
<p> </p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:right;"><i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:verdana;">Memoria de san Arnulfo de Metz, ob.</span><span></span></span></i></p><p><i></i></p><i></i><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:right;"><i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:verdana;"><br></span></span></i></p><div style="clear:both;text-align:center;"><br></div><div style="clear:both;text-align:center;"><iframe allowfullscreen="allowfullscreen" height="266" src="https://www.inoreader.com/yt-embed/?v=rUEfcgB08C8" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" style="width:100%;aspect-ratio:16/9;height:auto;display:block;border:0;" width="320"></iframe></div><br><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">He
retrasado unos meses la lectura de <i><a href="https://www.bloomsbury.com/us/alight-with-hidden-glory-9781399434911/"><b>Iluminados con una gloria oculta</b></a></i>. Este
libro todavía no traducido al español recoge las predicaciones cuaresmales que el
obispo noruego Erik Varden impartió al Papa y la Curia Romana al inicio de la
última Cuaresma. Confieso que me supo tanto a ceniza el revuelo que generó su
celebración que preferí poner distancia en su momento con los contenidos que se
apresuraban a reproducir los medios y las redes sociales. Ante las caras de
circunstancias del Papa y sus colaboradores, no pude evitar el sentimiento
desolador de estar observando una turba que se arremolinase ante las puertas de
un espectáculo, forcejeando por entrar o al menos por no perder detalle. Por
utilizar una analogía monástica, parecíamos <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Gir%C3%B3vago"><b><span style="color:#2b00fe;">giróvagos</span></b></a> entregados, bajo una excusa
loable, a la vana curiosidad. Al irse disolviendo los ecos de la fiesta, ha
llegado el momento de romper mi ayuno para practicar la oración silenciosa de
una reseña que ojalá no resulte <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Saraba%C3%ADta"><b><span style="color:#2b00fe;">sarabaíta</span></b></a>. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Dom
Varden ha construido sus predicaciones al principio de Cuaresma de 2026 en el Vaticano
sobre la pauta de las homilías en torno al Salmo 90 <i>Qui habitat </i>que san
Bernardo pronunció en la abadía de Claraval durante la vigila de la Pascua de
1139. De acuerdo con la tradición cisterciense, Varden emplea como fuente escrituraria
el texto del <i>tractus</i> gregoriano que se emplea como antífona de la
lectura del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Un canto de doce minutos de
duración, que hoy en la práctica sólo se entona en algunos monasterios, antecede
así a la proclamación de las tentaciones de Jesús en el desierto. Como mis
lectores pueden sospechar, hice un alto para oírlo. Enseguida caí en la cuenta de
que no bastaba con escucharlo una, dos, tres veces. Exigía esperar con
paciencia, aunque no se llegue a adivinarla, la centella de eternidad que atraviesa
escondida sus melismas. Cabía <i>leerlo, meditarlo, orarlo</i>… </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Tomado
del <i>Graduale </i>romano, el tracto no coincide exactamente con la versión de
la <a href="https://www.vatican.va/archive/bible/nova_vulgata/documents/nova-vulgata_vt_psalmorum_lt.html#LIBER%20IV%20(Psalmi%2090-106)"><b>Vulgata</b></a>, ni con la mayoría de las <a href="https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/salmos/"><b>traducciones vernáculas</b></a> derivadas o no de
ella. En estas el salmo, que se lee en las Completas de las segundas vísperas
del Domingo y fiestas, adopta un sentido alegórico y moral que se vuelve anagógico en
el tracto. En él la protección del Señor se desvía de los términos metafóricos
de una campaña militar presentes en las otras traducciones. Ni la peste, ni la
epidemia, ni la plaga asedian el campamento, ni veremos el castigo de los
malvados acechantes. Ni tan siquiera los ángeles que protegen nuestros caminos
son exactamente legiones de apoyo. Depurado en su esencia, el refugio que
ofrece el Señor pone a salvo, sí, de la saeta que vuela de día tanto como del
temor que asalta de noche; de las ocupaciones (<i>negotio</i>) que nos atarean en
la oscuridad y de la ruina que la inquietud del mediodía (<i>daemonio meridiano</i>)
atrae sobre nosotros. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">La
delicadeza poética de todo el tracto se apoya en una precisión retórica que encuentra
su paralelo en la exactitud de la estructura de su monodia. No se trata sólo de
las paranomasias, paralelismos, aliteraciones, derivaciones o quiasmos tanto
sintácticos como léxicos que lo modelan. Todo él se articula como un diálogo encabalgado
en el juego de sus deícticos. El salmista da la palabra al <i>yo</i> del justo cuya
súplica el <i>yo</i> del Señor atiende y responde al final. Entre ellas <i>él</i>
se dirige y acompaña al <i>tú</i> de su hermano. Por su propia composición se
comprenderá la necesidad de alterar la división canónica de los versículos. No
por razones menores, como hemos visto, sustrae los correspondientes 8, 9 y 10. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">A
la vista de estas razones, entre otras, invito al lector interesado a que lea,
medite y ore el salmo 90 como entrada al libro de Dom Erik a través del enlace
que encabeza esta entrada.</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Erik
Varden sigue a la vez muy fiel y libre tanto el comentario de san Bernardo como
el texto del <i>tracto</i>, obrando cómo la literatura monástica anima a hacer.
De los once capítulos/predicaciones de su libro, los seis centrales se dedican
a comentar los versículos 1.3-7.15.11.13. Los enmarcan dos capítulos dedicados
a san Bernardo: uno que presenta su figura; otro, desdoblado, que muestra su
actualidad mística. Mientras que el abad de Claraval se dirigía a sus monjes,
Dom Varden se dirige al Vicario de Cristo y a sus colaboradores, como también
hizo aquel en su famosísimo <i>De Consideratione</i>. San Bernardo llamaba a
sus monjes a la conversión y, sobre todo, mediante el <i>topos </i>agustiniano que
da título al conjunto, a poner sus ojos en el Cristo glorioso que se manifiesta
ocultamente en la Cruz. Dom Varden teje sobre esta trama un dibujo muy fino en
diversos niveles que debe contemplarse con atención y a una cierta distancia…</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">No
es casual que el primero de esos capítulos claravalenses se haya titulado «San
Bernardo idealista» y el segundo «San Bernardo realista». Presentan a san
Bernardo como un hombre que, aun sin doblez, debe aprender a asumir sus
contradicciones. No se traza una hagiografía, sino que, en un sentido
cisterciense, se va descubriendo cómo la santidad se forja en un proceso
continuo, <i>cuaresmal</i>, de conversión. La complejidad de la personalidad del
abad de Claraval trasluce un afán de sencillez en absoluto impostada. La
tensión entre la intransigencia de sus principios y su evolución hacia una
profunda comprensión de la debilidad humana permiten descubrir entre líneas,
con reverencia filial, una serie de consideraciones que Varden recuerda al Papa
sobre cuestiones de la doctrina, la liturgia o la cultura católicas desde la
mirada monástica a cuya tradición pertenece. Más allá de ellas y por debajo creo
percibir asimismo una inquietud íntima suya. Si el objetivo de estas
meditaciones se redujese a las reflexiones mencionadas, su retiro cumpliría
simplemente una función piadosa y edificante. Habría dejado sin cumplir un
parte nuclear del espíritu del Císter que esperaría de él el perfil de san
Bernardo aquí esbozado. Literalmente lego, disculpen que intente explicar mi
atrevimiento…</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">A
través de sus páginas Varden insiste que la conversión cristiana no se limita
simplemente a la vertiente moral del ser humano, sino que incluye también su
dimensión intelectiva. La <i>metanoia</i> lo transforma por completo, en su
unidad afectiva e intelectual. Este camino es escatológico. El <i>hombre nuevo</i>
sólo puede recuperar en Cristo su semejanza con Dios, perdida por el pecado. La
persona de Jesús es nuestra imagen perfecta querida por Dios y manifestada en
su doble naturaleza. Por ello, delante de la Cruz el creyente descubre la gloria
de la Resurrección que cumple y comunica nuestra esperanza más profunda. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Según
la doctrina monástica, el plano natural, por más escondido que parezca, está ya
transfigurado sobrenaturalmente. La vida del monje nos consuela entonces recordando
que nuestra vida consiste en caer y volver a levantarse una y otra vez, sin
desfallecer y sin desesperar, porque sabemos que contamos con la gracia de Nuestro
Señor. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Con
una naturalidad sorprendente en la teología de los últimos sesenta años, es
plenamente coherente que Varden desarrolle un discurso sobre el papel que
juegan los demonios y los ángeles en la economía de la salvación. La búsqueda de
la verdad es inseparable de la liturgia, pues en ella se revela el misterio
redentor de Cristo. Custodio de la santidad y cantor de Dios, el ángel es un modelo
de la vida monástica no sólo «por su finalidad de alabanza, sino también porque
el monje está llamado a inflamarse con el amor de Dios y a convertirse en un
emisario para los otros». El monje nos invita a penetrar en la verdad que
guarda la fe contemplando lo absoluto real con que Dios mismo se nos ofrece,
como en la celebración de la Eucaristía. Insiste Varden: «La iluminación es siempre
doble: intelectual y esencial, sacramental y pedagógica». En su silencio y su
soledad, el monje permanece vela en nombre de todos sus hermanos, esperando por
ellos y con ellos la manifestación última de la gloria de Jesucristo.</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Como
es lógico, Varden en sus sucesivas predicaciones presenta ante el Papa las
inquietudes de la Iglesia, desde los casos de abusos hasta la búsqueda
espiritual de la juventud. Por razón de su ministerio el Papa debe cargarlas
sobre sí para ejercer con dignidad su oficio de enseñar, santificar y gobernar.
He ahí, entre líneas, donde creo adivinar que Dom Erik incluye su propia y
personalísima preocupación. La humildad de la llamada a la conversión que ha
predicado y que le ha conducido a considerar y proponer la vida del Padre
Bernardo, a cuya luz invita a sus interlocutores a que mediten las suyas, lleva
consigo poner también la de él bajo el foco del abad de Claraval y ante la
mirada atenta del Vicario de Cristo. </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Como
san Bernardo, Dom Erik es monje y ha sido abad. Como él y hasta con más
radicalidad, requerido aquí y allí, se ha visto obligado a dejar los muros de su
claustro. Como él, también debe de preguntarse por los sorprendentes caminos con
que Dios conduce su vocación, en medio de sus aciertos y de sus caídas. Como
monje, con el ejemplo de san Bernardo, puede dirigirse al Papa, un religioso
agustino y no un cisterciense como Eugenio III. Pero, ¿qué autoridad puede
blandir como obispo? ¿No debería presentarse ante la mirada de Bernardo y, por
extensión, ante la del Vicario de Cristo? ¿No debe él mismo meditar, con el
Salmo 90, cómo Dios lo libera del lazo del cazador y de la palabra amarga? ¿No
debe también afrontar el temor de la noche, combatir la vanagloria y la
ambición y sospechar de la virtud complaciente del demonio meridiano? ¿No
necesita como el agua de un oasis, como él los llama, el rigor, la claridad y
la belleza al expresar la verdad que le ha sido confiada predicar? ¿No es
preciso abajarse para que, como en la visión de san Bernardo, Cristo mismo llegue
a inclinarse para alzarlo y abrazarlo? </span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Tengo
para mí que esa búsqueda culmina en el capítulo sobre la consideración. Tras
exponer las líneas maestras del opúsculo mayor de San Bernardo dirigido al Papa
Eugenio, se dirige a una obrita en apariencia menor: la <i>Vida de San
Malaquías</i>, sobre un famoso obispo irlandés, el cual, de camino a Roma, vio
cumplido su deseo de acabar sus días en el monasterio de su gran amigo el santo
abad. En Malaquías, como en un juego de espejos y reflejos indirectos y
discretos con Eugenio y Bernardo y León, Dom Erik encuentra un ejemplo de
moderación episcopal y de alegría amical que le confirman que «un oficio considerado
con sabiduría, asumido entonces en el nombre de Jesús, llevado en el amor de
Jesús, puede convertirse en un instrumento de salvación y santificación para
quien carga con él y para la multitud que Dios, de este modo, se digna visitar
con su bondad». ¿Puede sorprender que Dom Erik, aliviado, tras citar a san Bernardo,
exclame como cierre: «Considerar, pues, <i>es </i>consolador»?</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;"> ***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">A
la espera de la traducción castellana, ¿guarda algún sentido debatir si la
versión inglesa o la italiana es la «original»? En cuanto libro, la respuesta
es indudable: lo es la inglesa, en la que Dom Erik redactó sus consideraciones.
La versión italiana es cuidada y mantiene una elegancia accesible. Sin embargo,
es imposible que transparente no sólo el preciso dominio del inglés que el
autor posee, sino esa aspereza nórdica de su base de articulación, tan idiosincrática
de su cuidadísima dicción oxbridge. Ahora bien, la traducción italiana ofrece
un valioso testimonio de la comunicación entre dos anglófonos, herederos
espirituales de dos de los más grandes Padres latinos: en la lengua semioficial
de la Iglesia, un monje y obispo, que reivindica y practica la actualidad de un
legado casi bimilenario, se esfuerza por dirigir su predicación al Sucesor de
Pedro.</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">Tras
esta larguísima reseña, de vuelta al principio, también me planteo si las consideraciones
que acabo de exponer no son sino vaciedad y caza de viento. <a href="https://guidocavalcanti.blogspot.com/2017/08/stilnovismo-claravalense.html"><b>Stilnovista claravalense</b></a>, como me defino, no he recibido la vocación monástica. <a href="https://poeticadelmonasterio.blogspot.com/2026/07/neomonacato.html"><b>Neomonacal</b></a>
quizás, como aquellos escritores franceses finiseculares, me acojo a una
tradición que, con un eco de san J. H. Newman, Henri de Lubac ponía en valor poco
antes del Concilio Vaticano II. En la contracubierta de la edición italiana se
cita una frase del libro de Varden en que asegura que, frente a una cristología
radical y realista, se disolverán las pretensiones mendaces de verdad. En su
interior, siguen a estas otras palabras bajo cuyas alas quisiera refugiarme
cubriéndome con sus plumas:</span></span></p><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><span style="font-family:helvetica;"><br></span></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;"></span></span></i></p><blockquote><span style="font-family:helvetica;"><i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">Estamos tentados de pensar que quizás debiéramos seguir el paso de las modas del mundo. Diría que es un proceder dudoso. La Iglesia es un cuerpo que se mueve lentamente: correría el riesgo de vestirse fuera de temporada y de explicarse con la jerga de ayer. Si
la Iglesia habla bien su propio lenguaje, aquel de la Biblia y de la liturgia,
de sus mismos Padres y de sus mismas Madres, de sus poetas y santos, que aún nacen,
permanecerá capaz de enunciar las verdades perennes </span></i><span style="font-size:12pt;line-height:150%;">noviter<i>.
Será original y fresca, y podrá hoy, como en el pasado, orientar la cultura.</i></span></span></blockquote><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><i><span style="font-family:helvetica;"></span></i></span><p></p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:center;"><span style="font-size:12pt;line-height:150%;"><span style="font-family:helvetica;">***</span></span></p><p></p><p>
</p><p style="line-height:150%;margin-bottom:0cm;text-align:justify;"><br></p>
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