
Al hablar del “bosque de la Alhambra” no debemos imaginar toda la colina cubierta de vegetación. Las fuentes y la documentación histórica apuntan a una zona muy concreta: la comprendida entre la Torre de las Armas y la Torre de los Picos. Ese tramo, por su carácter abrupto e inexpugnable, era el único espacio que presumiblemente pudo conservar arbolado en época islámica.
El resto del recinto fortificado, como todavía puede observarse en la célebre Plataforma de Vico (1612), estaba prácticamente desprovisto de vegetación. La Alhambra era, ante todo, una fortaleza. Su imagen romántica y frondosa es en gran parte una construcción posterior.
La idea de que este bosque funcionara como parque real ha sido discutida por algunos historiadores. Sin embargo, existen numerosos testimonios que apoyan esta hipótesis.
Uno de los documentos más reveladores se encuentra en las cuentas de las obras de la Alhambra del año 1588. En ellas consta el pago de 98 reales y 332 maravedíes al escribano público Pedro de Córdoba por “cinco ciervos que se compraron de la almoneda del Arzobispo… para echarlos en el bosque de obras de esta Alhambra” (Archivo de la Alhambra, leg. 256).
Este dato es significativo: más de un siglo después de la conquista cristiana, el bosque seguía albergando ciervos. No se trataba, por tanto, de una simple arboleda decorativa, sino de un espacio concebido para la caza.
La tradición escrita también respalda esta idea. Ginés Pérez de Hita, en su Historia de los bandos de Zegríes y Abencerrajes (1595), afirma —aunque atribuyéndolo erróneamente a Muley Hacén— que se hizo “un maravilloso bosque junto de la Alhambra, debajo de los miradores de la misma Casa real, donde se parecen hoy en día muchos venados y conejos y otros géneros de caza”.
Más allá de la imprecisión histórica, el testimonio refleja que, a finales del siglo XVI, el bosque seguía siendo conocido por albergar fauna cinegética.
Otro documento del Archivo de la Alhambra, fechado en 1633, señala que el maestro mayor Francisco de Potes vació el estanque del Partal. El agua, al salir de forma brusca, se acumuló contra la muralla del bosque frontero al Generalife, lo que obligó a reconstruirla con urgencia para evitar que escaparan “la caza de venados y jabalíes que en él tenía el Rey”. No solo había ciervos: también jabalíes. Y eran propiedad real.
El cronista Jorquera, en sus Anales, confirma igualmente la existencia de animales de caza en el bosque a mediados del siglo XVII. Y el viajero francés François Bertaut, en su Journal du voyage (1659), al describir el Salón de Comares, menciona que desde sus balcones se veían “los árboles del parque que está debajo y donde hay numerosos animales, notables por su rareza”.
En el contexto islámico medieval, el jardín no era solo un espacio estético, sino una representación simbólica del poder y del paraíso. Si aceptamos que el bosque existió ya en época nazarí —y no solo en la cristiana—, debemos entenderlo como una extensión naturalizada del espacio palatino: un lugar donde la arquitectura dialogaba con la naturaleza, y donde la caza formaba parte de la experiencia regia
Desde los miradores del palacio, el sultán no solo contemplaría la Vega y Sierra Nevada, sino también su propio dominio inmediato: un bosque cercado, habitado por animales, símbolo de control, riqueza y prestigio.
Con el tiempo, la función defensiva de la Alhambra se diluyó, y el entorno vegetal fue ganando protagonismo hasta configurar la imagen romántica que hoy asociamos al monumento. Sin embargo, mucho antes de los viajeros del siglo XIX, ya existía un bosque real bajo los muros palatinos.
No era un bosque salvaje, sino un espacio domesticado y gestionado, reservado para el recreo y la caza del soberano.
Quizá, al pasear hoy entre la Torre de los Picos y la de las Armas, convenga imaginar algo más que árboles: un parque cerrado, ciervos moviéndose entre la sombra, jabalíes ocultos entre la espesura y, sobre todo, la mirada del poder contemplando su propio paisaje.
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