Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

sábado, 11 de abril de 2026

LAS TRES FACULTADES DEL SER HUMANO


LAS TRES FACULTADES DEL SER HUMANO

Solo se puede conocer lo que se ama

Como sabemos, en el antiguo Egipto conviven diferentes relatos de la creación siendo el último de ellos el tebano del que forman parte la triada constituida por Amón, Mut y Kons. Amón era llamado “el oculto” y era el señor del paso de lo no manifestado a lo manifestado. Ese paso se hacía por medio del semen y, en este caso, se mostraba como Amón-Min, el neter representado con el falo erecto. A su vez, identificado como Amón-Ra, indicaba su vínculo con la luz de modo que la luz era así entendida también como “paso” de lo no manifestado a lo manifestado; sobre esta idea se dio forma a la teología solar de Heliópolis. El otro paso de lo no manifestado a lo manifestado era a través del verbo y su teología al respecto era la menfita con Ptah y Thot como protagonistas. Sin embargo, más allá de los relatos respecto a la creación—bien referidos a la esencia, la luz; la sustancia, el verbo; o las formas vivientes—cada teología llevaba asociada una enseñanza de enorme valor. Si para entender la enseñanza sobre la luz se debía atender a la teología de Heliópolis o si para acceder a la enseñanza del verbo y la palabra había que dirigir la atención a la teología menfita, sin embargo, para profundizar en la dimensión humana entendida su naturaleza profunda como templo viviente, había que dirigir la mirada a Tebas y a su teología.

La enseñanza tebana mostraba que el ser humano nace con tres facultades inherentes a su condición y naturaleza: la de crear, la de amar, la de conocer. Su estructura, por tanto, está diseñada en orden a facilitar el desarrollo y la aplicación de esas facultades.

Estos tres principios estaban representados en la triada de Tebas.

La primera pertenece y es explicada por Amón. La segunda pertenece y es explicada por Mut. La tercera pertenece y es explicada por Kons.

Amón: la cualidad humana de crear

Mut: la cualidad humana de amar

Kons: la cualidad humana de conocer

A su vez, todos los dioses egipcios se muestran en inteligencia y funcionalidad a partir de estos tres principios.

En la fiesta sagrada de Opet, esta trinidad era llevada desde el templo de Karnak hasta el de Luxor en un recorrido que conducía a representar el ritual del misterio de cómo, cuándo y por qué se producía el paso de la inteligencia a la forma: de cómo la luz-esencia pasaba al verbo-sustancia y de este llegaba a la forma procurando la vida; es decir, llegaba al templo que en realidad somos.

La luz-esencia y sus misterios pertenecían a la teología de Heliópolis.

El verbo-sustancia y sus misterios pertenecían a la teología de Menfis.

La inteligencia-forma humana y sus misterios pertenecían a la teología de Tebas.

Para el antiguo Egipto, el ser humano era creado para que pudiera experimentar y alcanzar la máxima expresión en el desarrollo de las facultades de amar y conocer y, a partir de ello, él también crear, para así cerrar el círculo.

Somos creados, luego amados, luego conocidos en un proceso que, sin embargo, es unitivo.

En tanto a nosotros, primero hemos de amar, solo entonces podremos conocer y solo así después podremos crear.

La vida, en tanto fuerza vegetativa presente en el animal que somos, nos reclama y exige sobrevivir y reproducirnos, pero como criaturas individualizadas con consciencia de nosotros mismos, la Vida nos pide amar, conocer y crear: para ello habita en nosotros la chispa divina presente en una estructura que dispone—como un templo—de todo lo necesario para amar, conocer y crear.

Entiéndase como crear, no solo el modo natural de participar en la creación orgánica de un nuevo ser como padre o madre, o como la posibilidad de crear belleza mediante el arte, tampoco respecto a crear medios de utilidad y avance a través de la ciencia o de otra actividad positiva, o de ayuda directa o indirecta a los demás, etc.

No, entiéndase como crear— además de todo lo anterior propio de la capacidad natural humana—a participar de la obra divina cada vez con mayor consciencia plantando y cuidando semillas de bondad, belleza y justicia, para que den su fruto en orden a lo que los egipcios llamaban Maat. Esa es la forma activa de participar en la obra divina, creando el bien, creando belleza, creando justicia. Creando así también la sacra energía que pertenece al ser humano y que es aquella que la energía divina busca y en la que se asienta. Así, el ser humano crea participando en armonía con la obra divina por medio de sus pensamientos, palabras y actos en Maat. Desde esta perspectiva, cualquier ser humano, siendo él mismo templo que acoge la presencia divina, puede convertirse en constructor del templo invisible destinado a que acoja cada vez la mayor presencia divina posible en el mundo; es decir: un servidor de la obra de Dios.

Esa era la clave de heka, la magia, solo accesible a través de la puerta del amor que es la que únicamente conduce a la puerta del conocimiento. Sin amor, la entrada al conocimiento es imposible e intentar llegar a él por otros medios es penetrar en un laberinto sin salida en el que el propio intelecto se convierte en una trampa. Y solo desde el amor y el conocimiento es posible crear en términos de heka—de modo sutil e invisible— y siempre bajo la ley de Maat, la ley divina.

El amor es el único que permite la penetración, la fusión con el objeto de conocimiento y, solo entonces, se produce la unidad entre conocedor y conocido cuyo “hijo” es el conocimiento.

En el sexo, se produce la fusión por penetración carnal como mecánica creadora. Lo mismo ocurre con el amor que es fusión y penetración entre amado y amante en términos que trascienden lo físico. El conocimiento se produce del mismo modo, por penetración, por fusión.

De este modo se vence la distancia entre quien intenta conocer y el objeto de conocimiento y es justo esa distancia la que provoca la distorsión que impide la percepción correcta del “Libro de la Vida”. La forma de “leer” este libro jamás escrito es penetrando en la Vida que aspira a ser vivida y, en cambio, detesta ser explicada.

Esta facultad de conocer estaba representada por Kons, la consciencia, entendida como la cualidad inherente a la condición humana que le permite conocer y que forma parte de la consciencia de sí mismo que tenemos como criatura individualizada. Kons era hijo de Mut, el amor, representado por la madre, por el buitre. Este animal que limpia, que no se contamina de la podredumbre, que es fiel— solo tiene una pareja a lo largo de la vida— y que únicamente pone un huevo al año que cuida con especial esmero: como el amor que limpia, que no se gasta, que es fiel, que cuida…

Es el amor el que da a luz el conocimiento. Kons, se muestra con la coleta lateral de la juventud indicando que la consciencia con la que se nace es inmadura pero que puede desarrollarse. Por eso en las imágenes y mitos de Kons encontramos elementos pertenecientes a Horus, a Ptah, a Hathor, a Sokar, a Thot…, es decir, la consciencia es capaz de integrar e ir asumiendo otras inteligencias y hacerlas operativas en tanto encuentren y “encajen” en las propias y las despierten por medio del recuerdo de su origen y función. Y sí, el conocimiento es más pasivo que activo. Es la mujer—el factor femenino— la que da a luz a una nueva criatura; si el amor es madre del conocimiento y lo da la luz, nos señala que el conocimiento nace a partir de la condición de lo “femenino”; es decir, hay un momento en el que la vida puede empezar a hablar si bien para escucharla es necesaria la receptividad que comienza con apagar todo lo que “habla” interior y exteriormente y alcanzar así un silencio fecundo.

El padre es Amón, “el oculto” que crea y pone su semilla de modo invisible, esa semilla es el medio por el que lo no manifestado pasa a manifestarse. Pero si Amón queda oculto, su obra no. Y esa obra es llamada “El Libro de la Vida”, vale repetir que es el libro jamás escrito pues es un libro vivo y cada criatura es forma, imagen, luz, nombre, sonido y letras vivientes. Un libro que nunca estuvo ni estará en ninguna biblioteca, pero al que se puede acceder si se empieza mirándose a uno mismo entendiéndose como una singular y única obra de Dios hecha a su imagen y semejanza: el ser humano es un templo que vive, ese templo que los egipcios se esmeraron en reproducir en tanto estructura y función con su arquitectura.

La lectura de ese Libro solo es posible desde el conocimiento y solo es posible conocer lo que se ama. Es por ello que el amor es el centro, eje y base de todo. Y sí, el amor es un trabajo, por eso los egipcios lo mostraron como un arado de mano. Con la herramienta del amor podemos hacer el surco donde plantar la semilla que el propio amor regará y cuidará para que, si Dios quiere, nazca el fruto. Esta idea de amor está lejos de la del amor romántico y eso se evidencia cuando uno se sitúa frente a sí mismo y frente al impulso—casi necesidad—de amarse a sí mismo y se da cuenta que ahí no cabe el amor romántico, si no solo un amor que nace de la sinceridad frente a la realidad de lo que cada cual es y sabe, esa realidad que te hace ver que, efectivamente, el amor se ha de trabajar y que, a la vez, es una herramienta de trabajo. Se cava con esfuerzo y disciplina, se semilla con cuidado y dulzura, se riega con la generosidad del servicio, y solo luego se recogerá el fruto que siempre será destinado para compartir en su abundancia.

El conocimiento es también único. Nos dice la enseñanza cristiana que el Padre nos crea y nos da la capacidad de crear; el Hijo nos ama y nos da la posibilidad de amar; el Espíritu Santo nos conoce y nos ofrece la posibilidad de conocer.

Y como dijo el Maestro Doménico, la relación de la criatura con Dios es en realidad una gran historia de amor. Y es ahí por donde se empieza.

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