La piedad se revela como una forma de saber que no se funda en la distancia, sino en la cercanía. Es un conocimiento que no se sitúa frente a las cosas, sino junto a ellas; que no las analiza desde fuera, sino que se deja afectar por su presencia. Podría decirse que la piedad es el conocimiento de aquello que duele, de aquello que no puede ser reducido a concepto sin perder su verdad.
La historia para ser completa y verdaderamente humana, habrá de descender hasta los lugares más secretos del ser, hasta eso que con tanta belleza se denomina «entrañas»
María Zambrano, Para una historia de la piedad.
Hablar de la piedad en María Zambrano es entrar en una zona del pensamiento donde el concepto deja de ser frontera y se vuelve umbral. No es un tema ocasional ni un motivo menor de su filosofía, sino que es una corriente secreta que atraviesa su pensamiento como un río subterráneo. Sabemos, por su correspondencia con Rafael Dieste, que en los años cuarenta quiso dedicarle una obra entera, una Historia de la Piedad, que nunca llegó a escribirse como tal, pero los restos del naufragio fueron incorporados como uno de los capítulos centrales de El hombre y lo divino.
La piedad nace, en Zambrano, de una exigencia radical: la de alcanzar un saber sobre el alma como sede del sentir. No un saber objetivo, no una ciencia antropológica, sino un conocimiento que brote desde esa zona donde el ser humano no se posee, sino que se padece. Allí donde no se piensa todavía, sino que se siente siendo. Pues el hombre, como señala en Para una historia de la piedad, —antes que pensamiento— es afección: «Todo aquello que puede ser objeto del conocimiento, lo que puede ser pensado o sometido a experiencia, todo lo que puede ser querido, o calculado, es sentido previamente de alguna manera; hasta el mismo ser que, si solamente se le entendiera o percibiese, dejaría de ser referido a su propio centro, a la persona».
El sentimiento no constituye, pues, un elemento ciego y caótico en el individuo, sino todo lo contrario, es, ante todo, una fuente privilegiada de visión. Representa la forma originaria de autoconciencia, pues la primera noticia que tiene la persona de sí no se da a través de una intuición intelectual, como pretendía Descartes, sino a través del sentimiento entrañado en el que el sujeto se padece como existente, a la par que padece la realidad. El inicial despertar al propio ser y a la realidad se da siempre en una afectividad o sentir originario, y no en conceptos o imágenes intelectivas. Ser, en este sentido, no puede desligarse del sentimiento que el mismo acto de ser produce. Hay una simultaneidad de estos dos actos, el acto de ser (existir) y el acto de sentirse siendo, como claramente traslucen estas palabras de Zambrano: «El sentir, pues, nos constituye más que ninguna otra de las funciones psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos».
El sentir originario es, por ello, comunión y participación con la realidad. A este sentir de comunión, cuando adviene en un sujeto que se sabe a sí mismo y, a la vez, reconoce la diversidad de lo real, Zambrano lo llama piedad. La piedad no es un afecto particular. Es el modo en que el alma se dispone ante la pluralidad de lo existente. Es saber tratar con lo otro.
En este primer estremecimiento, en ese despertar en que el ser se siente a sí mismo en contacto con lo real, acontece algo decisivo: el hombre no se descubre como sujeto frente a un mundo, sino como una realidad participada, como un ser ya entrelazado con lo que es. Este sentir primero realiza un doble movimiento, aparentemente contradictorio y, sin embargo, inseparable: por una parte, crea la intimidad, ese espacio interior donde la persona se recoge, donde se experimenta a sí misma, donde adviene a su propio ser. Pero, al mismo tiempo —y en el mismo acto— la abre hacia afuera, la expone, la lanza hacia lo otro. El alma, sede de este sentir, es así el lugar de una tensión fecunda: recogimiento y trascendencia, interioridad y apertura, soledad y comunión. De ahí que considere Zambrano al sentimiento como aquello que nos amarra al mundo, y, al mismo tiempo nos invita a salir, a transcender. Es «ancla y estrella», como apunta en Horizonte del Liberalismo.
No hay aquí escisión entre sujeto y objeto. No hay todavía mundo frente a conciencia. Hay, más bien, una concordancia originaria, una suerte de respiración común entre el ser humano y lo real. En esta afectividad primera, el hombre no se enfrenta al mundo: participa de él. Está religado a un Todo que aún no se ha fragmentado en cosas, en conceptos, en nombres.
El sentir originario es, por ello, comunión y participación con la realidad. A este sentir de comunión, cuando adviene en un sujeto que se sabe a sí mismo y, a la vez, reconoce la diversidad de lo real, Zambrano lo llama piedad.
La piedad no es un afecto particular. Es el modo en que el alma se dispone ante la pluralidad de lo existente. Es saber tratar con lo otro. Pero este trato no implica fusión. Aquí se impone una precisión decisiva: la piedad no disuelve al individuo en la totalidad, ni lo absorbe en lo uno. No es mística de anegación ni abandono de la singularidad. La piedad mantiene la tensión: el ser humano se siente partícipe, pero también singular. Es conciencia de soledad y de pertenencia al mismo tiempo.
No hay anulación, sino relación. No hay absorción, sino convivencia en la diferencia.
A pesar de su interés por el neoplatonismo, el gnosticismo y el misticismo religioso, Zambrano no nos habla de una fusión del yo en el Uno, una disolución del propio ser en el gran Ser, sino de un trato o relación armónica entre dos términos (yo y la realidad) que pretenden seguir conservando su heterogeneidad y que no están dispuestos a sacrificarse uno en aras del otro. Consiste, pues, en sentir la totalidad de lo real, sin perder, por ello, el sentimiento íntimo de la propia individualidad.
La piedad es la única actitud capaz de restablecer el trato con ese universo perdido. No para integrarlo en el orden del logos, sino para reconocer su derecho a existir.
Pero ¿qué es aquello con lo que la piedad trata? No un mundo homogéneo, sino una pluralidad irreductible. Lo real, aquello que nombra la autora como lo otro, no se agota, para ella, en el ser conceptualizado por la metafísica. No es solo lo que puede ser pensado, medido, calculado. Hay en él zonas que escapan al logos. No se circunscribe meramente al ámbito del ser, enclaustrado, a su vez, desde la metafísica eleática, en el espacio del pensar, sino que excede este ámbito para extenderse también al reino de la cualidad simple, de los «semi-seres», de aquellos que, por poseer una naturaleza lábil o imaginaria, esquivos al orden lógico y causal, no han alcanzado el rango del ser. Ese mundo —expulsado por la razón moderna— incluye: los dioses y los ángeles, las quimeras y los fantasmas, lo monstruoso, lo marginal, lo indecible. Recordemos sus palabras: «De una manera espontánea, sabían tratar los hombres medievales con todo lo diferente: en el mundo de lo humano con el enfermo incurable, con el monstruo, inclusive, hasta con el criminal. Y más allá del hombre, con las quimeras y los fantasmas, con los ángeles y los Dioses, con Dios mismo, no concibiéndole como una gran conciencia, no reduciéndole a lo humano».
La piedad es la única actitud capaz de restablecer el trato con ese universo perdido. No para integrarlo en el orden del logos, sino para reconocer su derecho a existir. De ahí que Zambrano considere que el verdadero olvido de la tradición filosófica no es el olvido por la pregunta acerca del Ser, como pretendía Heidegger, sino el olvido de la pregunta acerca el no-ser, de este reino de la cualidad, desdeñado por la razón científica como inexistente por no someterse a sus esquemas conceptuales. La realidad no se agota en lo cuantificable, en lo matematizable. Debe ser concebida como un territorio más amplio, en el que tenga también cabida este vasto mundo de lo marginal, de las afueras del logos, al que la autora, de un modo genérico, nombra como lo sagrado, lo irreductible al sujeto, lo siempre otro y esto otro hace referencia no solo a aquellos seres que comparten nuestro mismo plano vital, pero que sentimos distintos y distantes de nosotros (el criminal, el loco, el enfermo), sino también a aquello que se sitúa tanto en un plano suprahumano (el mundo de la divinidad y de lo maravilloso), como en un plano infrahumano (el mundo de la animalidad, de lo monstruoso, de lo demoníaco). La Piedad, por tanto, es concebida por Zambrano como la afectividad originaria, prerreflexiva, a través de la cual el hombre goza, espontáneamente, del trato con esta multiplicidad de planos de lo real. En La Carta abierta a Alfonso Reyes, Zambrano nos regala esta definición de la Piedad: «Saber tratar, sí, con lo diverso, con los distintos planos de la realidad que al ser armonía ha de ser múltiple. Saber tratar con lo cualitativamente diferente: tender puentes entre los abismos existenciales, que hoy se diría. Saber tratar con la mujer, el loco, el enfermo; saber tratar con el mundo que es siempre «lo otro» –el no-yo-. Saber tratar con lo sagrado, poniéndose una máscara cuando hace falta callar a tiempo; saber de conjuros y de exorcismos; poder descender a los infiernos una y otra vez y hasta saber morir en vida todas las veces que haga falta. Saber tratar con los muertos y con sus sombras. Y, sobre todo, sobre todo, saber tratar con lo «otro» en sentido eminente: «El Otro».
A esta pluralidad de lo real se refiere la autora como «la esencial heretogeneidad del ser», tomando la expresión del poeta Antonio Machado, aunque cambiándole o modificándole el significado: «Piedad es sentimiento de la heterogeneidad del ser, de la cualidad del ser, y es anhelo por tanto de encontrar los tratos y modos de entenderse con cada una de estas maneras múltiples de realidad».
Zambrano pone mucho empeño en no confundir la Piedad, como sentimiento de naturaleza universal, con otros afectos menos genéricos, dirigidos hacia un aspecto concreto de lo real. Así, diferencia la Piedad de lo que hoy denominamos «conciencia ecológica», propulsora de un trato respetuoso hacia la naturaleza, al igual que la distingue de un cierto amor franciscano hacia el reino animal. Y, dentro del plano humano, separa la Piedad de otros afectos que le son cercanos, como la filantropía, la caridad cristiana, la compasión, la simpatía, la tolerancia o la justicia. Todos estos sentimientos son ya diferenciaciones, concreciones históricas de algo más originario. La Piedad es la raíz de todos ellos, constituye «la matriz originaria de la vida del sentir», es ese fondo común, ese suelo afectivo en el que pueden nacer todos los sentimientos amorosos. Sin la afectividad inicial de comunión del hombre con lo real en que consiste la Piedad, no es posible la afección del amor, en ninguna de sus formas. De ahí que la considere «la prehistoria de todos los sentimientos» (Zambrano, 1989, 14), pues, paradójicamente, acompaña a cada uno en su desarrollo histórico, sin verse sustituida por ellos.
La consecuencia última de esta clausura es el nihilismo de Occidente que tiene su epicentro en un problema «espiritual»: en este hermetismo del alma, del espacio interior que abre y comunica al ser humano con lo real.
Esta consideración de la Piedad como la «madre» del resto de los afectos amorosos, nos da pie a diferenciarla tanto de la Piedad cristiana, limitada al amor a Dios y al prójimo, como de la Piedad griega, concebida como el trato respetuoso hacia los dioses, la patria, la familia e, incluso, los muertos. La Piedad zambraniana vendría a ser una afección anterior, más originaria, que todos estos sentimientos amorosos, englobados bajo el concepto cristiano y griego de lo piadoso. Es decir, sería la afectividad de la que todos ellos se derivarían, y sin la cual, no podrían padecerse.
Pero ¿por qué Zambrano reivindica, desde el ámbito filosófico, un sentimiento eclipsado en nuestros días? No es una reivindicación nostálgica, sino crítica. Se dirige contra una forma histórica del ser humano: el sujeto moderno. Este hombre vive en una soledad radical. Ha aprendido a dominar las cosas, pero no a tratar con ellas. Las usa, las manipula, las organiza… pero no las comprende. Ha perdido el trato y eso le ha encapsulado en un angustioso solipsismo.
La raíz de esta soledad la sitúa Zambrano en los fundamentos metafísicos del ideario político del liberalismo: el racionalismo e idealismo, que promueven, con su exacerbada fe en la razón, una concepción intelectualista del hombre.
La raíz de esta soledad la sitúa Zambrano en los fundamentos metafísicos del ideario político del liberalismo: el racionalismo e idealismo, que promueven, con su exacerbada fe en la razón, una concepción intelectualista del hombre. Dicha concepción inhibe su afectividad originaria de comunión con la totalidad: «La idea de que el hombre es, ante todo, conciencia y razón ha llevado a que el hombre solo se considere semejante a otro hombre. Mas no se detiene ahí el proceso, pues como las diferencias entre los hombres subsisten, y hay razas, nacionalidades, culturas, clases sociales y diferencias económicas, hemos llegado al espectáculo bien visible de la sociedad actual. Apenas sabemos tratar sino con aquellos que son casi una reproducción de nosotros mismos»
La consecuencia última de esta clausura es el nihilismo de Occidente que tiene su epicentro en un problema «espiritual»: en este hermetismo del alma, del espacio interior que abre y comunica al ser humano con lo real. Cuando el sentir se repliega, cuando la interioridad se cierra, el hombre pierde su vínculo con lo real. Entonces aparece la experiencia de la nada: el sujeto cae en una radical soledad que se traduce, en el plano metafísico, en la experiencia de una falta de fundamento óntico, de un vacío metafísico.
Despertar, de nuevo, en el corazón el sentimiento piadoso hacia lo universal, la afectividad primera de sintonía con el mundo apunta, en Zambrano, hacia una superación de esta crisis moderna, superación que pasa, necesariamente, por el establecimiento de una nueva figura de razón, intuitiva y cordial, una razón «piadosa», «mediadora» entre el hombre y la alteridad que le permita trascender su soledad. Esta nueva razón, que pretende hacer suya la disposición poética ante lo real, no pretende explicar, sino entrar en relación con ello. No nombra de forma directa, sino que sugiere, insinúa, rodea. Utiliza el símbolo, la metáfora, y, a veces, el silencio como su mejor estrategia. Se acerca a lo otro oblicuamente, de soslayo, de modo indirecto para no violentarlo, ni dominarlo. Sabe que lo otro no puede ser apresado.
La piedad es, en última instancia, una forma de reconciliación.
No elimina la distancia entre el hombre y el mundo, pero la hace habitable. Es el arte de tratar con lo que no somos. Y en ese trato —delicado, incierto, siempre inacabado— se juega la posibilidad misma de una cultura no nihilista, de una vida no desgarrada, de un pensamiento que no destruya aquello que intenta comprender.
La piedad no es debilidad. Es la forma más alta de la inteligencia cuando ha aprendido, por fin, a inclinarse.
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