
<h4>¿Cómo discurriría la razón si se dejase guiar por el misterio de las ruinas? Y si el pensamiento se ajardinara, ¿mostraría una estética de la lentitud capaz de proteger la vida de todos los seres del tiempo que la sostienen? Con la obra de María Zambrano como lucerna, proponemos desplegar un fragmento posible del mapa poético anunciado por las preguntas anteriores. Y, sobre todo, compartir una actitud.</h4>
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<p>Puesto que las ruinas no son lo que ha quedado, sino lo que se ha ido transformando, la poesía implícita en toda construcción que, al fin, vive por su cuenta. De ellas, de las ruinas, se siente a punto de desprenderse, a veces, una palabra. Y, siempre, una música».</p>
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<p>Un lugar de la palabra: Segovia, María Zambrano</p>
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<p>El sonido de la vida entre las cosas se eleva a música. Cada brizna de materialidad responde a ese soplo, a ese tañido, a ese gesto percutor. El sonido de la vida se desliza por la orografía de la existencia y se eleva a música a través de la cual -dice María Zambrano- el grito se allana en canto.</p>
<p>Sigue la temporalidad explícita, la corriente de la actualidad que pasa páginas y estaciones sin quiebra ni preguntas. Hasta dudar forma parte del orden de esa costumbre que nos adapta a lo que pasa, a lo que nos pasa sin apenas elegir. El sonido de la vida entre las cosas, sin embargo, sabe torcer la andadura y durante un instante, literalmente insignificante, su peso evanescente desbarata el orden mecánico. Pudo ser una sombra sin cuerpo de la que emerger a pesar de la certeza de su aparición; un susurro imposible en la estancia; algo incorpóreo que roza: son los fantasmas que cargamos sin saberlo, una compañía benévola que ignoramos a pesar de que cuidan nuestros recuerdos fundacionales.</p>
<p>Nos miran a los ojos en las ruinas; también en los jardines. Porque la ruina y el jardín nacen de universos simbólicos análogos: en ambos, se establece un pacto cósmico entre la realidad y el deseo, entre los sueños creadores y el tiempo. Las ruinas aman que las plantas nómadas las habiten. Los jardines viajan por los territorios imposibles del interior de la tierra. Ambos, ruina y jardín, desvelan, en su aparición, la incurable nostalgia humana de un paraíso anterior a toda historia, a toda biografía, a todo plan y a todo plazo. A toda separación. De ahí la suspensión del discurrir del tiempo mensurable ante la majestuosidad de sus vacíos guardianes de la belleza.</p>
<div style="width:479px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/ChatGPT-Image-4-sept-2026-09_32_22.png" alt="" width="469" height="586"><p>De ahí la suspensión del discurrir del tiempo mensurable ante la majestuosidad de sus vacíos guardianes de la belleza.</p></div>
<p>Se van los dedos a las ruinas y a las plantas de un jardín. Se llevan los dedos algo de su aroma mistérico. Hay algo laberíntico, en su sentido más profundo, pues a perderse abocan las poéticas de los jardines y de las ruinas.<span> </span>Y porque recorrerlos, conlleva una coreografía de ritualidad ancestral, velada en mitos y cánticos meticulosamente protegidos por los ya aludidos fantasmas: no pisar aquí, rodear allá, detenerse ante, esforzarse para, ayudarse de la vista tanto como del olfato o el gusto. Esperar. Demorarse en el momento. Hablar más bajo. No hablar. Para que se escuche, con limpieza, el sonido de la vida entre las cosas del mundo, la palabra a punto de desprenderse, la música.</p>
<blockquote><p>Ambos, ruina y jardín, desvelan, en su aparición, la incurable nostalgia humana de un paraíso anterior a toda historia, a toda biografía, a todo plan y a todo plazo. A toda separación.</p></blockquote>
<p>Mientras tanto ese yo que se puso a la tarea va desapareciendo. Fragmentos de sus planes caen o vuelan sin que se ponga la mínima resistencia. El pensamiento se ajardina vencido por el esplendor de la inmediatez. La lentitud se ocupa de que todo esté dispuesto para recibir al huésped recién llegado que somos.</p>
<p>Porque el espíritu de la ruina no requiere siquiera vestigios que conceptualicen cuál es su procedencia, ni señales historicistas que la exhiban sin pudor. Hay algo en ellas de remota eternidad que sobrecoge, como en las constelaciones y en los pájaros. Las entendemos sin idioma, nos entienden con complicidad amorosa.</p>
<p>Tampoco necesitan los jardines contar con un perímetro para serlo, ni siquiera con una formalidad o un estilo que identifiquen su naturaleza. Horadan el paisaje de las utilidades y las acallan. Y, a cambio, nos hacen muy felices quedándose en prenda con razones y otras baratijas.</p>
<p>Cuando a la vuelta inesperada de cualquier esquina del vivir nos atrapa el asombro, siempre primigenio, de la belleza, una luminosidad que no daña alumbra los rincones oscuros donde se esconde la verdad. Sus imágenes especulares se ausentarán en la experiencia, de la que regresaremos con poco que decir. Si acaso una metáfora o un anhelo escrito en el cuerpo con dibujo de sonrisa.</p>
<blockquote><p>En ese arriba de luz metafísica, como escribiera María Zambrano en <i>Claros del bosque</i>, es donde el corazón se entrega y «se aduerme al fin ya sin pena».</p></blockquote>
<p>En Segovia, donde María Zambrano vivió la intensidad de la infancia, la adolescencia y la primera juventud, hay un patio recóndito donde han crecido columnas salomónicas y un árbol. Se acoplan entre sí y hacen de base para que se sostenga el cielo que las cubre. Ha de entrarse al patio en voz baja para no perturbar la labor de la hierba, los fantasmas y el agua del pozo. La actualidad se queda fuera, no se atreve a atravesar el umbral. De manera que, cuando la puerta se cierre con nosotras dentro, estaremos solas sin otra compañía que la de quienes antes hicieron el mismo camino dejando allí su delirio y su destino.</p>
<p>Este patio es ejemplo de ruina y de jardín. Y una vez, cuando el tiempo se medía aún por años humanos, el pintor Jesús González de la Torre lo atravesaba para subir la escalera que lleva hasta su casa segoviana poblada de notas musicales con apariencia de cuadros. Y mucho antes, cuando él todavía no había nacido, una joven llamada María Zambrano era amiga de la que sería, en el futuro, la madre del pintor, al que la filósofa reconocería, cuando lo encontró en el Madrid de su regreso del exilio, como parte de su propia memoria secreta.</p>
<p>Porque en toda <a href="https://elhombreylodivino.com/en-defensa-de-la-ruina/">ruina</a> y en todo jardín respira un preciado secreto, en Grabador Espinosa, la calle trasera del patio donde estamos, la calle del hogar segoviano de María Zambrano, hay una librería mágica y laberíntica que eleva a música el sonido de la vida.</p>
<p>No cae la luz sobre <a href="https://estudiossegovianos.es/?page_id=5079">Segovia</a>, sino que la ciudad toda se alza hacia ella, escribió la pensadora en ese texto extraordinario titulado <em>Un lugar de la palabra: Segovia</em>.</p>
<p>En ese arriba de luz metafísica, como escribiera en <i>Claros del bosque</i>, es donde el corazón se entrega y «se aduerme al fin ya sin pena».</p>
<p>Y el pensamiento, inaugurando la valía de su metamorfosis, ajardinado y sin más asideros que los que procura el corazón, deja que sea la poesía, mucho más sabia y mucho más humilde, quien se ocupe.</p>
<p><a href="https://elhombreylodivino.com/ajardinar-el-pensamiento-la-musica-de-la-ruina/" target="_blank">- Enlace a artículo -</a></p>
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