
Nuevo encuentro con el escritor malagueño Juan Francisco Ferré, uno de los mayores novelistas vivos en lengua española, además de destacado crítico cultural y teórico del cine y la literatura, para seguir hablando sin complejos ni parches ideológicos, en total libertad, más allá de lo humano y lo divino. En esta ocasión hablamos del placer y del dolor con motivo de la obra de Ernst Jünger.
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Descripción del libro: "Nadie como Ernst Jünger (1895-1998) puede reclamar para sí el papel de testigo necesario de los acontecimientos más fundamentales de un siglo que vivió en primerísima fila, con la vista siempre dirigida hacia los procesos profundos que sobrevolaban la época. Este libro propone una aproximación a su pensamiento tanto para conocedores de su obra como para neófitos que desean iniciarse en las incomparables páginas del maestro alemán, desde una perspectiva que busca contextualizar sus ideas con las de otros grandes pensadores de su época, que también es la nuestra: René Guénon, Martin Heidegger y Julius Evola."
"Comienzo estas líneas, más devotas que apasionadas, por una confesión: no es fácil escribir sobre Ernst Jünger. Hablar de él supone referirse a un amigo muerto al que no conocí en persona. El que no es un mercader raramente escribe el libro que la propia voluntad anhela. Y yo no pensaba escribir tan pronto sobre un autor que no dejo de redescubrir. A pesar de ello, el creativo detrás de mi reciente Ernst Jünger y la tradición sapiencial en la crisis del mundo moderno (2025) se impuso por algo superior a mi propia voluntad: el sentido de una obra. Así como por el sentido de un momento: lo acontecido en Paiporta (y sus alrededores) el 29 de octubre de 2024 y en las semanas posteriores a la gota fría.
"Después de finalizar mi anterior título, Los Deicidas: Más allá de la realidad y la ficción (2024), así como mi pequeño volumen sobre cine El lugar de las sombras: el cine hermético en Hollywood (2024), supe que el siguiente libro, sorteando la novela (todavía inédita) que estaba escribiendo, sería muy distinto. Si el anterior era largo, este sería breve. Si aquel quería tratar una infinidad de temas bajo la óptica del “deicidio” (esto es, el abandono de lo divino), este se centraría en un solo personaje.
"Siguiendo el criterio de Martin Heidegger, Jünger era ante todo un seguidor de la filosofía de Friedrich Nietzsche; y aunque yo no comparto ese reduccionismo excesivamente academicista a la hora de clasificar la obra jüngeriana, sí que creo que el final del trabajo nietzscheano es el que da paso al principio de la tarea del autor de Tempestades de Acero (1924). Nietzsche parte de la muerte de un Dios cuyo retorno anunciará Jünger al final de su vida y de su obra. No por ello debe reducirse el corpus jüngeriano a un pequeño conjunto de parábolas edificantes y demás fórmulas flojas del moralismo.
"Si a Nietzsche la mirada del abismo lo llevó a la locura, al silencio como final de la vida consciente y de la actividad comunicativa, allá en Turín, a Jünger, que perdió a un hijo en Italia, y que antes había perdido a tantos hermanos de trinchera en Francia, lo llevó a un estado más allá del bien y del mal, durante su experiencia en la Primera Guerra Mundial. El discurrir jüngeriano no es estrictamente filosófico ni historicista, aunque tenga mucho de ambas corrientes, la deuda filial con Sophia y la mirada marcada por el devenir de la Historia, sino que plasma un mundo interior en el estilo y sobre todo conceptualizaciones que antes beben de la imagen que de la dialéctica. Emparentando así el género del poema con el de los pensamientos, uniendo el oficio de la orden caballeresca a la compañía de trovadores.
Las célebres «figuras» de las que hablara Jünger beben directamente de algo que está más allá de la palabra: son imágenes realizadas en acto, ideas esculpidas vitalmente. Por eso al «realista heroico», al «trabajador», «emboscado» o al «anarca» cabría añadir una última figura, no explicitada por Jünger, pero sí plenamente realizada en su tránsito existencial: él es un «testigo» y, más aún, un «paseante» por los grandes escenarios de su tiempo. Con la mirada puesta siempre en un punto de fuga del abismo: aquel en el que Nietzsche no alcanzó a vislumbrar un «otro lado» metafísico como sí lo hizo Jünger. Para dejar entrar a Dios en el corazón es necesario aceptar la presencia omnívora de su vacío. Y quizás el fallo de Nietzsche fue caer en la actitud fáustica, en sobredimensionar la «voluntad de poder», como si con ese descabalgamiento del espíritu que es el Übermensch se pudiera restaurar un abismo que es centro mismo de la existencia."
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