
<h4>En la <a href="https://elhombreylodivino.com/las-espiritualidades-cristianas-del-medievo/">Edad Media</a>, todos los constructores de catedrales e iglesias solían ser anónimos. Se sabía quiénes impulsaban aquellas obras, pero no quiénes las diseñaban y mucho menos quiénes las llevaban a cabo. Era una manera de que, en el interior de aquellas construcciones, el nombre de Dios no se confundiera con el de los hombres. También en Japón se valoraba el anonimato entre quienes diseñaban y construían templos hace unos siglos. Aquellas obras preferían verse como un esfuerzo colectivo, aunque a los artesanos dedicados a su construcción se los conociese como <i>miya-daiku</i>. Lola Nieto, sin embargo, no fue en busca de nombres cuando viajó a Japón, antes de escribir <a href="https://www.lacajabooks.com/libro/la-isla-desndua/"><i>La isla desnuda</i> </a>(La Caja Books, 2024)<span>. Le interesaba el lenguaje pero no los nombres. Con las palabras podía observar cómo los japoneses se relacionan con sus templos, con sus dioses, con la Naturaleza y consigo mismos. Y digo observar porque quiero diferenciar esa palabra de entender, algo que quizás a los occidentales nos resulte esencial y que a los japoneses no les preocupa ni siquiera un poquito. Creo que Lola Nieto lo sabe.</span></h4>
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<p><b>Hilario J. Rodríguez: ¿Cuál era tu experiencia de Japón antes de ir por primera vez? ¿Qué sostenía el techo de la idea que te hacías del país sin todavía conocerlo? ¿Literatura, cine, música, cómic?</b></p>
<p><strong>Lola Nieto:</strong> Mi primer vínculo con Japón fue una película, <i>Los cuentos de la luna pálida</i> <i>de agosto</i> de Mizoguchi. Me encerré en una sala de la biblioteca de la universidad parisina en la que entonces estudiaba y en la pequeña pantalla del televisor otro mundo se abrió. Ese día algo cambió. Y no solo tuvo que ver con mi forma de entender el cine, sino con el modo de entenderme de este lado de los sueños. Seguí viendo cine japonés, luego leí manga y, por último, me interesé por la literatura.</p>
<p><b>Aunque fuera de manera imaginaria, calculo que te situaste de alguna manera allí. ¿Fuiste capaz de ver a los japoneses o ellos se difuminaban más?</b></p>
<p>Estar en Japón es estar siempre fuera de Japón. Algo te aproxima, y cuando estás muy cerca, te rechaza. Nunca podré tocar ese amor.</p>
<p><b>¿Hasta qué punto hay o no una coherencia entre Japón y los japoneses? (Yo imagino que debe de ser grande, porque no me los imagino en otra geografía, pero me gustaría que fueses tú quien contestase a algo así)</b></p>
<p>Depende de lo que entendamos por Japón. Si Japón es un conjunto de costumbres y rutinas, gestos y coreografías, Japón sería impensable sin los japoneses y los japoneses se quedarían huérfanos sin Japón, quizás no tanto por la ausencia del territorio, pero sí por la falta de amparo que otorga el resto del grupo. Los japoneses no han sido educados para vivir de manera individual. Destacar es de mal gusto. Un japonés fuera de Japón destaca. Lo saben y esa consciencia no solo hace que preserven el país de puertas hacia fuera, también de puertas hacia dentro. Un ejemplo de esto es la estricta ley de inmigración, las reticencias y desdenes hacia lo extranjero. Los japoneses han decidido empobrecerse y morir lentamente antes que aceptar la población extranjera que las infraestructuras del país requieren. Japón se empobrecerá poco a poco, los japoneses pasarán dificultades, pero prefieren desangrarse sin remedio a mezclar su sangre con otras. Esa es la identidad japonesa. Está bien saberlo.</p>
<p>Con todo, Japón no solo es eso. Lo que a mí más me interesa y por lo que regreso son los espacios donde lo humano es tan solo un rastro: los santuarios aislados en las montañas, los templos abandonados en las laderas, los caminos que llevan a los altares sagrados salpicados por excrementos de animales.</p>
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<p><span>Supongo que el misterio y las formas de tocarlo están más cerca de esa niña que de la desesperación mística de su padre. No hay que cruzar nada, tan solo menguarse, vaciarse, acontecer. No necesitamos buscar a Dios sino desaparecer en un vaso y movernos con él</span></p>
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<p><b>¿Cómo reaccionas ahora al hecho de haberte convertido, para mucha gente, en una especie de experta en Japón que puede «hablar y describir con propiedad» una sociedad que a casi todos nos resulta distante e incomprensible? </b></p>
<p>Solo diría que Japón me ha enseñado una lección útil: nunca sabré lo que realmente es Japón, nunca podré sentir que ese lugar es algo conocido, abarcable, controlable. Probablemente, ese sea el único modo de acercarnos a lo desconocido y a lo cercano. Sin voluntad ni intención. Sin deseo. Y es un alivio.</p>
<p><b>Yo, vaya por delante, te considero más una «Stalker», como el personaje de aquella película de Andréi Tarkovski sobre un guía que podía llevar a la gente hasta una zona donde se suponía que estaba Dios, pero que tenía que conformarse con quedar siempre fuera. Me gusta esa especie de contradicción: llegar hasta la puerta y no ser capaz de cruzar el umbral.</b></p>
<p>He visto esa película innumerables veces. Es una cartografía deliciosa de la pulsión sagrada en los humanos. Si no se puede cruzar el umbral quizás es porque no lo hay. Deshacernos de ese perjuicio, esa idea, sería probablemente una posibilidad de ver el mundo desde otras coordenadas. Pienso en el final de la película: una niña pequeña, tullida, sola, sentada a una mesa, moviendo un vaso con la mirada. Un milagro oculto. El milagro minúsculo e inútil que nadie ve. Como un manantial escondido. <span>Supongo que el misterio y las formas de tocarlo están más cerca de esa niña que de la desesperación mística de su padre. No hay que cruzar nada, tan solo menguarse, vaciarse, acontecer. No necesitamos buscar a Dios sino desaparecer en un vaso y movernos con él.</span></p>
<p><b>Las fronteras que nos dividen no solo son terrestres, políticas, militares y religiosas, sino también sociales, laborales, generacionales o lingüísticas. ¿Cuáles dirías que son las más importantes al entrar en Japón?</b></p>
<p>En Japón, se tiene la ilusión de entender lo que sucede porque hay elementos reconocibles que nos acercan ese mundo a Occidente. A la par otros nos son inescrutables. Esa mezcla me conmueve, me fascina. Crees que sabes, pero todo escapa.</p>
<div style="width:713px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/08/enjapon1-scaled.jpg" alt="" width="703" height="469"><p>Originariamente, los santuarios shintō se encontraban en el bosque. ©Lola Nieto</p></div>
<p><b>Las imágenes no son pruebas, son más bien evidencias. En lugar de convertirnos en espectadores, deben convertirnos en detectives. Por desgracia, han acabado convirtiéndose en la realidad, en la prueba irrefutable de nuestra existencia mientras nos abrazamos a nuestros amigos con cara de estárnoslo pasando estupendamente o de viaje por las islas griegas, cuando en el fondo la mayoría de la gente se siente triste, incomprendida, a la deriva y sola. A veces da la sensación de que estuviésemos utilizando las imágenes para borrar con ellas nuestras vidas y rehacerlas, sin darnos cuenta de que esas imágenes no son reales, tan solo una transitoria posibilidad que se pierde como «lágrimas en la lluvia». ¿Tomaste imágenes en Japón? ¿Qué tipo de imágenes? ¿Qué imágenes ajenas crees que capturan mejor el país, la cultura, a sus gentes, su espiritualidad? Me refiero a imágenes tomadas por japoneses y extranjeros.</b></p>
<p>Cuando llegué a Kioto, sentí la necesidad de hacerme con una cámara. Fui a una tienda de segunda mano y adquirí una. Desde ese día, siempre fotografié. El objetivo me permitía ver lo que mis ojos no alcanzaban a observar. No me interesa fotografiar lo que ya veo, sino que el objetivo me obligue a colocarme en un ángulo que mi cuerpo desconoce. Pretendo que el objetivo sea un instrumento para un ritual: colocar el cuerpo, la mirada, la escucha de una forma alterada y distinta para que otra dimensión de lo real acontezca. Mirar, entonces, desde la evidencia perdida, desde la inocencia perdida, desde la mente sin mente. Ningún otro tipo de imagen me interesa.</p>
<p><b>Cuando leí <i>Crónicas de motel</i>, de Sam Shepard, lo experimenté como un terremoto que te sacude por dentro. Era un tipo de literatura de viajes que no había leído jamás y que luego encontré en John Berger. Me dije a mí mismo que algún día, si tenía la fuerza y el talento necesarios, me gustaría escribir algo así, un relato cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Para conseguirlo, no obstante, era consciente de que tenía que irme a descubrir el mundo. Por supuesto, además de Shepard y Berger podría mencionar a W. G. Sebald o Ryszard Kapuscinski. ¿Quiénes fueron tus mentores, tus guías para el tipo de viajera que querías ser tú en Japón?</b></p>
<p>Roland Barthes, con <i>El imperio de los signos</i>; Pascal Quignard con todos sus libros incluidos en la serie <i>El último reino</i>; y, por supuesto, todos los diarios de Chantal Maillard. Sin ella no escribiría.</p>
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<p><span>El asombro acaso sea una forma de desapego, de acoger la pérdida y la transformación con ternura</span></p>
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<p><b>¿Dónde establecerías la línea de demarcación entre la turista y la viajera en Japón? ¿Qué puede ver cada una? ¿Tuviste la sensación interior y exterior de estar transformándote durante tu estancia allí, pasar de ser una Lola Nieto y convertirte en otra? Si fue así, ¿de qué manera recuerdas ahora a la primera Lola Nieto?</b></p>
<p>Es muy difícil no ser turista en un mundo que entiende el viaje como consumo y no como apertura real a un lugar que opere un desplazamiento de la identidad. Viajar debería ser lo segundo, pero sospecho que hoy en día nadie viaja porque el viaje, entendido en esos términos, ha dejado de existir. Es una reliquia. Un fósil de otro tiempo. Una experiencia con la que podemos soñar. Nada más. Por tanto, siendo consciente de las limitaciones que nos imponen nuestro tiempo, nuestra cultura y nuestro sistema de mercado, no hay que ser inocente. Tan solo, quiero creer, se puede hallar alguna fisura. Demorarse. No ir rápido. Aminorar la marcha. No acumular. Menguar el gesto en el viaje. Menguarse en un gesto. Ir lento. Aquí y allá, es la única manera de relacionarse de otro modo con el mundo.</p>
<div style="width:1013px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/08/de-Laura-Rosal.jpg" alt="" width="1003" height="754"><p>Nieto con un ejemplar de «La isla desnuda». ©Laura Rosal</p></div>
<p><b>Que los japoneses vean unas cosas u otras en sus sueños no es una cuestión caprichosa. Hay un equilibrio misterioso entre el pasado, el presente y el futuro. Cuando les pasa algo en el presente, es porque el pasado y el futuro se vacían un poco y le hacen sitio. Y lo mismo sucede si es en el futuro cuando les va a pasar algo: sucederá porque el pasado y el presente así lo quieren, lo reservaron para más adelante por algún motivo lejos de su comprensión. Ese equilibrio entre los diferentes tiempos de la vida, también existe entre los sueños y la realidad, entre su cuerpo y sus pensamientos. Si sueñan en algún lugar caluroso, seguramente se debe a que su temperatura corporal les está enviando un mensaje al sueño, ajustando su termostato al hacerlo. Con esto quiero decirte que hay un cierto equilibrio entre sus vidas y sus sueños. ¿Dirías que esa armonía entre la vida y los sueños es algo que nos diferencia de ellos?</b></p>
<p>Hay una costumbre muy hermosa en Japón. El primer sueño del año, que recibe el nombre de <i>hatsuyume</i>, es decisivo para entender lo que ese nuevo ciclo depara al soñador. Hay tres sueños realmente auspiciosos. El primero es soñar con el monte Fuji, la montaña sagrada por excelencia. El segundo consiste en que se aparezca un halcón, ya que traerá fuerza y vigor. El último sueño dichoso es el que evoca una berenjena, porque esta hortaliza en japonés se llama <i>nasu</i> y fonéticamente la palabra es idéntica a la del verbo que significa lograr, convertirse en, alcanzar; un verbo, pues, que señala la transformación y el cambio en la prosperidad. Nunca he soñado con nada de esto. Mi primer sueño de este año, mientras dormía al pie del Fuji, fue sencillo y somero: me adentraba en un santuario en la montaña, sin nadie.</p>
<p>Estas nociones del sueño y el entrelazamiento con la vigilia me hacen recordar otra noción de la estética japonesa: <i>ma</i>. Esta palabra se podría traducir por interludio o respiración. En la música tradicional japonesa, <i>ma </i>señala el instante silencioso. Cuando una nota ha terminado y la siguiente aún no suena, ambas vibraciones se entrelazan en el silencio. Esa resonancia hacia ambos lados es <i>ma</i>. Un espacio de vacío donde todo sucede en potencia. Supongo que entre el sueño y la vigilia hay algo parecido: una resonancia entre lo que conocemos racionalmente y lo que se nos aparece como sabiduría en el misterio.</p>
<p><b>A los japoneses les encanta el artificio. Es más, yo diría que su forma de alcanzar la realidad es a través del artificio. Siguen el camino inverso a los occidentales. Si nosotros nos apartamos de la realidad a través del artificio, ellos hacen el camino inverso. Algo así dice mucho sobre nosotros y sobre ellos. Para ellos, por ejemplo, la realidad es un asunto múltiple, mientras que para nosotros es un asunto único. Ellos conciben más de una realidad, gracias a eso viven de una forma más imaginativa que nosotros, quizás incluso imaginaria. ¿Crees que para ellos el plano imaginativo está más abierto, es más receptivo que para nosotros?</b></p>
<p>No sé si hablaría de artificio. Quizás diría que su vínculo con lo real no es únicamente literal. En Occidente el mundo se explica desde un cauce lógico, lo que presupone un discurso único y verdadero, literal. No hay dos formas de ver lo mismo, no hay penumbra ni pliegue, no hay metáfora. Sin duda, es una de las consecuencias de milenios de religión monoteísta y patriarcal. No ha sido así siempre. Lo han estudiado autoras como Anne Baring y Jules Cashford en <i>El mito de la gran diosa</i>. En Japón, una sociedad patriarcal y conservadora, el <i>shintō</i>, que no es una religión –y esto es muy importante–, ha dejado las puertas del misterio abiertas; el mundo no es unívoco, la ambigüedad es fecunda, la imaginación articula mundos reales, la luz no lo ilumina todo. Deberíamos apagar más la luz en Occidente para ver cómo en este mundo se abren otros mundos.</p>
<p><b>Sus dioses no son nuestros dioses. ¿En qué se diferencian?</b></p>
<p>En todo. Para empezar, no son dioses. Tampoco son, con esa fuerza de la esencia. Coexisten. Viven y mueren. Son piedras, rocas, ríos, cascadas, murciélagos, dientes, zapatos, uñas, palillos, mosquitos. Nada está muerto, porque lo muerto alimenta a lo vivo y lo vivo dará de comer a lo que muera. Ese ciclo es sagrado.</p>
<p><b>Nuestra relación con los dioses está muy ligada con las iglesias y las catedrales, con los conventos y las ermitas; la de ellos también está ligada con templos, pero mucho más con los jardines. He oído muchas veces que la gente en Asia en general, antes de ir al trabajo o en mitad de su jornada laboral, suele atravesar un jardín, para prepararse, para que ese contacto sirva como mediador.</b></p>
<p><span>Originariamente, los santuarios <i>shintō</i> se encontraban en el bosque. En un lugar sagrado del bosque. También hoy hay santuarios en las ciudades, claro. El santuario no es sagrado. La construcción en sí no lo es, sino que señala un lugar tocado por las fuerzas de la naturaleza. Muchas veces, un santuario ni siquiera tiene edificio. Delante de una piedra o un árbol, se dispone un <i>torii</i> que sirve como puerta siempre abierta para enmarcar lo sagrado. El <i>torii </i>dice: es aquí, escucha.</span></p>
<p><b>Ojalá fuese japonés y pudiera despedirme de todo con una ceremonia en un templo; ellos lo hacen con los pinceles y con las vasijas rotas, les dicen adiós en los templos; nosotros les decimos adiós a las cosas en los libros. </b></p>
<p>Se cree que, si un objeto no es despedido con el ritual adecuado, al pasar cien años adquirirá vida y podrá atormentar a sus propietarios. Por eso, hay rituales para despedir gafas, aperos de labranza o ropa. El 8 de febrero, en algunos templos y santuarios, se celebra el llamado Funeral de las Agujas. Las agujas que por el uso se han roto, están dobladas o ya no pueden desempeñar su función con la misma solvencia que antes son clavadas en pedazos de tofu. Luego se reza por ellas. Se entiende que estas agujas, extenuadas por haber unido miles de telas a lo largo de su prolífica vida, merecen que se les brinde un descanso blando y esponjoso. También hay rituales para dar la bienvenida a lo que nace. Por ejemplo, cuando se va a edificar una casa o cuando alguien adquiere un coche nuevo. Es habitual ver un automóvil reluciente a las puertas de un santuario que recibe un ritual de protección.</p>
<p><b>Hablando sobre la pintura holandesa del siglo XVII, Zbigniew Herbert recordaba cómo el apego que sentía la gente hacia sus pertenencias la empujaba a encargar retratos de sus objetos, para certificar su existencia y prolongarla. Así, la imagen tenía que engañar al ojo y al tiempo. ¿De qué manera los objetos para los japoneses siguen siendo mediadores?</b></p>
<p>En Japón, lo antiguo no se venera. Se respeta la vida y lo vivo muere; por tanto, lo antiguo es una anomalía. Los materiales con los que se construyen templos y santuarios son caducos. La madera de estos edificios cambia de color, se enmohece, cruje, se hincha, se cuartea, se agrieta, se rompe: como en el bosque, la madera sigue viva y su cuerpo está en constante devenir. Los santuarios sintoístas son desmantelados por completo y construidos de nuevo cada veinte o treinta años. Nada en Japón tiene intención de embaucar al tiempo. Ni siquiera lo sagrado. Mucho menos lo sagrado, porque por serlo está estrechamente ligado al ciclo natural de las cosas. Lo sagrado no huye de la devastación, no tiene la fantasía de lo eterno, no se erige como vestigio. Bien al contrario, se desmorona, no resiste, señala el cambio, la mutación, lo que brota y se pudre. Así pues, igual que los santuarios y los templos, cualquier objeto es signo de lo impermanente.</p>
<div style="width:649px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/08/enjapon3-scaled.jpg" alt="" width="639" height="426"><p>«En Japón, lo antiguo no se venera. Se respeta la vida y lo vivo muere; por tanto, lo antiguo es una anomalía», dice la escritora. ©Lola Nieto</p></div>
<p><b>Para un occidental, la comprensión de Japón y muy especialmente de los japoneses va más allá de sus capacidades. Ni la antropología ni la etnografía bastan. Tampoco la historia. Es necesario ensayar. Se necesita ensayar porque necesitamos recuperar algo que perdimos hace tiempo, que es nuestra capacidad de asombro. Pero no me refiero al asombro como algo que nos paraliza. Me refiero al asombro asociado al ensayo, como algo estimulante, propio de los viajeros, que nunca parten en pos de lo conocido sino de lo desconocido.<span> </span>Así, el asombro puede transformarse fácilmente en una nueva forma de actuación y reconocimiento, en una nueva manera de ver, pensar, respetar y continuar. Sin cuestionar ni devaluar. No se trata en ningún caso de una postura estática o cerrada; se trata de una postura dinámica, donde la mirada ve, pierde y recupera. Donde los pensamientos avanzan, se borran y se reescriben; donde las imágenes nunca se transforman en una amenaza porque, aun cuando nos resulten imprevisibles e incomprensibles, sabemos que solo obtendremos algo de ellas en su conjunto y no por separado.</b></p>
<p><span>El asombro acaso sea una forma de desapego, de acoger la pérdida y la transformación con ternura.</span></p>
<p><b>¿Hasta qué punto crees que en japonés las palabras son mediadoras entre el misterio y la poesía, que con ellas los japoneses se desembarazan de su yo inflexible y se abren a la vulnerabilidad de lo subjetivo? </b></p>
<p>Supongo que los japoneses no son conscientes de lo que su lengua ofrece porque no tienen la capacidad de distanciarse de ella. Alguien foráneo sí puede. Pondré un ejemplo.</p>
<p><i>Watashi</i> significa «yo». Si atendemos al sentido etimológico del kanji, <i>watashi</i> quiere decir «arroz cosechado en mi brazo». Pero aunque <i>watashi</i> es, efectivamente, el pronombre con el que una persona hace referencia a sí misma, no es la única posibilidad. Otras partículas funcionan como sinónimos: <i>boku, jibun, watakushi, temae, kochitora, uchi, wate, atai</i>… Incluso se puede usar un sustantivo que describa el vínculo con la persona con la que se está hablando. Así, alguien se puede referir a sí mismo como hermano mayor, abuela, tía, etc., y gramaticalmente será equivalente a yo. ¿Por qué esta multiplicidad de posibilidades para expresar lo que en las lenguas europeas solo tiene una manifestación? ¿Por qué en japonés hay tantos modos de decir lo mismo? Porque la lengua japonesa no considera que se diga lo mismo. En el paradigma de pensamiento que articula, el yo no señala una entidad estanca e idéntica, sino condicionada por el entorno. Por tanto, muda en ese tránsito. Una sola palabra para referirse a una naturaleza interconectada e inestable sería del todo insuficiente. Se podría decir que la lengua japonesa convierte el pronombre en primera persona en una herramienta gramatical para la observación del sí mismo. En lugar de producir una identificación sin fisuras entre el yo y la voz que lo pronuncia, tal como sucede en otras lenguas, en japonés, quien habla abre un pliegue mediante la palabra yo: se dice al mismo tiempo que se observa en su decir, en su imbricación en el conjunto del acontecimiento. Atender al propio devenir mudable permite la elección gramatical: la expresión adecuada que dé cuenta de quién soy yo en cada momento y lugar.</p>
<p><b>¿Cómo debe el hablante de una lengua romance como la nuestra adaptarse, para percibir algo a través del japonés, si eso es posible?</b></p>
<p>En tensión. Ser una cuerda tensa, vibrátil, entre dos lenguas y dos mundos. Ni aquí ni allá. En medio. Esa lengua mal pronunciada, con errores, torpe, monstruosa, es la que persigo.</p>
<p><b><i>La isla desnuda</i> funda su propio género literario. ¿Cómo lo definirías?</b></p>
<p>Respirar.</p>
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