
<p style="text-align:left;"><span style="font-size:medium;"></span></p><div style="clear:both;text-align:center;"><span style="font-size:medium;"><a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEgcYHHzedj-2Y9SCEaD47oMTMfOHRhq-ZUKzykTOPRFrdn-hfFl3xeNPVQzYT5yziU2PLr8iGCG6huHY6_T2o5Rlf55BlLKo2Ge-FWIamtQbtKCfaWKC4Bywx0WHHZIsR19TemSx0Jq8GEg7YVUD4tpKKWOMGX09x66Fp8fdVJU8EP7KoN-IelcfJUlUVdg" style="margin-left:1em;margin-right:1em;"><img alt="" height="360" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/a/AVvXsEgcYHHzedj-2Y9SCEaD47oMTMfOHRhq-ZUKzykTOPRFrdn-hfFl3xeNPVQzYT5yziU2PLr8iGCG6huHY6_T2o5Rlf55BlLKo2Ge-FWIamtQbtKCfaWKC4Bywx0WHHZIsR19TemSx0Jq8GEg7YVUD4tpKKWOMGX09x66Fp8fdVJU8EP7KoN-IelcfJUlUVdg=w640-h360" width="640"></a></span></div><span style="font-size:medium;"><br><br></span><div style="text-align:justify;"><span style="font-size:medium;">PARA BAJAR al meandro del Jordán donde Juan bautizaba era forzoso atravesar </span>macizos de rocas arrugadas por los siglos y los ventarrones, pasadizos de piedra cobriza y convulsionada, resequidos declives de las dunas. De improviso se interponía un absurdo olivar de hojas cetrinas, mas a los pocos pasos se recaía en el dominio de la arena y el risco, del risco y la arena, del amarillo y el blanco: los residuos terrenales del sol. Eran tan numerosos los caminantes que bastaba seguir su procesión para llegar sin preguntas al remanso de Betania donde Juan purificaba las almas de los arrepentidos. Los ojos desalentados por la empedernida aspereza de la comarca recobraban su brillo al asomarse a la ensenada del rito. No podía adivinarse si aquellas aguas de tan tranquila transparencia declinaban hacia el mar Muerto, o más bien ascendían hacia una ilógica desembocadura, o tal vez se habían estancado allí para siempre. Sólo lo sabían los juncos que doblegaban sus tallos hacia la indiferencia del río, y las palmeras que atisbaban reflejos desde la playa, y los islotesde zarzas salvajes que se desgreñaban en mitad de las aguas.</div><p></p><span style="font-size:medium;"><br></span><div style="text-align:justify;"><b>E</b>n la caravana iban el que sembraba su trigo en las colinas de Corozaín, el que destilaba su aceite en los lagares de Getsemaní, el que apacentaba sus cabras y ovejas en los prados de Efraín, el que pregonaba sus vasijas en los bazares de las aldeas, el que fabricaba sandalias con el cuero de los becerros victimados en los sacrificios, el que vendía palomas y carneros a la puerta del templo, el que arqueaba a martillazos las rigideces del hierro y del bronce, el que hilaba y tramaba las fibras de la lana en los suburbios más sórdidos de Jerusalén, el que convertía las telas lisas en túnicas vistosas y mantos borlados, el que transformaba los tablones del Líbano en tálamos y mesas familiares, el que auxiliaba a las parturientas y aliviaba a los ulcerosos, el que arrancaba a las canteras sus vértebras de granito y mármol, el carnicero empurpurado de sangre y el panadero encalado de harina, y el que acarreaba la basura y el estiércol a los muladares, y el que protegía las tumbas de profanaciones y saqueos, y el execrado cobrador de impuestos, y el soldado escabullido de un campamento de Herodes Antipas, y el esclavo que había adquirido conciencia de su sustancia libre, y también la prostituta que hasta la noche de ayer se había retorcido como pulpo de lujuria en las yacijas de los lupanares.</div><br><div style="text-align:justify;"><span style="font-size:medium;">¿<b>P</b>or qué han venido? Los israelitas soportaron largos procesos de vasallaje, de destrozo, de diáspora, sin despojarse jamás de su orgullo de raza ni de su fe en Yahveh. Los griegos habían llegado a manejar una sabiduría filosófica y artística muy adelantada a la de ellos, la ciencia de los egipcios aventajaba en grado sumo a susdogmas intolerantes, pero ninguna otra nación acumulaba esa alucinada confianza en </span>la existencia de un Dios único que los prefería, un Dios señero que hoy los castigaba y mañana los salvaría. Ese Dios les había prometido, a través de los libros proféticos del glorioso Isaías y del escueto Malaquías, que una garganta clamorosa preludiaría el advenimiento del Cristo, que el propio Elías sería enviado a Palestina para revelar la inminencia del día grande y terrible del Señor. No obstante, Malaquías aparecía como el último de los profetas, y después de su muerte se abatieron más de cuatro siglos de vicisitudes y desalientos sobre el pueblo de Israel, desollado por coyundas de guerreros paganos, expoliado por traficantes gentiles, burlado por las artimañas de falsos profetas, sin que el Mesías prometido acudiese en su rescate.</div><div style="text-align:justify;"><br></div><div style="text-align:justify;"><b>A</b>hora emerge al borde del desierto un hijo del sacerdote Zacarías, llamado Juan, que los incita a recibir en breve, él dice en breve, al Salvador, y a disfrutar sin tardanza, él dice sin tardanza, el reino de Dios. Y son tales el brío de su verbo, el ascetismo de sus costumbres y la dureza de sus inculpaciones, que un júbilo determinista sacude a los menospreciados pobladores de Judea, Galilea y Perea. Un apocalíptico presentimiento de liberación, de justicia, de revancha, los arrastra como un raudal de almas hasta la orilla del Jordán. Aunque él se aferre en negarlo, Juan no es otro personaje sino el profeta Elías que, resucitado o sin haber muerto nunca, descendió al lugar idéntico del desierto de donde había sido arrebatado por un carro con caballos de fuego; es Elías que retorna mal cubierto por sus mismas vestiduras zafias, inflamado por su imperecedera voluntad de exterminar a los más poderosos adversarios de las creencias de Israel. Juan previene que es preciso arrepentirse de las maldades y someterse a penitencia si se aspira a hallar refugio en una pequeña celda</div><div style="text-align:justify;"><div>del reino de Dios; Juan afirma que es requisito ineludible bautizarse en las aguas de un río si se quiere iniciar una existencia nueva y límpida. Nos arrepentiremos públicamente, lavaremos nuestros cuerpos desnudos en el Jordán, renunciaremos al alegrón del vino y a los goces de la fornicación, haremos todo cuanto nos ordene este solitario misterioso y violento detrás de cuya sombra aguza su filo la espada del Mesías decidida a saldar cuentas y a cobrar agravios.</div><div><br></div><div><div><b>M</b>ezclados a la muchedumbre de creyentes se emboscan unos cuantos escribas y sacerdotes, no movidos por intenciones de enmienda sino por el ánimo de confundir y zaherir al profeta, amparados en su conocimiento minucioso de las Escrituras y en sus mañas aprendidas en avezados años de vida pública. Se han colado igualmente espías del Sanedrín, confidentes de Caifás que guardarán en la memoria las palabras equívocas que Juan pronuncie para repetirlas luego al oído de las autoridades que los alquilan. Juan los escucha a los unos y a los otros sin parpadear, tal como escucha las confesiones de los penitentes y los titubeos de los indecisos, y a todos les responde con descarnada voz.</div><div>—¿Eres tú, por ventura, Elías? —dice un escriba.</div><div>—No, no soy Elías, no he venido a desatar la guerra como Elías, no hago milagros como Elías, no descifro el porvenir de la historia como Elías. Mi sola profecía es anunciar el amanecer del reino de Dios.</div></div><div><div>—Entonces, ¿eres tú el Cristo?</div><div>—No, no soy el Cristo. He gritado a todos los vientos que soy apenas un labrador que escarda sin fatiga para alisar los senderos del Señor. No soy el Cristo pero os digo que el Cristo está al límite de nuestros valles, y que es mucho más poderoso que yo, y que yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias. Yo bautizo con agua pero él bautizará con Espíritu Santo y fuego.</div><div>—¿Por qué razones pregonas tu bautismo como si fuese una ceremonia desconocida e incomparable? ¿No se ha practicado secularmente la inmersión en las aguas convertida en liturgia por las doctrinas más dispares? Nuestros propios antepasados, anteriores a Abraham, ¿no ahogaban a sus primogénitos en los ríos como sacrificio ofrecido a Dios? ¿No se bautizaban los babilonios, los asirios, los persas, los egipcios? —pregunta un sacerdote.</div><div>—El bautismo que yo doy es diferente. El bautismo que yo doy es una acción de penitencia, un afán de purificación, un blanqueo de las almas para que así inmaculadas reciban con decoro al ungido que ha de venir.</div><div>—A más de arrepentimos y bautizarnos, ¿qué debemos hacer? —dice un fariseo.</div><div>—El que tenga dos túnicas, dé una al que no la tiene; y el que tenga alimentos, compártalos por mitad con el hambriento; y el que tenga una casa, aposente en uno de sus cuartos al errabundo sin hogar.</div></div><div><div>—Nosotros, los recaudadores de impuestos, ¿qué debemos hacer? —dice un</div><div>publicano.</div><div>—No cometáis exacciones con el pueblo; no exijáis jamás un milésimo de dracma</div><div>más de lo que está tasado.</div><div>—Nosotros, los hombres de armas, ¿qué debemos hacer? —dice un soldado.</div><div>—No ejerzáis violencia sobre nadie; no obtengáis dinero bajo amenazas;</div><div>conformaos con vuestra paga.</div><div>—Si ya he enumerado y deplorado mis culpas en soledad con mi conciencia, ¿qué motivo me obliga a proclamarlas también ante la muchedumbre? —dice un saduceo de remilgados modales.</div><div>—A la hora de la justicia no os valdrán a vosotros, los hipócritas, pretextos ni disimulos, porque aquel que viene trae el aventador en la mano para airear las mieses trilladas, y limpiará su era, y juntará el trigo en su granero, y quemará la paja sobrante en una hoguera inapagable, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego.</div><div>—¿Será cortado y arrojado a ese fuego que no se apaga el árbol del imperio que desde remotas colinas nos tutela y protege, y también las sabias manos de real origen que en Galilea y Perea gobiernan en su nombre? ¿O, por lo contrario, todos ellos serán guardados como trigo selecto en los graneros del Señor? —dice un espía.</div><div><br></div><div><b>U</b>n escalofrío de indignación estremece los huesos de Juan, mas no tiene ocasión de responder al desafío porque en ese preciso instante se abre paso por entre las filas se sitúa frente a él un carpintero de nombre Jesús que ha venido caminando desde Nazaret. Es un hombre de espaldas encorvadas, lo que le hace parecer de mediana estatura, pero cuando eleva la mirada y la frente hacia los cielos, como lo está haciendo ahora, su tamaño crece en forma imprevisible y ninguno de cuantos le rodean le da por los hombros. Viste una túnica de color blanco que no logró manchar el lodo salpicador de los caminos ni tampoco las cenizas oscuras que arrastra el viento. Del cordón de la cintura le pende un trozo de madera que es emblema testimonial de su oficio. Su cabellera negra y encrespada se parte en dos bandas que le caen armoniosamente sobre las espaldas. Es asimismo negra su barba, y negros tal vez sus ojos pero éstos se aclaran en casi ópalo cuando les habla a los niños, como se entintan en casi basalto cuando oye discursear a los escribas. En su rostro de alargados rasgos y huesudos pómulos, las cejas se fusionan en una intensa línea inalterable, y la nariz desciende en aristas severas como talladas por el más perfecto marmolista griego. Así como el caballerizo lleva consigo dondequiera que va un vaho de crines y ronzales, así el carpintero de Nazaret esparce a su alrededor una fragancia de listón de cedro, baya de enebro, resina de bálsamo, leño de sándalo, o todo mezclado. No tiene pecados que decir, mentiría si los dijera. Y cuando se despoja de sus vestiduras para sumergirse en el río, surge de los pliegues de la túnica un fornido torso varonil, aún más blanco que las telas que lo cubrían.</div></div><div><b><br></b></div><div><div><b>J</b>uan intuye de pronto que ha llegado el que había de venir. Juan oye resonar clarines de oro y plata que nadie toca, ve saltar los cerros como cabritos verdes, las aguas del Jordán desnudan la visión de sus peces, un coro de ángeles canta allá lejos sobre los farallones del mar Muerto. «Este es aquel que venía detrás de mí y se ha colocado delante de mí porque existía antes que yo», piensa Juan, pero se limita a decir a la multitud:</div><div>—Entre vosotros hay uno a quien no conocéis.</div><div>Jesús finge no haber escuchado aquellas palabras que lo aluden Bajando la mirada</div><div>se adelanta hasta rozar las manos del profeta y le dice:</div><div>—Estoy aquí para que me bautices.</div><div>Juan responde:</div><div>—Soy yo quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?</div><div>Jesús dice:</div></div></div><div style="text-align:justify;"><div>—Yo soy un hombre como todos los hombres, Hijo del hombre y hermano de los demás hombres. Bautízame.</div><div>Juan replica por última vez:</div><div>—Mi bautismo es de penitencia para la remisión de pecados que tú no has cometido.</div><div>Pero Jesús concluye:</div><div>—Déjame hacer ahora la voluntad de Dios, pues conviene que cumplamos toda justicia, y que nos sometamos al designio trazado por la mano del Señor. Jesús se sumerge resueltamente en las aguas del río; a Juan le tiemblan los dedospor vez primera en la fase decisiva del rito; deja caer unas gotas sobre la cabeza del carpintero y dice:</div><div>—Te bautizo en nombre del Espíritu del Señor para que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale.</div><div><b><br></b></div><div><b>J</b>esús junta las palmas de sus manos y murmura una plegaria:</div><div><br></div><div>—¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Que se acaben los pecadores en el mundo; que los malvados no existan más! ¡Bendito sea el Señor, refugio de los oprimidos y de los pobres y de los desvalidos! ¡Que su gloria colme la tierra para siempre porque es eterna su misericordia y es eterno su amor! ¡Amemos la paz y la alegría que son los regalos más dulces que nos ha hecho el Señor! ¡Bendito sea el Señor!</div><div><br></div><div><b>Y </b>eso fue todo cuanto vieron y oyeron los hombres y mujeres que se apiñaban confusos en la orilla izquierda del río. </div><div><br></div><div><b>M</b>as de pronto retumbó contra las rocas la voz de Juan el Bautista:</div><div><br></div><div><i>Sin ser ciegos no habéis tenido ojos, sin ser sordos no habéis tenido oídos, sin hallaros ausentes no habéis alcanzado a presenciar la tempestad de gloria y el arco iris de ternura que fulguraron frente a vosotros.</i></div><div><i>No habéis visto cómo las aguas del Jordán se volvían una escala de zafiro y subían en remolino hasta el techo del universo, acuchillando nubes y desgajando estrellas.</i></div><div><i>No habéis visto cómo el cielo se abría cual un inmenso embalse, y un diluvio de luz se volcaba de sus entrañas para ofuscar el rumbo de los pájaros y tapizar de oro los abismos.</i></div><div><i>No habéis visto volar una paloma, más blanca que la flor del limonero, más suave que la paz, más pura que la virginidad, más sagrada que el amor; una paloma que bajó hasta nosotros para posarse en la cabeza del elegido y entretejer su nido en la espesura de su corazón.</i></div><div><i>No habéis oído el lloviznar de cítaras, el granizar de címbalos, el centellear de trompetas, el tronar de tambores, que aclamaron el aleteo del Espíritu Santo por en medio de las tinieblas y los soles.</i></div><div><i>No habéis oído una voz, la misma voz excelsa que le habló a Abraham, y a Moisés y a Isaías; una voz cuyo acento sumió en silencio los sonidos del cosmos y amordazó las resonancias de la naturaleza, y dijo:</i></div><div><i>«Tú eres mi hijo predilecto, a quien yo quiero».</i></div><div><i>Yo os digo que ante vuestra presencia de ausentes y ante vuestras miradas de ciegos, el Padre y el Espíritu Santo han consagrado al Hijo como cordero de redención.</i></div></div><div>kjaksnlanlknfoigorignodfn</div>
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