
El Budha me salvó la mente cuando aún era una niña, dieciocho años enhebrándose hacia la depresión del sin sentido. En occidente nos hacemos adultos muy lentamente, si es que lo logramos. El “yo” que construimos para sobrevivir a la debacle de una cultura sin espíritu, estaba muy lejos de la medicina que necesitaba mi alma, que sufría en una cárcel de ideas nihilistas, materialistas, reduccionistas y una lista interminables de «istas» que tenía a toda mi generación tomando drogas para anestesiar el dolor del fuego del arrepentimiento de no vivir como se merecía el don de la vida.
De las drogas alternativas a las pautadas por la farmacia la vida se nos iba… Respiración a respiración agotábamos el combustible de los vivos, el aliento divino, en huir del dolor del mundo, en perseguir el placer del mundo, pero en superficie, siempre anestesiados, sin gozar demasiado, sin mirar realmente lo que muerde cuando sufrimos. Siempre como dormidos a la realidad que palpitaba bajo la apariencia de esa inexorable rueda de placeres y sufrimientos. La rueda de la fortuna nos llevaba, zarandeaba sin agarre. ¿Dónde estaba el centro de la rueda, me decía?
Nadie crecía, en conocer ese «no se qué», que a todos nos convoca desde el hondón del alma. Tan solo, como niños, sin una buena orientación, nos anestesiábamos la crudeza de un mundo sin manual de instrucciones. Nos quedábamos atrapados en una vida llena de miedo a salirse de los moldes culturales, sociales, las consignas que iban disolviendo lo que en muchos siglos había sido el sostén de innumerables generaciones, las cosmovisiones de sabiduría que colocaban en su lugar el don inigualable de la Vida. Estudiar, trabajar, para producir, consumir una felicidad envasada en productos y experiencias y morir, parecía la consigna mediocre que se inoculaba desde todos los medios posibles. Pero una pregunta a mí me atormentaba, como un fuego que iba soltando las amarras ¿Cómo iba a mirar a los ojos a la hermana muerte cuando viniera? ¿Podría confesar como el poeta que había vivido? ¿Realmente vivido?
A los veintiuno me arriesgué y salí de la senda trazada, me fui a vivir a una cueva (era lo único que alquilaban en la Alpujarra). Quería despertar de la pesadilla del sufrimiento y del agotador esfuerzo por asegurar la cuota de felicidad que le exigía a la vida, a las experiencias, tan cambiantes ellas, que no había manera de asirlas, y solo quedaba el dolor de mis propias uñas, de un puño que apretaba la arena del tiempo disolviéndose a cada instante.
Gracias al Budha, el primer hilo de Ariadna llegó a mi laberinto. Me salvó literalmente la vida. Luego llegaron todos los demás que el Cielo manda para despertarnos, recordarnos, purificarnos, transformarnos. Todos los verbos son Su magnífica obra de rectificación del plomo en oro. Y me enamoré de la sabiduría, del camino que asciende y desciende hacia la elevación y la profundidad de la Verdad escrita con letras eternas en el fondo de nuestro propio corazón, como me enseñó otro de mis maestros.
El nous de los griegos, el Budhhi, el Intelecto, el Atman. Sus nombres me enamoraron, eran todos tan hermosos, admirables, dedos que señalaban a la luna con una precisión, a veces asombrosa, que te dejaban en el borde mismo del abismo a cruzar con el corazón encendido el puente que reúne a las dos orillas en un solo canto de Vida con mayúsculas.
Esa trascendencia de las formas, admirando la luz incolora en cada una, es la manera en que Dios quiere conocerse en mi biografía. No puedo ser otra cosa que lo que va siendo. No elegí el óvulo que decidió acoger el espermatozoide de mi padre, sigo sin poder elegir lo que me sucede. Ni cuando dejará de palpitar mi corazón ni, como diantres, lo hace a cada instante. Soy un compendio de miríadas de causas y condiciones que exceden mi comprensión de las dinámicas de la mente cósmica. La economía de lo divino me sobrepasa de infinitas formas. Su juego, su lilla es fascinantemente misterioso, pero estoy viva, doy gracias por ello cada día. Aún puedo participar de este Misterio y, sí, puedo usar cada experiencia cotidiana como un leño que enciende el fuego de la Conciencia que llevo como auriga.
Soy solo, como todos, una de sus infinitas formas y nombres que escribe para contaros de mi grano de arena de amor en esta playa infinita de la Conciencia Una. Rigpa, la Divinidad, Sat Chitt Ananda. Allah… Océano de Misericordia.
Y mi vocación es anunciar la buena nueva, la Buena Vida, esa que mis maestros han ido sembrando como semillas, a la espera de que el fruto madure, si Dios quiere. Por eso propongo distintas acciones, de las que soy también observadora, de cómo los medios hábiles, de las tradiciones, para despertarnos, liberarnos del sufrimiento obran en mi mientras las cuento, las sintetizo, las ordeno. Cómo las metáforas de un Budha, o de un Lao Tse, de Cristo pueden hacerse carne de comprensión en un instante. El poder divino de la Palabra. ¡Cuánta razón tiene el refrán de que el que más aprende es el que enseña!
Solo podemos hacer lo mejor que podemos, en el momento de realización de la verdad de las cosas en el que nos encontramos, con humildad, que es como decir con sabiduría, pues nada de lo que realmente importa nos pertenece. Es el huésped del alma, el que se pronuncia cuando intentamos balbucear la Verdad que se nos escapa. Ese ese Atman, en el carro de Arjuna, el Intelecto, que con la firmeza de una mente estable, las riendas, maneja la potencia milagrosa de los sentidos, que como caballos indomables se lanzan a los caminos de la vida, percibiendo un mundo que excede todo lo que sobre ella puedan decir todos los poetas, los profetas, los maestros, los budhas iluminados. Una vida que misteriosamente está directamente enhebrada con el huésped invisible que parece no hacer nada, desde un Más allá que se pronuncia en cada más acá que acontece. Como si Conciencia y Vida, fueran la misma y única cosa brotando en cada instante y más allá del tiempo y el espacio.
Y es profundamente natural que ante el dolor del mundo algo nos impela a compartir los pocos frutos que han madurado en nuestro proceso, pues por pertenecer a un jardín que no es nuestro sino Suyo tiende a salir de las vasijas que lo contienen, y diseminarse, como un bien que quiere ser probado en todas las bocas, en el hambre de un mundo necesitado de nuestro despertar.
En el círculo de práctica que se ha montado como de la nada, a petición de las personas que se acercan a la interioridad, ese “volver a casa” para principiantes, que son mis talleres de aprender a meditar, uso las cartografías budistas, porque fueron las que primero intervinieron en la enfermedad de mi ignorancia y son muy brillantes y precisas, aunque difiera con ellas en su doctrina del Anatta, y en Rigpa solo sea capaz de ver a Brahman, en otras palabras el Sumo Bien.
Amo el el dedo del Budha señalando el Absoluto, pero a estas alturas de camino no lo confundo con la luna. Uno de mis maestros, plantó la semilla de la unidad trascendende de las formas religiosas, y, supongo, que por eso, a este círculo van llegando amigos sufíes, cristianos, ateos, ni fu ni fa, budistas y encendemos juntos una hoguera para que se vea desde el Cielo. A Ti solo buscamos. Y practicamos juntos el milagro de la atención sostenida en un objeto tan simple y tan milagroso como la respiración que se gasta cada día para llevarnos al último encuentro y poder decirle a la Hermana Muerte: “Confieso que he vivido”. En Tu Nombre.
De esa atención sostenida, que calma y enciende la claridad del huésped del alma, unos llegan, precisamente, a desembocar en el Nombre y lo repiten, otros se bañan en el silencio y descansan, otros se duermen, pues el estrés les está matando, y otros cultivan la lucidez que está detrás de todos los fenómenos.
Alabado sea Dios el Señor de todos los mundos. El Dios de todas las experiencias. Le ruego, cada día, que aumente mi claridad y mi amor, para servir mejor a mis hermanos. Pues sólo Dios sabe, en el sabor cotidiano de la Vida.
Beatriz Calvo Villoria
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