
<h4>Los textos apócrifos del primer cristianismo son un conjunto de textos que fueron considerados por la jerarquía eclesiástica como no inspirados por la divinidad. Aun así, circularon con cierta normalidad entre las primeras comunidades de cristianos. Formulaban y respondían preguntas sobre cuestiones importantes. Además, eran narraciones «provechosas para el alma».</h4>
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<p>En numerosas ocasiones nuestras ideas acerca de ciertos fenómenos culturales vienen determinadas por la percepción del término que los definen o por la interpretación previa que sobre ellos mismos pudo darse en un pasado intermedio, que sirve como puente entre el origen y la recepción. Si es ésta una máxima de posible aplicación a ciertos procesos, hechos o tendencias acontecidas en tiempos relativamente recientes, resulta un condicionante, en ocasiones gravoso, para el estudio de la Antigüedad y sus avatares. Un ejemplo muy socorrido de toda esta formulación teórica podría ser, sin duda, el carácter y la hodierna valoración conferida a los textos apócrifos del primer cristianismo.</p>
<p>La etiqueta de «apócrifo» se usa de común acuerdo en los primeros siglos de la expansión del cristianismo, sobre todo a finales del siglo III y con mayor énfasis en el siglo IV, como diametralmente opuesta a la de «canónico», de aplicación para aquellos textos que se tenían por verdaderos e inspirados por Dios. Aunque la vara de medir del cánon tardaría todavía algún tiempo en detenerse de manera definitiva, sí que existía ya en aquel momento en el que el cristianismo ostentaba el título de «religión oficial» del Imperio romano una tendencia hacia la ortodoxia, lo canónico y la imposición del dogma acordado por la jerarquía eclesiástica. Con el siglo IV se iría entrando en otra etapa dentro de la historia del cristianismo y la Iglesia cristiana supo controlar y configurar, en cierto modo, la visión que después se tendría de los siglos inmediatamente anteriores, los de los primeros cristianos (ss. I-III), cuando surgieron los textos apócrifos que verdaderamente aquí nos interesan.</p>
<p>El primer siglo de nuestra era estuvo marcando por una lenta, pero inexorable expansión de aquel nuevo mensaje de paz y amor que surgía desde el corazón de la región de Palestina para transformar la creencia y la espiritualidad de la sociedad romana para siempre, en un momento de constante trasiego y estimulante efervescencia de corrientes filosóficas, ideas religiosas y solemnes rituales, que tenían como principio y objetivo último el alma. Cuando nació el cristianismo, no había quien pudiera determinar qué era ser cristiano y qué no. Aunque pueda resultar una obviedad, conviene siempre recordar aquella idea de la ausencia de ortodoxia, de carencia en los controles dogmáticos ejercidos por la estructura eclesial dominante y de existencia de una multiplicidad de creencias que hace posible desde la academia y más allá utilizar un plural para los cristianismos de la época, que denote la riqueza cultural y la profundidad del debate teológico, ético y religioso que se extendió entre las primeras comunidades cristianas.</p>
<blockquote><p>Los evangelios canónicos eran leídos con avidez por las mismas comunidades que encontraban respuestas en los apócrifos y hallaban historias provechosas para el alma.</p></blockquote>
<p>Conviene no idealizar el pasado desde el habitual presentismo con el que, desgraciadamente, se suele juzgar para bien o para mal este período, pero no deja de representar un momento fascinante para la historia de las creencias y las mentalidades. Las circunstancias hacían que fuera un período vivido con gran ansiedad –como lo definiera de manera magistral<span> </span>Dodds, uno de los más preclaros expertos en la historia de estos siglos–, donde se instaló un afán de respuestas de carácter espiritual gracias a la formulación de una serie de preguntas que cuestionaban en cierta medida los fundamentos y los más sólidos ideales cultivados y macerados en el mundo grecorromano o en la ley escrita hebraica.</p>
<div style="width:410px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Alonso-de-Sedano-Life-of-St-Thomas-in-India-the-marriage-feast-of-the-Kings-son-of-Andropolis-see-also-346170-346171-MeisterDrucke-148313.jpg" alt="" width="400" height="731"><p>Imagen de los Hechos apócrifos de Tomás, conservado en el museo de la Colegiata de san Cosme y san Damián, en Covarrubias (Burgos).</p></div>
<p>La nueva doctrina era perseguida por subversiva y contraria a la ley romana y las costumbres más básicas, pero, pese a los riesgos que entrañaba, seguía sumando fieles. El discurso cristiano cautivaba y ofrecía respuestas, pero generaba más interrogantes y precisamente ese genuino espíritu de búsqueda resultó el motor fundamental para el desarrollo de la literatura apócrifa. Bajo este paraguas se colocaron textos que, como en un cajón de sastre, no encajaban con la dogmática visión de lo inspirado ni gozaban –todo sea dicho de paso– del caché ni del status que otorga la antigüedad y la originalidad para el comienzo de cualquier tradición.</p>
<p>En un contexto plural y diverso como este que definen a los siglos II-III, aparecieron<span> </span>inquietudes de diversa índole. Por un lado, los Evangelios canónicos o los Hechos de los apóstoles omitían una enorme cantidad de información y detalle sobre la vida y milagros de sus personajes protagonistas. Las lagunas sobre la vida de Jesús o las misiones de los apóstoles durante los primeros compases de la expansión de la nueva religión se convirtieron en motivos centrales para la literatura apócrifa. Por otro, existían toda una serie de preguntas que abarcaban desde lo metafísico a lo más práctico, pasando por lo teológico, lo filosófico, lo ético, lo social o lo ritual. Y es aquí donde los apócrifos revelan la esencia curiosa, inocente, pero convencida en la palabra de Jesús a pesar de todo, de los primeros cristianos.</p>
<p>Vivían tiempos convulsos, como los actuales, y por ello depositaron sus esperanzas en la promesa de un mundo mejor, un constructo espiritual, ininteligible, igualitario, dominado por el amor, la paz, la armonía y<span> </span>la fraternidad y tutelado por una divinidad que ofrecía redención y perdón. La espada de Damocles de la escatológica e inminente llegada del fin del mundo turbaba, sin embargo, su mirada y su percepción del mundo, pero al mismo tiempo les hizo desarrollar todo un ideario ético y religioso que se fundamentaba en unas ideas religiosas que, desde perspectivas múltiples, se entendieron asimismo de maneras diversas, aunque siempre con una clara y constante relación entre lo material y lo espiritual.</p>
<p>En un mundo multicultural como aquel, las ideas fluían, los dogmas se interpretaban a los ojos de la creencia asumida como propia y el cristianismo se mostraba diverso, plural, heterodoxo y complejo. Los evangelios canónicos eran leídos con avidez por las mismas comunidades que encontraban respuestas en los apócrifos y hallaban historias provechosas para el <a href="https://elhombreylodivino.com/pensar-desde-el-alma/">alma</a>, como afirmara el gran profesor de la Harvard Divinity School François Bovon.</p>
<p>Entrar en detalle, nos ocuparía tantos párrafos como para aburrir al más amable y fiel lector que se haya aventurado hasta llegar a estas líneas. Reservaremos algunos de los temas principales que se abordan en estos apócrifos para futuras entradas que debatan de esa peculiar relación que establecieron entre el hombre y lo divino. Veremos cómo concebían y aplicaban esa idea del dios justo y bondadoso que predicaba su hijo Jesús; cómo entendían la humanidad de este, su efímero paso por la tierra y el papel que en él tuvieron personajes como María y José, sus padres; cómo los primeros cristianos buscaban ejemplos prácticos de conducta que les guiaran en aspectos de la vida social como las relaciones entre ciudadanos libres y esclavos o entre hombres y mujeres, o cómo imaginaron ese lugar trascedente de los justos hacia el que debían guiar sus almas a través del sufrimiento, la renuncia o el tormento de sus cuerpos.</p>
<blockquote><p>Los primeros cristianos buscaban ejemplos prácticos de conducta que les guiaran en aspectos de la vida social como las relaciones entre ciudadanos libres y esclavos o entre hombres y mujeres, o cómo imaginaron ese lugar trascedente de los justos hacia el que debían guiar sus almas a través del sufrimiento, la renuncia o el tormento de sus cuerpos.</p></blockquote>
<p>A pesar de que <a href="https://www.casadellibro.com/libro-los-evangelios-apocrifos-cronica-oculta-del-nuevo-testamento/9788441435995/2777707?srsltid=AU7gw4WjMqawn_lFpFhKr6QkGnLYW5SrjEt47AxLBUaj9ZmgXTR0W_h3">apócrifo</a> en griego, signifique «oculto» (ἀποκρυφός), fueron estas narraciones que nunca se cubrieron ante la vista de nadie, sino que, al contrario, circularon con profusión entre aquellos que decidieron profundizar en su propia fe, su ética o su conocimiento esotérico. Precisamente ahí, es donde los jerarcas de la Iglesia consolidada, la oficial, ya ligada y comulgando con el poder político, pusoo el foco y vio el motivo para la denuncia y el desprestigio. La herejía se oponía a la ortodoxia, pero esta última se imponía desde una cómoda posición, poco sensible a aquella vieja ansiedad que acechaba el espíritu de los primeros cristianos. Aquellos textos apócrifos no ocultaban sus miedos, sino que mostraban, en un juego de malabares entre la cándida sinceridad y la interesada reflexión, sus miedos y desnudaban sus almas y sus pensamientos. Si para algo resultaron útiles, seguramente lo fue para mitigar y aplacar angustias.</p>
<p>Aun así, estas historias provechosas para el alma nunca dejaron de circular. Muchas se integraron en tradiciones literarias cristianas como la hagiográfica, aquella destinada al culto y celebración de los santos, y pasaron a formar parte del acervo cultural cristiano. Otras –es cierto– cayeron en el olvido, encerradas en tinajas selladas en algún rincón de Egipto, pero su eco nunca dejó de estar presente de una u otra manera en otros escritos que recogieron su influencia. Estos textos nunca podrían sustituir a sus equivalentes canónicos. En muchos casos jamás lo pretendieron. Se conformaron con ser para muchos alimento para el alma.<span> </span></p>
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