
<table style="margin-left:auto;margin-right:auto;"><tbody><tr><td style="text-align:center;"><a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjTn-COW-QDEJnQGZRe8LewYklI1WgOIy5KH0sWRyb-DXsYbNPkk9rtZfj6vXLyBNA6JwmZAQ_ZI5EuSQFIcf3w-L8V58HW_9q-0NxnztwRuEazW4QXLUsbULV1TXUzFZ9SvKEKif35ode8SaXjs7KLxnAdH4exemyWIbRtKCO_HF1X-E4N8NcjpLYgh-gC/s1185/IMG_3328.jpeg" style="margin-left:auto;margin-right:auto;"><img height="320" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjTn-COW-QDEJnQGZRe8LewYklI1WgOIy5KH0sWRyb-DXsYbNPkk9rtZfj6vXLyBNA6JwmZAQ_ZI5EuSQFIcf3w-L8V58HW_9q-0NxnztwRuEazW4QXLUsbULV1TXUzFZ9SvKEKif35ode8SaXjs7KLxnAdH4exemyWIbRtKCO_HF1X-E4N8NcjpLYgh-gC/w400-h320/IMG_3328.jpeg" width="400" alt="IMG_3328.jpeg"></a></td></tr><tr><td style="text-align:center;">La frontera nazarí fue mucho más que una línea de <br>separación: un espacio de guerra, fortificaciones,<br> comercio e intercambio entre el reino <br>de Granada y Castilla</td></tr></tbody></table><p style="text-align:justify;">Cuando pensamos en la frontera entre el reino nazarí de Granada y la Corona de Castilla, es fácil imaginar un territorio marcado constantemente por las incursiones, los asedios y los enfrentamientos. Sin embargo, durante buena parte de los casi dos siglos y medio de existencia del reino nazarí, la realidad fue bastante más compleja. La guerra no era permanente. La tregua era, de hecho, la situación habitual.</p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">Las treguas se establecían a título personal entre los soberanos. Esto significaba que, en principio, dejaban de tener vigencia cuando uno de ellos moría. Por eso, el fallecimiento de un rey podía convertirse en un momento especialmente delicado para la frontera. Era habitual que se enviaran mensajeros inmediatamente a las cortes vecinas para comunicar la voluntad de mantener los acuerdos de paz, antes incluso de que la noticia de la muerte se difundiera y pudieran comenzar las hostilidades. La rapidez de estos contactos nos muestra hasta qué punto la paz era algo que había que construir, renovar y proteger constantemente.</span></p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">Y no eran únicamente los grandes soberanos quienes se preocupaban por conservarla. También las autoridades locales podían intervenir con dureza cuando alguien rompía los acuerdos. En 1420, por ejemplo, el alcaide de Ronda ordenó ejecutar a un cristiano renegado y a dos musulmanes cautivos que habían asesinado a un caballero de Jerez y secuestrado a sus hijos, posteriormente liberados. El episodio resulta significativo: incluso en los lugares más alejados de las grandes cortes, las autoridades trataban de evitar que los actos de unos pocos desencadenasen una escalada de violencia en la frontera. La misma actitud aparece durante el reinado de Mohammed V. El monarca no dudó en condenar a muerte a aquellos que calificaba de “hombres malos” por haber realizado cabalgadas contra territorio cristiano durante periodos de paz.</span></p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">Y al otro lado de la frontera ocurría algo semejante. Las autoridades castellanas también castigaban a quienes atacaban a sus vecinos nazaríes cuando estaba vigente una tregua. El Fuero de Andújar, por ejemplo, establecía la confiscación de todos los bienes de quien quebrantase la tregua y contemplaba para los culpables un castigo especialmente terrible: que los “metan en adobo de los muros de la villa”, expresión que alude a emparedar al reo en las propias murallas.</span></p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">La dureza de estas penas nos revela algo importante: romper la paz no se consideraba simplemente una iniciativa individual. Podía poner en peligro relaciones diplomáticas, provocar represalias y desencadenar una cadena de violencia que afectara a comunidades enteras.</span></p><p style="text-align:justify;">Estas relaciones, tanto de amistad como de enfrentamiento, no siempre seguían la política oficial de cada reino ni la lealtad que, en teoría, debían a unos monarcas que estaban lejos de allí. Un buen ejemplo lo encontramos en 1455, cuando los musulmanes de Ronda se comprometieron a avisar a los cristianos de Jerez si el rey de Granada preparaba alguna incursión contra sus tierras.</p><p style="text-align:justify;">Y es que, cuando la paz resultaba beneficiosa para todos, había que cuidarla. Así lo hicieron los vecinos cristianos de Quesada, que llegaron a escribir a Enrique III para quejarse de unos almogávares cristianos a los que directamente llamaron «ladrones». Estos hombres atravesaban sus tierras para entrar en territorio granadino y dedicarse al saqueo, poniendo en peligro la paz y los beneficios que esta traía consigo.</p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">Las treguas podían prolongarse durante muchísimo tiempo. A lo largo de los aproximadamente 250 años de vecindad entre Granada y Castilla, la mayor parte del periodo transcurrió bajo acuerdos de paz. De hecho, tradicionalmente se ha estimado que alrededor del 90 % de ese tiempo estuvo marcado por treguas, que en ocasiones llegaron a enlazarse durante reinados completos. Un ejemplo especialmente significativo se encuentra entre los reinados de Pedro I de Castilla, Enrique II, Juan I y Enrique III, es decir, entre 1350 y 1406, cuando la frontera permaneció vinculada por sucesivos periodos de tregua. Esto significa que hubo generaciones enteras que pudieron crecer, comerciar, desplazarse y vivir en contacto con sus vecinos de la otra religión sin experimentar una guerra abierta de manera constante.</span></p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">Por supuesto, aquello no era una paz perfecta. Las fronteras seguían siendo espacios de tensión, había robos, secuestros, disputas, pequeñas incursiones y episodios de violencia. Pero precisamente por eso resulta tan interesante observar el esfuerzo de las autoridades por distinguir entre la violencia permitida en tiempo de guerra y aquella que debía ser castigada durante una tregua.</span></p><p style="text-align:justify;"><span style="text-align:left;">La frontera nazarí no fue únicamente una línea de separación entre dos mundos enfrentados. Fue también un espacio de negociación, diplomacia, intercambio y convivencia, donde la paz podía resultar tan necesaria como difícil de mantener. Y quizá esta sea una de las lecciones más interesantes de la historia del reino nazarí: la paz también tiene historia. No aparece simplemente cuando desaparece la guerra; se construye mediante acuerdos, mensajeros, normas y, en ocasiones, incluso mediante el castigo de quienes intentaban destruirla. Porque, al otro lado de la frontera no vivieron solamente enemigos, también vivieron vecinos.</span></p>
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