
Una inmersión en el esquema budista de cueva, valle y cementerio, que describe el proceso de despertar en tres fases consecutivas y simultaneas.
La sabiduría besa desde el cielo de su verdad y belleza el rostro visible de la tierra a cada instante y se expresa en las distintas cosmovisiones sapienciales adecuada al tiempo y al espacio en la que se manifiesta. Yo amo esa sabiduría que se destila de metáforas prodigiosas, de axiomas conmovedores de nuestra pequeña percepción del Océano de Misterio en el que nadamos, sin poder separarnos de esa agua que nos lustra el cuerpo y el alma a cada instante para contemplar su arrebatadora presencia.
Los budistas tienen cartografías maravillosas para adentrarse en ese océano de existencia, para caminar con entendimiento en el territorio de la vida, entender los senderos que se abren, a izquierda o a derecha o por el camino del medio, para interpretar con destreza y sabiduría los paisajes que se presentan en cada biografía. Uno de esos esquemas sintéticos o mapas, que sirve para entender el proceso de realización espiritual, que incluye el crecimiento personal indistinguible de esa apertura a lo Real, es el de dividir la experiencia vital del buscador de la Luz que todo lo ilumina, la Consciencia, en tres fases: la fase cueva, el valle y el cementerio.
La fase cueva, como su imagen central evoca, es un retirarse del mundo, como hacían los meditadores del Tibet, que escogían una cueva separada para indagar en la naturaleza desconocida de la mente, desconocida porque no se la puede atender con destreza cuando uno está totalmente involucrado en las tareas cotidianas y, además, cada vez, más vertiginosas -por la aceleración del algoritmo de la dictadura técnica-, de ese samsara, que es el mundo que se percibe desde una mente ordinaria no entrenada y que no puede ver, más allá de las formas, a veces vividas como terriblemente dolorosas, el Rostro de lo Invisible que, sin embargo, las anima, y se queda en la superficie de las apariencias proyectando sobre lo real que se le escapa, las serpientes de su propia ignorancia, como en el ejemplo clásico del vedanta, que sobre una cuerda abandonada en la selva una noche de verano, nuestros patrones distorsionan la realidad inofensiva de esa cuerda y en un instinto de supervivencia mal balanceado quedamos aterrados y paralizados por una ilusoria serpiente, que se convierte en el aparente enemigo en muchas de nuestras escenas cotidianas, velando lo que es la realidad de cada día, un barro que pudiendo ser modelado por las distintas causas y condiciones que confluyen en distintos tipos de vasija, nos da la oportunidad de intervenir en el modelado tendiendo con nuestra destreza a crear cada vez formas más bellas, más alineadas con la plasticidad infinita de la arcilla.
Muchos deciden entrar en la cueva, cuando el mundo ya duele demasiado y las preguntas olvidadas de ¿quién soy? y la capacidad de asombro de la infancia han quedado estranguladas por la vida que es ese valle abierto a todo tipo de experiencias. Entran para entrenar, cultivar o reconocer un tipo de mente más apaciguada, más lúcida y luminosa, no volcada de forma reactiva en los estímulos externos que nos demandan acciones y que realizamos la mayoría de las veces con total inconsciencia, en una especie de piloto automático reactivo, que tiene mucho que ver con las creencias heredadas desde la cuna y los sucesos que nos moldean, que han construido nuestros patrones limitados, con los que intentamos protegernos de todo lo que consideramos ajeno al único sistema que conocemos para asegurar nuestra necesidad de seguridad y de placer, el yo egoico, que, a veces, por la cualidad de las heridas vividas está profundamente distorsionado.
Po eso entrar en la cueva es de valientes, y muy pocos quieren adentrarse en la oscuridad de la noche de los sentidos e indagar en donde duele. Y hacen de la cueva, de la interioridad primera que otorga la meditación o la oración, un refugio del que huir de la intemperie, pues, al principio la cavidad de la cueva, su capacidad de dejar fuera los vientos insidiosos de las relaciones, pero como decía el sabio Vashista, “el mundo está en el alma”, y tras la primera sensación de bienaventuranza que nos da el refugio frente al frío del invierno de tantas relaciones vacías, deshonestas, conflictuadas surge, ante la ausencia de estímulos que entretengan las propias sombras chinescas, los demonios que pretendíamos ver solo afuera.
Es ahí cuando la necesidad de un buen maestro se hace necesario, para estar bien advertidos que lo que realmente buscamos, paradójicamente, en la oscuridad de la cueva, es un telón negro suficientemente acallado de colores para poder discernir la luz que está detrás de todos los colores. Una luz, que cuando se la vislumbra, gracias a la oscuridad de estímulos de la cueva, parece iluminarlo todo, incluidos los demonios interiores y, al mismo tiempo, pareciere ser la fuente misteriosa de algo que se nos escapa y nos convoca, por tanto, a hacerla conocida, saber de su presencia, de su ausencia de forma en todas las formas, como si las constituyese y las desbordase al mismo tiempo. Las enseñanzas nos dicen que “La consciencia es la esencia. Toda sustancia material e ideal no es más que una modificación de la conciencia”.
Pero ese es el fruto de la cueva. En los primeros pasos, que son la semilla en la que está contenido ese fruto de sabiduría, de sabor delicioso que sacia todas las ansias, nos encontramos con un primer y doloroso atestiguamiento de una lejanía abisal con la fuente ilocalizable de esa luz que parece todo conoce. También empezamos a darnos cuenta de la dificultad que tenemos de posar la atención en lo tenue de su resplandor que nos llama de regreso a casa. La distracción es continua, estamos incapacitados para posar la mirada cansada en ese remanso de paz que nos hace señas desde el fondo de las infinitas figuras que se hacen presentes como una cascada de sensaciones, imágenes, emociones, que nos salpican con percepciones de agrado y desagrado, esto, sí, esto no, esto ni fu ni fa.
Nuestra atención está tan distraída que no podemos tener la sutil lucidez de ver los contornos del pensamiento que nos engulle, y como un jonás pasamos del vientre de una ballena a otra, en un océano que no cesa de tener el oleaje embravecido. Saltamos, al igual que lo hacemos en medio del mundo, en el valle, de un estímulo a otro, de un pensamiento a una emoción, que se retroalimentan. Somos testigos por primera vez de esa corriente vertiginosa que expresa nuestra propia algarabía interior, sin concierto, puro desconcierto de porque siento así o asá lo que me sucede. ¿Qué reacciona en mi de esta manera, llena de miedo, ansiedad, tibieza, inadecuación, ausencia de plenitud, como si algo faltara? Una tormenta de nubes grises y negras, cargadas de emociones nunca iluminadas amenazan cualquier intento de atravesarlas y ver si es cierto, lo que dicen los maestros, que más allá de ellas hay un vasto cielo azul sin limites eternamente soleado por la ilimitación de su gozo.
Solo encontramos un cuerpo que se resiste a la quietud, en una inquietud que ha escrito en nuestros músculos, tendones, incluso en nuestro sistema nervioso la narrativa de un pasado que nos duele y un futuro que nos atemoriza. A veces, cuando agarramos las riendas con destreza y el cuerpo se aquieta y la mente le sigue como el hierro al imán, somos capaces de ver corrientes subterráneas de todo lo que nos dolió y muerde terriblemente entre las escápulas levantadas en son de guerra, en los trapecios como rocas de una coraza creada a golpe del cincel de la ciencia fricción del mundo relacional, en el diafragma inflexible como un cinturón de acero, que tira de todas las fascias al mismo tiempo impidiendo una respiración libre, armónica. Es un cuerpo dolorido que arrastra a la mente a revivir inconscientemente lo que ni siquiera recuerda, pero aun muerde las entrañas.
La cueva se convierte entonces en un revelador de contenidos inconscientes. En un auténtico hospital de campaña. Una mezcla indistinguible de dolor psíquico y dolor ontológico. El primero construido por el peso insoportable de los recuerdos -con un componente de distorsión desde los propios sesgos- de lo vivido y el segundo edificado en la construcción de una identidad que según muchas tradiciones es ilusoria, deficiente, carente, separada, condicionada….
Continuará.
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