LA PRIMERA NAVE QUE SURCÓ LOS MARES El viaje es una imagen de la insatisfacción e iniciados y héroes son viajeros (1). El agua no es entonces pasado y futuro, sino por sobre todo presente; nada podría ser sin el agua, especialmente el hombre, dada su sed y la necesidad obvia del líquido vital, así como su regeneración iniciática. El símbolo del agua es muchas veces intercambiable con el de la sangre (2). LXXXIII. A OCÉANO (Incienso oloroso) Invoco a Océano, padre incorruptible y eterno, origen de los dioses inmortales y de los mortales humanos, que con sus olas circunda el contorno de la tierra. De él derivan todos los ríos y todo el mar, y las puras y corrientes aguas que manan de la tierra. Escúchame, bienaventurado y muy dichoso, grandísima esencia purificadora de los dioses, fin natural de la tierra, principio del firmamento, que te mueves a través de las aguas. Ven, por favor, benévolo y contento para con tus iniciados (3) Hay que zarpar, es necesario. El inmenso mar está delante de nuestros ojos, nos llama, nos incita a la aventura, y no nos podemos resistir. Más allá de él, una isla del tesoro, centro del mundo y de nosotros mismos, y aún más allá, el cielo. Para ello hace falta un vehículo, resistente pero ligero, impermeable y blindado. Una nave en cuya concavidad no entre ni una gota de agua. Nada, allí dentro no puede haber agua: si el agua entra, el barco se hunde. Navegamos sobre el agua, pero gracias al aire. Inspiramos el aire necesario para llenar nuestro barco y expiramos para inflar sus velas (4). Así que pedimos auxilio a Atenea, que aúna inteligencia y sabiduría, para construir un vehículo de estas características. Los argonautas (5) así lo hicieron: Y ésta [Atenea], en primer lugar, le construyó una nave de madera de encina, que fue la primera que, a impulsos de sus remos de abeto, atravesó las profundidades marinas y trazó una ruta marítima. En realidad, cada embarcación que va al mar es la primera que surca las aguas, porque el viaje del alma es siempre nuevo y, aunque se siga un mismo mapa de ruta, que es arquetípico, la realización de éste en el alma de uno mismo es siempre novedosa. En la nave recién construida y que lleva en su proa la efigie de la diosa, se colocan a continuación el mástil, las velas y el timón, tres piezas claves para la navegación. Sin ellas la nave estaría a merced de las corrientes, iría a la deriva. No hay que confundir la entrega con el abandono: una cosa es conocer las corrientes y los vientos para utilizarlos a favor de la navegación, aceptando el propio destino, otra es abandonarse a ellos y así perder la oportunidad del viaje. En este viaje en pos del Conocimiento, la voluntad humana se somete a la divina, pero esto no quiere decir que no tenga ningún papel en la obra; por ello el ser humano ha sido dotado de libre albedrío. Si quieren llegar a Destino, los hombres, los héroes, tendrán que pilotar y maniobrar la nave, y remar, remar mucho, poniendo su fuerza, su inteligencia y su habilidad al servicio de la Providencia. Ya tenemos la nave, pero no es suficiente. Entrar en el mar sin invocar a los dioses es un atrevimiento, puesto que éstos son la misma estructura de nuestro vehículo (y del viaje, y del mundo, y de nosotros mismos), su esencia. Sin ellos, el barco no es nada. Si no hay comunicación con ellos, no se puede escuchar su mensaje y no se puede saber hacia donde hemos de ir y como llegar. Tampoco hay ruta. Así, el viaje serviría solo para distraerse un rato, como los cruceros de hoy en día, en los que los pasajeros reproducen su existencia urbana sin sentido dentro de un edificio en forma de barco, o un barco en forma de edificio. Por eso Jasón, antes de emprender su aventura en busca del Vellocino de oro, va a rogarle a Orfeo que se una a su tripulación. Recíbeme afectuoso y benévolo, escucha mis palabras con atención cortés y accede a mi súplica de llegar a las profundidades del Ponto inhospitalario y al fortificado Fasis con mi nave Argo, y de mostrarme las rutas del mar de la doncella, tú, amado de los héroes, que, como es natural, aguardan tu lira y tu profética voz, esperando tenerte como aliado en las fatigas del mar. Porque, por supuesto, no tienen la intención de navegar hacia unas tribus bárbaras sin ti; pues, sin duda, tú, sin compañía, te has acercado a las sombrías tinieblas, a las profundidades más extremas, al fondo de la tierra llana y has encontrado el camino de regreso. Por esta razón asume como tuya la desgracia de los minias y su gloria, para conocimiento de las generaciones futuras. Es así como Orfeo se suma al viaje. Él es el que preside los rituales, el que invoca, el que canta, el que anima, el que alienta. Él es el intermediario con la deidad. Tan necesario como el aire que hincha las velas, ya que a través de él se cuela el espíritu, que insufla las almas. También es el que prepara “el pacto y los juramentos de alianza” entre los héroes, “para que accedieran a observarlo todo de un modo inmutable”. Uno para todos y todos para uno. Decíamos que el casco del barco debe estar blindado; la tripulación también, hasta el final. Por eso tiene que jurar ante los dioses del mar fidelidad a esta misión. A través del rito se hace memoria de la meta del viaje, que se va a hacer. Se sacrifica el animal para entregarlo a los dioses. Hecho esto, se puede entrar en la concavidad, en la nave que es también cueva. Es vehículo, pero a la vez es protectora y contenedora (6). Allí comienza el viaje, lleno de obstáculos y dificultades, que con la ayuda de los dioses podrán ser superados, o no, hasta la obtención del propio Destino. Estos obstáculos toman varias formas: puede que se manifiesten como monstruos terribles, expresión de lo más denso de uno mismo, con los que no queda otra que luchar frente a frente, pero también puede que la batalla se tenga que librar en ámbitos más sutiles del alma, en los que la parte humana del héroe no tiene nada que hacer. En este caso es sólo por intervención divina, o sea por abrir el corazón y dejar que la Gracia actúe en la propia alma, que el iniciado puede continuar el viaje. Podría uno quedarse encantado por unas mujeres hermosas, como Calipso o Circe en el caso de Ulises, o las lemnias en el caso de los argonautas, sin querer marchar de esa isla (que no es la isla que buscaba), y ser rescatado por la voz del poeta. Podría también dormirse, como Tifis, el piloto de la Argo, y aparecerle en sueños la voz de Atenea, “que en medio del fragor del combate se mantiene firme”, dándole unas “indicaciones exactas” de cómo proceder y lanzándose luego “al cielo como una flecha”. Puede también que Hera le infunda a uno temor e irresolución para lograr el cumplimiento del Destino (como a los minias ante la muralla de Eetes, que rodeaba el bosque en el que estaba custodiado el Vellocino de oro). Y es más, podría uno llegar hasta la puerta del mismo Hades, como los argonautas, que en ese punto están exhaustos y no pueden más. Pero dice el piloto: “Soportad, amigos, esta fatiga, pues no espero que se presente nada peor; en efecto, observo que ya se estremece un céfiro de potente soplo (…)”. Llega el viento primaveral, y sin embargo no se acaban los trabajos. Aún queda aplacar a las Erinias y no dejarse seducir por el canto de las Sirenas, que cesa gracias a que Orfeo entona el suyo. Incluso a Caribdis se tuvo que enfrentar la Argo en su camino de retorno a casa. Y como era de esperar, la corriente retuvo allí mismo a la nave y no le permitió progresar, ni retroceder, sino que en giros continuos erraba en la funesta profundidad. La nave giraba y giraba, y ya parecía que se iba a sumergir en el abismo, cuando Tetis, deseando ver a su esposo Peleo, tripulante de la nave, la salvó del fango. Finalmente, la aventura llega a su término: una vez conquistado el Vellocino de oro, y habiendo recorrido el camino de vuelta, Jasón y los argonautas vuelven a la ciudad de la que partieron, y el poeta regresa a la cueva en la que su madre lo engendró, aludiendo al retorno del ser a lo más interno de sí mismo. La nave Argo ha llegado a su puerto de destino. Pero hay momentos en los que ya no queda ni la nave y sólo queda un náufrago flotando sobre las aguas en plena noche. Parece que todo está perdido. Ningún barco en el horizonte, ni pájaros volando. No hay tierra cercana. No queda otra cosa que dejarse ir, entregarse a aquel líquido en el que nos hemos gestado, y que, en verdad, al dejarnos ir, nos sostiene. Sin embargo, aún nos resistimos a nuestro destino, desconfiando de la deidad, como Ulises. El cual, después de haber dejado la isla de Calipso en una embarcación construida por él mismo, ya divisando en el horizonte la isla de los Feacios, tiene que enfrentar una terrible tempestad desatada por Poseidon, que está aún muy enfadado con él. La fuerza del mar y de los vientos es tal que el barco en el que va Ulises se rompe, quedando un trozo de éste en la superficie. Ulises se agarra a estas maderas con todas sus fuerzas y no las deja ni cuando Ino le socorre diciéndole que se quite la ropa que le está pesando mucho, que abandone su barco y que vaya nadando hasta la isla, proveyéndole para ello de un manto blanco que le mantendrá a flote. Dudando de ella, Ulises prefiere no soltar su balsa hasta que se destruya totalmente. Pero cuando “una gran ola temerosa, agobiante, cerrada” se abate sobre Ulises, no le queda otra. Ahora la única posibilidad es despojarse de todo, nadar, y ser la nave. Y es gracias a esta entrega, y a la diosa Atenea que vela por él, que Ulises puede llegar a la tierra firme en la que halla el descanso. Hay que zarpar, es necesario, pero ¿adónde hemos de ir? El viaje allende los mares presenta una ruta arquetípica, pero diferente para cada cual: la que lleva a la isla, al centro, al Vellocino de oro o la patria perdida. Si el llamado es claro y la intención es recta, no hay nada de qué preocuparse, nada que temer: los dioses se encargarán de poner este viaje en marcha y develarnos nuestro propio Destino. Solo hay que embarcarse en la nave que somos; hacernos nave, que tiene forma de concha, escuchando lo que el mar y el viento tienen reservado para nosotros. Notas 1 Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Viaje”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013. 2 Op. cit., entrada: “Agua”. 3 Himnos Órficos, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1987. 4 Nuestro barco va con velas y remos. El ruido del motor nos impide escuchar el silencio, la brisa, el crujir de la madera, las olas. Impide la concentración en la meta. Nuestro motor es nuestro fuego interno. Aunque también hay que decir que el motor mecánico no lo descartamos del todo, solo lo apartamos. Nada está fuera y no hay que dejarse encantar (engañar) por una visión idílica de la navegación. No sea que en un momento dado lo necesitemos para avanzar y nos veamos presa de las aguas por ingenuos. 5 Para hablar del mito de los argonautas nos basamos en la versión de Orfeo. Todas las citas están extraídas de Argonáuticas Órficas, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1987. 6 En la etimología de la palabra “arca” está la idea de la contención, de la protección, de la conservación y también la de guardar, esconder, atesorar, mantener separado. Dentro del Arca va lo más preciado de nosotros mismos, es un espacio sagrado que, como decíamos, no puede ser contaminado por las aguas inferiores. - Artículo*: Letra Viva. Una Utopía Hermética - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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