles de Benjamín Benavides (1954). Como se puede leer en el Liber Floridus compilado en el año 1120 por Lambert, canónigo de Saint-Omer, «El Anticristo cabalga sobre Leviatán». Y lo hace de forma cada vez más acuciante.
En calidad de traductor Castellani trasladó a nuestra lengua la más importante distopía del siglo pasado, desde una óptica teológica y literaria, como es la novela de Robert Hugh Benson Señor del Mundo (1907), que resultó ser la obra de ficción favorita de otro jesuita argentino mundialmente conocido: Jorge Mario Bergoglio, más conocido como el Papa Francisco. Lo que Benson, uno de tantos escritores anglosajones conversos al catolicismo, como G.K. Chesterton o J.R.R. Tolkien, narra en su novela es una lucha escatológica entre un Papa Angélico y el Adversario encarnado. En sentido análogo caminan otros clásicos: Los hermanos Karamazov (1880), de Fiódor Dostoyevski, Tres conversaciones y el Breve relato sobre el anticristo (1900), de Vladimir Soloviev, o Juana Tabor (1942) y 666 (1942), de Hugo Wast.
Antes de que las profecías atribuidas a San Malaquías se pusieran por escrito en el Renacimiento, el beato portugués Amadeo de Silva escribió una serie de influyentes predicciones en el siglo XV que fueron recopiladas bajo el nada ambiguo título de Nova Apocalipse, una obra conservada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial desde los tiempos de Felipe II y que acabaría resultando de impacto en la época renacentista, al punto de que su influjo resultaría decisivo en alguna de las más importantes obras artísticas de la época, como La Virgen de la Roca (1486) de la que su autor, Leonardo Da Vinci, acabaría trazando dos versiones distintas inspiradas directamente en un ejemplar del libro.
Fue Amadeo de Silva, considerado un anunciador de las visiones acontecidas en el siglo XX en Fátima, quien por primera vez habló de un Papa Angélico, en cuyas espaldas recaería el peso de la Iglesia, y por lo tanto del propio mundo tal y como lo conocemos, tras la destrucción de Roma en los últimos tiempos. El Cardenal Bandinello Sauli, en tiempos secretario del Papa León X, se hizo retratar en 1516 con una campanilla por el pintor Sebastiano del Piombo, y ese detalle sólo evidente para iniciados es, como señaló Javier Sierra en su novela El maestro del Prado (2013), un signo inequívoco de que el cardenal quería postularse como Papa Angélico. ¿Acaso no hizo lo mismo Bergoglio al señalar la novela de Robert Hugh Benson protagonizada por un Pastor angelicus como su obra favorita? Comentando el mensaje final de esta novela, el reaccionario Evelyn Waugh escribió: «Una Iglesia Universal reducida a un Papa fugitivo atestiguando en soledad la verdad que el resto de la humanidad había abandonado».
Ese «neocatolicismo» imperante después del Concilio Vaticano II, tal y como describe el sacerdote estadounidense Rama P. Coomaraswamy en su obra La destrucción de la tradición cristiana (1981), fue definido por el Padre Castellani como «heterodoxo» y «modernista» por su intento por religar ciencia moderna con «mala filosofía» y «teología herética». Un intento, cabe añadir, en el que personajes seculares de la talla de H.G. Wells, George Bernard Shaw, Bertrand Russell o Aldous Huxley tuvieron un papel preponderante, sin dejar de citar a algunos miembros de la propia Iglesia como Pierre Teilhard de Chardin, también jesuita, a la manera de Bergoglio o el propio autor de Cristo, ¿vuelve o no vuelve? (1951), el Padre Castellani"
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https://herculesdiario.es/cultura/el-senor-del-mundo-en-la-cita-del-apocalipsis/
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