
<p><img src="https://s0.wp.com/i/blank.jpg?m=1383295312i" alt="blank.jpg?m=1383295312i"></p><p><strong>LA INICIACIÓN</strong></p>
<p><em>El encuentro es para el amor</em></p>
<p><em>El amor es para la obra</em></p>
<p><em>La obra es para los hermanos</em></p>
<p>La iniciación es un encuentro que procura que, a partir de él, se inicie un camino. Ese camino ha sido llamado la Vía. Esa Vía es un tránsito de crecimiento basado en la nutrición espiritual y en el conocimiento y respeto al proceso natural de crecimiento en energía y consciencia. La Vía proporciona guía, pertenencia, sustento, protección y, fundamentalmente, “herramientas de trabajo”. Quien recorre la Vía necesita de su discernimiento, libertad, disciplina, coraje y entender que adquirir implica dejar. Otro aspecto fundamental es que la persona que pone el pie en ella quiera y sepa aprender, y luego comprender qué significa y qué no significa ser un discípulo.</p>
<p>La iniciación y la entrada en la Vía representa un “acelerador” de los procesos vegetativos evolutivos lo cual precisa fortalecimiento interior y apertura y expansión de mente. La característica principal de la Vía reside en que está inmersa y participa en lo que en el cristianismo se ha llamado la Gracia que nutre al que la recorre. Esta es la Vía que ha sido transitada tanto en el pasado como ahora, si bien en la actualidad está—como siempre ha sido—adaptada a la presencia del ser humano en el mundo de hoy. La otra característica de la Vía reside en el hecho de que en ella está presente la maestría espiritual, es decir, entendida tanto como culminación del proceso—si bien en realidad no acaba nunca— como función de servicio y guía.</p>
<p>La iniciación es un proceso real—en realidad un momento— en el que interviene la energía propia interna ya madurada de quien recibe la iniciación, que se encuentra—o es encontrada—con una energía externa a él que está en la misma frecuencia y que su corazón reconoce independientemente de que en el proceso intervenga su consciencia.</p>
<p>La energía interior emana de la semilla de luz divina presente en todo ser humano y que ya está madura a partir de la propia espiritualidad natural presente en el individuo y principalmente como fruto fecundo de su inocencia y de su capacidad de escuchar “eso” que lo ha llamado. En tanto a la fuente de esa energía externa es, o bien la que procede de un maestro verdadero o bien una orden iniciática fundada por un maestro o maestros y que está “bajo su manto”. Obviamente, bien el maestro, bien la orden, en ambos casos es preciso que posean ese tipo de energía-luz de alto nivel y susceptible de ser transmitida, pues nadie puede dar lo que no tiene. La transmisión por parte del maestro puede ser consciente si bien su sola presencia significa siempre un incremento, más o menos intenso, de la luz del discípulo.</p>
<p>Valga recordar que un maestro es tal en tanto reúne, como futo de su recorrido, ascenso y culminación en la Vía, una energía o <em>baraka</em> de fuerte intensidad espiritual junto a un conocimiento-información propio de ese nivel o estación espiritual en la que “vive”, de este modo, nunca se refiere ni a la erudición ni a conocimientos prestados, si no a aquel conocimiento que la Tradición ha denominado “Realidad” o “Verdad” que es asequible solo si se alcanza el estado espiritual en el que ese conocimiento se encuentra. El primer estado de ese conocimiento reside en la capacidad de discernimiento para distinguir donde está realmente de donde no está o de donde está una torpe copia.</p>
<p>Cuando una persona que, como fruto de su luz interna en crecimiento, comienza a percibir la “necesidad de Dios”, a veces, fruto de esa intensidad en la necesidad, la une a su sinceridad y coraje de modo que, de un modo natural, “aparece” esa posibilidad de “encuentro” con la luz de la maestría que—por decirlo de algún modo—lo ha encontrado. Así, si decide en el ejercicio de su libertad dar ese paso, se produce el “encuentro” y la magia de la iniciación. Entonces, esa luz personal, sin perder su individualidad, es como si “prendiera” y aumentase en intensidad. Así, se integra en la “Luz-Uno” y su luz será nutrida por medio del trabajo espiritual de modo que crecerá hasta que más adelante, y poco a poco, construirá un cuerpo de luz. Desde esta perspectiva, se entiende que el encuentro de la luz individual—y única— con la Luz de la que es depositaria el Maestro o una orden en la que está activa la maestría, resulta un a modo de hierogamia en la que hay un antes y un después de ese “inicio”. Sin embargo, al ser ese proceso tan bello como alejado de la sensorialidad común y difícilmente perceptible por la consciencia, entran en juego otros factores—principalmente contenidos en la mente— que pueden evitar que el individuo dé el paso. Otro motivo son los miedos, desde el perder un estatus o hasta el desasosiego que produce el intuir que ya nada será igual. Efectivamente, de algún modo se sabe que es un compromiso frente a uno mismo y frente a Dios. Otras personas sencillamente no tienen necesidad de Dios y se sienten satisfechas.</p>
<p>Muchas veces, un encuentro “casual” con un maestro o con la energía de la maestría, aumenta la intensidad de la luz propia, pero es algo que resulta impermanente si no hay continuidad. Es por ello que un verdadero trabajo espiritual precisa de esa continuidad. Al igual que el cuerpo físico necesita la continuidad en la ingesta de alimento, lo mismo ocurre en lo referido a la luz: y el combustible de esa luz es la Gracia. Una iniciación real no requiere ni grandes solemnidades ni ceremoniales complicados, es tan fácil como que si estás al lado del fuego te calientas y que si no hay fuego no hay calor; o entender que si en un vaso hay agua puedes beberla, pero si está vacío, no; o ver cómo se enciende una vela si la acercas al fuego. Y como decía anteriormente, ese proceso no pasa por la consciencia de modo inmediato. En realidad, es una forma natural de proteger el proceso: la nueva luz recién nacida hay que apartarla de Herodes, o sea, de los contenidos de la mente capaces de matar la inocencia por temor a perder su “poder”.</p>
<p>Sí, la iniciación existe hoy del mismo modo que ha existido siempre. Sí, los maestros existen del mismo modo que han existido siempre. Se dice que solo cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro y, efectivamente su primera tarea será reconocerlo pues, además, será la primera señal de que su discernimiento está maduro.</p>
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