Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Ayahuasca, un balance: De lo chic y la new age a la celdilla del especialista

La popularidad y vulgarización creciente de la ayahuasca merecen que se las preste atención. Han sido varios los intelectuales que han advertido tanto de las posibilidades abiertas como de los riesgos de las sustancias del género phantastika -que dijera el farmacólogo alemán Louis Lewin-. La de los riesgos es una cuestión que no se puede esquivar desde lo que sería una censura plana y sin matices que demonice la cuestión. Entre otras cosas por no tener eficacia alguna esa censura a la hora de advertir de los riesgos. La mitologización de los riesgos que acusa la propaganda prohibicionista -algo que percibe cualquier experimentador- lo hace imposible. Además, muchos de los problemas más graves asociados a estas sustancias tienen que ver con el desorden que genera la prohibición y con los modos específicos de distribución y consumo que promueve el mercado negro. Las sustancias visionarias están ahí y no van a salir de nuestras calles porque apretemos los puños y las demonicemos. En relación a las mismas, lo que queda exigido es, además de promover la información, saber y conocer con templanza. Solo así así vislumbraremos los riesgos existentes, los riesgos reales. Se trata pues de promover la formación, de ofrecer fuentes y referencias y de dar pistas a las personas interesadas que, en cualquier caso, no van a ser permeables a esas censuras planas. Como digo la censura plana no alcanza ni a vislumbrar los riesgos reales ni tampoco alcanza la quimera distópica de un mundo sin drogas promovida por las cofradías de puritanas de finales del XIX y comienzos del XX. El consumo de alcohol fue su primer objetivo y el resultado de la prohibición, como ya sabemos, fue completamente contraproducente. Las sustancias o fármacos visionarios están ahí, en las calles, y de lo que se trata es de atender y gestionar esa presencia desde la racionalidad. (1) Lo chic. Hace unos días leía en un periódico de gran tirada que la ingesta de ayahuasca se había terminado convirtiendo en algo, al parecer, chic; ya se sabe lochic, entre lo fashion y su caricatura teenager… Aunque al veterano o al estudioso de estas lides le pueda lla mar la atención el diagnóstico lo creo acertado. De hecho la new age -estamos ante algo chicde formato new age- siempre acaba deviniendo algo infantilizado, algo para paladares dispuestos a chapotear en el gran festival del consumo pero poco exigentes en términos de racionalidad y sentido común. No es casual ya que ejercer la razón común si algo supone es salir del rebaño, elaborar cartogramas y delimitar la propia praxis -además de formación y estudio-; lo que limita la fiesta, nos saca de la convención social y nos ubica en el escenario del esfuerzo por alcanzar la propia figura Es sabido que los entornos new age se configuran como moda que opera a partir de las limitaciones y carencias del personal, tanto intelectuales como psicológicas. El negocio que se propone -la new age es básicamente un negocio pícaro en el que alguien se aprovecha de alguien- encuentra en esas limitaciones el campo abonado para su picaresca y mesianismo. En tal panorama la percepción social de la ayahuasca se ceñirá a formatos cada vez más infantilizados y lo chic operará casi como un final de trayecto. Este final de trayecto nos revela la imagen previa a través de la cual una sociedad dada, la nuestra, termina por percibir cierto género de experiencias; una experiencia chic, organizada en un taller de “finde”, un barniz extático y visionario para un original viaje de noche de Sábado.. Nada de esto debe sorprendernos en demasía. La new age no deja de ser la perspectiva a través de la cual nuestra sociedad, en tanto gran apoteosis del mercado, percibe las cuestiones espirituales. En la new age se mezcla todo dejando de lado la intimidad, la coherencia interna y la figura propia que exigen la diversidad de tradiciones y vías espirituales desde la propia diferencia que enuncian. Así queda liquidada cualquier alteridad real con capacidad de transformarnos. De lo que se trata es de ofrecer un producto políticamente correcto, un happeningen buena sintonía con la mentalidad dominante y con lo que exigen los demandantes de experiencias. Por eso la new age no propone acercamiento a tradición alguna sino el consumo de experiencias y un vago sincretismo. En realidad, pocas cosas más ajenas al tipo humano dominante y a ese consumidor universal que todo lo consume y en nada enraíza que los perfiles que delimitan y singularizan toda traditio. Tratándose de ofrecer happenings se entenderá el abrazo de oso que los entornos ayahuasqueros han recibido de la new age. Pocas cosas brindan tener experiencias intensas con tanta facilidad. Al hilo de lo dicho me viene a la cabeza Rene Guenon cuando en su libro “Apreciaciones sobre la iniciación” advierte de los enganches a la intensidad que pueden lastrar a ciertas personas metidas en determinadas prácticas espirituales. Guenon advierte de los modos de intensidad experiencial que pueden servir la práctica de determinadas upaya, medios o prácticas espirituales. Lejos de lo que sería una sobria ebrietasreferida a la cotidianidad la adhesión a la intensidad experiencial alcanzable en veladas y ceremonias enteogénicas, confundida con una profundización efectiva en la vía espiritual, será muy común en ciertos entornos ayahuasqueros. La cuestión del taller, en tanto formato del happening, no será una cuestión menor. De hecho los talleres de fin de semana son uno de los rasgos más característicos de la new age; estamos ante algo puntual que no se inserta en nada, abierto a casi cualquiera y organizado como una oferta onerosa dirigida a una demanda existente… Hago notar que lo dicho nada tiene que ver ni con un planteamiento psicoterapéutico solvente ni con método espiritual alguno. Tanto las psicoterapias serias como como las diversas praxis espirituales exigirán de un compromiso nítido que permanece en el tiempo, de técnicas y métodos específicos y de una perspectiva teorética propia que en todo caso será enjuiciable-. Tanto los métodos que se aplican como la teoría que los acoge serán fácilmente contrastables con la escuela psicológica o la traditioespiritual a la que supuestamente se apela. Lejos de proporcionar experiencias de lo que se tratará será de delimitar una vía, una senda a transitar y una tarea que se extiende en el tiempo y que en el tiempo mostrará sus frutos. Como digo el objetivo no será tener u ofrecer maravillosas experiencias sino una capacidad de vida renovada. (2) Hasta llegar a este estadío de lo chic los cambios habidos en la percepción de los fármacos visionarios resultan llamativos y muy diversos. Al día de hoy las diversas percepciones habidas se superponen ofreciéndonos un panorama muy aporético en el que según la persona primaran unas u otras. Como repaso digamos que el prestigio cultural que en un primer momento tuvieron estas sustancias, recibiendo la atención de determinados intelectuales de talla, en parte ha venido a disolverse en virtud de otras percepciones y de la erosión y el desprestigio inducido por todo lo que ha supuesto la prohibición. Hagamos un repaso a la evolución habida en la percepción de las sustancias visionarias. En los cincuenta y primeros sesenta del pasado siglo destacan los tanteos, las intuiciones y las investigaciones de determinados terapeutas -pienso en Master y Houston o en Hans Carl Leuner-, y de determinados intelectuales -pienso en Huxley, en Artaud, en Michaux, en Jünger. Todas estas aproximaciones debían mucha a la vigencia de una cultura de tradición humanística que sabía reconocer cómo las humanidades han ido desgranando las cuestiones del alma en muy diversos registros y usos del lenguaje. Por eso, atendiendo a la esfera de las humanidades, se indagaba en referentes culturales capaces de divisar este género experiencias con la finalidad de tornarlas nombrables. Con acierto dice el adagio: “lo que no se nombra no existe”; de ahí la necesidad de hacerlas nombrables y, en tal medida, reconocibles. Reconocerlas, más allá de que nos desborden, favorecerá delimitar el perfil de efectos de los fármacos visionarios para, a partir de ahí, poder esbozar un saber hacer. Tal saber hacer facilitaría apreciar el orden de prioridades necesario -cómo organizar una experiencia, los contextos necesarios, etc- capaz de promover los posibles beneficios y evitar los riesgos. ¿Por qué las humanidades tienen esta capacidad?. Las disciplinas humanisticas, la poesía, la filosofía, el arte, las diversas tradiciones intelectuales propias de una cultura, la literatura, todo el bagaje de relatos y de pensamiento narrativo con el que los hombres se explican la propia existencia opera como un gran registro de cómo los hombres se entienden a sí mismos y de lo que es capaz su vida anímica. Los efectos de las plantas y sustancias visionarias lo que vienen a liberar son determinados posibilidades y procesos de gran calado antropológico y característicos de la vida anímica del hombre, procesos que el hombre puede vivenciar ingiera o no vehículo químico o vegetal alguno; hablamos de la experiencia visionaria y de su relevancia a lo largo de la historia, de las tradiciones del éxtasis, del valor que las diversas culturas han dado a este género de experiencias, de determinadas experiencias cumbre que todo lo transfiguran, también de la noche oscura. Uno de los mayores méritos de Albert Hofmann tras su ingesta accidental de la LSD fue ser capaz de reconocer el tipo de suceso que le había acontecido. Solo así pudo ubicar la LSD en su engarce propio. Si Hofmann tuvo esa capacidad fue por su sólida formación humanística. Más allá de la relevancia filosófica o del valor que cada cual de a este tipo de experiencias de lo que se trata, para reconocerlas, es de dejar constancia de su carácter específicamente humano y de su considerable trascendencia cultural; un espacio en el que lo humano se expresa en su propia complejidad interpelándonos en nuestro mismo núcleo. A partir de ahí y como experiencia de valor ésta podrá promover ciertos cambios personales y ciertas transformaciones. Téngase claro que difícilmente podemos investigar algo si ni siquiera reconocemos el objeto de estudio ante el que estamos. En relación a lo que venimos afirmando resulta revelador que un farmacólogo como Louis Lewin -uno de los padres de esta disciplina- a comienzos del siglo XX apele a esas tradiciones humanísticas para reconocer los efectos de los fármacos visionarios y así darlos nombre, quizá el mejor nombre que se les haya dado. Lewin las llamará phantastika entendiéndolas por tanto, como dinamizadoras de los recursos del imaginario de la conciencia humana; lo que nos ubica, desde que así lo vieran los griegos, en la relevancia cognoscitiva y ontológica de la phantasia humana y en las veredas de la llamada imaginación creadora. Lewin, que sabía del calado teórico de su afirmación -de no ser así no habría utilizado un nombre tan preciso- dejará a otros el desarrollo de su propia intuición. Huxley y Jünger, en una perspectiva convergente con la de Lewin, se apoyarán en sus propios conocimientos de las diversas tradiciones de la ebriedad y del viaje del alma; poesía, filosofía, teología, espiritualidad comparada enhebraran el marco a partir del cual ambos reconozcan las phantastika. Ambos advertirán lo relevante de estas experiencias tanto en términos cognoscitivos como ontológicos; ambos vincularan su umbral de valor con todo lo pensado y dicho sobre el tránsito de las viejas veredas del espíritu. Jünger reivindicará el nombre dado a estas sustancias por Lewin. Tal denominación nos ubica en un territorio en el que tanto los posibles beneficios como los riesgos dependan de la esfera de lo imaginario y de la potencia creativa del alma. El refinamiento intelectual de estos autores, si bien de notable influencia, pareciera no haber tenido una clara continuidad. El signo de los tiempos no lo facilita y es que el peso creciente de la especialización académica intercepta, cada vez más, toda indagación atenta a la amplitud, generalidad y hondura de nuestras tradiciones humanísticas. El peso creciente de esta especialización disciplinar, amparada en términos teóricos por el positivismo y el cientificismo, ubicará a los investigadores en celdillas estancas incapaces de conocer nada fuera de su propia disciplina; lo que servirá un modo de analfabetismo peculiar y seguro de sí. En tal orden de cosas la multidisciplinariedad se convertirá en algo quimérico, en un simple membrete sin contenido alguno. Los lastres para la investigación que así emerjan no serán pocos y la capacidad de reconocer el género de experiencia ante la que nos encontramos vendrá a diluirse. (3) A mediados de los sesenta pareció imponerse una percepción muy vinculada al ocio facilitado por el uso de psicoactivos; lo que derivó en una percepción muy vulgarizada de los fármacos visionarios. El problema suscitado no era tanto la cuestión de lo lúdico en general sino acotar y ceñir la percepción de estas sustancias en lo lúdico y el ocio. En los setenta todo pareció quedar barrido por los años de plomo de la prohibición -criminalidad y adicciones- y por los modos de consumo impuestos por el mercado negro de drogas; y eso por mucho que las típicas adicciones tuvieran poco que ver con los riesgos propios de las sustancias visionarias. Pasados los sesenta y los setenta el crédito intelectual y el interés que suscitaban las phantastika quedó muy lastrado. En los noventa, en las periferias del sistema, el interés por los fármacos visionarios pareció volver muy discretamente y se retomaron ciertas investigaciones y ciertos ensayos. Más allá de las picarescas de rigor los noventa fueron un tiempo de perspectivas y posibilidades que se abrían. En ese tiempo y en relación a estas cuestiones escribí este texto casi de juventud apelando en clave de comedia a la figura de los goliardos[1]. Dejo testimonio del texto para dar cuenta del tiempo transcurrido y de la evolución que vengo describiendo. Entre las nuevas perspectivas que se iban abriendo cabría destacar la llegada a España y Europa de las tradiciones ayahuasqueras del sur de América; diversas tradiciones chamánicas, la UDV, el Santo Daime, la línea de Dacio Mingrone... Estas tradiciones aportaban modos de abordar la ingesta de ayahuasca completamente novedosos. Daban mucha importancia al modo de formalizar y ordenar el entorno de experiencia apelando al canto o a la danza; hasta el punto de introducirnos en la relevancia de lo ritual o de plantearnos la necesidad de un guía o maestro de ceremonias que ordene el tempo de la velada visionaria. El panorama cambio completamente con la llegada de internet y el nuevo milenio. La red de redes facilitó enormemente no solo el acceso a estas sustancias sino que cualquier pirado-pícaro-iluminado se hiciera con su propio arsenal enteogénico y se postulara como “facilitador” de experiencias. Paralelamente, como ya indiqué, las investigaciones quedaron monopolizadas por diversas castas de especialistas. Estos dejaron de lado los esfuerzos para reconocer y delimitar teóricamente la experiencia, en tanto gran paso previo a toda investigación, para instalarse en los sesgos propios de sus respectivas especialidades. En términos epistemológicos las cuestiones de paradigma, las cuestiones generales que hacen reconocible un objeto de estudio, fueron desatendidas y se impusieron programas de investigación que ni siquiera consideraban entender y reconocer la experiencia con las phantastika; incluso se llegará a suponer, apriorísticamente, que los posibles beneficios de la ingesta de las sustancias y brevajes visionarios debían resolverse en la esfera de lo puramente bioquímico y farmacológico -como si de una aspirina se tratara-. De este modo se dejará de lado el valor de la experiencia y toda investigación cualitativa referida a su contexto o a como integrarla y elaborarla en la vida cotidiana del mejor modo posible. A tal llegará la tosquedad teórica y dogmática promovida por ciertas esferas de especialización, a ignorar el valor de la propia experimentación en contra la evidencia empírica más inmediata que constata cualquier experimentador. Se minusvalora la propia vivencia y se ignora o se deja en suspenso su poder introspectivo y catártico a la hora de divisar sus posibles beneficios. Insisto, en contra de la evidencia más inmediata. Considérese que cualquier experimentador mínimamente avezado se percata de que los posibles beneficios de la ingesta de ayahuasca y demás phantastika quedan ligados a la propia introspección, a los propios hallazgos sobre uno mismo y a determinadas donaciones de sentido sobre la propia capacidad de vida que remiten a estados de plenitud que reordenan y equilibran la vida anímica. Osmond lo vió con claridad en sus estudios con alcohólicos a finales de los cincuenta, y como Osmond, Stanislav Grof o Salvador Roquet; también lo supo ver el científico Alexander Shulgin en su método de investigar los efectos de las sustancias que descubría. Este químico será un auténtico modelo de investigador. Shulgin supo combinar su perfil de científico riguroso con la atención a la propia experiencia en tanto vivencia significativa y relevante. También advirtió como estas sustancias dinamizaban la vida del alma haciendo emerger sus diversos registros. Los diversos registros y estados del alma… No pocas veces modos de vivencia de los que ni siquiera somos conscientes. Esta será la razón por la que Jünger vea en las phantastika una herramienta expeditiva para descubrirle al secularizado hombre contemporáneo las viejas veredas del espíritu y la trama compleja de lo real en la que toda superficie acoge una determinada profundidad. Los sesgos aportados por una excesiva especialización lastrarán notablemente poder dar cuenta de los posibles beneficios de la ingesta de sustancias como la ayahuasca. Las phantastika exigen atender a todo tipo de factores cualitativos; para empezar a la cualidad y el perfil de la experiencia, a su contexto, a las cosmovisiones y mentalidades previas, al encaje de la experiencia en un marco eficaz de elaboración de la misma que la haga cuajar en la vida cotidiana y en el cincelamiento de la propia figura. Del manejo de tales factores cualitativos dependerá saber promover esos beneficios. Por su parte el cientificismo vulgar que acampa en algunas de estas especialidades bloquea la perspectiva de complejidad y la apertura de miras que exige el estudio de estas sustancias. Solo desde esta perspectiva de complejidad[2] se hará ordenable y entendible prestar atención a disciplinas tan diversas como la farmacología, la neurología, la psicología, la antropología o las humanidades y, en tal medida, dotar de sentido a una adecuada perspectiva pluridisciplinar. [1] [2] Cfr. Edgar Morin Artículo*: jcaguirre Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos
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