EL ALTAR VIVIENTE Vosotros sois la luz del mundo. (Mateo 5, 14). Altar significa “alto”, “lugar elevado”. Pero como el simbolismo es polivalente, también está relacionado con el corazón, que es el lugar central en el interior de los seres. En los tiempos primordiales la Verdad se revelaba directamente al hombre (1), y este no se avergonzaba ni se sentía culpable por existir, un sentimiento muy presente hoy en día, precisamente en los prolegómenos de un fin de ciclo que toca a la humanidad entera. Todo lo contrario, en aquellos tiempos el hombre mostraba plenamente lo que era la identidad de su ser: lo interior y lo exterior eran permeables entre sí, hasta el punto que la dualidad aún no había hecho acto de presencia. No existía un “yo”, y por lo tanto un “otro”, sino un Sí mismo que, en sí mismo, presentaba su misteriosa naturaleza supracósmica y metafísica. En esas épocas primigenias el hombre vivía en armonía consigo mismo y con el mundo. Era tan transparente y tan sutil como la luz del Espíritu y ninguna sombra se proyectaba todavía en su alma. Paraíso en hebreo significa Pardes, palabra poderosa que contiene la totalidad de los sentidos del Universo, desde los más aparentes hasta los más secretos (2), y quizá sea por eso que en algunas lenguas Paraíso (Paradôsis en griego) signifique también Tradición, o sea la transmisión de una Enseñanza que precisamente revela esos diferentes sentidos, que articulan la vida misma y que se reciben en el corazón para su comprensión, pues es en el corazón donde reside nuestra verdadera inteligencia, la que conoce por intuición intelectual. Y el sánscrito Paradesha, otro nombre de Paraíso, quiere decir “comarca suprema”, o sea “lugar elevado”. Recordemos que Dante sitúa al Paraíso terrestre en la cima de la montaña del Purgatorio, una cima que es como un altar sobre el cual se apoya la escalera invisible de ascenso a los cielos. Como la piedra donde Jacob apoya su cabeza, y a la que unge con el aceite sagrado tras haber “visto” en sueños que esa piedra era en realidad un altar que servía de base a la escalera de la que descendían y ascendían los ángeles, nuestros estados superiores. Envía tu luz y tu verdad, / ellas me guíen, / y me conduzcan a tu monte santo, / donde tus Moradas. (Salmos 43, 3) Podría decirse entonces que hay analogías y correspondencias simbólicas entre altar, lugar elevado, corazón, Tradición y Paraíso. Todo esto es a la vez el hombre; nuestra verdadera naturaleza está tejida con estas ideas-fuerza que se sintetizan en dos símbolos primordiales que son en realidad uno solo: el centro y el eje. Dice Federico González que el iniciado lleva su templo a todas partes, que él mismo es eso: una miniatura del Cosmos (3). Y dentro del templo el altar, que es lo mismo que el corazón en el Cosmos y en el hombre. El Arca de la Alianza, hecha de madera de acacia, el árbol sagrado, era sostenida por una piedra: la piedra shetiyah, descendida del cielo y arquetipo de todos los altares. Es la piedra fundamental del templo, la que sostiene el Pilar del mundo, como el “hombre verdadero” sostiene el mundo y es su luz. El altar, piedra fundamental, es la síntesis del cosmos y la puerta que nos introduce en la Ciudad Celeste. Allí donde iba el Arca de la Alianza, allí iba también la piedra shetiyah, que la sostenía cuando era depositada en el “lugar” elegido para establecerse. Por los caminos del mundo, allá por donde voy y allí donde descanso, en todo momento, llevo conmigo al Dios Vivo, que está más cerca de mí que mi propia yugular. Él “existe” por mí, y yo me divinizo gracias a él. La encarnación del Verbo es el hombre, por eso la palabra, más que ninguna otra cosa, es lo que nos identifica como hijos del Padre. Él desciende y yo asciendo. Él ofrece y yo recibo: un mismo eje y dos direcciones que se encuentran en el Centro del Mundo, en el Corazón del Mundo. En efecto, el altar es centro y eje a la vez. El altar puede existir sin el templo que es la cobertura que lo guarda y protege, pero el templo no puede existir sin el altar. Lo mismo el Cosmos, lo mismo el hombre: ambos no pueden existir sin el corazón, de donde irradia la luz y la sangre que los vivifica, ¿y cómo se puede separar la luz del fuego, el intelecto del alma que desea con ardor conocerse a sí misma? En el altar recibe mi alma el bautismo de fuego, y la ofrenda, totalmente desinteresada, es el corazón, mi propia esencia (4). Y llegaré al altar del Señor, / el Dios de mi alegría. (Salmo 43,4) Notas 1 Dice a este respecto el Maestro Eckhart en uno de sus sermones inspirados: “Ante todo es preciso saber que el sabio y la Sabiduría, el hombre veraz y la Verdad, el hombre bueno y la Bondad, el justo y la Justicia se miran a los ojos”. 2 Ver Federico González y colaboradores: Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha: “La cuatro lecturas de la realidad” Módulo III, acápite 57. Revista Symbolos nº 25-26, Barcelona, 2003. 3 Federico González, Hermetismo y Masonería, cap. II. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016. 4 Entre los aztecas, sobre el altar sacrificial era arrancado el corazón del pecho, y ofrecido al dios Sol para su alimento. El resto del cuerpo se arrojaba a las fieras. - Artículo*: Letra Viva. Una Utopía Hermética - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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