
<p><b>La floración de los crisantemos anuncia los días del recuerdo: el momento del año en que, desde hace siglos, acudimos al cementerio para honrar con flores a quienes nos han dejado. El uso de flores para relacionarnos con los difuntos es una tradición de raíz religiosa que aparece milenios atrás, y que todavía perdura en múltiples culturas. Con todo, la mentalidad moderna ha introducido algunos cambios que invitan a reflexionar sobre el significado de la flora fúnebre, y sobre qué puede aportar la savia efímera de una flor a nuestra relación con la muerte.</b><b></b></p>
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<p>Cuando llega el otoño boreal, las tumbas de mi pueblo —y, probablemente, también del tuyo— se llenan de flores.</p>
<p>Al menos una vez al año, florecen incluso los vacíos de las ausencias bien cicatrizadas, en las que no pensamos a diario. La tradición cristiana, que en mis lares ha ordenado los ritmos de la vida popular durante más de un milenio y medio, invita a engalanar los cementerios en otoño. Una elección lógica y evidente, podríamos pensar. Después de todo, el otoño evoca la fugacidad de nuestra existencia precaria, como hojas otoñizas prendidas de la rama: «<i>Si sta come d’autunno sugli alberi le foglie</i>», escribía <a href="https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-giuseppe-ungaretti/">Giuseppe Ungaretti</a>. Y es natural llevar flores al lugar de reposo de nuestros difuntos (¿qué otra cosa podríamos llevar, al fin y al cabo? ¿Un bocadillo de chorizo?).</p>
<p>Enterrar a una persona fallecida; visitar su tumba con regularidad; celebrar visitas anuales y comunes a toda la comunidad —cultural, religiosa—; ubicar tales celebraciones en otoño; colocar flores en las tumbas. Puede hallarse una lógica innegable tras esta sarta de prácticas funerarias que caracteriza al mundo occidental de tradición católica… y, aún así, ninguna de ellas es evidente, y mucho menos universal.</p>
<p>Las tradiciones son, además, prácticas vivas que evolucionan con el tiempo. Hace quinientos años, en occidente solo inhumábamos a los difuntos; durante el siglo pasado se popularizó la cremación; ahora existen opciones de lo más variopintas, desde incineraciones con agua vía hidrólisis alcalina (o «aquamación») hasta el compostaje. Y si varían los métodos para disponer del cuerpo, es lógico que varíen también cuestiones aparentemente más accesorias, como las flores que llevamos al cementerio. Antes del s. XIX nadie conocía los crisantemos en Europa; a mediados del s. XX, ya eran la flor de muerto por excelencia en el pueblo de mis abuelos; ahora veo cada vez más personas adornando las tumbas de sus ancestros con flores de plástico. Y, si bien mis sensibilidades de bióloga se revuelven en contra de esta innovación moderna que se me antoja aberrante, no puedo desestimar la posibilidad de que esté exagerando, y que esta sustitución no sea para tanto.</p>
<p>¿Son esos pétalos derivados del petróleo un eslabón de la cadena como todos los demás, o suponen un cambio cualitativo respecto a los eslabones anteriores?</p>
<p>¿Qué importancia tiene, al fin y al cabo, dejar una flor en el cementerio?</p>
<p><b>Las flores del eterno reposo… ¿o no?</b></p>
<p>En los años 70, un paleontólogo sorprendió a la comunidad científica primero, y al mundo entero después, al sugerir que nuestros primos neandertales (<i>Homo neanderthalensis</i>) no solo enterraban a sus muertos, sino que adornaban con flores sus tumbas.</p>
<p>Aunque su interpretación de la inhumación sobre la que basó tal análisis, conocida como Shanidar IV<b> </b>(en el actual Irak), y sus supuestas ofrendas florales han sido puestas en tela de juicio, nada de ello resta potencia a la imagen que evoca. ¿Quién no calificaría como profundamente humana la acción de colocar una flor sobre el entierro de un congénere?</p>
<p>Por ello no deja de resultar curioso que, durante la mayor parte de nuestra historia como especie, es probable que las flores brillasen por su ausencia en nuestra relación con los difuntos. De hecho, es harto posible que ni siquiera entablásemos tales relaciones, como sucede en muchas sociedades de cazadores-pescadores-recolectores que no se preocupan especialmente del destino de sus antepasados. Y, aunque la presencia vegetal en los ritos fúnebres humanos es frecuente, si nos limitamos a las flores, ya sea en guirnalda o cortadas, estas no son tan omnipresentes como podríamos pensar de buenas a primeras. Las tradiciones del África subsahariana, por ejemplo, carecen de ellas casi por completo (y no solo en el aspecto funerario).</p>
<div style="width:748px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/11/magnific__calidad-de-un-fotografo__44794.png" alt="" width="738" height="412"><p>Antes del s. XIX nadie conocía los crisantemos en Europa; a mediados del s. XX, ya eran la flor de muerto por excelencia en el pueblo de mis abuelos. © Aina S. Erice</p></div>
<p>A día de hoy, la primera muestra inequívoca del empleo de plantas en flor en un contexto funerario no se remonta a mucho más de 11.000 años atrás. El hallazgo, en una cueva del norte del actual estado de Israel, revela que —al menos en algunos entierros—, se preparó una capa de barro blando sobre el que se depositaron plantas, sobre todo de la familia de las salvias o las mentas, quedando impresas sobre el barro.</p>
<p>Desde entonces, la idea de incluir flores en nuestros rituales fúnebres ha brotado en culturas y épocas distintas a lo largo y ancho del mundo. La encontramos, por ejemplo, en las guirnaldas funerarias del antiguo Egipto (como mínimo desde la XII dinastía, cuando empiezan a engalanarse las momias), en las que se ensartan pétalos de flores como el nenúfar azul (<i>Nymphaea caerulea</i>, perfumado símbolo solar en la cultura egipcia) o las amapolas (<i>Papaver rhoeas</i>). Rebuscando en manuales del s. XII de monasterios <i>chan</i> (zen) en China, hallamos instrucciones para colocar «ofrendas de incienso y flores» frente al monje fallecido. En la celebración japonesa de Obon, en la que se recibe a los espíritus de los difuntos en el hogar familiar durante unos días, flores como el loto sagrado (<i>Nelumbo nucifera</i>) revisten cierta importancia no solo decorativa sino ritual.</p>
<p>También en las Américas abundan las flores en conexión con el (o los) mundo(s) de los difuntos. Las celebraciones actuales del Día de los muertos en México, que prevén el abundante empleo de flores como el cempasúchil (<i>Tagetes erecta</i>), son fruto del sincretismo entre la fiesta católica de Todos los santos, y las elaboradas tradiciones floro-funerarias precolombinas.</p>
<p>A la vista queda que, aun sin ser universal, el uso fúnebre de las flores tampoco es una práctica rara o aislada; con todo, ello no implica que los significados o las funciones que les atribuimos, ya sea a nivel individual o comunitario, sean las mismas. Si en México el cempasúchil y el copal sirven de guía para las almas de los difuntos que regresan al cementerio, dudo que mi abuela imaginase a los espíritus de sus parientes sentados en corro sobre la tumba familiar, olisqueando crisantemos (en vano, dado que las variedades que compraba no huelen a nada).</p>
<blockquote><p>Y, si bien las celebraciones católicas comunitarias de Todos los Santos o de los Fieles Difuntos <i>no</i> son descendientes directas de las festividades romanas en honor de los muertos, el uso de flores en las tumbas sí lo es.</p></blockquote>
<p>Y, si bien es cierto que una flor en una tumba puede significar cosas muy distintas, no menos cierto es que su presencia material ha sido prácticamente una constante en el mundo occidental desde hace miles de años. Incluso quienes dejaron de utilizarlas rara vez lo hicieron por despiste u olvido, sino como rechazo explícito a algo que consideraban inadecuado.</p>
<p>Pueden cambiar las creencias religiosas y sociales, los tiempos o las especies vegetales concretas, pero las flores fúnebres, por el motivo que sea, nos importan, como nos importaban ya en tiempos romanos.</p>
<p>Pues, si nos remontamos atrás en el tiempo para trazar el árbol genealógico de nuestras prácticas fúnebres actuales, sus raíces nos llevan a Roma… aunque, como sucede siempre cuando nos adentramos en los vericuetos del pasado, las cosas nunca son ni tan sencillas, ni tan evidentes como pensamos.</p>
<p><b>El ocaso de la tumba florida</b></p>
<p>En algún momento de principios del s. II e.c., una mujer mandó grabar un fragmento de su testamento en una lápida de mármol, declarando públicamente sus deseos y provisiones para el debido cuidado de su sepulcro. En las cuatro líneas finales despuntan las ocasiones ritualmente importantes durante las que debían realizarse sacrificios y adornarse la tumba: los <i>Die Parentaliorum</i>, los <i>dies violae</i> y los <i>dies rosae.</i> Estas dos últimas festividades tomaban su nombre de las flores que se llevaban al sepulcro: violetas y rosas, cuya faceta fúnebre no oscurecía otras connotaciones más alegres. Las flores que celebran la vida y el placer son también las que nos acompañan en la muerte.</p>
<p>Cuando se cristianiza el imperio, las prácticas romanas relacionadas con las flores —entre otras muchísimas costumbres— se ven atacadas por sus significados o connotaciones paganas. Sin embargo, muchas sobreviven a las críticas, reinterpretándose desde la nueva óptica religiosa. Y, si bien las celebraciones católicas comunitarias de Todos los Santos o de los Fieles Difuntos <i>no</i> son descendientes directas de las festividades romanas en honor de los muertos, el uso de flores en las tumbas sí lo es.</p>
<p>No obstante, los difuntos romanos son agasajados con especies de floración primaveral, ya sea temprana (para las violetas, en marzo) o más tardía (para las rosas, entre abril y junio), conque puedes imaginar que los sepulcros no se visitaban en otoño, sino en plena ebullición vernal. Incluso los mártires cristianos, a quienes se dedica la fiesta católica de Todos los Santos en el año 609, inicialmente recibían flores primaverales, pues se celebraba a principios de mayo. El cambio de fecha al actual 1 de noviembre, innovación que apareció precozmente en Alemania e Inglaterra, no se oficializó hasta el s. IX.</p>
<blockquote><p>Cambian las creencias religiosas, cambian los calendarios litúrgicos; cambian las fechas, cambian las flores; cambia la forma en que las depositamos en los sepulcros (de coronas y guirnaldas a plantas en maceta). Pero, a lo largo de dos mil años de historia, en occidente (el católico, al menos) las flores no desaparecen de las tumbas.</p></blockquote>
<p>Y, aunque todo el pueblo de mis abuelos visita el cementerio el 1 de noviembre para honrar a sus difuntos, si nos atenemos al calendario litúrgico oficial, la mayoría de nosotros cometemos un error de fecha. Teóricamente, noviembre se inaugura conmemorando a todos los<i> santos </i>(residentes, conocidos y desconocidos, del Cielo), no a todos los difuntos; eso sucede un día después, el 2 de noviembre, y fue una invención de finales del s. XI (que inicialmente se celebraba ¡en febrero!).<span> </span></p>
<div style="width:533px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/11/bernard-walter-evans-london-from-highgate-watercolour_134551_pic1_size4.webp" alt="" data-inoreader-upscale="wp_suffix"><p>«London from Highgate, St. Paul’s Cathedral Beyond», obra del artista británico Bernard Walter Evans.</p></div>
<p>Para complicar todavía más el pasado de nuestras prácticas florales Todos-los-santísticas, durante el medievo los patrones de entierro varían respecto al mundo romano (de cementerios extramuros pasamos a entierros dentro de la ciudad, incluso dentro de la misma iglesia; la falta de espacio a veces obliga a vaciar tumbas y acumular los huesos, p. ej. en osarios). En un contexto semejante, llevar flores a los sepulcros familiares durante una celebración comunitaria anual no resulta especialmente práctico o factible siquiera. En el occidente católico, el modo «tradicional» en que conmemoramos a nuestros difuntos actualmente es deudor, por una parte, de la reconfiguración y reubicación de las necrópolis durante la edad moderna; y, por otra, de la popularización, a partir del s. XIX, de los crisantemos de florista (<i>Chrysanthemum</i> sp.) oriundos de China.</p>
<blockquote><p>Con las flores de plástico perdemos la solidaridad simbólica subyacente que resuena entre nosotros y aquellos crisantemos en corona o en maceta. Vidas bellas, complejas, e ineludiblemente caducas. Contemplar una flor marchita es una invitación a meditar sobre el fin natural de las cosas, y ver que está bien así.</p></blockquote>
<p>Cambian las creencias religiosas, cambian los calendarios litúrgicos; cambian las fechas, cambian las flores; cambia la forma en que las depositamos en los sepulcros (de coronas y guirnaldas a plantas en maceta). Pero, a lo largo de dos mil años de historia, en occidente (el católico, al menos) las flores no desaparecen de las tumbas. Otras prácticas antaño populares —libaciones, banquetes, ajuares funerarios— han corrido peor suerte, pero las flores, epítome de lo efímero, permanecen.</p>
<p>Y cabe preguntarse, ¿por qué?</p>
<p><b>Elegías de pétalo y plástico</b></p>
<p>De las flores, y de su efecto sobre el ánimo humano, se han dicho muchas cosas. Que estimulan respuestas emocionales y sociales positivas; que las hemos usado para expresar alegría, cercanía, orgullo, o sentimientos religiosos. Pero hay un sinfín de especies de plantas con flor y de culturas distintas, que modulan y contextualizan nuestra respuesta ante una flor concreta, y las connotaciones que pueda evocar en nosotros.</p>
<p>Pese a ello, hay al menos una característica indisolublemente ligada a la existencia misma de toda flor viva, y es su fugacidad.</p>
<p>La flor siempre es transitoria, y allá donde tal condición puede ser preludio de un fruto en la rama, si la cortamos para depositarla sobre una tumba, su destino es marchitarse. Incluso despojada de cualquier simbología religiosa concreta, toda flor es emblema de su propia fragilidad y evoca, aun sin quererlo, el paso de la vida a la muerte.</p>
<p>Pero cualquier paseo atento por un cementerio probablemente revele la presencia de <i>otras</i> flores que pretenden evocar justo lo contrario: la eternidad, connotación que solo depende de la realidad material de la flor. Pues, cuando queríamos convertir una rosa caduca en una rosa eterna, la esculpíamos en piedra. O moldeábamos su forma en arcilla y, horno mediante, la volvíamos imperecedera. Un adorno inmutable que ve los siglos pasar, en yuxtaposición con el vaivén efímero de violetas y crisantemos rezumando savia.</p>
<blockquote><p>De las flores, y de su efecto sobre el ánimo humano, se han dicho muchas cosas. Que estimulan respuestas emocionales y sociales positivas; que las hemos usado para expresar alegría, cercanía, orgullo, o sentimientos religiosos.</p></blockquote>
<p><a href="https://elhombreylodivino.com/fitoterapia-consciente-de-ser-a-ser/">Flores</a> fugaces, flores eternas. Dos polos simbólicamente opuestos, que se reúnen en el lugar donde coexisten la comunidad de los vivos y la de los muertos. Y, si bien hemos querido prolongar la belleza del adorno floral efímero, sustituyendo la flor viva por flores de papel en algunos lugares y momentos históricos, raro ha sido confundir las dos categorías simbólicas… hasta la llegada de la flor de plástico. Flores (lamentablemente) eternas que quieren disimular su condición inerte disfrazándose de pétalo vivo. Flores imperecederas (no muertas, porque nunca han estado vivas) que, a lo tonto, a lo tonto, usurpan el lugar ocupado por la flor efímera.</p>
<p>El cambiazo tiene ventajas, por supuesto. Ya no existe correlación entre lo bonito y adornado que se ve un sepulcro, y la frecuencia de visitas para acicalarlo; la vecindad ya no puede cotorrear sobre lo mal cuidada que se ve la tumba (con el juicio moral, no necesariamente correcto, que a menudo ello implica: «¡poco debe de querer a sus difuntos quien poco se ocupa de su sepultura!»). No cabe duda de que la flor de plástico es cómoda, y cuando lo único que nos preocupa es el aspecto ornamental de las flores vivas en el cementerio, la sustitución puede resultar práctica.</p>
<p>Pero sospecho que, persiguiendo la comodidad, perdemos algo por el camino.</p>
<blockquote><p>Incluso los mártires cristianos, a quienes se dedica la fiesta católica de Todos los Santos en el año 609, inicialmente recibían flores primaverales, pues se celebraba a principios de mayo. El cambio de fecha al actual 1 de noviembre, innovación que apareció precozmente en Alemania e Inglaterra, no se oficializó hasta el s. IX.</p></blockquote>
<p>Perdemos la solidaridad simbólica subyacente que resuena entre nosotros y aquellos crisantemos en corona o en maceta. Vidas bellas, complejas, e ineludiblemente caducas. Sujetas al cambio, a la vejez y la enfermedad, al declive. Contemplar una flor marchita es una invitación a meditar sobre el fin natural de las cosas, y ver que está bien así.</p>
<p>Señalar que nuestra relación con la muerte ha cambiado en los últimos tiempos es una obviedad. Para muchos, se ha convertido en un problema médico que debemos (y, hay quien piensa, podemos) resolver. Una realidad socialmente incómoda de la que poco se habla en términos concretos, y que a menudo intentamos ocultar, maquillar o ignorar.</p>
<p>Y no deja de resultarme sugerente que el auge de la flor de plástico en los cementerios también se debe, ya sea consciente o inconscientemente, a concebir el envejecimiento y muerte de la flor caduca como un problema inconveniente, que hemos ¿resuelto? trocando savia por petróleo. Un triunfo que se me antoja pírrico, cuando reparas en que la única solución para deshacernos de la muerte es renunciar a la vida.</p>
<p>Pues quizás el gesto de dejar una flor en el cementerio no signifique mucho, como quizás tampoco lo haga ser testigo, en solidaridad callada, de su descenso hacia el marchitamiento y la muerte. Los ecos de una vida fugaz, de una ofrenda efímera, quizás no tengan importancia.</p>
<p>Pero pueden tenerla, si se la damos.</p>
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