
<p><em>Sancta Maria, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.</em></p>
<p>No figuraba entre mis propósitos inmediatos escribir la presente entrada. Sin embargo, los acontecimientos recientes nos obligan a interrumpir el curso de los artículos previstos para dedicar algunas reflexiones a un nuevo motivo de confusión surgido de unas declaraciones de León XIV durante la celebración en Lampedusa.</p>
<p>Con ocasión de la Santa Misa celebrada en Lampedusa el pasado 4 de julio, al inicio de la procesión, el Romano Pontífice afirmó:</p>
<p> <a href="https://x.com/catholicourtney/status/2073337335723217111?s=46&t=55ykXrZsbTYkUEpUqKh9EA"><< no vine a dar un disurso, sino a celebrar la Eucaristia, el supremo signo de la presencia de Cristo entre nosotros>></a></p>
<p>Esta afirmación exige una consideración atenta. La misión propia del Sucesor de Pedro consiste en confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32), custodiar íntegramente el depósito revelado y expresarlo con la precisión doctrinal que corresponde al Magisterio. Precisamente por ello, las palabras empleadas por el Papa adquieren una gravedad singular cuando introducen expresiones susceptibles de generar confusión acerca de los misterios de la fe.</p>
<p>La declaración citada tampoco puede examinarse de manera aislada. Se inserta dentro de una serie de actuaciones recientes que ya han suscitado legítimos interrogantes entre numerosos fieles; el saludo dirigido a representantes judíos con referencia al <em>Tikkun Olam</em>, las afirmaciones relativas a una supuesta comunión entre cristianos y musulmanes —cuestiones a las que hemos dedicado sendas entradas— y la bendición de un bloque de hielo. Considerados en su conjunto, estos hechos manifiestan una orientación pastoral que parece apartarse progresivamente del lenguaje doctrinal y de la misión propia del ministerio petrino.</p>
<p>Ahora bien, la dificultad principal de la afirmación pronunciada en Lampedusa no reside únicamente en una cuestión terminológica. Su comprensión exige determinar previamente qué es un signo, cuál es su naturaleza y cuál es la relación que guarda con la realidad significada. Solo después de establecer estos principios será posible juzgar con propiedad si resulta adecuado definir la Santísima Eucaristía como <em>«el supremo signo de la presencia de Cristo».</em></p>
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<figure><img width="768" height="1024" src="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/wp-content/uploads/2026/07/image.png?w=768" alt="" style="width:475px;height:auto;"></figure>
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<p><strong>Entre símbolo y signo.</strong></p>
<p>Para entender que es un signo debemos hacer unas breves aclaraciones de que es un símbolo, ya que un signo es un tipo de este último.</p>
<p>El símbolo exige que aquello que manifiesta no se halle plenamente contenido en él, sino que únicamente lo haga presente de modo analógico y participativo, entonces debe entenderse que el símbolo es siempre una representación imperfecta de una realidad superior que lo trasciende. En otras palabras, el símbolo nunca agota aquello que significa; antes bien, remite constantemente a una realidad ausente para los sentidos, pero presente para la inteligencia.</p>
<p>De aquí se sigue que el símbolo toma necesariamente elementos del orden natural para expresar una realidad sobrenatural, metafísica o invisible, es decir se confirma por un referente al que vemos en el mundo natural que expone un significante que en este orden es invisible, de allí que La montaña, el árbol, la luz, el agua, la corona o el cordero poseen una existencia propia en el mundo sensible; sin embargo, en el lenguaje simbólico son elevados para significar realidades que exceden su naturaleza. El símbolo, por tanto, se sirve de la creación como espejo de un orden superior.</p>
<p>El signo, en cambio, no participa necesariamente de esta relación ontológica con aquello que significa. Su valor no proviene de la naturaleza de la cosa, sino del acuerdo, de la convención o de la iniciación dentro de un determinado grupo. Por ello, un mismo signo puede resultar completamente ininteligible para quien desconoce el código mediante el cual ha sido instituido. Ya que el referente no expone a un significante, sino a una idea, un pacto, mensaje, convenio o todo aquello que se desprende del orden de las ideas humanas. Su significado no brota de la realidad creada, sino de una clave interpretativa previamente establecida.</p>
<p>Por esta razón, mientras el símbolo posee una inteligibilidad universal fundada en el orden mismo del ser, el signo es, en gran medida, esotérico o convencional, pues exige la posesión de una clave para ser descifrado. El primero conduce la inteligencia desde lo visible hacia lo invisible; el segundo remite al intelecto hacia un código previamente convenido.</p>
<p><strong>¿La eucaristía presencia real, signo o símbolo?</strong></p>
<p><strong>En el número 598 del Catecismo de San Pío X se nos enseña:</strong></p>
<p><em>¿Qué es el sacramento de la Eucaristía?</em> — <em>La Eucaristía es un sacramento en el cual, por la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Jesucristo y de toda la sustancia del vino en su preciosa Sangre, se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo Señor nuestro, bajo las especies del pan y del vino, para nuestro mantenimiento espiritual.</em></p>
<p>Por tanto, al hallarse presentes en la Santísima Eucaristía el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies del pan y del vino, se sigue necesariamente que la Eucaristía carece de aquella condición <em>sine qua non</em> que define al símbolo. Como expusimos anteriormente, el símbolo exige que la realidad que manifiesta no se encuentre plenamente contenida en él, sino que únicamente la haga presente de manera analógica y participativa. De aquí que, así como ningún hombre puede constituir un símbolo de sí mismo por contener íntegramente su propio ser, del mismo modo resulta un grave error calificar de símbolo a la Santísima Eucaristía, puesto que ella contiene verdaderamente todo el Ser de Nuestro Señor Jesucristo.</p>
<p>Conviene igualmente considerar la noción de signo. Las especies sacramentales proceden del orden natural, una del trigo y la otra de la uva. No pertenecen, por tanto, al orden de las abstracciones ni al de las convenciones inteligibles únicamente para quienes poseen una determinada clave interpretativa. Mucho menos puede calificarse la Santísima Eucaristía como un signo, pues semejante expresión rebaja la dignidad del Sacramento, precisamente bajo la intención —según las palabras del mismo Papa— de querer exaltarlo.</p>
<p>De aquí que deba reconocerse que lo afirmado por León XIV en Lampedusa constituye un error, pues contradice la enseñanza constante de la Santa Iglesia respecto del Sacramento de la Eucaristía. Resulta profundamente preocupante que quien ha recibido la investidura de Pedro incurra reiteradamente en el uso de conceptos impropios o ajenos al lenguaje tradicional de la fe. A mi juicio, este hecho no puede atribuirse únicamente a una expresión desafortunada o circunstancial. Más bien manifiesta ideas profundamente arraigadas en la <em>forma mentis</em> del actual Pontífice, ideas que desde hace décadas vienen siendo promovidas por los seguidores de la <em>Nouvelle Théologie</em> y por quienes hoy se identifican formalmente con la denominada “Iglesia sinodal”.</p>
<p>Conviene advertir, además, que para expresar aquello que León XIV pretendía comunicar no existía necesidad alguna de recurrir a una formulación que conspira contra la precisión doctrinal de la Iglesia. Bastaba afirmar que la Santísima Eucaristía, en cuanto presencia real de Cristo sobre la tierra, orienta y conduce a los fieles hacia el fin sobrenatural que la Iglesia propone conforme a su doctrina.</p>
<p>Surge entonces una duda inevitable; ¿por qué alguien investido con la autoridad del Romano Pontífice incurre en un error de esta naturaleza? ¿Debe atribuirse únicamente a una imprecisión propia de las circunstancias o a una expresión nacida de la emoción del momento? Podría ofrecer una respuesta que satisfaga a los acólitos de la “Iglesia sinodal”; sin embargo, los hechos examinados hasta aquí permiten advertir una estrecha relación entre esta forma de pensar, el noeísmo y el progresivo proceso de implantación de las llamadas Leyes de Noé.</p>
<p><a></a><strong>Finalmente: ¿a quién favorece todo esto?</strong></p>
<p>Los errores que hemos venido denunciando, tanto en esta como en las entradas anteriores, no constituyen hechos fortuitos ni simples imprecisiones circunstanciales. Responden a una concepción religiosa claramente definida, orientada hacia la instauración de una religión universal, completamente ajena a la naturaleza de la única y verdadera Iglesia Católica. Desde el Concilio Vaticano II se advierte un esfuerzo continuo por agrupar todas las creencias bajo una misma estructura religiosa, comenzando por el acercamiento a los herejes protestantes y apoyándose para ello en la interpretación modernista del <em>subsistit in</em>. Según esta concepción, la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, pero la excede al comprender también las demás comunidades religiosas e incluso, dentro del pensamiento de Von Balthasar, a los mismos ateos, lo cual constituye una manifiesta contradicción.</p>
<p>Con esta perspectiva actúan los modernistas. Bajo la apariencia de una falsa piedad y con el pretexto de procurar la salvación universal, han elaborado una teología que conduce, paso a paso, a oscurecer las verdades fundamentales de la fe. Así, se debilita la confesión de la presencia real de Nuestro Señor en la Santísima Eucaristía; se propone una imposible comunión con el islam; se promueve la aceptación de los errores de los herejes protestantes, llegando al punto de colocar un busto del nefasto Lutero en el Vaticano; se favorece la bendición de uniones contrarias a la ley natural y a la ley divina; y, como culminación de este proceso, la cúpula que hoy gobierna el Vaticano ha llegado incluso a pretender marginar a los tradicionalistas vinculados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con la evidente intención de debilitar cuanto conserva íntegramente la Tradición de la Iglesia.</p>
<p>Todo ello encuentra su fundamento en las ideas difundidas desde el Concilio Vaticano II, las cuales desplazan el centro de gravedad desde Dios hacia el hombre; sustituyen la contemplación de la trascendencia y de la Visión Beatífica por una preocupación casi exclusiva por la naturaleza y el orden temporal; colocan la dignidad humana en el centro del discurso, hasta convertirla en el principio ordenador de la nueva religión, y elevan la creación a la categoría de fin supremo, como si el destino del hombre se agotara en este mundo. Nos encontramos, en definitiva, ante una renovada expresión de la religión de Prometeo<a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftn1">[1]</a>, preparación necesaria para la venida del enemigo y que, lamentablemente, brota desde el corazón mismo de la Iglesia.</p>
<p>Esta es precisamente la denuncia formulada por el Padre Julio Meinvielle cuando habla de la Iglesia gnóstica de la publicidad, que es no más que el <em>Catolicismo de Israel</em><a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftn2"><strong>[2]</strong></a>, paso indispensable para la instauración de una religión universal sometida a las llamadas Leyes de Noé. Tal constituye, a nuestro juicio, el verdadero objetivo del noeísmo y el camino por el cual habrá de consolidarse la religión propia del Anticristo.</p>
<p>Sin anticipar lo que desarrollaremos en la última entrada de esta serie dedicada al noeísmo, conviene comprender qué entendemos por Catolicismo de Israel<a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftn3">[3]</a>. Consiste en tomar la verdadera fe cristiana y la única Iglesia fundada por Nuestro Señor para hacerlas <em>kosher</em>; esto es, adaptarlas, hacerlas aceptables y utilizables conforme a los intereses del mundo y de los judíos. De aquí proviene el combate constante contra la Iglesia Católica y la necesidad de infiltrarla, a fin de transformarla desde su interior hasta ponerla al servicio de un proyecto completamente ajeno a su naturaleza sobrenatural. Según esta perspectiva, la llegada del mesías esperado por el judaísmo exige una Iglesia domesticada y subordinada al llamado pueblo elegido, identificado como «los hermanos mayores» a partir de la interpretación de <em>Nostra Aetate</em>. En este proceso, los pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, mediante una teología profundamente alterada, han contribuido directa o indirectamente a la consolidación de dicho proyecto.</p>
<p>Desde esta perspectiva, acontecimientos como la profanación de Asís convocada por Juan Pablo II dejan de aparecer como hechos aislados para manifestarse como consecuencias lógicas de un proceso de transformación interna de la Iglesia, proceso que fue anunciado por Nuestra Señora en apariciones como La Salette, Fátima y Garabandal.</p>
<p>Desde esta perspectiva, la pregunta se impone por sí misma: <strong>¿fue realmente un simple desliz lo afirmado por León XIV, o constituye una manifestación más de una forma de pensar que responde a un proyecto teológico mucho más profundo?</strong></p>
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<p><strong>¡Salve Maria!</strong></p>
<p>Jhon Carrera</p>
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<p><a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftnref1">[1]</a> (Calderón)Prometeo la Religión del Hombre</p>
<p><a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftnref2">[2]</a> (Benamozegh, 1995) Israel and Humanity</p>
<p><a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/#_ftnref3">[3]</a> El termino es acuñado por uno de los artífices intelectuales del estado de Israel el señor Elias Benamozegh</p>
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<p><a href="https://unamiradaaltiempo.wordpress.com/2026/07/10/contra-noeismo-la-presencia-real-frente-a-la-teologia-del-signo-entrada-extra/" target="_blank">- Enlace a artículo -</a></p>
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