Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

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Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

viernes, 27 de marzo de 2026

Propaganda, manipulación y oclocracia


El mundo entero se encuentra sumido en una serie de convulsiones a nivel geopolítico y a escala global, como nunca antes se había visto, al menos hasta fechas recientes. Todo este caos coincide con una fecha clave, que es el año 2020, que parece ser la fecha de inicio de un nuevo paradigma en el actual devenir histórico. Quizás, en la historia reciente, desde la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, nunca nos hemos encontrado ante acontecimientos internacionales dominados por tanta incertidumbre, y sobre todo con tanto oscurantismo informativo, con los hechos y datos enturbiados por la propaganda interesada, en la que los mass media vienen ejerciendo la función de brazo mediático del poder, como siempre ha ocurrido, y especialmente desde la aparición de la «sociedad de masas».

Esta situación nos recuerda mucho a la obra de Edward Bernays, Propaganda, publicada originalmente en 1928, y a las técnicas de «comunicación» y persuasión que en ella se exponen como parte de lo que el autor concebía como una «democracia organizada». Este autor, de origen hebreo y sobrino de Sigmund Freud, nacido en Austria y pionero de las «relaciones públicas», nos habla clara y abiertamente de la manipulación de masas, del gobierno invisible o de marcar una orientación psicológica en la sociedad, desvelándonos muchas de las claves que subyacen entre bambalinas en los sistemas demoliberales modernos. Son principios todavía vigentes y actuales, como los que nos hablan de la «opinión pública», ese ente abstracto y deliberadamente fabricado, organizado y dirigido por «expertos», que no es espontáneo ni mucho menos conformado en base a una reflexión o al amparo de una doctrina meditada o anclada en tradición alguna. Al fin y al cabo, como ya nos enseñó en su momento Gustave Le Bon, la masa es voluble e informe, y por su propio carácter colectivo, tiende al caos de lo informe.

Edward Bernays (1891-1995), el autor de «Propaganda», considerado un pionero de las «relaciones públicas» en un sentido moderno y actual.
Edward Bernays (1891-1995), el autor de Propaganda, considerado un pionero de las «relaciones públicas» en un sentido moderno y actual.

Debemos agradecer al autor que no utilice medias tintas, ni utilice eufemismos para disfrazar lo que es simple y llanamente un ejercicio de manipulación, que él considera positivo y necesario. Para nuestro autor, la vida moderna entraña demasiada complejidad y vicisitudes que no pueden ser dejadas al azar. Según Bernays, las sociedades de masas requieren de «marcos de comprensión comunes», de los famosos «consensos», de los que tanto escuchamos hablar con ocasión de los acuerdos entre las formaciones políticas de los regímenes plutocráticos liberales. Estas sociedades necesitan símbolos que las unifiquen y, especialmente, mecanismos que reduzcan el caos de millones de opiniones, deseos y pulsiones individuales. En este contexto, tenemos la figura del propagandista que nos perfila Bernays, y que lejos de ser un mero charlatán, o un prestidigitador circense, es un ingeniero social con habilidades comunicativas y de persuasión, dispuesto a homologar a ese caos informe que siempre ha representado la masa, dentro de los cauces de un orden y una acción colectiva.

Hay quien piensa que la propaganda de masas es propia de regímenes «totalitarios» o «autoritarios» del pasado, a lo que se concibe como dictaduras en términos más generales, donde la figura de un Jefe de Estado omnipotente dispone de manera subrepticia y manipuladora un culto personal, o lleva a cabo acciones tiránicas y sanguinarias, como una suerte de ser malvado, como si se tratara de un filme hollywoodiense. La realidad es que la democracia liberal de masas hace uso permanente de este tipo de recursos, y la manipulación, polarización y generación de antagonismos, debates falsos e impostados, son una constante que se extiende desde los hechos más triviales (disputas absurdas para el entretenimiento de la masa, más propias de una oclocracia, o incluso de una cloaca, como son las que suelen protagonizar personajes como Sara Santaolalla y Vito Quiles entre otros muchos) hasta la construcción de relatos ex-profeso para generar una imagen de la realidad que no se corresponde con su vertiente objetiva.

Bernays nos habla de un concepto clave: el «gobierno invisible», o el gobierno a la sombra, que en lugar de concebirse como una conspiración a la sombra urdida por los poderosos, por quienes detentan el poder efectivo sin mostrarse, aparecen como parte del funcionamiento normal de cualquier sociedad moderna. En cada ámbito de la vida política, económica, cultural-artística etc. aparecen personas e instituciones que actúan como intermediarios, que aparecen como intérpretes y mediadores entre los hechos y la masa, encargándose de traducir a un lenguaje comprensible las propias acciones institucionales y gubernativas, que determinan aquello sobre lo que debe ponerse el foco, y convertirse en objeto de discusión en cada momento. Por ejemplo, en las últimas semanas previas a la agresión criminal de EE.UU-Israel sobre Irán, medios «informativos», redes sociales y diversos opinadores centraron la atención pública en la cuestión del velo islámico, en una supuesta represión sobre las mujeres iraníes y otros temas relacionados. Muchas figuras públicas del sistema orientaron sus opiniones de manera beligerante contra el régimen vigente en Irán, sin contrastar ninguna información, no fuera a ser que se tratara de una operación de falsa bandera para descabezar el régimen de los Ayatolás desde dentro, y favorecer los intereses geoestratégicos de Israel en la zona, como así parece ser. No se trata, como vemos, de un único centro, sino que son mediaciones dispersas y fragmentadas que generan una red de influencias, de «voces públicas autorizadas» que orientan la percepción colectiva. Esta situación genera una paradoja, y es que las democracias modernas proclaman la igualdad de voto, pero en la práctica se pertrechan en sus fundamentos ideológicos en base a minorías organizadas que dictan en cada momento a las masas lo que deben pensar, sentir o desear.

Podemos trasladar este ejemplo a otros ámbitos, y el más característico podría ser el de los gustos, los hábitos de ocio y las modas, que utilizan los mismos recursos y herramientas psicológicas y de manipulación, con la voluntad de homologar y estandarizar, de congregar a la masa sobre un mismo redil, de tal manera que orienten sus gustos, pareceres y hábitos a través de un único camino. De este modo, vemos como el consumo de cultura de origen anglosajón tiene un papel preponderante entre la masa, sin distinción de sexo, edad u origen social, un importante porcentaje de población ha sido moldeado en su conciencia y ser más profundo por la mentalidad que viene del otro lado del Atlántico, consume su cine, su música y se viste del mismo modo, e incluso utiliza un lenguaje y vocabulario plagado de anglicismos, con una serie de lugares comunes, que además de convertirnos en siervos y cipayos del imperio, nos despojan de nuestra identidad como españoles y europeos.

Imagen arquetípica del «american way of life», concepción que ha moldeado el estilo de vida moderno en su integridad.
Imagen arquetípica del «american way of life», concepción que ha moldeado el estilo de vida moderno en su integridad.

Esto nos lleva a plantearnos si no es posible que la mayoría no posea la capacidad de autogobernarse, de dotar de sentido y plenitud su propia realidad, convertirse en dueños de su destino y construir su propia personalidad, sin que un «experto», que puede ser desde un presentador de TV, a un influencer o un miembro de las oligarquías partitocráticas de la democracia liberal, lo pastoree y lo guíe. La realidad es que el hombre moderno de nuestros días, carece de las habilidades cognitivas y la visión profunda necesaria para analizar todos los problemas que afectan a su vida cotidiana, y por otro lado, sus hábitos mentales, limitados a mensajes esquemáticos y generales, como los que proporciona la publicidad, lo han reducido, en un amplio personaje, a peleles o espantajos en manos de propagandistas de toda ralea. Julius Evola nos hablaba del «hombre fugaz», como un tipo humano, de carácter psicopatológico, común a toda el área geográfica que podemos llamar hoy día «Occidente», que se caracteriza por la «anestesia moral», más preocupado por los avatares y devenires de su equipo de fútbol y por su mascota humanizada, que carece del más mínimo atisbo de dignidad. Tampoco es capaz de adquirir compromisos, ni consigo mismo ni con los demás, feminizado en su psique y en su interioridad, fragmentado y esperpéntico en muchos aspectos de la vida ordinaria, que al fin y al cabo es la única que le interesa y sobre el único plano, material, en el que alcanza a desarrollarse mínimamente.

Bernays es consciente de que la democracia como tal es una ficción, un imposible que no puede ser llevado a la práctica en sus presupuestos teóricos, pues el «gobierno de muchos» es una antítesis, un oxímoron que la propia propaganda vinculada a los regímenes demoliberales, les interesa perpetuar bajo consignas y lemas como «soberanía popular», «el poder de las urnas» o «un hombre, un voto». La realidad es que los poderes públicos, y las oligarquías y lobbies a los que deben obediencia, son los que tutelan a esta masa, y dentro de la misma al hombre común, profundamente maleable, sujeto a prejuicios, hábitos adquiridos y emociones, fiel a los símbolos y las lealtades grupales. Pretender que la suma de la voluntad colectiva de este tipo humano conformara una orientación o dirección coherente en el ejercicio de cualquier poder es, simplemente, una ilusión. De manera que impera el pragmatismo y la democracia y todo su aparataje, su retórica, rituales y símbolos forma parte de algo funcional, que evita el caos y permite articular voluntades dispersas con fines determinados, donde la demagogia es la norma común e imperante. Estamos acostumbrados a ver una serie de patrones en el votante medio, como una fidelidad excesiva hacia el partido, un apoyo en muchas veces incondicional, que incluye formas grotescas de culto al líder, aunque este sea un mediocre y un peón sometido a la voluntad de poderes espurios, como podría ser el caso de Pedro Sánchez. Y, de hecho, una simple campaña publicitaria, nutrida con millones de euros, puede convertir cualquier producto o a cualquier individuo en una pieza codiciada o alguien famoso, y todo ello en base a modelos predictivos, cuyo alcance puede ser calculado por agencias publicitarias o instancias anejas al poder.

La farsa de las elecciones demoliberales son procesos guionizados y planificados entre candidatos plenamente funcionales a los intereses del sistema.
La farsa de las elecciones demoliberales son procesos guionizados y planificados entre candidatos plenamente funcionales a los intereses del sistema.

Pero todo esto viene a demostrar que la masa es susceptible a captar determinados símbolos y adaptarse a rituales compartidos, bajo la fórmula de la campaña publicitaria, a falta de otros recursos que puedan aparecer como cohesionadores del cuerpo social, dado que las sociedades liberales han erosionado toda forma de identidad y bienes raíces. Pero el símbolo tradicional, de autoridad, ha terminado sustituido por la campaña publicitaria, por la operación de marketing al servicio del mercado, del poder constituido, en nombre del «buen ciudadano», de aquel que se integra en el sistema y obedece sin rechistar. Esto supone que la verdad no importa, y que ésta se somete a criterios de «utilidad pública», a lo que conviene en cada momento, y a lo que es funcional al poder. Bernays nos habla sin pudor alguno de profesionalizar las técnicas de persuasión que moldean a la sociedad, dotarlas de una ética propia. Todo ello con las consecuencias que todos conocemos en nuestros días, y que vemos a través de la política reducida a teatro y escenificación, a través de una dramaturgia en la que la capacidad para movilizar emociones es más importante que la deliberación sobre la realidad. Un ejemplo de cierta magnitud, y decisivo, en el actual ciclo histórico en el que acabamos de entrar, es el episodio que vivimos en 2020 con la Plandemia, con unas técnicas de manipulación ejecutadas a nivel global, generando reacciones y comportamientos estandarizados en todo el orbe occidental, y con ello fuimos testigos de la escenificación de una «pandemia global», en la que el miedo, la sobresocialización de la masa y la aplicación de medidas represivas totalmente distópicas, generaron episodios de histeria y enfrentamientos nunca vistos, así como la persecución del disidente, etiquetado como «negacionista», al que había que despojar de todo derecho y dignidad en pos de la «seguridad colectiva», cuyo último valedor eran las instituciones del sistema, todas ellas alineadas en torno a una farsa que nos reveló el nivel de sometimiento, disonancia cognitiva y deshumanización que los propagandistas del Nuevo Orden Mundial son capaces de desplegar.

Ya hemos analizado con anterioridad, concretamente con el texto dedicado a Baudrillard, y también en el de Lipovetsky, las dinámicas posmodernas que alimentan el devenir de las sociedades contemporáneas postreras, a través de la forma en la que la sociedad moderna produce y reproduce sus símbolos, valores y consensos. El libro al que venimos aludiendo, Propaganda, se inscribe en esta misma línea, y nos ofrece un retrato de la sociedad estadounidense de entreguerras, y lo hace mostrando las tensiones existentes entre tradición y modernización, entre la personalidad del individuo y el gregarismo de masas generando una serie de antagonismos que podríamos exponer en un buen número de ámbitos de la política y sociedad de la época.

Destaca especialmente la forma de hacer política que Edward Bernays nos expone, que señala que ya no puede plantearse en los términos de los viejos usos del mundo decimonónico, que estaba muy ligada a las habilidades y capacidades oratorias de los líderes o al clientelismo de las oligarquías de partidos. La política del siglo XX, y del siglo XXI, debe regirse por otros parámetros, que son los que son capaces de construir relatos eficaces y directos, centrados en puntos decisivos y cuidadosamente organizados, con contenidos inteligibles (muchas veces esquemáticos y simples) y con símbolos accesibles. El político moderno depende en su éxito de su capacidad de generar acontecimientos significativos, de escenificar y traducir (subrepticiamente) cuestiones complejas en imágenes y narrativas que puedan encontrar un hueco duradero en la psique colectiva. Por ello Bernays incide especialmente en la importancia de desarrollar un aparato de comunicación organizada, algo especialmente moderno para su época. Las consecuencias de esta instrumentalización son evidentes, con la resignificación de lo público en términos demagógicos en el peor sentido del término.

Otro de los fenómenos asociados a Propaganda lo vemos a través de un fenómeno muy en boga en nuestros días, como es la «emancipación» de la mujer y su irrupción en la vida pública, tras la generalización del sufragio y su creciente protagonismo en organizaciones civiles. De hecho, Bernays alaba la capacidad de las sufragistas en sus conquistas sociales, al hacer uso de la movilización de técnicas modernas para amplificar su voz y compensar un papel marginal en las instituciones hasta aquel momento. Bernays utiliza este ejemplo para significar el papel positivo del uso de la propaganda y persuasión por parte del poder político. Bien es cierto, que con posterioridad, con desarrollos ulteriores del sufragismo, el feminismo, que es una ingeniería social institucionalizada, se ha convertido en un poderoso instrumento de propaganda para destruir y disgregar a la sociedad, alimentando conflictos artificiales a través de guerras de sexos, pretendidas injusticias económico-materiales y laborales, que han desembocado en la destrucción del orden familiar, el enrarecimiento y bloqueo de las relaciones entre hombre y mujer, dando lugar a una crisis civilizacional con unas catastróficas tasas de natalidad reducidas al mínimo e incluso una crisis de carácter antropológico. Todo ello generando falsos antagonismos, relatos impostados y destruyendo la propia naturaleza femenina en un proceso deliberado e inducido desde instancias y cenáculos ligados al poder.

Otro terreno que Bernays considera decisivo es la educación y la escuela, que no puede limitarse a la mera transmisión de conocimientos, donde tenga lugar la alfabetización y la formación cívica y en contenidos científicos, sino que es un canal privilegiado para moldear a la población en su etapa más maleable e imponer hábitos mentales. A pesar del lenguaje filantrópico y de conocimiento en el que trata de envolver toda la acción propagandística, es evidente, que hay una intención de manipulación al servicio de intereses privados e ideológicos. Del mismo modo que en los colegios actuales sirven para introducir las perniciosas y destructivas ideologías de género, en el periodo más frágil y en pleno proceso de maduración de los más jóvenes, sirve para imponer ciertas inercias psicológicas, hábitos y prejuicios en clave liberal, así como normalizar ideologías anejas como la de los «derechos humanos» o diferentes formas de humanitarismo, que hacen inconcebible otro modelo de sociedad que no pase por la democracia liberal de partidos, los valores liberales y las «libertades» abstractas y mecanicistas que se derivan de su individualismo inorgánico, el rechazo a la tradición, al pasado o cualquier otro aspecto que pertreche nuestra identidad. Al final la propaganda, tal y como nos la describe Bernays, no es algo accesorio, sino que se convierte en la condición irrenunciable para difundir la «ideología del progreso», y viene legitimada por su utilidad y la justificación de su efecto manipulador bajo un supuesto beneficio colectivo.

La ideología de los derechos humanos parte de principios abstractos y universales, válidos para toda la «humanidad». Como subproducto de la ideología liberal, ignora la diversidad de pueblos, tradiciones y realidades históricas concretas.
La ideología de los derechos humanos parte de principios abstractos y universales, válidos para toda la «humanidad». Como subproducto de la ideología liberal, ignora la diversidad de pueblos, tradiciones y realidades históricas concretas.

Da igual al campo que hagamos referencia, política, mujer, educación o servicios sociales, en todos los casos hay un patrón común, un nexo que actúa como eje cardinal de todo el proceso de propaganda, y es la tecnología como mediación y vehículo simbólico que hace posible la modernización. En este caso deberíamos hablar de los mass media y, en los últimos tiempos, las redes sociales, como vías de uniformización del gusto estético, la confianza en la ciencia, la aceptación de pretendidas reformas sociales, incluso la sustitución demográfica y poblacional, como viene ocurriendo en nuestros días. En los años 20-30 probablemente eran necesarias campañas y voceros públicos, actos y el uso de cierta pedagogía más o menos explícita. Sin embargo, a día de hoy, todo es mucho más sutil, y más con la sobresocialización imperante entre la masa, y la interiorización profunda de mantras ideológicos que actúan desde lo más profundo del inconsciente. Nadie puede creer que la cultura y la circulación de ideas son el fruto de procesos espontáneos, de las sensibilidades y enfoques de los muchos, sino que siempre necesita de mediadores, de escenarios e instituciones que hagan visible lo invisible, y siempre obedece a una planificación organizada y a los intereses de determinados grupos de poder.

Finalmente, Bernays nos reconoce que es imposible encontrar una sociedad moderna de masas que se sustraiga a la manipulación y la necesidad de profesionalizarla, y la necesidad de concebirla, inevitablemente, como una suerte de «arte de gobernar», entendido como una forma de intervención organizada. El libro, lejos de reflejar esta realidad desde la más pura objetividad, o como algo externo, y desde una perspectiva descriptiva, es una legitimación del fenómeno de la propaganda y la manipulación, como una condición necesaria y deseada para la gobernabilidad. De todo ello se deduce una concepción antropológica muy evidente, desde un tipo humano, el «homo democraticus», si nuestros lectores nos lo permiten, que como arquetipo ideal del «hombre-masa» moderno sería incapaz de formarse una visión consistente sobre los asuntos colectivos que le conciernen, y en su insuficiencia y limitaciones precisaría de un mando superior, que ejerciera de orientador, educador y guía, integrado por un conjunto de expertos, o un gobierno integrado por estos, como una especie de tecnocracia, en la que el individuo sería guiado hacia objetivos definidos. El libro es muy certero al analizar la anatomía de las democracias modernas y desentrañar sus mecanismos internos, demostrando que la soberanía popular es una ficción mantenida con eficacia por sutiles técnicas de persuasión y manipulación colectiva. Para Bernays esta instrumentalización del poder no responde a deseos arbitrarios, y confiando plenamente en la ética del propagandista, apela a su labor como «instrumento científico y racional vinculado a la verdad y al interés general».

Sería pueril y ridículo creer las monsergas liberales, envueltas en un lenguaje pedagógico-iluminista dieciochesco, que nos suena al Emilio de Jean Jacques Rousseau con ciertos toques maquiavélicos. Lo cierto es que toda colectividad se articula en torno a una jerarquía, y que la natural desigualdad de los hombres, su ethos particular y el dharma al que se deben las diferentes naturalezas de los seres humanos, son el mejor antídoto frente a toda utopía igualitaria moderna. No obstante, también es cierto, que esas diferentes cosmovisiones que se manifiestan en las colectividades humanas pueden responder a funciones complementarias y orgánicas en el seno del cuerpo social, sin necesidad de estar expuestas a las tergiversaciones de los propagandistas y manipuladores modernos de los que nos habla Bernays. Las sociedades modernas, inorgánicas y vacías, regidas por un principio instrumental, concebidas como un simple agregado de individuos, cuya cohesión, si es que existe, está vinculada a intereses económico-financieros y materiales, carecen de esa orientación natural que en el mundo tradicional vertebra el cuerpo social y lo orienta hacia un fin, en torno a una jerarquía, y sin necesidad de convertirse en objeto de la demagogia de grupos de poder, de lobbistas, por ejemplo, como los que copan puestos de poder e influencia en las sociedades del Occidente liberal.

Aunque parezca un ejemplo desvinculado de lo que venimos comentando, es especialmente relevante el posicionamiento de las izquierdas y las derechas españolas en relación a determinados temas, como en el caso de Estados Unidos y su apéndice, Israel, que a través de la acción de numerosos lobbies (ACOM en España, que se dedica a insultar y señalar a quienes no comulgan con la traición permanente) parecen seguir un patrón muy concreto. Hay una división aparente que cumple una función política y psicológica que permite ordenar un asunto complejo en torno al genocidio perpetrado por Israel en Palestina, y que se organiza de manera superficial por parte de este marco político (partitocrático) en la vida pública española. Dentro de este marco, las izquierdas se identifican con Palestina, mientras que las derechas lo hacen con Israel en una especie de escenografía retórica que oculta un consenso (término que les encanta a los demoliberales) mucho más profundo sobre la inserción de España en el sistema geopolítico occidental y atlántico y los límites sobre los que puede moverse cualquier gobierno.

Caricatura que ilustra el modus operandi de Israel, no exenta de cinismo e hipocresía, desde su fundación en 1948.
Caricatura que ilustra el modus operandi de Israel, no exenta de cinismo e hipocresía, desde su fundación en 1948.

Para entender este fenómeno hay que retrotraerse a la propia estructura del sistema político español surgido en la Transición, ese proceso político impostado y planificado que nos conduce al destructivo Régimen constitucional de 1978, mucho peor, en muchos aspectos, que aquellos regímenes liberales precedentes. La política exterior española ha quedado anclada a tres vectores fundamentales: la pertenencia a la OTAN desde 1986, como vasalla de los intereses geoestratégicos del hegemón yanqui del otro lado del Océano; la integración en la UE, como organización pantalla de los intereses del anglosionismo en Europa en perjuicio de su limitada soberanía y, en definitiva, alineada con el atlantismo, neutralizada en sus más elementales funciones territoriales, incluso en lo que se refiere a la defensa de sus fronteras e integridad territorial, amenazada por Marruecos, aliado preferencial de USA-Israel. Este marco de actuación no lo cuestiona ningún partido político, ninguno de los que pertenecen al arco parlamentario y a los que se les permite tener representación parlamentaria. En la izquierda, especialmente aquella que pretende ser más «antisistema» (nos entra la risa…), como pudiera ser Podemos o cualquiera de sus sucursales autonómicas, ha construido cierta «identidad retórica» en torno al tema de Palestina, sobre todo bajo la forma discursiva, con alegatos o declaraciones pomposas que nunca se traducen en acciones concretas, ni a nivel programático ni mucho menos como acción de gobierno.

Sirva como ejemplo las reiteradas condenas y vetos por parte del actual gobierno español presidido por Pedro Sánchez, quien en realidad nunca ha dejado de vender armas a Israel y su pretendida «negativa» a colaborar con las bases estadounidenses en suelo español son parte de una farsa y una escenificación de consumo interno, con propósitos electorales, que para nada se corresponde con la realidad. Durante décadas, el tema de Palestina ha sido parte del imaginario internacionalista de esta izquierda. Por su parte, la derecha ha desarrollado de manera explícita sus connivencias, de manera servil y antiespañola, con el estado de Israel bajo una serie de premisas que carecen de coherencia por completo, y que desde hace muchos años arguyen que es «el único estado democrático en la zona», como si eso fuera patente de corso para perpetrar asesinatos en masa o violar la soberanía territorial de sus Estados vecinos. Otro de los pretendidos supuestos entre movimientos conservadores ha sido la identificación de Israel como bastión frente a los movimientos islamistas radicales, cuando sabemos que durante años se han dedicado a financiar y armar a grupos armados como Hamas o Al-Qaeda en Palestina o Siria. Incluso recientemente, cuando Benjamin Netanyahu todavía conservaba cinco dedos en cada una de sus manos y no se había transformado en un espantajo de la IA, invitó a diversas fuerzas políticas de la derecha liberal europea, entre ellas a VOX, en una especie de congreso contra el «antisemitismo» que parecía más una prueba del sometimiento y falta absoluta de escrúpulos de los autodenominados «patriotas».

La derecha sionista «española» rindiendo pleitesía a Netanyahu.
La derecha sionista «española» rindiendo pleitesía a Netanyahu.

La realidad en este ficticio conflicto entre Israel y Palestina, en torno al cual se alinean izquierdas y derechas, como medio para reforzar pretendidas identidades ideológicas, ya sea presentándose falsamente como portadores de una solidaridad con los pueblos oprimidos por la izquierda liberal, al tiempo que apoyan la Agenda 2030 sostenida por los gerifaltes del globalismo tecnocrático de los Rothschild o las políticas antiespañolas de Marruecos, y la derecha liberal, apoyando a EE.UU-Israel, aliados de Marruecos, país al que están dotando de cobertura internacional en sus pretensiones de expansión territorial, tanto en torno a la soberanía del Sahara Occidental como en la amenaza hacia los territorios españoles de Ceuta, Melilla y las islas Canarias. Al final ambas fuerzas convergen en los mismos lugares comunes, con los mismos aliados, cooperando en los mismos marcos estratégicos. Podríamos poner los mismos ejemplos en torno al caso de la guerra que la OTAN libra en Ucrania contra Rusia, donde izquierdas y derechas coinciden de manera indiscutible en proporcionar apoyo incondicional (financiero, logístico-armamentístico y diplomático) bajo las mismas coordenadas atlantistas. Y todo esto no es posible solo a través de la acción de los partidos y sus redes de propaganda, que si bien tienen una influencia considerable, son en sí mismas insuficientes en las democracias contemporáneas. Más allá de los partidos tenemos una amplia y compleja red, un ecosistema integrado por fundaciones, organizaciones lobistas, «asociaciones cívicas», think tanks y otro tipo de cenáculos de mayor o menor importancia, que son los actores fundamentales en la elaboración de este tipo de propaganda que permite producir determinados relatos, orientar agendas políticas y construir marcos interpretativos que generan «opinión pública» moldeada en función de los intereses de las élites del sistema.

Así funciona la estructura del lobby pro-israelí en España, con sus terminales mediáticas e institucionales.
Así funciona la estructura del lobby pro-israelí en España, con sus terminales mediáticas e institucionales.

Este tema, en sí mismo, daría para un artículo propio, pero no creemos poder aportar, y lo decimos con toda la modestia que nos caracteriza, nada nuevo al flujo de información existente en la red, que se ha difundido de manera notable entre politólogos, periodistas y profesionales de otros ámbitos en un ejercicio muy útil de discernimiento de la realidad de los hechos, que ha despertado a un importante sector de la población frente a las manipulaciones interesadas del poder, frente a sus propagandistas encuadrados en lobbies y otros grupos de poder, y las falsas dicotomías que bajo la falsa dialéctica izquierda-derecha pretenden desviarnos del camino de la verdad.

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