
<h4>Adam Zagajewski rastrea la vida de Rainer Maria Rilke, una de las grandes figuras de la poesía europea, haciendo una semblanza vital de su herencia poética para invitarnos, en el fondo, a hacernos algunas preguntas que nunca han dejado de ser urgentes: para qué sirve el arte, para qué Rilke, para qué la poesía en el siglo XXI. En un mundo desacralizado donde el materialismo amenaza con destruir la libertad, la autonomía o incluso la inutilidad de la cultura, <i>Releer a Rilke </i>(Editorial Acantilado) es un manifiesto que defiende la poesía, el arte o la literatura como las únicas condiciones de todos los artistas libres que, como Rilke, hicieron de su obra un reflejo de su vida, y de su vida un testimonio por el que seguir cantando.</h4>
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<p>Tuvo que morir un 21 de marzo, el Día de la Poesía, porque no podía ser de otra manera, pero hoy, cinco años después de su fallecimiento, Adam Zagajewski ocupa ya un lugar de referencia en la historia de la cultura europea no sólo por haber demostrado ser una de las voces más lúcidas y singulares del siglo XXI, sino porque siempre arrastró consigo el legado intelectual de la mejor cultura polaca del siglo pasado (cada día menos desconocida en nuestro país gracias a la labor editorial de algunos sellos independientes), una cultura encarnada en esa tríada, luminosa e irrepetible, compuesta por Czesław Miłosz, Wisława Szymborska y Zbigniew Herbert, de la que por otro lado tantos y tantos tesoros quedan aún por descubrir en España.</p>
<div style="width:462px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/10/rainer-maria-rilke-cafecc81-literario.jpg" alt="" width="452" height="601"><p>Imagen de Rilke.</p></div>
<p>Al margen de su brillante labor poética, reconocida hoy en todo el mundo, su faceta como ensayista no fue menor, y ahí tenemos ejemplos memorables como <i>Solidaridad y soledad</i> (1990), <i>Dos ciudades</i> (1995), <i>En defensa del fervor</i> (2002), <i>Una leve exageración</i> (2015) o <i>Poesía para principiantes</i> (2017), todos ellos libros de hoja perenne en los que no sólo vemos al poeta que observa y reflexiona delicada y afiladamente sobre la realidad que nos arrasa, sino también al Zagajewski que lee con una mezcla deliciosa de pasión y sentimiento crítico, de serenidad y de asombro, de amor y de afán de justicia. Al igual que puede reconocer el influjo irracional que ha dejado un escritor en su vida, también es capaz de criticarlo por sus excesos, y este es un tipo de lectura que, aunque a simple vista puede parecerlo, es de todo menos normal. Así es también <i>Releer a Rilke</i> (2009), un texto ejemplar que rinde homenaje a una de las grandes figuras de la cultura alemana haciendo una semblanza, escueta pero esencial, de su vida y su obra, con una mezcla portentosa (y enormemente sencilla) de sagacidad, elocuencia y humor.</p>
<blockquote><p>Hay un ángel de Rilke que nos recuerda, apostado entre las almenas del Castillo de Duino, que el mundo nos está arrebatando el asombro, el éxtasis, la mística ignorancia, la capacidad de leer y meditar.<span> </span></p></blockquote>
<p>Rainer Maria Rilke era para Zagajewski «un elegante signo de interrogación en el margen de la historia». Representaba para él —y siguen siendo sus palabras— el modelo más puro y perfecto en su infatigable búsqueda de la belleza. Parece que con semejante descripción uno pudiera resumir por entero la obra de una de las cumbres montañosas más rutilantes de la poesía europea, pero sucede una paradoja inexplicable: pese a su innegable importancia estética, histórica o literaria, Rilke sigue siendo, tanto hoy como entonces, un fenómeno de culto que siempre parece ocupar un lugar periférico, aislado, netamente aristocrático. Además de haber estado muy lejos de los grandes focos mediáticos, publicó tarde, fue leído parcialmente y no siempre gozó del reconocimiento que hoy le atribuimos cuando pronunciamos su nombre.</p>
<blockquote><p>Rainer Maria Rilke era para Zagajewski «un elegante signo de interrogación en el margen de la historia». Representaba para él —y siguen siendo sus palabras— el modelo más puro y perfecto en su infatigable búsqueda de la belleza.</p></blockquote>
<p>Tomando como punto de partido el generoso corpus de su correspondencia y el protagonismo que adquirieron esas cartas en el pulso literario de su vida cotidiana, así como la irrupción trascendental de algunas mujeres como Nanny Wunderly-Volkart, Lou Andreas-Salomé o la princesa Maria von Thurn und Taxis, Zagajewski va trazando un lienzo de la obra de Rilke (su motor, su carácter, su anhelo) que sólo un poeta, de igual a igual, sin caer en el exceso, sería capaz de dibujar.</p>
<div style="width:310px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/10/magnific__en-blanco-y-negro__31322.png" alt="" width="300" height="534"><p>El poeta Adam Zagajewski falleció hace cinco años, un 21 de marzo, el Día de la Poesía.</p></div>
<p>Cuando Rilke llegó a París, Rodin, que no comprendía más lengua que el francés, no llegó a entender nunca del todo quién era aquel joven enjuto que balbuceaba su idioma. Paul Claudel incluso llegó a despreciarlo, anotando en sus diarios que lo consideraba un «indigente». Sin embargo, Robert Musil fue el primero en adivinar que en él había un sentido de unidad irrepetible y único. El tiempo y la historia le han dado la razón. Para demostrarlo, Zagajewski recurre una y otra vez a las <i>Elegías de Duino</i> (1923), un libro que no fue un libro, sino una revelación cósmica en la que Rilke invirtió diez años de su vida, y que hoy, para todos nosotros, sigue siendo una de las cotas más altas y reveladoras de la lírica moderna. «No hay en ellas un sólo verso que no haya sido escrito bajo el hálito de la inspiración, pero se trata de una inspiración auténticamente poética, no filosófica», dice Zagajewski. Y de la misma manera, disecciona su poesía haciendo un ejercicio comparativo tremendamente elocuente: frente a la poesía de Auden, donde comparece una retórica determinante que reacciona, gesticula y moraliza, la poesía de Rilke escucha, espera una señal del universo, lo contempla y lo recibe, como sucede en la “Octava elegía”, en la que el poeta pronuncia, entre el grito y el susurro, «¡Y nosotros / meros espectadores / en todo tiempo, en todos los lugares, / vueltos siempre hacia todo y nunca más allá!».</p>
<p>En las últimas páginas, después de haber conseguido resumir en tan breve espacio la obra de uno de los poetas más complejos y misteriosos de la literatura, entona un canto de cisne temblorosamente certero: «Los filósofos cristianos nos informarán de lo profundamente cristianas que son las <i>Elegías de Duino</i>, los pensadores existencialistas reivindicarán a Rilke como un colega, los discípulos de Husserl encontrarán toneladas de fenomenología y otros historiadores de las ideas nos notificarán que ¡se trata simplemente de Friedrich Nietzsche en verso! ¿Hay que hacerles caso? Naturalmente que no. O mejor dicho, habría que conocer esas lecturas filosóficas o ideológicas y luego tratar de olvidarlas».</p>
<div style="width:206px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/10/CUA0077a-850x1311-1.jpg" alt="" width="196" height="302"><p>Portada de «Releer a Rilke».</p></div>
<p>Pero no se queda ahí. Zagajewski hunde el dedo en un lugar más profundo aún, y se pregunta, como se preguntaría cualquier <i>humanista</i> digno de ese nombre, para qué sirve todo esto, para qué sirve Rilke, el arte, la <a href="https://elhombreylodivino.com/cinco-poemas-de-friedrich-holderlin/">poesía</a>, la historia: «Para nosotros la cuestión esencial reside en si el misterio que yace en el corazón de la poesía (y del arte en general) se puede mantener a salvo de los asaltos de un omnipresente periodismo charlatán y desalmado y de una igualmente omnipresente ciencia popular (o pseudociencia). Todo esto está estrechamente relacionado con la evaluación de las ventajas e inconvenientes de la cultura de masas, de la influencia de los medios de comunicación, y con la difícil búsqueda de una genuina expresión dentro del marco comercial que ha reemplazado a las viejas y menos vulgares tradiciones e instituciones en nuestras sociedades». Quien quiera (o quien pueda) que entienda.</p>
<p>En un mundo como el nuestro, en el que asistimos diariamente a la trágica suplantación de la autoridad en casi cualquier ámbito de la realidad (desde tertulias a conferencias, desde telediarios hasta encuentros pretendidamente especializados), donde cualquier famoso televisivo, cualquier influencer de medio pelo, o cualquier personajito o personajita pública ostentan hoy, por el simple hecho de serlo (peleles mediáticos al servicio de su imagen y de la avidez de los medios de comunicación), la autoridad para hablar de lo que les venga en gana, cubrir la cuota ideológica que dicte nuestro caducifolio presente y, como si el colmo no se contara ya por sí solo, revestir su opinión de una relevancia social que sencillamente no existe; en un mundo como este, digo, un libro como <a href="https://www.acantilado.es/persona/adam-zagajewski/"><i>Releer a Rilke</i></a> es lo más parecido a poner una pica en mitad del desierto.</p>
<blockquote><p>En un mundo como el nuestro, un libro como <i>Releer a Rilke</i> es lo más parecido a poner una pica en mitad del desierto.</p></blockquote>
<p>Porque si de verdad el ámbito fundamental de la poesía (y del arte, en general) es la contemplación, la riqueza lingüística, la palabra o la imaginación, hay un ángel de Rilke que nos recuerda, apostado entre las almenas del Castillo de Duino, que el mundo nos está arrebatando el asombro, el éxtasis, la mística ignorancia, la capacidad de leer y meditar. Zagajewski, al que nunca nadie podría tildar de pesimista, insistía en esta idea porque al fondo intuía ya la sombra de ese fantasma terrible que amenaza con devorarnos, y por eso nos recuerda, nos avisa y nos alerta de que «Rilke todavía nos habla». Solo de nuestra necesidad sigue dependiendo que sepamos, podamos o queramos escucharlo.</p>
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