
Confesiones de una máscara
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (VIII)
Por Guillermo Mas Arellano
El siglo XX nos ha dejado un buen puñado de exploradores del abismo que, con el paso de las décadas y el progresivo arribo de una estulticia hipertecnificada, han caído en el olvido, cuando no en algo mucho peor: ese encumbramiento mediático y académico que en el fondo es estéril. No son pocas las similitudes entre la obra dos de ellos: Pier Paolo Pasolini y Georges Bataille, por cuanto ambos son destacados filósofos del límite, capaces de hacer suya la máxima de Maestro Eckhart según la cual “rogamos a Dios que nos libre de Dios”... Y es que ninguno temía atravesar las tibias fronteras de la moral con su vida y con su obra.
Entre otras muchas coincidencias que podemos destacar, la obra final del italiano radica en el lugar central que la soberanía ocupa en el Mundo Moderno y, más concretamente, de la perversidad y el sadismo que son inherentes a esta manifestación de la burguesía. Las fiestas descritas por Pasolini en su novela póstuma Petróleo no están muy lejos de esa otra fiesta con la que Stanley Kubrick abrió su película Eyes Wide Shut, también póstuma.
La Modernidad brinda al Poder unas capacidades prácticamente ilimitadas: revisión del cesarismo romano, antes despotismo faraónico, bajo una ilustrada excusa: la Ilustración. En el fondo los mismos ritos, correspondientes con las mismas familias, se perpetúan. El paradigma científico de Johannes Kepler otorgó al sol una importancia que el Poder no tardó en emular para la política. Todo gira en torno a la potencia absoluta de lo solar, señalan los ilustrados de muy variadas ocupaciones, perfecta coartada para que el monarca Luis XIV irradie el absolutismo al resto de la política moderna. La soberanía estatolátrica, desacralizada, encuentra su correlato científico, secular, en la visión del universo aportada por Nicolás Copérnico.
La corte de Luis XIV acogió un escándalo de brujería que merece nuestra atención: el affaire des poisons, como fue llamado, alcanzó su cúspide con el asesinato del padre de Marie-Madeleine Dreux d'Aubray, a manos de la propia Marquesa de Brinvilliers e hija del fallecido, acontecida el 10 de septiembre de 1666. Es en retazos como este que el Sol Negro, de naturaleza invisible, asoma su rostro por detrás del sol visible con el que se pretende confundir al profano. Pero esa es solo la cúspide de una fiebre envenenadora que llegó a provocar centenares de muertes y que el monarca ordenaría silenciar, principalmente por la participación de su amante, Françoise-Athénaïs de Rochechouart, más conocida como Madame de Montespan.
En 1667, Catherine Monvoisin, que pasaría a la posteridad con el sobrenombre de La Voisin, fue contratada por Madame de Montespan para celebrar una misa negra, en presencia de otros miembros de la nobleza francesa, con el fin de lograr la atención erótica del rey. El éxito de esta iniciativa permitió que La Voisin, una bruja en el sentido clásico del término, ocupara un papel preeminente en la corte de Luis XIV, alguien extremadamente imprevisible y capaz de provocar el enamoramiento igual que la muerte a través de sus pócimas. Sin embargo, los excéntricos modos de La Voisin, rayanos en el sensacionalismo, no deben apartarnos de lo esencial: ritos funestos en los que la clase alta devora en un sentido mucho más real de lo que la metáfora permite vislumbrar a sus siervos.
Detrás del rastro de muertes y conjuros dejado por la bruja latía la acción de un poderoso hechicero, Adam Lesage, que junto al abate Étienne Guibourg realizaría sacrificios de infantes en fiestas concedidas por la aristocracia francesa de la época. El propio Guibourg acabaría por confesar en el juicio el asesinato de niños como parte de su proceder ritual, aunque las crónicas posteriores no hagan demasiado por recordarlo. Pasado un tiempo, Luis XIV abandonó a Madame de Montespan, cansado de sus encantos, para a cambio centrarse en los de otra dama de la corte: Angelique de Fontanges. A petición de Madame de Montespan, antes amada agraciada y ahora amante despechada, comenzó un plan pertrechado por una miríada de conspiradores para acabar con la vida del monarca y su nueva amante.
Fue la muerte de Enriqueta de Inglaterra, cuñada del rey, lo que detuvo un supuesto complot que pretendía trocar al ocupante del trono en beneficio de un aliado de La Voisin… Que a resultas de sus crímenes acabaría ardiendo en la hoguera el 22 de febrero de 1680. De esta forma, Teseo, figura solar que encarna la realeza, saldría victorioso del laberinto… Una vez más. Por su parte, Madame de Montespan no había perdido el tiempo, reconvertida en amante del Duque de Orleans y hermano de Luis XIV, Felipe I —ambos descendientes de poderosas familias de la nobleza negra europea como los Médici, los Orleans y los Habsburgo. De Felipe I ha trascendido una manía ciertamente peculiar: su pasión por el travestismo, rozando la androginia, que tiene mucho que ver con la industria de la moda del siglo XX.
Así pues, en la corte de Luis XIV, el Rey Sol, no sólo confluye un linaje de sangre proveniente de la nobleza negra veneciana, sino que destacan figuras espectrales como el maquiavélico Cardenal Richelieu —que haría fortuna gracias a la imaginación de Alexandre Dumas— y sobre todo la bruja Catherine Monvoisin. Cuando siglos después vemos las inquietantes imágenes de esa fiesta concedida por los Rockefeller en el Hotel Plaza de Nueva York (muy cerca el Edificio Dakota, donde Roman Polanski filmó Rosemary´s Baby), el 28 de noviembre de 1966, entendemos que la llamada “fiesta del siglo” no es un ritual nuevo de la oligarquía en el Poder, sino que lleva cientos de años en marcha.
El anfitrión de la famosa fiesta de máscaras de los Rockefeller, cuyas imágenes nos llevan de forma inevitable a pensar en las del filme Eyes Wide Shut, no fue otro que el escritor Truman Capote, un sureño acomplejado cuya mayor ambición, incluso por encima de la literaria, fue la de querer medrar en las altas esferas. Como su amigo y confidente unas décadas antes, el británico Christopher Isherwood, Capote representaba, en calidad de cronista de The New Yorker, una figura central en el progresismo de la época. Su actividad como articulista estaba estrechamente vinculada a la de otras marionetas del poder: Dorothy Parker (en realidad una Rothschild) y Katharine Graham, presidenta del Washington Post en cuyo honor se daba la fiesta, y que más tarde tendría un papel central en el Escándalo Watergate.
A la fiesta acudirían numerosas parejas, dada la inspiración alquímica de la temática, entre ellas Salvador Dalí y Gala, Frank Sinatra y Mia Farrow, William S. Paley y su mujer Babe, por citar algunos ejemplos. El tema de la fiesta fue La Tempestad (1611), obra teatral de William Shakespeare inspirada en la figura de John Dee —que aparece transmutado en Próspero. Cabe recordar, en ese sentido, la visita de Isabel I de Inglaterra a la casa de Dee en Mortlake que tuvo lugar el 16 de marzo de 1575. La excusa para dicho encuentro era consultar la biblioteca de Dee, como señala Frances Yates: “Isabel I tal vez habría visto con simpatía la filosofía de Francesco Giorgi, si hubiera sabido que este fraile veneciano colaboró en el divorcio de su padre, hecho al cual ella misma debía la vida. La obra de Giorgi formaba parte de la biblioteca de John Dee, filósofo de la edad isabelina”. En la biblioteca de Dee había, además de títulos de Giorgi, textos de Giordano Bruno, Pico Della Mirandola, Johannes Reuchlin o Cornelio Agrippa.
Pero volvamos a la mascarada veneciana de los Rockefeller en Nueva York. No por casualidad la fiesta de Capote del siglo tuvo lugar en 1966, exactamente 33 años antes de que Stanley Kubrick estrenara su película, que coincide en el aspecto central que ocupan las bodas alquímicas en ella (Bill y Alice), y año en que Capote publicó su obra maestra, A sangre fría, que gira alrededor del asesinato de la familia Clutter acontecido el 15 de noviembre de 1959 en Holcomb, Kansas. Esa auténtica masque ball, a la manera veneciana, no es más que la quintaesencia de los rituales sociales que la oligarquía llevaba siglos practicando y que, por primera vez desde que el Caso Profumo se hizo público, revelaba al gran público.
Con el tiempo, Capote terminaría devorado por la propia dinámica del Poder. Como Kubrick o Pasolini, aprendió de primera mano los peligros de Saturno, el devorador de infantes; y es que uno debe saber guardarse de sus propias plegarias, en caso de que las tenga. Quizás sea algo en lo que nunca se hace demasiado hincapié pero, como suele decirse, ten cuidado con lo que deseas porque puede acabar convertido en realidad. Es lo mismo que escribió Teresa de Ávila: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Cualquiera se atreve a refutar a toda una santa.
Aunque cabe imaginar algo aún peor que las plegarias cumplidas: la existencia de un azar que lo domina todo de forma arbitraria, pero careciendo de cualquier voluntad definida. Entonces no debemos guardarnos de una deidad capaz de cumplir lo que le pedimos, sino de una contingencia en la que chapotea la totalidad de lo existente y que se mueve, ciega, sin ningún tipo de dirección, y que por lo tanto también nos puede destruir de un plumazo sin apenas inmutarse. Al menos eso es lo que deben de sentir las víctimas de este tipo de incruentos festines.
Truman Capote sabía bien de lo que hablamos aquí; y es que la ironía trágica estuvo muy presente en la parte final de su vida, como prueba el documental The Capote Tapes, donde se narran los entresijos que planean sobre su obra póstuma, la novela de no-ficción Plegarias atendidas. Capote firmó el 5 de enero de 1966, apenas unos meses antes de finalizar el trabajo que constituirá su obra maestra, la ya celebérrima A sangre fría, un contrato con la editorial Random House, medio pago de un cuantioso adelanto, para mejor escribir su particular versión de la recherche proustiana donde, además de rememorar el tiempo perdido, también deslizaría algunas maldades sobre la “izquierda exquisita”, esa Gauche Divine de la que también habló en algún momento su colega Tom Wolfe. Sin duda su masque ball formaba parte de la documentación para dicho texto.
En 1975 la muy difundida revista Esquire publicó los tres y trágicamente últimos capítulos de lo que formaría parte del susodicho libro, donde se desgranaba en un estilo cómico acerado y mordaz las extrañas costumbres de familias tan poderosas como el clan Rockefeller o el clan Kennedy. Eran, parafraseando a Yukio Mishima, las confesiones de una máscara. Y el resultado fue devastador: el mundo del espectáculo dio la espalda al que había sido el más mundano y carismático de sus cronistas, provocando en Capote una inmersión sin vuelta atrás en el alcohol y la desesperación, que finalmente se saldó con su muerte en 1984, dejando atrás el borrador inconcluso de Plegarias atendidas, un caso que recuerda en más de un rasgo al de Pasolini y su novela póstuma Petróleo. O, ya puestos, a los últimos días de Kubrick.
Desde la muerte de Capote no han cesado de circular muy variadas teorías sobre la existencia o no de hasta dos capítulos más del libro que contendrían más escandalosas declaraciones sobre las ditirámbicas perversiones que se ocultan detrás de los nombres que llevan décadas dirigiendo los Estados Unidos. La verdad sobre esa información sólo la saben un puñado de personas, y lo importante es que seguramente Capote se la llevó, para bien o para mal, a la tumba. Supongo que en la vida normalmente nos toca conformarnos con lo que necesitamos, si acaso; y que sólo en un puñado de ocasiones excepcionales, esa cosa del Destino o la Fortuna, como sea que prefieran llamarlo, nos agasaja con lo que deseamos, y que es entonces cuando aprendemos de veras el significado de la palabra Infierno.
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