
Requiem… Non nobis
Uno de los momentos más acongojantes y terribles es aquel en que Nuestro Señor se retira a la gruta en el jardín del Getsemaní a orar, justo antes de la traición de Judas y el prendimiento por parte de los judíos.
Es un instante terrible en que el temor, el estrés y la incertidumbre batallan contra el amor redentor. Es el instante descrito en los Evangelios y que es clave para entender, entre otras cosas, lo grande de la Redención, la importancia de la Iglesia y la maravilla de su nacimiento. ¿Quién, en sus ínfulas de fundar una religión o institución poderosa, narraría los momentos de angustia y dificultad de su figura emblemática e importante? Si se leen con detenimiento biografías, comentarios, leyendas e historias de personajes fundadores de instituciones de poder, en ninguna se habla de los momentos difíciles y de humillación de los mismos. Solo en el Evangelio se muestra el poder y la grandeza, y a su vez la humildad de Nuestro Señor, referente al misterioso momento de Getsemaní, donde Nuestro Señor se presenta tan solo como un hombre.
El P. J. Miguel García Pérez nos dice <<Es difícil admitir que este relato no testimonie un acontecimiento histórico cuando es tan contrario a la presentación que se ha hecho de Jesús antes del inicio de la historia de la Pasión. ¿Quién podía atreverse a describir de este modo al Maestro si esa circunstancia no hubiese sido verdadera?>>[1].
Es que la angustia de muerte que vive Nuestro Señor ha tocado incluso a judíos que han salido de la perfidia y, penetrando en el misterio de la Pasión, se han convertido, como en el caso de Alfonso de Ratisbona, u otros que, desde mi punto de vista, están cerca de convertirse, como el autor de la siguiente cita <<Acosado por una angustia de muerte, permanece en vela. No se puede leer esta narración evangélica sin sentir emoción… Aquí hay un hombre que tiembla por su vida. Precisamente en esta hora de angustia es cuando Jesús nos resulta más cercano>>[2].
Y este mismo autor, que insisto ha de estar cerca de su conversión, si es que ya no dio el paso, plantea una duda que nos trae aquí, a esta entrada. Dice <<Ora Jesús en esta angustia mortal y, al hacerlo, repite un fragmento de la oración que enseñó a sus discípulos: “hágase tu voluntad”… pero si en realidad ellos son Uno [Cristo y Dios Padre], ¿cómo podría existir alguna discrepancia entre el deseo de Jesús y la voluntad de Dios?>>[3].

El abismo de la misericordia
Entre estudiosos se ha planteado el cuestionamiento de si Jesús fue o no escuchado en su oración por Dios Padre, incluso con la insinuación de que con esto se demostraría que no era Hijo de Dios. Y esto parece agudizarse cuando lo que nos dicen los sinópticos en Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 39-46 se compara con lo expuesto en la carta a los Hebreos (Heb 5, 7-8).
El asunto estriba en si la oración de Jesús era, en definitiva, para no tener que pasar por el tormento de la Pasión. Y es en esto donde radica el punto central. Una de las cosas que se dice en las Sagradas Escrituras es la orden de Jesús a los tres discípulos cercanos —Pedro, Juan y Santiago— de orar para no caer en tentación, tentación a la cual sucumbieron. Entonces aquí se plantea si la oración de Nuestro Señor, en realidad, era para vencer la tentación y no para que el Padre le ayudase a pasar por encima de la prueba señalada.
Como los Padres de la Iglesia y tantos santos nos enseñan, Cristo nació para morir, expresado de forma poética en himnos y antífonas como Vexilla Regis o Crudelis Herodes, Deum. Esto es importante recordarlo, pues nuestro Salvador vino con un objetivo claro, reconociendo cuál sería su suplicio, lo cual repite en más de una ocasión en los Evangelios.
Y aquí volvemos a lo que decíamos, la oración de Nuestro Señor es para vencer la tentación a la cual estaba haciendo frente, es decir, abandonar su misión, la obra de la Redención. <<Llama la atención el contraste entre Jesús, que ora con intensidad al Padre y lucha para vencer la tentación, y los discípulos dormidos, como dominados por una inconsciencia e insensibilidad ante los acontecimientos dramáticos que comienzan a cumplirse delante de sus ojos. De hecho, tanto Marcos como Mateo insisten en la llamada reiterada del Señor a la vigilancia y a la oración para no caer en la tentación>>.
Y es importante poner esto en contexto al compararlo con el comportamiento de los apóstoles, porque nos permite dilucidar el problema. Los apóstoles no fueron fuertes en la oración y cayeron ante la tentación todos huyeron; solo uno estuvo cerca, pero con miedo; incluso el mayor de los apóstoles negó a Nuestro Señor. Es importante destacar que en Lucas es el mismo Jesús quien, pendiente de la oración, resiste la tentación de oponerse a la voluntad del Padre y, por ello, propone a los discípulos su experiencia.
Jesús sabe bien lo que debe hacer; para eso vino. Y, siendo hombre, lo ha aceptado; pero, siendo hombre, vive también nuestras debilidades. No puede sustraerse a ellas; por tanto, apela al Padre y a la poderosa arma de la oración para poder cumplir la misión de la misericordia, que es tan grande como el temor y la muerte misma.
Siendo tan solo un gran hombre
En estos temas, las críticas de aquellos que ignoran la teología, e incluso la lógica, cayendo en los más flagrantes sofismas, tienden a moverse entre el nefasto monofisismo; que pretende solo la grandeza del aspecto divino de Cristo, y el nestorianismo más rancio, que solo acepta la parte humana de Nuestro Señor. Y es el primero el que parece imponerse en el punto que tratamos. La interrogante de cómo Dios Padre no escuchó a Jesús se usa para desacreditar el aspecto divino de la segunda Persona de la Trinidad, buscando dejar a Cristo como un simple hombre, incluso haciendo uso indebido de lo que se nos dice en la carta a los Hebreos (Heb 5, 7-8).
Es que la falta de teología y de lógica lleva incluso a conclusiones tan absurdas como las de algunos que afirman que Cristo no murió en la cruz y que pasó sus últimos días viviendo en Cachemira. No me pregunte cómo se llega a semejante conclusión.

El asunto está en que <<En efecto, la oración de Jesús, su relación explícita con el Padre será el instrumento potente para vencer su pánico al sufrimiento y adherirse a su designio. En la experiencia de la oración, la agonía y el sufrimiento quedan en un segundo plano frente a la relación con el Padre. Esta relación, afirmada y vivida conscientemente, dominará a lo largo de la Pasión. En ningún momento se concibe solo. El aceptar el sufrimiento y la muerte no es el resultado de su propia fuerza o de su voluntad decidida, sino de la relación vivida con el Padre>>.
Con esto descubrimos una dimensión más profunda del misterio de Getsemaní, la relación de Jesús con el Padre se convierte, entonces, en motor y camino para cumplir la anhelada misión. Es importante tener presente la naturaleza humana de Jesús.
Jesucristo es una sola Persona divina con dos naturalezas, humana y divina. En Getsemaní, el sufrimiento que experimenta pertenece solo a su naturaleza humana, pues la divina es impasible y no puede sufrir. Ahora bien, esa naturaleza humana es perfecta y sin pecado, no está manchada por el pecado original ni por ningún desorden interior. Por eso, lejos de disminuir su sufrimiento, lo hace más intenso, ya que percibe con total claridad el mal y sus consecuencias. El Hijo es quien sufre verdaderamente, pero lo hace según la humanidad que ha asumido. Esto me trae a la mente lo que comentaba en sus visiones la beata Catalina Emmerick: <<Me pareció que la voluntad divina del Hijo se retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de Él>>. Y este es el asunto Dios, que se expone solo como humano; se nos dice que Él se hizo esclavo por nuestra salvación, y es en Getsemaní donde se ilustra esto.
Por tanto, nuestro Salvador conoce bien el dolor humano; conoce bien las consecuencias del pecado y de nuestras faltas. Con esto en mente, nos dice que no va a evitar que pasemos por tormentas en nuestras vidas, pero que con Él y su gracia podemos superarlas. Es tomar nuestra cruz y entregársela a Él para que la bendiga, y podamos llevarla a su lado. Tenemos su consuelo y su gracia; con esto podemos vencer en la prueba.
Por contraparte, aquellos que creen en el no-dios, es decir, ateos, agnósticos, así como paganos y herejes, se encuentran solos, están ante la nada. Allí el sufrimiento y la adversidad se hacen desesperantes, mientras que para un cristiano se convierten en la oportunidad de ofrecer un sacrificio reparador que, ofrecido en la Cruz de Nuestro Señor, genera grandes gracias y reparaciones. Por el contrario, el sufrimiento sin Dios es desesperante y solo lleva al tánatos, y eso es lo que vemos en nuestra sociedad con la legalización de la eutanasia o el aborto.
Así que, en nuestra condición de humanos con una naturaleza herida, el sufrimiento está presente y debemos enfrentarlo con el uso de la oración y como oportunidad de penitencia. De allí que estas palabras, con las que cerramos, cobran su mayor sentido <<…Como todo hombre piadoso, [Jesús] acude a Dios en este desamparo, que es el más desgarrador de la condición humana. Él era digno de ser escuchado por el que podía librarlo de la muerte, pero debió aprender obediencia en el padecimiento, que culminó en la muerte. Por eso no fue escuchado, como en realidad no será escuchado ningún ser de carne y sangre todos deben realizar este paso amedrentador de la muerte. Por tanto, tenemos descrita […] la solidaridad de Jesús con sus hermanos los hombres: con ellos siente el miedo a la muerte, la necesidad de acogerse ante ella al poder de Dios y al aparente desamparo de no ser escuchado>>[4].
¡Salve Maria!
Jhon Carrera
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[1] (Pérez, 2019) La Pasión de Cristo
[2] (Ben-Chorin, 2003)Hermano Jesús
[3] (Ben-Chorin, 2003)
[4] (Pérez, 2019)
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