
<h4><i>El otoño no representa únicamente la decadencia del ciclo anual, sino el momento en que la vida, después de haberse desplegado hacia el exterior, comienza su retorno hacia el interior. En el hombre es madurez, cosecha y envejecimiento; en el cosmos, descenso de la luz; en las civilizaciones, alejamiento progresivo del origen. Pero aquello que muere exteriormente conserva, como la semilla, la posibilidad secreta de un nuevo comienzo… y en clave cristiana, de una primavera que trasciende todo lo demás.</i></h4>
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<p>El hombre tradicional no contempla el devenir de la naturaleza como una mera sucesión de fenómenos. El movimiento de los astros, la alternancia del día y de la noche o el sucederse de las estaciones constituyen para él otras tantas expresiones visibles de un orden invisible. El mundo habla, no cabe duda para nosotros, mediante símbolos. De este modo, la primavera, el verano, el otoño y el invierno no designan únicamente cuatro momentos del año, sino cuatro modos de manifestarse la vida y, por extensión, cuatro imágenes en las que el ser humano puede reconocerse a sí mismo.</p>
<p>Dentro de esos cuatro modos de expresión simbólica, posiblemente sea el otoño la estación que expresa con mayor elocuencia el misterio del tiempo y, puesto que ahora nos adentramos en él, bien valdría la pena aprovechar esta cercanía para efectuar algunas reflexiones.</p>
<blockquote><p>Tal vez el otoño nos recuerde que existe un tiempo para expandirse y otro para recogerse; un tiempo para conquistar el mundo y otro para comenzar a desprenderse de él.</p></blockquote>
<p>Después de la expansión primaveral y de la plenitud luminosa del verano, algo comienza lentamente a retirarse. Los días se acortan, las hojas amarillean y caen y la savia abandona las extremidades del árbol. La naturaleza entera parece iniciar un movimiento hacia el interior. No estamos todavía ante la muerte invernal, pero tampoco permanecemos ya bajo el signo de aquella exuberancia que caracterizaba los meses anteriores. El otoño es, propiamente, un tiempo de declinación. ¿No resulta natural ver en este movimiento cósmico una imagen de la propia existencia humana?</p>
<p><b>Las edades del hombre</b></p>
<p>En efecto, la correspondencia entre las edades humanas y los grandes ritmos de la naturaleza aparece de formas diversas en numerosas culturas. Infancia, juventud, madurez y vejez reproducen, a escala humana, un movimiento análogo al de primavera, verano, otoño e invierno respectivamente. Si el hombre constituye un microcosmos es precisamente porque reproduce en su propia naturaleza las leyes que gobiernan el macrocosmos.</p>
<p>La primavera corresponde así al nacimiento y a la infancia. Todo en ella es posibilidad, crecimiento y promesa. El verano señala, en cambio, la plenitud de las fuerzas: el momento solar de la existencia, cuando aquello que permanecía en potencia alcanza su máxima expansión. Pero ningún sol permanece eternamente en el mediodía y, llegada cierta hora, el astro comienza inevitablemente su descenso hacia Occidente.</p>
<div style="width:908px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Fig.-2.-El-Bosco.png" alt="" width="898" height="380"><p>Detalle de la tabla central de «El Jardín de las Delicias» (1495), de Hyeronimus Bosch. </p></div>
<p>Ese descenso queda perfectamente simbolizado por el otoño. Conviene, sin embargo, no confundirlo con la vejez extrema o con la muerte. Entre la plenitud y la disolución existe un tiempo intermedio particularmente fecundo: el de la madurez, cuando las fuerzas comienzan a disminuir, pero la vida puede ofrecer aquello que no poseía durante su juventud. No por casualidad el otoño es también el tiempo de la cosecha. Si la primavera contenía la promesa y el verano la expansión, el otoño contiene el fruto.</p>
<p><b>Las edades del mundo en las fuentes antiguas</b></p>
<p>Tal correspondencia entre las edades del hombre y las edades del mundo encontró una formulación especialmente sugerente en san Agustín de Hipona. En su <i>De Genesi contra Manichaeos</i>, Agustín establece una relación entre los seis días de la Creación, seis grandes edades de la historia y seis momentos de la vida humana. La historia universal puede ser contemplada, de este modo, a semejanza de un único hombre que nace, crece, alcanza su plenitud y finalmente envejece.</p>
<p>Desde Adán hasta Noé transcurre la <i>infantia</i> del mundo; desde Noé hasta Abraham, su <i>pueritia</i>; desde Abraham hasta David, su <i>adolescentia</i>. Con David se alcanza la <i>iuventus</i>, la edad de la fuerza y de la plenitud, mientras que desde la cautividad de Babilonia hasta la venida de Cristo se extiende una quinta edad que Agustín describe mediante una expresión especialmente significativa: <i>declinatio a iuventute ad senectutem</i>, el «declinar de la juventud hacia la vejez». Difícilmente podríamos encontrar una definición más precisa del otoño.</p>
<p>El mundo, como el hombre, declina. Pero declinar no significa todavía morir. Significa haber abandonado el cénit e iniciar el descenso. Hay en ello una pérdida evidente, pero también la posibilidad de una mirada distinta. Decimos esto porque quizá solamente cuando comienza a disminuir la luz exterior puede hacerse perceptible otra luz… Abordaremos esto un poco más tarde.</p>
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<p>Si el hombre constituye un microcosmos es precisamente porque reproduce en su propia naturaleza las leyes que gobiernan el macrocosmos.</p>
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<p>La intuición de que la humanidad envejece no pertenece exclusivamente al cristianismo. Mucho antes de Agustín, <a href="https://editorialverbum.es/libro/teogonia/">Hesíodo</a> había descrito en <i>Los trabajos y los días</i> una sucesión de edades —oro, plata, bronce, héroes y hierro— mediante la cual expresaba un progresivo alejamiento respecto de un estado primordial. Ovidio retomaría posteriormente el mismo esquema, reduciéndolo a las cuatro conocidas edades de oro, plata, bronce y hierro.</p>
<p>La Edad de Oro aparece bajo el signo de una proximidad a los dioses y de una existencia todavía no sometida plenamente al esfuerzo, al conflicto y a la necesidad. A medida que avanza el ciclo, algo se pierde. El mundo parece hacerse progresivamente más pesado y opaco. Finalmente llega la Edad del hierro, metal que da nombre a una humanidad poseída por la violencia y alejada de aquella armonía primordial. Son los tiempos que nos han tocado vivir.</p>
<p>Encontramos una concepción análoga, aunque desarrollada según categorías propias, en la doctrina hindú de los yugas. También aquí el tiempo posee una cualidad y la manifestación atraviesa sucesivas fases de alejamiento respecto de su principio hasta alcanzar el Kali Yuga, la edad oscura y crepuscular caracterizada por el debilitamiento de la verdad y la progresiva disolución del orden.</p>
<div style="width:584px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Fig.-1.-Dughet.-Las-cuatro-eades-del-hombre.jpg" alt="" data-inoreader-upscale="wp_suffix"><p>«Las cuatro edades del hombre» o «La danza de la vida humana». Grabado de Jean Dughet basado en una pintura de Nicolas Poussin, Siglo XVII.</p></div>
<p>No pretendemos afirmar con ello una simple identidad entre doctrinas nacidas en contextos culturales muy distintos. Pero resulta imposible no reconocer una intuición común que nos interesa especialmente para este artículo otoñal: el cosmos envejece.</p>
<p>Pues bien, las civilizaciones conocen igualmente su primavera, su verano y su otoño. Nacen alrededor de determinadas formas espirituales, despliegan sus posibilidades, alcanzan su plenitud y, finalmente, comienzan a perder aquello que les había proporcionado su orientación. Las formas permanecen durante algún tiempo, pero el principio que las animaba parece retirarse lentamente, como la savia que abandona las hojas cuando llega el otoño.</p>
<p>Quizá por esto la imagen del otoño resulte especialmente inquietante para el hombre contemporáneo. Pero retomemos algo que ya habíamos apuntado: ¿Y si no contemplásemos únicamente el otoño desde fuera?</p>
<p><b>El equinoccio y el descenso de la luz</b></p>
<p>Existe todavía otro aspecto que no podemos pasar por alto. El otoño comienza astronómicamente alrededor del equinoccio, cuando el día y la noche alcanzan una duración semejante. Durante un instante, luz y oscuridad parecen encontrarse en equilibrio. Sin embargo, no se trata de un equilibrio estable. Inmediatamente después, la noche comienza a ganar terreno… La balanza se inclina. Esta imagen no la traemos por capricho. Tradicionalmente el arcángel san Miguel, quien sujeta la balanza para pesar las almas en el Juicio, está asociado al equinoccio de otoño. Él es el santo guardián que nos acompaña una vez que hemos entrado en la oscuridad.</p>
<p>De nuevo encontramos aquí la idea de <i>declinatio</i>. El sol desciende, los días se acortan y la oscuridad avanza hasta alcanzar su máxima extensión en el solsticio de invierno. Pero sería un error interpretar este proceso únicamente como una victoria de las tinieblas. Precisamente cuando la naturaleza exterior comienza a apagarse se inicia también un movimiento de concentración.</p>
<p>Sí, el árbol se desnuda, pero no muere. La vida que durante el verano se había desplegado en ramas, hojas, flores y frutos comienza ahora a retirarse hacia lugares invisibles. Lo exterior se empobrece mientras lo interior conserva silenciosamente aquello que deberá atravesar el invierno. Vida latente, semilla de regeneración.</p>
<p>Consideramos que esta es una de las imágenes más profundas que nos ofrece el otoño. Sí, en el fruto también está la semilla, de modo que todo fruto constituye, simultáneamente, una culminación y una promesa. Es el resultado de un ciclo que termina y, al mismo tiempo, el receptáculo de otro que todavía no ha comenzado. En su interior duerme una posibilidad que solamente podrá realizarse después de caer en tierra y desaparecer para el mundo exterior.</p>
<p><b>Aprender a declinar </b></p>
<p>La mirada moderna contempla generalmente el envejecimiento como una desgracia que debe retrasarse cuanto sea posible. Nuestra civilización parece haber hecho de la juventud una categoría casi absoluta. Todo debe crecer, expandirse, producir más y permanecer joven. O al menos parecerlo. Escondemos la vejez, la apartamos deliberadamente, vergonzosamente. Injustamente. Y lo hacemos porque nos cuesta aceptar que la disminución, el límite y la pérdida tienen también un sentido sagrado.</p>
<blockquote><p>El otoño comienza astronómicamente alrededor del equinoccio, cuando el día y la noche alcanzan una duración semejante. Durante un instante, luz y oscuridad parecen encontrarse en equilibrio. Sin embargo, no se trata de un equilibrio estable. Inmediatamente después, la noche comienza a ganar terreno… La balanza se inclina.</p></blockquote>
<p>Sin embargo, la naturaleza, que es una fiel preservadora de las leyes divinas, no parece compartir nuestros temores. Cada año los árboles abandonan sus hojas. Sin más. Sin drama. Tal vez el otoño nos recuerde que existe un tiempo para expandirse y otro para recogerse; un tiempo para conquistar el mundo y otro para comenzar a desprenderse de él. El hombre que ha alcanzado el otoño de su existencia ya no posee algunas de las fuerzas de la juventud, pero puede haber obtenido a cambio algo mucho más difícil de adquirir: el fruto de lo vivido.</p>
<p><b>La resurrección. Un salto infinito más allá del ciclo</b></p>
<p>Retomemos de nuevo a <a href="https://elhombreylodivino.com/saciedad-monarca-absoluta-hambre-amar/">san Agustín,</a> quien lleva todavía más lejos esta paradoja. Recordemos que para el obispo de Hipona la sexta edad del mundo corresponde a la <i>senectus</i>, la vejez del hombre antiguo. Y, sin embargo, es precisamente en esa vejez cuando nace el Hombre Nuevo. El mundo envejece al mismo tiempo que se abre la posibilidad de una renovación como no podríamos haber imaginado.</p>
<p>En efecto, aquí el simbolismo cristiano introduce una dimensión que desborda la simple circularidad de las estaciones. Porque el término último del invierno no es simplemente otra primavera semejante a la anterior. Si así fuera, permaneceríamos todavía sometidos a la rueda del devenir: nacer, crecer, declinar, morir… para comenzar nuevamente. Pero Cristo resucitado no regresa a la vida que poseía antes del sepulcro. La Resurrección no restaura el ciclo, sino que lo atraviesa y lo supera.</p>
<p>Quizá por ello san Agustín, después de hacer corresponder las seis edades del mundo con los seis días de la Creación, no concluye propiamente con el séptimo, el día de reposo. Después del sábado aguarda todavía un <i>octavo</i> día, el <i>dies dominicus</i>, el día de la Resurrección. Un día que, precisamente por ser octavo, se encuentra más allá de la semana y, simbólicamente, más allá del ciclo temporal ordinario. Un día del que Agustín afirma que no conocerá ocaso. Es el día de la eternidad.</p>
<p>Sí, en ese día eterno aparece una Nueva Humanidad, más perfecta todavía que aquella que moraba en el Paraíso. La resurrección, que no el renacimiento, lo cambia todo.</p>
<p>Acaso por eso el otoño posea una belleza tan particular. La hoja adquiere sus colores más intensos precisamente antes de caer. La naturaleza parece revestirse de oro en el instante mismo en que comienza a despojarse de todo. Ese oro es como una señal de lo que vendrá después… Un oro, una luz sólida, una materia santa y luminosa que pertenece a otro mundo. Al mundo venidero que, sin embargo, puede ser aquí y ahora.</p>
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