Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

martes, 9 de agosto de 2016

La Muerte Mem

Jeroglíficamente la mem designa a la mujer, compañera del hombre. Por lo tanto evoca la idea de todo lo que es fecundo y capaz de crear. Constituye el signo maternal y femenino por excelencia, el signo local y plástico, imagen de la acción exterior y pasiva. Su uso al final de los nombres, adquiere una significación colectiva, pues desarrolla al ser en el espacio indefinido. Dado que la creación exige una destrucción correspondiente y de sentido contrario, la mem ha figurado también las regeneraciones nacidas de la construcción anterior, es decir las transformaciones y, en consecuencia, la muerte (concebida como el pasaje de un mundo a otro). La mem es una de las tres letras madres. Las ideas que este arcano debe expresar son las de la destrucción, precediendo o siguiendo a la regeneración. Un esqueleto sesga las cabezas de un campo, del cual surgen por todas partes pies y manos de hombres, a medida que el esqueleto prosigue su obra. Las obras de la cabeza (concepción) se vuelven inmortales tan pronto han sido realizadas (manos y pies). El arcano 13 ocupa el justo medio entre el arcano 10 (la fortuna) y el 16 (la destrucción). 10+16 = 26 ; 26/2 = 13 Trece, es pues, el término medio entre la iod (principio de la creación) y la hain (principio de la destrucción). El arcano 18 es el complementario del 13, así como el 5 lo es del 12, y el 12 del 7. (Ver arcanos 8 y 5.) 13 18 La muerte se completa con La Luna 13 + 18 = 31 31 = 4 = 10 = 1 14 17 La Temperanza se completa con Las Estrella 14+17=31 15 16 El Diablo se completa con La Destrucción 15 + 16 = 31 La decimotercera lámina del Tarot está ubicada entre el mundo invisible y el visible. Resulta así ser el lazo universal de la naturaleza, el medio en virtud del cual las influencias reaccionan de un mundo sobre el otro. Representa: 1° Dios el transformador: EL PRINCIPIO TRANSFORMADOR UNIVERSAL Destructor y Creador 2° El negativo de la realización: LA MUERTE 3° La luz astral como función del creador: LA FUERZA PLÁSTICA UNIVERSAL (Equilibrio entre la muerte y la fuerza transformadora) RELACIONES: JEROGLÍFICO PRIMITIVO: La Mujer LETRA HEBRAICA: Mem (una de las tres letras madres) SIGNIFICADOS: EL PRINCIPIO TRANSFORMADOR UNIVERSAL Destructor creador LA MUERTE LA FUERZA PLÁSTICA UNIVERSAL NIGROMANCIA Exi psis – Mors Ya hemos dicho que en la luz astral se encuentran las imágenes de las personas y de las cosas. Es también en esa luz en donde pueden evocarse las formas de aquellos que ya no están en nuestro mundo, y es por su medio como se verifican los misterios tan comprobados, como reales, de la nigromancia. Los cabalistas que han hablado del mundo de los espíritus, han referido simplemente lo que han visto en sus evocaciones. Eliphas Levi Zahed, que escribe este libro, ha evocado y ha visto. Digamos primero lo que los maestros han escrito de sus visiones o de sus intuiciones en lo que ellos llaman la luz de la gloria. Se lee en el libro hebreo de la revolución de las almas, que hay almas de tres clases: las hijas de Adán, las hijas de los ángeles y las hijas del pecado. Hay también, según el mismo libro, tres clases de espíritus, los espíritus cautivos, los errantes y los libres. Las almas son enviadas por parejas. Hay, por consiguiente, almas de hombres que nacen viudos, y cuyas esposas están retenidas como cautivas por Liith y por Naemah, las reinas de las Strigas; estas son las almas que tienen que espiar la temeridad de un voto de celibato. Así, cuando un hombre renuncia el amor de las mujeres, hace esclava de los demonios de la perversidad a la esposa que le estaba destinada. Las almas crecen y se multiplican en el cielo, así como los cuerpos lo hacen en la tierra. Las almas inmaculadas son las hijas de los besos de los ángeles. Nada puede entrar en el cielo que del cielo no proceda. Después de la muerte, el espíritu divino que animaba al hombre retorna sólo al cielo, y deja sobre la tierra y en la atmósfera dos cadáveres: el uno terrestre y elemental, y el otro aéreo y sideral; el uno inerte ya; el otro animado todavía por el movimiento universal del alma del mundo, pero destinado a morir lentamente, absorbido por las potencias astrales que le produjeron. El cadáver terrestre es visible; el otro es invisible a los ojos de los cuerpos terrestres y vivientes, y no puede ser apercibido más que por las aplicaciones de la luz astral al translucido, que comunica sus impresiones al sistema nervioso y afecta así al órgano de la vista hasta hacerse verlas formas que se han conservado y las palabras que están escritas en el libro de la luz vital. Después de la muerte cuando un hombre ha vivido bien, el cadáver astral se evapora como una nube de incienso, subiendo hacia las regiones superiores, pero si el hombre ha vivido en el crimen, su cadáver astral le retiene prisionero, busca todavía los objetos de sus prisiones y quiere reanudar la vida. Atormenta los sueños de los jóvenes o se baña en el vapor de sangre esparcida y se arrastra por los alrededores de los sitios en donde transcurrieron los placeres de la vida: vela, aún, por los tesoros que dejó enterrados; se consume en dolorosos esfuerzos para construirse órganos materiales y vivir. Pero los astros le aspiran y le absorben; siente debilitarse su inteligencia, su memoria se pierde lentamente, todo su ser se disuelve… Los antiguos vicios se le aparecen y le persiguen bajo figuras monstruosas que le atacan y le devoran … El desdichado pierde así sucesivamente todos los miembros que han servido para sus iniquidades; después muere por segunda vez y para siempre, porque pierde entonces su personalidad y su memoria. Las almas que deben vivir pero que no están purificadas permanecen más o menos tiempo cautivas en el cadáver astral, en donde son quemados por la luz odica que trata de asimilárselas y disolverlas. Es para desprenderse de ese cadáver, como las almas que sufren entran algunas veces en los vivos y permanecen en un estado que los cabalistas llaman embrionante. Estos son los cadáveres aéreos que evoca la nigromancia. Son larvas, sustancias muertas o moribundas, con las cuales se pone en relación; pueden ordinariamente hablar, pero nada más que con el tintineo de nuestros oídos percibido por el sacudimiento nervioso de que le he hablado, y no razonan, ordinariamente, sino reflejándose en nuestros pensamientos o en nuestros sueños. Mas, para ver estas extrañas formas, es necesario colocarse en un estado excepcional que tiene algo del sueño y de la muerte, es decir, que es preciso magnetizarse a sí mismo y llegar a una especie de sonambulismo lúcido y despierto. La nigromancia obtiene, pues, resultados reales y las evocaciones de la magia pueden producir verdaderas visiones. Ya hemos dicho que en el gran agente mágico, que es la luz astral, se conservan todas las huellas de las cosas, todas las imágenes formadas, sea por los rayos, sea por los reflejos, es en esa luz donde se aparecen nuestros sueños, esa es la luz que embriaga a los alienados y arrastra su dormido juicio a la persecución de los más extraños fantasmas. Para ver, sin ilusiones, en esa luz, es preciso apartar los reflejos por medio de una voluntad poderosa y atraer a sí nada más que los rayos. Soñar despierto, es ver en la luz astral; y las orgías del aquelarre, referidas por tantas y tantas brujas en sus juicios criminales, no se explican de otra manera. Con frecuencia, las sustancias y las preparaciones empleadas para llegar a ese resultado, eran horribles, como ya lo veremos en el Ritual; pero los resultados no eran nunca dudosos. Se veían, se escuchaban, se palpaban las cosas más abominables, más fantásticas y más imposibles. Ya volveremos sobre este asunto en nuestro capítulo XV; no nos ocuparemos aquí más que de la evocación de los muertos. En la primavera del año 1854, me dirigí a Londres para escapar de penas internas y entregarme, sin distracción alguna, a la ciencia. Poseía cartas de presentación para personajes eminentes que estaban deseosos de revelaciones relativas al mundo sobrenatural. Visité a varios y encontré en ellos, con mucha cortesía, un gran fondo de indiferencia o de ligereza. Lo único que solicitaron de mí fueron prodigios, ni más ni menos que si se tratara de un charlatán. Me encontraba un poco descorazonado, porque, a decir verdad, lejos de estar dispuesto a iniciar a los demás en los misterios de la magia ceremonial, había tenido siempre, por lo que a mí respecta, temor a las ilusiones y a las fatigas. Por otra parte, esta clase de ceremonias exige un material dispendioso y difícil de reunir. Me encerré, pues, en el estudio de la alta cábala y no pensaba más en los adeptos ingleses, cuando un día al volver a mi hotel, encontré una nota dirigida a mí. Esta nota contenía la mitad de una carta cortada transversalmente y en cuyo frente reconocí en seguida el carácter del sello de Salomón, y un papel asaz pequeño en el cual estaba escrito con lápiz: «Mañana a lastres delante de la Abadía de Westminster, en donde se os presentará la otra mitad de esta carta». Fui a esta singular cita. Había un carruaje estacionado en la plaza. Yo tenía, sin afectación, mi fragmento de carta en la mano; un doméstico se acercó respetuosamente a mí me hizo un signo abriéndome la portezuela del coche. Dentro de él había una señora vestida de negro y cuyo sombrero estaba, como el rostro, cubierto por un espeso velo. Esa señora me hizo señas de que subiera al carruaje, enseñándome la otra mitad de la carta que yo había recibido. La portezuela se cerró, el coche echó a andar y habiéndose la señora levantado el velo, puede ver que tenía que habérmelas con una persona de edad, de cejas grises y unos ojos extremadamente negros y vivos y de una extrema fijeza Sir—.me dijo con un acento inglés muy pronunciado— yo sé que la ley del secreto es rigurosa entre los adeptos; una amiga de Sir B*** L***, que os ha visto, sabe que han solicitado de vos experiencias y que habéis rehusado satisfacer esa curiosidad. Quizá no poseáis las cosas necesarias; yo voy a mostraros un gabinete mágico completo; pero solicito de vos, ante todo, el más inviolable secreto. Si no me hacéis esa promesa, por vuestro honor, daré orden para que os conduzcan a vuestra casa. Hice la promesa que se me exigía y soy fiel a ella no diciendo ni el nombre, ni la jerarquía social, ni el domicilio de esa señora, en quien reconocí inmediatamente a una iniciada, no precisamente de primer orden, sino de un grado muy superior. Tuvimos muy largas y amplias conversaciones, durante las cuales ella insistió siempre en la necesidad de prácticas para completar la iniciación. Me enseño una colección de trajes y de instrumentos mágicos y aun me presto algunos libros raros de que yo carecía. Luego, me determinó a intentar en su casa la experiencia de una evocación completa, para la cual me preparé durante veintiún días observando escrupulosamente las prácticas indicadas en el decimotercer capítulo del Ritual. Mi preparación había terminado el 24 de julio. Se trataba de evocar el fantasma del divino Apollonius (Apolonio de Tiana) y de interrogarle acerca de los secretos; uno que me concernía a mí exclusivamente, y otro que interesaba a la dama en cuestión. Este había contado al principio con asistir a la evocación acompañado de una persona de confianza; pero, a última hora; esa persona tuvo miedo, y como el temario o la unidad son rigurosamente requeridos para los ritos mágicos, me dejaron solo. El gabinete preparado para la evocación estaba practicado en una especie de altar con piedra de mármol blanco y rodeado de una cadena de hierro imantado. Sobre el blanco mármol estaba grabado y dorado el signo del tetagrámmaton, tal y como está representado en la siguiente figura; y en el mismo signo estaba trazado, en diversos colores, sobre una piel blanca de cordero, completamente nueva, que estaba extendida bajo el altar. En el centro de la mesa de mármol había un exahumerio de cobre con carbón de madera de émula y de laurel; otro exahumerio estaba colocado delante de mí sobre un trípode. Yo estaba vestido con una túnica blanca, muy parecida al alba de los sacerdotes católicos, pero más amplia y más larga y llevaba en la cabeza una corona de hojas de verbena entrelazadas por una cadenilla de oro. En una mano tenía una espada nueva y en la otra el Ritual. Encendí los dos fuegos con las sustancias requeridas y preparadas y comencé, en voz baja primero, las invocaciones del Ritual. El humo se extendió; las llamas hicieron vacilar los objetos que iluminaban y después se apagaron. El humo se elevaba blanco y lento sobre el altar de mármol y me pareció sentir una sacudida, como si fuera un temblor de tierra; sentía un tintineo en los oídos y mi corazón latía con fuerza. Volví a echar algunas ramas y perfumes en los exahumerios, y cuando la llama se elevó, vi claramente, delante del altar, una figura de hombre mayor de tamaño natural, que se descomponía y se borraba. Volví a comenzar las evocaciones y vine a colocarme en un círculo que había previamente trazado entre el altar y el trípode; vi entonces aclararse poco apoco el fondo del espejo que estaba enfrente de mí, detrás del altar y una forma blancuzca se dibujó en él, agrandándose y pareciendo acercarse poco a poco. Llamé tres veces «¡Apolonius!» cerrando los ojos, y cuando los abrí, un hombre se hallaba frente a mí, envuelto por completo en una especie de sudario que me pareció ser gris más bien que blanco; su rostro era delgado, y estaba triste y sin barba, hecho que no correspondía en forma alguna con la idea que precisamente me había formado en un principio de Apolonio. Experimenté una sensación de frío extraordinaria, y cuando abrí la boca para interpelar al fantasma, me fue imposible articular un sonido. Puse entonces la mano sobre el signo del pentagrámaton y dirigí hacia él la punta de la espada, ordenándole, mentalmente por ese signo, de no espantarme y de obedecerme. Entonces la forma se hizo más confusa y desapareció de repente. Le ordené que volviera; entonces sentí pasar cerca de mí como un soplo, y que algo me había tocado en la mano que sustentaba la espada, sintiendo inmediatamente el brazo como entumecido hasta el hombro. Creí comprender que esa espada ofendía al espíritu y la hinqué por la punta dentro del circulo, cerca de mí. La figura humana reapareció inmediatamente; pero sentí una debilidad tan grande en todos mis miembros y un desfallecimiento tan repentino que de mí se apoderaba, que di dos pasos para sentarme. En cuanto me senté, caí en una especie de profundo sopor,acompañado de ensueños, de los que no me quedaron, al despertarme, más que un recuerdo confuso y vago. Tuve, durante muchos días, el brazo entumecido y dolorido. La figura no me había hablado, pero me parece que las preguntas que tenía que hacerle, se habían resuelto por sí mismas en mi espíritu. A la de la señora, una voz interior respondía en mí; Muerto. (Se trataba de un hombre de quien quería saber noticias.) Cuanto a mí, yo quería saber si el acercamiento y el perdón serían posibles entre dos personas en las que yo pensaba, y el mismo eco interior respondía implacablemente: ¡Muertas! Refiero aquí los hechos tal y como han pasado; no los impongo a la fe de nadie. El efecto de esta experiencia, tuvo en mí algo extraordinario, algo inexplicable. Yo no era ya el mismo hombre; algo del otro mundo había pasado por mí; no estaba ni alegre, ni triste, pero experimentaba un encanto singular por la muerte, sin sentir, no obstante, ningún intento de recurrir al suicidio. Yo analizo cuidadosamente lo que experimenté, y a pesar de una repugnancia nerviosa muy vivamente sentida, reiteré dos veces, sólo con intervalo de algunos días, la misma prueba. El relato de los fenómenos que se produjeron difieren muy poco del que acabo de referir, y lo suprimo por no hacer demasiado extensa la narración. Pero, el resultado de estas otras dos evocaciones fue para mí la revelación de los secretos cabalísticos, que si fueran conocidos por todo el mundo cambiarían en poco tiempo las bases y las leyes de todas las sociedades modernas. ¿Concluiré de ello que he, realmente, evocado, visto y palpado al gran Apolonio de Tiana? No estoy ni bastante alucinado para creerlo, ni soy tan poco serio para afirmarlo. El efecto de las preparaciones, de los perfumes, de los espejos, de los pantáculos, es una verdadera embriaguez de la imaginación que debe obrar vivamente sobre una persona de suyo impresionable y nerviosa. Yo no explico por qué leyes fisiológicas he visto y tocado; afirmo, únicamente, que he visto y he tocado; que he visto clara y distintamente, sin sueños, y esto basta para creer en la eficacia real de las ceremonias mágicas. Creo, por otra parte, peligrosa y nociva la práctica; la salud, sea moral, sea física, no resistiría a semejantes operaciones, si éstas se hicieran habituales. La dama de edad de que he hablado y de la que tuve después por qué quejarme, sería una prueba; porque a pesar de sus negaciones, yo no dudo que ella no tenga la costumbre de la nigromancia y de la goecia. A veces disparataba por completo, entregándose otras a insensatas cóleras, de las que apenas podía ella determinar la causa. Abandoné a Londres sin haberla vuelto a ver; pero cumpliré fielmente el compromiso que con ella contraje de no revelar a nadie, sea a quien fuere, nada que pueda darla a conocer o poner en la pista, de quién es por sus prácticas, a las cuales se entrega sin duda a espaldas de su familia, que es, por lo que supongo, bastante numerosa y ocupa una posición muy respetable. Hay evocaciones de inteligencia, evocaciones de amor y evocaciones de odio; pero nada prueba que los espíritus abandonen las esferas superiores para conversar y entretenerse con nosotros, y lo contrario es aun más probable, nosotros evocamos los recuerdos que ellos han dejado en la luz astral, que es el receptáculo común del magnetismo universal. Es en esta luz donde el emperador Juliano vio en otro tiempo aparecer a los dioses, pero viejos, enfermos, decrépitos, nueva prueba de la influencia de las opiniones corrientes y acreditadas sobre los reflejos de ese mismo agente mágico, que hace hablar a las mesas y responde por golpes dados en las paredes. Después de la evocación de que acabo de hablar, he vuelto a leer con atención la vida de Apolonio, a quien los historiadores nos representan como un tipo ideal de belleza y de elegancia antigua. En ella he advertido también que Apolonio, en los postreros días de su vida, se cortó el pelo y sufrió largos tormentos en la prisión. Esta circunstancia, que yo había retenido, sin duda en otros tiempos, sin pensar en ella, después para acordarme, habrá determinado, quizá la forma, poco atractiva de mi visión, que yo considero únicamente como el sueño voluntario de un hombre despierto. He visto otras dos personas, que importa poco nombrar, y siempre diferentes, por su aspecto y por su traje, de lo que yo esperaba ver. Recomiendo por los demás, la mayor reserva a las personas que quieran entregarse a este género de experiencias; resulta de ellas grandes fatigas y, aun con frecuencia, desórdenes orgánicos, bastante anormales, que pueden ocasionar enfermedades. No terminaré este capítulo sin señalar en él la opinión, bastante rara, de algunos cabalistas, que distinguen la muerte aparente de la muerte real, y que creen que raramente vienen ambas juntas. Según dicen, la mayor parte de las personas que han enterrado estarían vivas, y otras muchas, a quienes se creían vivas, estaban muertas. La locura incurable, por ejemplo, sería para ellos una muerte incompleta, pero real, que deja al cuerpo terrestre bajo la dirección puramente instintiva del cuerpo sideral. Cuando el alma humana sufre una violencia que no puede soportar, se separaría así del cuerpo y dejaría en su puesto al alma animal o al cuerpo sideral, lo que hace de esos restos humanos alguna cosa menos viviente, de algún modo, que el animal mismo. Se reconoce —decían los cabalistas—los muertos de esta especie en la extinción completa de los sentidos afectuoso y moral; no son malos, pero tampoco buenos; están muertos. Estos seres, que son los hongos venenosos de la especie humana, absorben tanto cuanto pueden la vida de los vivientes. Es, por esta causa, por lo que ante su proximidad se entorpece el alma y se siente frío en el corazón. Estos seres cadáveres, si existen, realizarían todo lo que se afirmaba en otros tiempos acerca de los duendes y de los vampiros. ¿No es acerca de estos seres en donde se siente uno menos inteligente, menos bueno y aun, a veces, menos honrado? ¿No es ante su proximidad cuando se extingue toda creencia y todo entusiasmo, ligándoos a ellos por vuestras debilidades, dominados por vuestras malas inclinaciones y haciéndoos morir moralmente en medio de un suplicio parecido al de Majencio? ¡Son muertos, que nosotros tomamos por vivos; son vampiros, que nosotros tomamos por amigos! . Hemos enunciado audazmente nuestro pensamiento o más bien nuestra convicción sobre la posibilidad del resurreccionismo en ciertos casos. Preciso es completar aquí la revelación de ese arcano y exponer su práctica. La muerte es un fantasma de la ignorancia; la muerte no existe. Todo está vivo en la naturaleza, y por esta razón, todo se mueve y cambia incesantemente de forma. La vejez es el comienzo de la regeneración; es el trabajo de la vida que se renueva y el misterio de lo que llamamos muerte estaba figurado entre los antiguos por la fuente de la juventud, en la que se entraba decrépito y de la cual se salía niño. El cuerpo es una vestidura del alma. Cuando esa vestidura está completamente usada o grave e irreparablemente destrozada, la abandona completamente y no vuelve a ella. Pero, cuando por un accidente cualquiera esa vestidura se le escapa sin estar usada ni destruida, puede, en ciertos casos, volver a ella, sea propio esfuerzo sea con el auxilio de otra voluntad más fuerte y más activa que la suya. La muerte no es ni el fin de la vida ni el comienzo de la inmortalidad; es la continuación y la transformación de la vida. Luego, implicando una transformación y un progreso, hay muy pocos muertos aparentes que consientan revivir, es decir, volver a tomar la vestidura que acaba de abandonar. Esto es lo que hace que la resurrección sea una de las obras más difíciles de la alta iniciación. Así el éxito no es nunca infalible y debe considerarse como accidental e inesperado. Para resucitar a un muerto es preciso estrechar súbita y enérgicamente la más fuerte de las cadenas de atracción que puedan unirme a la forma que acaba de abandonar. Es, por tanto, necesario conocer antes esa cadena, luego apoderarse de ella y producir después un esfuerzo de voluntad bastante poderoso para ajustarla instantáneamente con un poder irresistible. Todo esto .repetimos es extremadamente difícil, pero no hay nada que sea absolutamente imposible. Los prejuicios de la ciencia materialista, no admitiendo en nuestros días la resurrección en el orden natural, se dispone a explicar todos los fenómenos de ese orden por letargias, más o menos complicadas, con los síntomas de la muerte, más o menos largas. Lázaro resucitaría hoy ante nuestros médicos y éstos consignarían sencillamente en sus informes a las academias competentes el extraño caso de una letargia, acompañada de un comienzo aparente de putrefacción y de un olor cadavérico muy pronunciado: se daría un nombre a este accidente especial y todo estaría dicho. A nosotros no nos gusta ofender a nadie; y si, por respeto hacia los hombres condecorados que representan oficialmente la ciencia, es preciso llamar a nuestra teorías resurreccionistas, el arte de curar las letargias excepcionales y desesperadas, nada nos impedirá, así lo espero, hacerles esta concesión. Si nunca se ha operado en este mundo un resurrección, es incontestable quela resurrección es posible. Ahora bien, los cuerpos constituidos protegen la religión y ésta afirma positivamente el hecho de las resurrecciones; luego las resurrecciones son posibles. Es difícil salir de aquí. Decir que son posibles fuera de las leyes de la naturaleza y por una influencia contraria a la armonía universal, es afirmar que el espíritu de desorden, de tinieblas y de muerte, puede ser el árbitro soberano de la vida. No disputemos con los adoradores del diablo y pasemos. Pero no es la religión solamente la que atestigua los hechos de resurrección; nosotros hemos recogido muchos ejemplos. Un hecho que llamó poderosamente la atención del pintor Greuze, fue reproducido por él en uno de sus cuadros más notables; un hijo indigno, cerca del lecho de muerte de su padre, sorprende y rompe un testamento que no le era favorable; el padre se reanima, se incorpora y maldice a su hijo; después vuelve a acostarse y muere por segunda vez. Un hecho análogo y más reciente nos ha sido referido por testigos oculares; un amigo traicionando la confianza de otro amigo que acaba de morir, cogió y rasgó un atestado de fideicomiso suscrito por él; ante este hecho, el muerto resucitó y permaneció vivo para defenderlos derechos de los herederos escogidos, a quienes su infiel amigo iba a burlar; el culpable se volvió loco y el muerto resucitado fue bastante compasivo para asignarle una pensión. Cuando el Salvador resucitó a la hija de Jair, entró sólo con tres de sus más fieles discípulos, y alejó de allí a cuantos lloraban y hacían ruido diciéndoles: «Esta joven no está muerta, duerme.» Luego, en presencia del padre, de la madre y de sus tres discípulos, es decir, en un circulo de perfecta confianza y de deseo, tomó la mano de la niña, la levantó bruscamente y le gritó: «¡Joven, levantaos!» La joven, cuya alma indecisa vagaba cerca de su cuerpo, la que lamentaba quizá la extremada juventud y belleza del mismo, sorprendida por el acento de esa voz, que su madre y su padre escucharon de rodillas, con un estremecimiento de esperanza entró otra vez en el cuerpo, abrió los ojos y se levantó, en tanto que el maestro ordenaba que se le diera de comer, para que las funciones de la vida se reanudaran y comenzaran un nuevo ciclo de absorción y de regeneración. La historia de Eliseo, resucitando al hijo de la Sunamita, y de San Pablo resucitando a Eutica, son hechos del mismo orden; la resurrección de Dorcas por San Pedro, contada con tanta sencillez en los Hechos de los Apóstoles, es igualmente una historieta, de cuya veracidad no se podría razonablemente dudar. Apolonio de Tiana parece también haber realizado semejantes maravillas. Nosotros mismos hemos sido testigos de hechos que no dejan de nos impone a este respecto la más absoluta reserva, pues los taumaturgos están expuestos en nuestros días a una muy mediana acogida ante el público, lo que no impide que la tierra gire y que Galileo sea un hombre. La resurrección de un muerto es la obra maestra del magnetismo, porque es preciso, para realizarla, ejercer una especie de omnipotencia simpática. Es posible en los casos de congestión, ahogo, languidez e histerismo. Eutica, que fue resucitada por San Pablo, después de haberse caído desde un tercer piso, no debía detener, sin duda, nada roto en el interior, siendo muy posible. que hubiera sucumbido, fuera por la asfixia ocasionada por el movimiento del aire en la caída, fuera por el mismo espanto. Es preciso en semejante caso y cuando se sienten la fuerza y la fe necesarias para realizar semejante obra, practicar como el apóstol, la insuflación boca contra boca, estableciendo un contacto con las extremidades para llevar a ellas el calor. Si se hubiera realizado sencillamente lo que los ignorantes llaman un milagro, Elías y San Pablo, cuyos procedimientos en semejante caso, fueron los mismos, habrían hablado en nombre de Jehová o de Cristo. Puede bastar, a veces, con tomar a la persona de la mano y levantarla vivamente llamándola en alta voz. Este procedimiento, de seguro éxito por lo general, en los desvanecimientos, puede también tener acción sobre la muerte, cuando el magnetizador que la ejerce está dotado de una palabra poderosamente simpática y posee lo que pudiéramos llamar la elocuencia de la voz. Es preciso, también, que sea tiernamente amado o respetado por la persona sobre quien se quiere obrar y que realice su obra con entera fe y voluntad absoluta. Lo que se llama vulgarmente nigromancia no tiene nada de común con la resurrección y es por lo menos muy dudoso que, en las operaciones relativas a esta aplicación del poder mágico, no se pongan realmente en relación con las almas de los muertos a quienes se evoca. Hay dos géneros de nigromancia: la de la luz y la de las tinieblas; la evocación por plegarias, pantáculos y perfumes y la evocación por la sangre, las imprecaciones y los sacrilegios. La primera es la única que hemos practicado y no aconsejaríamos a nadie que se dedique a la segunda. Es cierto que las imágenes de los muertos se aparecen a las personas magnetizadas que los evocan; es cierto también que ellos no revelan jamás los misterios de la otra vida. Se les ve tales y como pueden estar todavía, en el recuerdo de aquellos que los han conocido, tal y como quedaron sus reflejos en la luz astral. Cuando los espectros evocados responden a las preguntas que se les dirigen, es siempre por signos o por impresión interior o imaginaria, nunca con una voz que hiera vivamente a los oídos; y esto se comprende bien: ¿Cómo hablaría una sombra? ¿Con qué instrumento haría vibrar en el aire para hacer perceptible los sonidos? Se experimentan, sin embargo, contactos eléctricos con las apariciones, y estos contactos parecen, a veces, ser producidos por la misma mano del fantasma; pero este fenómeno es completamente interno y debe obedecer, como causa única, al poder de la imaginación y a las afluencias locales de la fuerza oculta, que nosotros llamamos luz astral. Esto prueba que los espíritus, o por lo menos los espectros, considerados como tales, no tocan algunas veces, pero que nadie podría tocarles a ellos, siendo ésta una de las circunstancias más espantosas en las apariciones, porque las visiones tienen a veces una apariencia tan real, que no puede uno menos de sentirse emocionado, cuando la mano pasa a través de lo que nos parece un cuerpo, sin poder tocar ni encontrar nada. Se lee en las historias eclesiásticas que Espiridión, obispo de Tremithonte, que fue después invocado como Santo, evocó el espíritu de su hija Irene para saber de ella en donde se encontraba oculto un depósito de dinero que había recibido de un viajero, Swedenborg comunicaba habitualmente con los pretendidos muertos, cuyas formas se le aparecían en la luz astral. Nosotros hemos conocido muchas personas dignas de fe, que nos han asegurado haber vuelto a ver, durante años enteros, difuntos que les eran queridos. El célebre ateo Silvano Maréchal, se apareció después de su muerte a su viuda y a una amiga de esta última, para darle conocimiento de una suma de 1500 francos en oro, que él había ocultado en un cajón secreto de un mueble. Conocemos esta anécdota por una antigua amiga de la familia. Las evocaciones deben de ser siempre motivadas y tener un fin laudable; de otro modo son operaciones de tinieblas y de locura muy peligrosas para la razón y para la salud. Evocar por pura curiosidad y para saber si se verá algo, es disponer por anticipado a fatigarse y a sufrir. Las altas ciencias no admiten ni la duda ni la puerilidad. El motivo laudable de una evocación puede ser de amor o de inteligencia. No terminaremos este capítulo sin agregar, para los curiosos, algunos detalles sobre las ceremonias de la nigromancia negra. Se encuentra en muchos autores antiguos como la practicaban las brujas de Tesalia ý las Canidias de Roma. Se cavaba una fosa en uno de los cuyos bordes se degollaba un cabrito negro; después se alejaban con la espada mágica la psyllasy las larvas que se suponían presentes y dispuestas a beberse la sangre; se invocaba la triple Hécate y los dioses infernales y se llamaba por tres veces la sombra que se quería ver aparecer. (…) 13 MEM: Los secretos se encuentran escondidos entre las Aguas de arriba y las Aguas de abajo. La unidad y el Amor; una escala de la unidad: 13x 1=13; 26 = 13×2=2; 91= 13×7 = 7; con lo que encontramos que en el 26 y el 91 operan la Duada y el Septenario respectivamente. Vamos a ver la gematria del 26 y 91. 26: (IHVH), Jehovah, como la Duada expandida, el Dios terrible y celoso, el semblante menor. El Dios de la Naturaleza fecundo, cruel, hermoso y despiadado. 91: 91 = 7 x 13, la forma más espiritual del Septenario. AMN, Amén, el título sagrado de Dios; el Amon de los egipcios. Es igual a (IHVH ADNI) entrelazados (IAHDVNHI), El nombre de las ocho letras, el lazo del 7 al 8. Observad que (AMN) (donde está la A “que iría en alfabeto hebreos claro” (N Final ) es = 700)=741 = (AMThSH), las letras de los Elementos; una forma desvelada del Tetragrammaton. (Lo que suma 741 = 12 la puerta…) Nombre Divino: Meborak (Bendito), que corresponde al 4º cielo y al 4º nombre, Jehovah, rige sobre la esfera de Júpiter. La inteligencia regente de Júpiter es llamada Tsadkiel. Tsadkiel recoge las influencias de Dios por intermedio de Shebtaïel, para transmitirlas a su vez a las inteligencias del 5º orden. Mem, letra mayúscula, corresponde al 5º nombre de Dios, que es el 5º nombre del Príncipe en hebreo. Rige sobre la esfera de Marte, y la inteligencia regente de esta esfera es Samael, quien recibe las influencias de Dios por mediación de Tsadkiel y las transmite a las influencias del 6º orden. Este escrito esta hilado de las siguientes obras: * La Cábala tradición secreta de Occidente (Papus) *El Tarot de los Bohemios (Papus) *Dogma y ritual de alta magia (Eliphas Levi) *Curso de filosofía oculta y los números (Eliphas Levi) * Gematria dogma cabalístico (Aleister Crowley) Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz. - Artículo* en Filosofía Oculta - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
 

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