
<p><b>A lo largo de la historia huir al bosque ha implicado romper de manera radical con el orden social establecido. Representa un cambio, una prueba o la entrada al oscuro y misterioso mundo del subconsciente. En el caso de María Zambrano fue La Pièce, la modesta casa de campo, situada en el pueblo francés de Crozet, donde vivió exiliada entre 1964 y 1978, tras haber pasado por México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Suiza. En esta «choza», a la que Zambrano llama también <i>mi madriguera</i>, encuentra un espacio de soledad y contacto con la naturaleza que le llevará a escribir obras como <i>Claros del bosque.</i></b></p>
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<p>Nuestro viaje comienza el 4 de julio de 1845 en los bosques de Walden Pond, Concord, Massachusetts, lugar al que Henry David Thoreau se muda celebrando así su particular día de la independencia. A partir de ese 4 de julio, durante dos años, dos meses y dos días, Thoreau vivirá en una pequeña cabaña en la que experimentará la sencillez de la vida rural y, al mismo tiempo, reflexionará sobre la sociedad y la naturaleza. Como estudioso apasionado de las escrituras védicas de la India, el escritor ha viajado hasta Walden con un ejemplar del <i>Bhagavad Gita</i>, texto sagrado hinduista que forma parte del poema épico <i>Majabhárata</i>. Este texto se convertirá en la lectura con la que inicie cada día en su cabaña: «El apego a los objetos sensibles nace en el hombre mientras en ellos medita; del apego se origina el deseo; del deseo se engendra la pasión desordenada; la pasión desordenada es causa del error; el error perturba la memoria; perturbada la memoria, se destruye la razón; destruida la razón, perece el hombre. Pero quien bien dispuesto, dominados los sentidos por la razón y exentos de amor y odio, se dirige a los objetos de los sentidos, logra la paz de su espíritu. En esta paz está la ruina de todas sus desgracias, porque el entendimiento de aquel cuya razón está tranquila, pronto se adhiere firmemente a un solo objeto». Como miembro del trascendentalismo, movimiento filosófico estadounidense del siglo XIX, Thoreau defiende la autosuficiencia, la intuición frente a la lógica y la divinidad de la naturaleza y del ser humano. Otros nombres importantes de este movimiento son Ralph Waldo Emerson, líder y portavoz que escribe el ensayo <i>Naturaleza</i>, publicado en 1836 y considerado el manifiesto fundacional del trascendentalismo, Margaret Fuller, periodista y activista pionera del feminismo en Estados Unidos, y Walt Whitman, poeta insignia del movimiento con su famoso libro <i>Hojas de hierba</i>.</p>
<div style="width:609px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Paisaje-con-san-Pablo-Ermitano-Nicolas-Poussin-c.1637.jpg" alt="" width="599" height="391"><p>«Paisaje con san Pablo Ermitaño», de Nicolas Poussin, c.1637. © Museo del Prado, Madrid</p></div>
<p>La historia de Thoreau, su emboscadura voluntaria, me sirve para abrir un camino de bosque por el que transitar en busca de algunas personas que, dedicadas a escribir, encontraron en la naturaleza un refugio inigualable. A lo largo de la historia, huir al bosque ha implicado romper de manera radical con el orden social establecido. Representa un cambio, una prueba o la entrada al oscuro y misterioso mundo del subconsciente. Lejos de las leyes de los hombres, el bosque se convierte en un entorno dual: una despensa de recursos y un lugar salvaje y peligroso, el <i>locus horridus</i>, un espacio natural que, aun destilando belleza, puede ser hostil, oscuro, amenazante.</p>
<p>Viajamos ahora hasta 1850, año en que la naturalista Susan Fenimore Cooper publica su <i>Diario rural</i>, una de las obras fundacionales de la literatura de la naturaleza. La primera edición del libro, publicada de forma anónima bajo la firma <i>by a Lady</i> (por una dama), recibe elogios de figuras como Charles Darwing y se anticipa cuatro años a la publicación de <i>Walden</i>, el célebre libro de Thoreau. En su particular diario, Fenimore registra, con gran detalle, la vida salvaje de la zona de Cooperstown, el comportamiento de insectos, aves y mamíferos y el clima y los ciclos botánicos de árboles y plantas locales: «Una noche gloriosa. La luna salió temprano a última hora de la tarde con un esplendor inusual, alzándose en un cielo sin nubes, con una luz de un brillo y una intensidad notables. Las estrellas eran todas pálidas y tenues. El azul del cielo y el verde de los árboles se veían con claridad, e incluso la naturaleza del follaje de los diferentes árboles se distinguía a simple vista. El lago y los montes podrían haber resultado casi tan reconocibles para un forastero como durante el día».</p>
<p>Y en nuestro viaje, como forasteros errantes, nos detenemos ahora en las montañas de la Selva Negra, al sur de Alemania, en agosto de 1922, cuando Elfride Heidegger, mujer del filósofo Martin Heidegger, le regala a su esposo una cabaña ubicada a más de 1000 metros de altitud. Elfride ha utilizado un adelanto de su herencia para comprar un terreno y contratar a un carpintero local que realice la construcción. Ella misma ha hecho el diseño de la cabaña, ideada como un lugar donde su marido pueda trabajar con tranquilidad, la tranquilidad que ayudará a que el filósofo alemán escriba en el lugar su obra cumbre, <i>Ser y tiempo</i>, en la que, sobre la naturaleza, nos dice: «De su modo de ser a la mano se puede prescindir, ella misma puede ser descubierta y determinada solamente en su puro estar-ahí. Pero, a este descubrimiento de la naturaleza le queda oculta la naturaleza como lo que <i>se agita y afana</i>, nos asalta, nos cautiva como paisaje. Las plantas del botánico no son las flores en la ladera, el <i>nacimiento</i> geográfico de un río no es la <i>fuente soterraña</i>». Y en <i>Caminos de bosque</i> Heidegger escribe: «Cuando caminamos hacia la fuente, cuando atravesamos el bosque, siempre caminamos o atravesamos por las palabras <i>fuente</i> y <i>bosque</i>, incluso cuando no pronunciamos esas palabras, incluso cuando no pensamos en la lengua. Pensando desde el templo del ser, podemos presumir lo que arriesgan esos que a veces arriesgan más que el ser de lo ente. Arriesgan el recinto del ser. Arriesgan el lenguaje».</p>
<blockquote><p>Como miembro del trascendentalismo, movimiento filosófico estadounidense del siglo XIX, Thoreau defiende la autosuficiencia, la intuición frente a la lógica y la divinidad de la naturaleza y del ser humano.</p></blockquote>
<p>Y arriesgando el recinto del ser, y el lenguaje, nos desplazamos, en este viaje espaciotemporal a través de naturalezas letraheridas, con frases que van cayendo, a nuestro paso, como árboles azotados por el viento, hasta la localidad alemana de Wilflingen, el pequeño pueblo de la Alta Suabia donde Ernst Jünger pasa la mayor parte de su larga vida. Allí se retira en la década de 1950, compaginando su intensa actividad literaria con su pasión por la entomología y la observación de la naturaleza. En su libro <i>La emboscadura</i>, Jünger nos dice: <span>«</span>En el hecho de irse al bosque, de emboscarse, esto es, en lo que en adelante llamaremos <i>emboscadura</i> contemplamos la libertad de la persona singular dentro de este mundo. Además de esto, es preciso describir la dificultad, más aún, el mérito que hay en ser en este mundo una persona singular<span>»</span>.</p>
<div style="width:428px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/images-1.jpg" alt="" width="418" height="478"><p>María Zambrano en su casa de La Pièce.</p></div>
<p>Y así, sumidos en nuestra singular emboscadura, llegamos a La Pièce, la modesta casa de campo, situada en el pueblo francés de Crozet, en la que María Zambrano vive exiliada entre 1964 y 1978, tras haber pasado por México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Suiza. En esta casa, a la que<a href="https://fundacionmariazambrano.org/"> Zambrano</a> llama <i>mi madriguera</i>, encuentra un espacio de soledad y contacto con la naturaleza que le llevará a escribir obras como <i>Claros del<a href="https://elhombreylodivino.com/ramificaciones-de-lo-sagrado/"> bosque</a></i>: «Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis». Pero, a pesar de su aislamiento geográfico, Zambrano mantiene una estrecha relación intelectual a través de cartas. Es conocido su intercambio epistolar con el teólogo Agustín Andreu y su constante contacto con poetas como José Angél Valente o José Miguel Ullán, quienes visitan a la escritora en La Pièce.</p>
<p>Y en su poema <i>Un dibujo de abril para María Zambrano</i>, Ullán escribe:</p>
<p>«Un manantial, una hermandad republicana (alguien</p>
<p>tenía que decirlo), un lirio</p>
<p>-y la voz temblorosa</p>
<p>(«la poesía va contra la justicia»)</p>
<p>de la primera luz,</p>
<p>al despertar perdida</p>
<p>en la corazonada discontinua del bosque».</p>
<p>Y en la corazonada discontinua del bosque nuestro viaje se agota, y en nuestro agotamiento nos encontramos con Mary Oliver, que nos invita, con su poema <i>Dormir en el bosque</i>, a descansar bajo los árboles:</p>
<p>«Creí que la tierra me recordaba,</p>
<p>me recibió tan tierna, arreglándose</p>
<p>la falda oscura, con los bolsillos</p>
<p>llenos de semillas y de líquenes. Dormí</p>
<p>como nunca, como una piedra</p>
<p>en el lecho del río, nada</p>
<p>más que mis pensamientos entre el fuego blanco</p>
<p>de las estrellas y yo, y ellos flotaban</p>
<p>livianos como polillas entre las ramas</p>
<p>de los árboles perfectos. Toda la noche</p>
<p>subí y bajé, como en el agua, forcejeando</p>
<p>con una condena luminosa. A la mañana</p>
<p>me había convertido en algo mejor</p>
<p>por lo menos una docena de veces».</p>
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