Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

lunes, 4 de enero de 2021

Ocultar la majestad. Juan Manuel de Prada

Ocultar la majestad Juan Manuel De Prada ANIMALES DE COMPAÑÍA En el célebre episodio evangélico no se menciona en ningún momento que los ‘magos’ venidos de Oriente fuesen reyes. Ha sido la imaginación popular la que se los ha figurado así; y lo ha hecho, sencillamente, porque cuando el pueblo –siquiera el pueblo todavía no degenerado en masa cretinizada o ciudadanía– necesita concebir y dar vida a personajes tan llenos de ímpetu y perspicacia, de clarividencia y majestad como aquellos magos venidos de Oriente, piensa en testas coronadas, no en zascandiles trajeados. Unos Presidentes Magos serían, en verdad, una horrenda estampa ful que mataría las ilusiones de los niños. Pues para montar con donosura un camello, para atusarse con gracia unas barbas frondosas, para arrodillarse con garbo ante un Niño, para hacer –en fin– cosas grandiosas y excepcionales, hace falta –que diría Horacio– un quid divinum. Y ese quid divinum sólo lo tienen los reyes, no los presidentes de republiqueta, ni los primeros ministrillos, ni ningún otro moscón o polilla de urna. Por eso la imaginación popular, para figurarse cabalmente a los magos de Oriente, necesitó convertirlos en reyes. Y por eso también en los cuentos de hadas nos encontramos con reyes venerables y bondadosos (o, por el contrario, furiosos y crueles) y pálidas princesas que padecen encantamientos; pues unos cuentos de hadas protagonizados por presidentes o ministrillos y por su prole de hijas ordinarias y gritonas terminarían degenerando en sainete o astracanada. Los cuentos de hadas requieren un clima sublime, como perfumado por la brisa del misterio; requieren personajes augustos, incontaminados por las pasiones plebeyas y ruines, que causen pasmo, sobrecogimiento y admiración en las almas infantiles (y adultas). Nadie se pasma ante un presidente de republiqueta o ministrillo de gabinete (salvo el cosmopaleto), nadie se sobrecoge en su presencia (salvo el lameculos), nadie lo admira sinceramente (salvo el secuaz fanático). Pues en el alma humana existe una especie de sexto sentido que nos obliga a reverenciar la majestad verdadera y a desdeñar la pretenciosidad. Quienes no lo hacen, o lo hacen al revés, es porque están gangrenados de resentimiento. La majestad verdadera, desde luego, nada tiene que ver con la pompa y el boato. Ese Niño que nace en una cueva, por ejemplo, es adorado por los magos venidos de Oriente (y también por los pastores de los contornos) porque descubren en él una majestad auténtica, aunque se presente pobremente vestida y en un pesebre. La majestad de los reyes tampoco demanda el fasto de la ‘majestuosidad’; pero exige mostrarse sin tapujos, resplandecer sin cortapisas, para que pueda ser reverenciada gozosamente. De ahí que los enemigos de los reyes traten siempre de esconder su majestad: cuando pueden hacerlo sin disimulo, ofreciéndoles sepultura, o siquiera vacaciones en la sombra; y cuando tienen que disimular un poquito, obligándolos a imitar el comportamiento plebeyo de cualquier presidente de republiqueta o ministrillo, convirtiendo su vida en un erial de áridas burocracias y de simplezas farragosas que acaban devaluando su majestad y convirtiéndola en facundia de vendedor de crecepelos, en apostura de gigoló o en cualquier otro sucedáneo que la envilezca o avillane. El avillanamiento de la majestad es una estrategia infalible que acaba despojando a los reyes de esa aureola de distinción que obligó a nuestros antepasados a coronar las testas a los magos de Oriente. En esta estrategia de avillanamiento de la majestad debe transmitirse la impresión, por ejemplo, de que los reyes son mandados que leen los discursos que en cada momento agradan a los politiquillos mindundis; también conviene que de vez en cuando los reyes viajen de tapadillo a regiones de su reino donde (precisamente por ser menos queridos) su presencia pública debería ser más constante y gallarda, más abnegada y sin rebozo; conviene, en fin, que todos los actos en los que participen sean deslucidos o desangelados, organizados chapuceramente y casi en la clandestinidad. La ocultación de la majestad, al convertir a los reyes en ‘personas normales’, los hace prescindibles y enojosos, los convierte en rémoras o armatostes inservibles. Extrañamente, hay reyes que aceptan este juego, por temor tal vez a que los destronen, sin advertir que la pérdida de la majestad es infinitamente peor que la pérdida del palacio, y aun que la pérdida de la propia vida. Pues perder la majestad es como cambiar de género literario: del relato evangélico al sainete, del cuento de hadas a la astracanada. La entrada Ocultar la majestad aparece primero en XLSemanal. Artículo*: Juan Manuel De Prada Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos
Animales de compañía. 'Ocultar la majestad', por Juan Manuel de Prada.

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