
<p> </p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:right;"><i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:verdana;">Memoria de San Winnoc de Bergen, ab.</span><span></span></span></i></p><p><i></i></p><i></i><p>
</p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"> </span></p><table style="margin-left:auto;margin-right:auto;"><tbody><tr><td style="text-align:center;"><a href="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiQy9r5X5rbEoADzKPu3PpLtbsetoeuW-aGX3WijWkDZCMWKtKswmrUjM36drDO6opsi7F2BGQPLt70M5PUALuF-n9L1OwMLZRuwOzdRXWAxhsz_8dpks2c95zbG06cSEBFzwZZ3mLjUUMMKU1bzo4bQ5ggIsOElBc3rZifqazjD0347aPCPdJQKTzUl3J_/s1260/Hyacinthe_Francois_Rigaud_-_Portrait_en_pied_de_Armand_Jean_Le_Bouthillier_de_Rance_abbe_de_la_Trappe_(1626_-_(MeisterDrucke-9880.jpg" style="margin-left:auto;margin-right:auto;"><img height="320" src="https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiQy9r5X5rbEoADzKPu3PpLtbsetoeuW-aGX3WijWkDZCMWKtKswmrUjM36drDO6opsi7F2BGQPLt70M5PUALuF-n9L1OwMLZRuwOzdRXWAxhsz_8dpks2c95zbG06cSEBFzwZZ3mLjUUMMKU1bzo4bQ5ggIsOElBc3rZifqazjD0347aPCPdJQKTzUl3J_/s320/Hyacinthe_Francois_Rigaud_-_Portrait_en_pied_de_Armand_Jean_Le_Bouthillier_de_Rance_abbe_de_la_Trappe_(1626_-_(MeisterDrucke-9880.jpg" width="248" alt="Hyacinthe_Francois_Rigaud_-_Portrait_en_pied_de_Armand_Jean_Le_Bouthillier_de_Rance_abbe_de_la_Trappe_(1626_-_(MeisterDrucke-9880.jpg"></a></td></tr><tr><td style="text-align:center;"><b>Armand-Jean Le Bouthillier de Rancé</b>,<br><i>Hyacinthe Rigaud</i> (1697)</td></tr></tbody></table><br><div><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">De
muy niño celebraba con mi padre nuestra onomástica el 27 de octubre. Al cabo de unos
años su memoria se adelantó a la víspera. Los recuerdo como días muy cortos y otoñales, intensos de emoción. En el Taco Calendario del Sagrado
Corazón nuestro nombre aparecía detrás de los santos Rogaciano y
Felicísimo, mártires, y junto al obispo Alor. Al inicio de mi juventud, Armando,
abad, se trocó en Amado, obispo. Como me han llamado tantas veces a lo largo de
mi vida, por ignorancia o con menosprecio, Amado, Amando, Arnaldo y hasta
Amadeo –por no hablar de los chistes fáciles con Puentes y Guerra– no quise
darle más importancia. Incluso durante un tiempo largo llegó a trasladarse la
memoria de nuestro abad al 23 de enero. Finalmente, su nombre se evaporó de cualquier
santoral. </span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Escribí
entonces a la Editorial Mensajero. Con simpatía me respondió un jesuita que,
aunque no debiera preocuparme, una revisión histórico-crítica del santoral
romano había concluido que jamás se había canonizado a un Armando, abad. ¡El
neobolandismo! ¡Cuánto mal ha hecho a la memoria sentimental de tantos
creyentes! Sin embargo, no me proporcionaba ninguna noticia de la historia. Mi propio padre la desconocía. ¿De quién tomábamos el nombre?</span></span><span style="font-family:helvetica;font-size:12pt;"> </span><span style="font-family:helvetica;font-size:12pt;"> </span><span style="font-family:helvetica;font-size:12pt;"> </span></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Descubrí que existe un beato que se llamaba Armand Chapt de Rastignac.
Abate francés, había participado como representante del clero en los Estados
Generales previos a la Revolución Francesa. Fue martirizado. Bienintencionado,
un sacerdote me animó a celebrar en lugar de mi abad la nueva memoria. Aunque
pasase de santo a beato y de abad a abate, quedaba así justificada la reverencia
litúrgica. Más que resistirme, me negué. Me justifiqué en el orgullo con que mi padre comentaba
que llevábamos el nombre de un abad ignoto y en el hecho de que la beatificación de
Rastignac se proclamase después de que él naciera. Aun admirable, me
parecía ajena a mi historia familiar. </span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Como la fecha de mi nacimiento había coincidido con la festividad del Sagrado Corazón, mis padres, piadosos, decidieron añadir en la pila al primero el Dulce Nombre. Así consta en el Registro
Civil y en cada uno de los documentos oficiales que he tenido que rellenar en mi
vida. Al irme a casar, debí solicitar también un certificado de bautismo. Para mi sorpresa
sólo aparecía el nombre del abad que <i>no</i> era santo. Mi pobre padre
enmudeció ante el gesto desolado con que llegué a casa. He imaginado la escena
en muchas ocasiones. Costumbre de la época, fui bautizado en el hospital a los
dos días de nacer. Preso del entusiasmo primerizo, mi padre se apresuraría a
decirle al cura «el niño se llamará como su padre: Armando». El capellán me
bautiza así, sin caer en la cuenta de que en el papel civil consta el nombre compuesto. Reconozco que me emociona pensar que este desajuste se debiera a los despistes paternos que tanto me hacían sufrir y que añoro. Bien pudiera haber ocurrido, en cambio, que el sacerdote economizase en la anotación dirigida a la parroquia. Hasta es posible que Don
Prudencio, el párroco, inscribiese apresurado en el libro la nota...</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">¿Acaso
soy un hombre que ha perdido sus nombres?</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">En
sus últimos años mi padre solía leer a pequeñas dosis entusiasmadas una versión
condensada de <i>El genio del cristianismo</i> de Chateaubriand. Me repetía:
«Chato, es fantástico». Después de su muerte, en una
librería de lance encontré la traducción de Carlos Pujol de la <i>Vida de Rancé</i>. Lo adquirí en su memoria. Tardaría todavía un tiempo en
abrir un volumen que llevaba en la cubierta, paradoja en una biografía, un retrato de su autor malvino… </span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Exhausto,
anciano, consciente de la merma de su inmenso talento, Chateaubriand desplegaba con indiferencia chispazos geniales en una obra que hasta a él mismo le parecía
de acarreo. Entre sus páginas he visto literalmente a alguien vivir como un
noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Con una autoironía feroz y
compasiva acababa su prólogo con una paranomasia intraducible. Tras imaginar la
historia de Amélie se sentía reducido a trazar la de Rancé: «j’ai changé d’ange
changent d’années». </span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Iba
leyendo con fascinación la interpretación chateaubrianesca de la vida del fundador de la Trapa a través del gran siglo francés. Comprendía mejor
la sorprendente rendición del último Roland Barthes ante un libro que situaba
en paralelo el <i>Deus absconditus</i> de las monjas de Port Royal y el silencio
áspero y crujiente del solitario penitente de la Trapa. Como si esos dos
monasterios cistercienses fueran pruebas de cargo, Chateaubriand acusaba al absolutismo capeto de consumar su
terrible grandeza en el patíbulo revolucionario. Por más que encerrase una visión romántica y epigonal, muy parcial, habrá
que repetir que en su fraseo resonaban los últimos rescoldos de su ambiguo genio
cristiano. Aun así, si no fuera por una oscura intuición, quizás no habrían bastado para mantener la atención
de una lectura perseverante. El abad
Rancé se había llamado Armand-Jean Le Bouthillier. Me era preciso llegar al final de su biografía para encontrar mi humilde <i>revelación</i>.</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span lang="fr" style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Chateaubriand
tejía la conclusión de la <i>Vida de Rancé</i> subrayando la compleja malla de la
política religiosa francesa en el paso de siglo XVII al XVIII. Entre las polémicas
jansenistas y la condena del quietismo, el primer trapense pasa sus
últimos años en un desierto que provoca a la vez burlesca admiración y brutales ataques.
«Llevó al desierto el pasado y atrajo a él el presente y el porvenir», dice su
biógrafo. Cuando llega el fin, sin embargo, a solas quedan Rancé con su secreto íntimo y su comunidad. Se cuenta la anécdota de un monje que se echó a
llorar sobre el lecho del agonizante abad. Sin perder la
oportunidad paterna de consolarle, le responde: «No os dejo. Os precedo». Muere entre la
noche del 26 y la madrugada del 27 de octubre de 1700. </span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">En
la soledad releída de un libro semiolvidado y entre las líneas silenciosas de otra vigilia otoñal me he ido haciendo consciente de que la última prueba misericordiosa de la
justicia de Dios es el Purgatorio. No debieran espantar sus dolores. Más bien,
cabría agradecer que a nuestras almas les sea concedida todavía la prórroga de aquilatar
la penitencia de su amor, confiadas en que las oraciones de quienes aún viven la apresuren.
En ese último desierto podremos irnos acercando a la gloria definitiva de la Jerusalén
celeste. Entre la multitud enorme de todos los santos que, anónimos, atravesaron antes sus puertas espero encontrar, trapense, a mi abad onomástico. Y cerca de él, de nuevo, a mi padre.</span></span></p><p></p>
<p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><br></div>
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