Efectos de una espantada Juan Manuel De Prada ANIMALES DE COMPAÑÍA Sorprende la torpeza cósmica y la desconcertante chapucería con la que se ha pretendido resolver la crisis que atraviesa la monarquía en España. Sorprende tanto que, en medio de nuestra perplejidad, tratamos de buscar razones ocultas, intenciones segundas que nos hayan pasado inadvertidas, ases en la manga que permitan comprender una decisión tan desquiciada. ¿Qué gentes ofuscadas y pánfilas asesoran a la Casa Real? ¿O será más bien que quienes la asesoran anhelan secretamente la destrucción de la institución monárquica, para lo que han diseñado la marcha del llamado ‘rey emérito’? Una marcha que, aunque se pretenda disfrazar de ‘acto de servicio’ o ‘sacrificio’ por ‘España y la democracia’, como pretende el periodismo áulico, desprende el tufillo característico de la espantada. Y que, inevitablemente, quedará asociada en la memoria colectiva a la larga lista de Borbones exiliados, que hasta ahora se vinculaba a turbulencias políticas estragadoras. Pero el exilio de Juan Carlos no lo provocan tales turbulencias, sino las acusaciones de comisionista que le ha lanzado una señora casquivana con la que, al parecer, mantuvo una relación adulterina. Hasta el momento, tales acusaciones –aunque muy aireadas por la prensa– no se han probado ni traducido en la atribución de ningún delito; entre otras razones, porque actuar como comisionista no es en sí mismo un delito (aunque, desde luego, sea un desdoro mayúsculo para un rey y para la institución que encarna), por mucho que el manejo posterior de ese dinero obligue al comisionista a enjuagues fiscales que podrían merecer la caracterización delictiva. Que Juan Carlos sea inviolable no resta, desde luego, gravedad a estas conductas todavía no probadas, que no formarían exactamente parte de su ‘vida privada’, sino que más bien confirmarían algo que nuestra época se niega a admitir: que las virtudes privadas están íntimamente ligadas a las virtudes públicas; y que cuando entregamos el fortín de las virtudes privadas acabamos despeñándonos por los precipicios de las lacras públicas. Quien con señoras casquivanas se acuesta, con comisiones se levanta. Pero el daño que Juan Carlos ha hecho a la monarquía se amplifica con su espantada. Desde luego, la supervivencia de la institución hacía recomendable una separación (y también un cierto distanciamiento o enfriamiento de relaciones) entre el padre y el hijo, siempre que no atentase contra los deberes de la piedad filial. Juan Carlos debería haber abandonado el palacio familiar y haberse retirado en algún lugar recoleto, desde donde podría haber dado además muestras de arrepentimiento por los errores pasados con una vida (la corta vida que todavía le reste) frugal y penitente. De este modo, los golpes que desde hoy sin duda recibirá la institución monárquica por parte de sus detractores y enemigos habrían caído sobre sus espaldas y no sobre las de su hijo; y, sobre todo, se habría mitigado el furibundo revisionismo de su figura, que incluirá lo mismo sus episodios galantes que sus cambalaches crematísticos, sin excluir por supuesto su papel en espinosos acontecimientos históricos no del todo dilucidados. A ojos de sus detractores, la espantada de Juan Carlos lo convierte en un delincuente confeso; y arreciarán las diatribas y campañas de desprestigio contra la institución monárquica (pieza última que se desea abatir), que su hijo tendrá que afrontar sin escudo alguno. La espantada de Juan Carlos, en fin, deja a Felipe en una posición mucho más debilitada y expuesta a las veleidades del gobierno de turno, que podrá maniatarlo y embozarlo cuanto quiera, enaltecer o envilecer su figura, hacerla más brillante u opaca, según le pete; y siempre proyectando sobre él una sombra de velada amenaza. Por supuesto, a Felipe se lo obligará a llevar una vida irreprochable; y se lo someterá a una vigilancia puritana asfixiante, que servirá además para mantener la atención de las masas cretinizadas alejada de los desmanes que perpetre la casta política. Muestra evidente de la debilidad a la que está condenado Felipe es la táctica gubernativa empleada para enjuiciar la espantada de su padre: mientras Podemos desempeña resueltamente (y hasta con cierto aspaviento) el papel de ‘poli malo’, los socialistas le muestran el rostro amable del ‘poli bueno’. Y ya se sabe lo que la policía persigue cuando recurre durante los interrogatorios a este desdoblamiento: la conversión del interrogado en un pelele, dócil y genuflexo ante el ‘poli bueno’, que así se convierte en dueño de su voluntad. Una torpeza, en fin, de tamaño cósmico, que sin duda acelerará el deslizamiento político hacia la república y la posterior anarquía que Donoso Cortés explica maravillosamente en su célebre Discurso sobre la situación general de Europa. La entrada Efectos de una espantada aparece primero en XLSemanal. Artículo*: Juan Manuel De Prada Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos
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