El ensayo "Crítica de la víctima", de Daniele Giglioli, cuestiona la tendencia actual de la sociedad a victimizarse para ser escuchada, no juzgada y mantener así sus privilegios. Sé que es difícil, pero haced la prueba en cuanto se os presente la oportunidad: si algún día observáis algún comportamiento que podáis reconocer como “bullying”, acoso o semejantes, ponedles a las partes implicadas alguna escena extraída de cualquier película, en la que alguien maltrate psicológica o físicamente a otro y cuando la secuencia termine, preguntadles con quién se ven más identificados: todos os dirán que con la víctima. Nadie se ve a sí mismo como un maltratador, un violador o un “bully”; todos nos vemos como víctimas en mayor o menor grado. «La víctima es el héroe de nuestro tiempo», así comienza Daniele Giglioli su libro Crítica de la víctima (Herder, 2017). En este breve ensayo, el escritor italiano defiende que, consciente o inconscientemente, todos queremos ser víctimas; ya que establecerse como tal no sólo concede reconocimiento, sino que hace que tu voz exija ser escuchada, de la misma manera que inmuniza contra las críticas, porque ser víctima es sinónimo de ser inocente: la víctima no puede ser culpable; no es quien hace, sino a quien otros han hecho; no actúa, padece. En este sentido, Giglioli defiende que aunque no todos seamos víctimas, todos querríamos serlo. Expone que todos deseamos ser escuchados sin temor a ser juzgados, queremos la inocencia automática y buscamos los privilegios que las víctimas creemos que tienen. Es por ello que en muchos de los casos que el movimiento #MeToo (una iniciativa que busca dar voz a las víctimas de acoso sexual) ha destapado, los acusados prefieren verse como mártires o víctimas de una campaña de desprestigio que como culpables de abuso sexual, y es también por esto que muchos políticos, en vez de afrontar sus actos y hacerse responsable de ellos, prefieren hacernos creer que sus actos responden a una persecución mediática en su contra. El eslogan de la modernidad en adelante ha sido: “¡Abandona tu minoría de edad, emancípate!”, pero las víctimas funcionan (o queremos que lo hagan) al contrario: se les impone una culpable minoría de edad y se les establece como sujetos impotentes y pasivos. A la víctima, por lo tanto, se la desposee de todo rasgo emancipatorio. De hecho, cuando las víctimas llevan a cabo actos alejados de estos preceptos, se les achaca no haber sido buenas víctimas: quien ha sufrido, debe llevar su sufrimiento no sólo como bandera, sino como único rasgo identificativo. La herida más honda que esta infantilización social provoca es generar sujetos éticos no activos; la creación de víctimas pasivas, que sólo pueden llegar a ser lo que ya son: víctimas. Nada más. El autor italiano incluye aquí la aclaración de que la sociedad victimizada desea serlo no porque sí, sino por una serie de motivos, el principal de todos ellos es que esa identidad como víctima nos otorga un relato. En el mundo actual impera la noción de “relato” como historia que aglutina mi proceso de formación de identidad; el problema es que en el mundo actual, un mundo líquido donde todo fluye y ya no existe la univocidad, los relatos como tal se encuentran en crisis. Pero la víctima ofrece un refugio identitario: ofrece lo inequívoco frente a todos los individuos que carecen de relato y por tanto de identidad; ser víctima garantiza una historia, lo que la hace especialmente apetecible para una cultura convencida de que ese storytelling que es el relato lo es todo. Es por esta primacía del relato que supuestamente se les está ofreciendo desde diferentes medios de comunicación la oportunidad de “contar su versión de los hechos” a los integrantes de La manada; creemos que el relato es suficiente, que encapsula los hechos y los explica, cuando en realidad no es más que otra de las muchas mentiras que nos contamos a nosotros mismos (y a otros) para autodotarnos de sentido y pertenencia. Pero si las víctimas se establecen como menores de edad moral, los verdugos en la modernidad han pasado de tener nombre propio a ser poco más que un nombre común: el pedófilo, la asesina, el terrorista, la manada. En vez de una explicación o de una profundización, tenemos un perfil casi criminológico, donde da igual la historia personal o el relato, lo que importa es el acto en sí mismo que nos sirva para identificarlo. Tanto la víctima como el verdugo pierden su propia identidad y es nuestra labor recuperarla, para conseguir que la víctima aspire a ser algo más y para demostrar que los verdugos no son anécdotas, que su culpabilidad en la mayoría de los casos es evidenciable y explicable. Para ello necesitamos una herramienta como la historia, que nos ayude a establecer por qué ambas partes (víctima y verdugo) son lo que son. Generalmente las víctimas que no lo han sido exigen memoria. Es la memoria la que hace que los opresores muchas veces se piensen víctimas: por ejemplo, muchos de los soldados americanos que combatieron en Vietnam no se sienten culpables por asesinar mujeres y niños o por quemar aldeas; sino que se sienten víctimas de la actitud de muchos americanos, que preferían hacer surf y quemar banderas a disparar en las junglas del Vietcong. Aquellos soldados se veían a sí mismos no como asesinos, sino como mártires. La memoria es subjetiva, lleva a equívocos y es parcial y relativa, mientras que la historia es objetiva, tiende a la univocidad y exige cierto grado de análisis. Es por ello que tenemos que analizar históricamente tanto a las víctimas (y a quienes dicen serlo, por los intereses antes mencionados) como a los verdugos; para que su versión de los hechos no legitime su impunidad. Es la historia y su análisis la que debe sacarnos del dogmatismo de “nuestra versión de los hechos”, para que no confundamos a la víctima con el culpable. Giglioli, al igual que nosotros, sabe que existen víctimas reales a las que no dirige el texto. Su ensayo interpela a quien se siente víctima sin serlo y busca excusas en lo “políticamente incorrecto” o en lugares comunes parecidos, para que con pretendida impunidad pueda decir y hacer en gana, sin que nadie pueda decirle nada. Es a este tipo de gente a quien está dirigida la reflexión: a privilegiados que se comportan como víctimas, porque ni sus privilegios les parecen suficientes. Peio Azcona (Visto en https://ift.tt/2KgGlIc) - Artículo*: posesodegerasa - Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados
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