
<h4>Ocho siglos después de la muerte de San Francisco, la luz de la Umbría sigue custodiando el misterio bienaventurado de un radical <i>imitatio Christi</i>. Acompañada por los pasos de Simone Weil en su propio viaje a Asís, la peregrina recorre los paisajes de <i>il poverello </i>para aproximarse a la pobreza franciscana y a su ligadura con la decreación: un itinerario hacia el arte de entregarse en humildad y convertir el desalojo del yo y los bienes materiales en la grieta por donde la gracia y el amor iluminan el mundo.</h4>
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<p style="text-align:right;">La existencia de los santos es</p>
<p style="text-align:right;">una suspensión ininterrumpida del tiempo».</p>
<p style="text-align:right;"><b>Emil Cioran</b></p>
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<p style="text-align:right;">Los bienaventurados nos atraen</p>
<p style="text-align:right;">como un abismo blanco».</p>
<p style="text-align:right;"><b>María Zambrano</b></p>
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<p style="text-align:right;">Bienaventurados los pobres,</p>
<p style="text-align:right;">porque vuestro es el reino de Dios».</p>
<p style="text-align:right;"><b>Lucas, 6:20</b></p>
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<p>Muy cerca del umbral del corazón de la Umbría todavía hoy ronda una presencia abismática. Si nadie conociera su nombre, su signo se mostraría insoslayable en la belleza discreta del lugar que da testimonio de su vida y custodia el legado de su cuerpo. La peregrina que llega a Asís se encuentra, antes que nada, con un campo árido bajo la luz blanca clarísima y cegadora; una luz concedida que aparece tocada justo en el punto en que la colina se eleva hacia las alturas, como si en aquel enclave estuviera más abierta la puerta del Cielo.</p>
<p>Han transcurrido ochocientos años del fallecimiento de San Francisco, y aun con el grave devenir del tiempo, no hay vuelo de pájaro umbrío que no evoque la existencia de su Santo más conocido. Como escribió Vicente Valero en <i>El tiempo de los lirios</i>: «Si yo ahora escribiera, por ejemplo, que se percibe cierto espíritu franciscano en el paisaje y en los edificios, en las colinas (…), se me podría decir con razón que estoy presentando el primero y más fácil de los tópicos de la Umbría», y sin embargo, resulta casi imposible eludir las blancas florecillas descoloridas, los olivos suaves que enmarcan el camino a San Damián sobre el pasto tostado, o las piedras claras que sostienen en silencio, como asintiendo —asistiendo—, los cientos y cientos de pasos caminantes.</p>
<div style="width:380px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/sendero-scaled.jpg" alt="" width="370" height="493"><p>Sendero hacia San Damián. ©2026, Lucía Navarro Pla</p></div>
<p>La peregrina que llega a Asís se pregunta si la sensación que la envuelve no será una de esas extrañezas milagrosas que son así porque <i>no pueden ser de otra manera, </i>que nada puede decir de ella porque no pertenece al orden de lo decible<i>. —</i>«No se puede presentar una prueba de la existencia de lo que es más verdadero», escribe Clarice Lispector—. Que la tierra de San Francisco de Asís y Santa Clara no podía ser sino tan despojada y bellamente pobre como la vocación de quienes han nacido de ella, como aquel que se despojó de su ropa y sus bienes en medio de la plaza y a la vista de todos para «seguir desnudo a Cristo desnudo». A la peregrina le gusta pensar, sentada siglos después en esa misma plaza, frente a Santa María la Mayor, que tal como Francisco se quitó la capa voluntariamente como gesto encarnado de pobreza y humildad —tan humilde que la palabra humilde debería ser vacío o silencio—, el paisaje ha entregado, a modo de ofrenda, toda exuberancia que velara su apariencia para ser también así pobre y desnudo y translúcido. <i>Quizá por eso, </i>se dice,<i> San Francisco y Santa Clara y Ángela de Foligno, la voz de Dios descendida al alma desnuda, porque también desnuda la tierra. ¡Cómo no va a suceder aquí lo sagrado y la belleza, la sencilla alegría! </i>Acuden, al alzar la vista, las palabras de Simone Weil, compañera peregrina, que pasó en Asís «dos días maravillosos» en 1937: «Nada era tan dulce, tan sereno, tan feliz como el campo de la Umbría visto desde arriba».<i> </i></p>
<blockquote><p>San Francisco de Asís fue <i>un precipitado hacia el cielo. </i>(Sus alas – imitar la vida evangélica – integridad insobornable). Es así como la peregrina imagina a Francisco, elevado sobre el suelo, como luego contarán sus discípulos, cuando llega a la capilla de San Damián</p></blockquote>
<p><i> </i>Alumbrada por esa claridad que siempre tiende la palabra-otra, la peregrina imagina la complejidad de ese hombre santo, cantor de golondrinas, que fue hijo de mercader (¡hijo de mercader!), joven soldado en la guerra entre Asís y Perugia, enfermo crónico y aspirante a caballero, a quien llamaron «simple e iletrado» (pero dice Hölderlin «¿Qué es la sabiduría de un libro frente a la sabiduría de un ángel?»), luego <i>fundador peregrino, fundador de fraternidad, refundador de mendicidad, modelo de Cristo. </i>Imagina el cisma en su corazón, la sangre movida por el delirio extático que viene de otro mundo, incomprensible para los demás, todas las lágrimas, dolores y anhelos que lo fundan, sus dudas y contradicciones. <i>El loco de Asís. Il poverello d’Assisi.</i></p>
<div style="width:473px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Basilica-de-San-Francisco-al-atardecer-%C2%A92026-Lucia-Navarro-Pla-scaled.jpg" alt="" width="463" height="624"><p>Basílica de San Francisco al atardecer. ©2026, Lucía Navarro Pla</p></div>
<p>En la novela que le dedica<a href="https://www.acantilado.es/persona/nikos-kazantzakis/"><i> </i>Nikos Kazantzaki</a>, la última que escribió antes de morir, el escritor griego retrata a este <i>pobre y loco </i>con una fidelidad y ternura incomprensibles para quien no sea asimismo algo <i>pobre y loco</i>. Sentada en la plaza, frente a Santa María la Mayor, resulta sencillo escuchar al san Francisco de Kazantzaki decir ante la muchedumbre reunida, despojándose de su ropa: «Hermanos, hasta ahora he llamado Pedro de Bernardone a mi padre. En adelante, ya no diré: mi padre Pedro Bernardone, sino: Padre nuestro que estás en el cielo. Rompo así los lazos que me encadenaban a la tierra y me precipito hacia el cielo». Una expresión pública que horroriza y cautiva, al mismo tiempo, a aquellos que escuchan, que cautiva a la peregrina. Allí estaban el obispo de Asís y su padre Pedro Bernardone, quien llevaba a su hijo frente al primero porque, sin su permiso, había vendido las telas de su negocio para ayudar a la reconstrucción de la iglesia de San Damián. Una expresión de fe inenarrable, delirante y convencida, de aquel que sabe que, de nuevo en palabras del Francisco-Kazantzaki, «la menor pieza de oro pesa sobre el alma [y] le impide volar». Y que el vuelo tan alto es, como cantaría San Juan de la Cruz, lo único que <i>da a la caza alcance.</i></p>
<p>San Francisco de Asís fue <i>un precipitado hacia el cielo. </i>(Sus alas – imitar la vida evangélica – integridad insobornable). Es así como la peregrina imagina a Francisco, elevado sobre el suelo, como luego contarán sus discípulos, cuando llega a la capilla de San Damián, y se sienta al fondo frente a la réplica de la cruz bizantina que le habló por primera vez. Fue allí donde el joven Francisco recibió el mandato divino que lo <i>enamoró. </i>Entre el silencio y los pasos, la madera que cruje ante quien se arrodilla, evoca el alma la experiencia del que recibe la palabra directa de Dios, situado en el punto donde se hizo posible el encuentro entre su propia finitud y la infinitud del Amor que lo llamaba. Tomás de Celano cuenta que se encontraba «(…) orando, [cuando] una voz, brotada desde el madero de la cruz, resonó en su alma: “Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, se desmorona toda”». Qué rayo esplendoroso debió sentir el joven, enclavado en el instante del amor indecible, apresado por la palabra clara e irreproducible; qué rayo aquel que lo hizo vaciarse del mundo y reducirse, andar a vender sus cosas y las de su padre para arreglar la iglesia, desnudarse en rebeldía con las normas de su mundo y mendigar, entregarse al cántico de los pájaros, vagar errabundo en busca de piedras para reconstruir no solo San Damián, sino también la Porciúncula: dedicar una vida a la predicación, entregado a la Paz, a la Pobreza y al Amor, al servicio de los leprosos y más desfavorecidos. <i>Rompo así los lazos que me encadenaban a la tierra y me precipito hacia el cielo.</i></p>
<blockquote><p>Lector ferviente de los Evangelios, imitador devocional de Cristo, San Francisco hace de la pobreza amor y penitencia, lugar de negación afirmativa, emblema franciscano, extrema humildad transformada en hábito marrón y cuerda</p></blockquote>
<p>«San Francisco creía haber recibido la orden de llevar piedras a San Damián», escribe la compañera peregrina Simone Weil, quizá recorriendo los mismos caminos, «en tanto que estaba en esa ilusión, Dios quería que llevara esas piedras. ¿Cómo es posible que surgiera en un alma humana el sentimiento de que Dios quiere determinada cosa en particular? Es un prodigio tan milagroso como la Encarnación. (…) Todos esos prodigios consisten en la presencia de lo incondicionado en lo condicionado, en la dirección impresa al pensamiento por lo inmóvil». Cuando la peregrina lee más tarde estas palabras de Weil, sentada frente a la Basílica de San Francisco, la plaza totalmente vaciada, la presencia de lo incondicionado en lo condicionado se le evidencia como un prodigio, como la fascinación de la palabra amiga que va con ella. Alguien ha doblado y abandonado en el suelo una imagen de aquel Cristo de San Damián que ahora el <i>viento</i> ha dejado a sus pies. Al coger la estampa, conmovida por el hallazgo, allí lee: «<i>Va’, Francesco, e ripara la mia casa che, come vedi, va in rovina».</i></p>
<p>Cómo explicar, habría dicho Cioran, «tanto valor, tanta renuncia, tanta locura», como los de Francisco, sino por estas órdenes alucinadas, instantes hierofánicos que trascienden la horizontalidad, que hacen desaparecer el tiempo manifestando lo sagrado en la materia.</p>
<p><i>*</i></p>
<p>Mucho se ha escrito sobre la vida y ejercicio de San Francisco, y aun así la peregrina siente, deshaciendo el camino que lleva a la iglesia de San Damián, entre pinos hermosos y cipreses, pisando el paso del Santo cargando las piedras en sus manos, que la esencia, centro y núcleo de su <i>ser en el mundo</i> se parece más no a lo que escribieron los biógrafos, sino a lo que cuentan sus <i>discípulos</i> fuera del tiempo. ¿En qué consistía la entrega sin medida del Santo? Gabriela Mistral nos contesta en sus <i>Motivos de San Francisco</i>: «Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital. Francisco, tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas. Conociste la lepra y te quedaste sentadito horas y horas lavando la podre[dumbre]. Parecía que eras tú mismo el agua y el aceite; y también la venda». Tal como Cristo, era él mismo aquello que alimentaba y velaba, que ofrecía todo lo que era para encarnar el Amor, también lidiando con sus propios dolores, con el <i>mismo ser-Francisco.</i> ¿Qué lo diferencia de un místico atravesado por la visión? Emil Cioran, dulcemente ofendido por la <i>perfección de Francisco, </i>escribe en <i>Lágrimas y santos: </i>«La santidad extrae de la mística sus consecuencias, en especial las éticas». Es decir, mientras que los místicos «se limitan a la visión interior», los santos «la realizan prácticamente». La vida de San Francisco es entonces no solo una complacencia en la belleza y en la sensualidad celestial que recibe, sino que en sus actos se transfiere la lanza divina, de lo inefable a lo tangible, asumiendo «la carga de los otros, los sufrimientos ajenos». Simone Weil da, de nuevo, con el centro de este compromiso al expresar su ética de la atención: «Contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada».</p>
<blockquote><p><i>Ser nada para serlo todo. </i>Desplazar el ego y los bienes que lo ensalzan para hacer posible que nuestra pobreza se transfigure en amor y gozo inexpresables</p></blockquote>
<p>Si la peregrina hablaba de la <i>integridad insobornable</i> es por esta incondicionalidad que no se retira. No hay contingencia que desplace a San Francisco de su pasión encendida, ni el juicio y castigo de su padre, ni los caminantes que lo apedrean, ni aquellos que lo desafían o la enfermedad de su cuerpo. Cuando se pone a prueba su humildad, siempre responde con una lucidísima palabra que supera lo esperado. En las <i>Florecillas, </i>obra editada en el siglo XIV, se recogen muchas escenas de la vida del Santo y aquellos que lo siguieron. De entre todas cautiva a la peregrina, además de aquella en la que se detiene a predicar a los pájaros —ternura indecible—, la escena en la que responde al sentido de su humildad. <i>(En el margen de la página en papel: si hay algo por lo que el corazón queda cautivo es – la humildad). </i>Cuando su fiel compañero fray Maseo le pregunta al encontrárselo a la salida del bosque: «¿Por qué a ti? (…) Me pregunto por qué todo el mundo va detrás de ti, pues parece que todos desean verte, oírte y obedecerte. No eres hermoso de cuerpo ni posees grandes conocimientos, ni eres noble. ¿De dónde te viene entonces que todo el mundo te siga?», lejos de enfadarse o de sentirse herido, el espíritu de Francisco se regocija, y alzando la mirada al cielo para devolverla a los ojos de su querido Maseo, le responde: «(…) Aquellos ojos santísimos no han visto entre los pecadores ninguno más vil ni más inútil ni más grande pecador que yo (…), me escogió a mí para confundir la nobleza y la grandeza y la belleza y la fortaleza y la sabiduría del mundo, a fin de que se conozca que toda virtud y todo bien proceden de Él y no de la criatura». Son como las palabras que Dios le comunica a la mística beguina Matilde de Magdeburgo: «Cuando he concedido una gracia especial, he buscado siempre el lugar más humilde, más pequeño, más oculto». Un fundamento del ser-humildad, del ser-pobreza que también expresa su <i>otra discípula, </i>Ángela de Foligno, que relatará en su <i>Libro de la experiencia</i>: «Esta verdad es tan profunda —la verdad de la virtud de la pobreza y de cómo la pobreza es madre y raíz de la humildad y de todo bien—, que no puede describirse. El que la posee, jamás puede caer o precipitarse en el engaño. Y el que la comprende y comprende cuánto ama Dios la pobreza verdadera, jamás podría retener algo para sí».</p>
<div style="width:350px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/Simone-Weil.jpg" alt="" width="340" height="730"><p>Simone Weil.</p></div>
<p>Lector ferviente de los Evangelios, imitador devocional de Cristo, San Francisco hace de esta pobreza amor y penitencia, lugar de negación afirmativa, emblema franciscano, extrema humildad transformada en hábito marrón y cuerda, del color de la tierra, de lo más bajo del mundo, un andar descalzo con el pecho henchido de alegría, una alegría que <i>jamás podría retener para sí</i>. A su discípulo Bernardino le dirá, tomando las palabras de Jesús con ciega confianza: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo» (Mateo, 19:21). Un gesto que solo anuncia un primer paso para hacer translúcida el alma; «el tesoro de la santa pobreza», le dirá en otro momento Francisco a fray Maseo, es lo que «hace amar con todo el corazón».</p>
<blockquote><p>Qué rayo aquel que lo hizo vaciarse del mundo y reducirse, andar a vender sus cosas y las de su padre para arreglar la iglesia, desnudarse en rebeldía con las normas de su mundo y mendigar, entregarse al cántico de los pájaros</p></blockquote>
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<p>Amar con todo el corazón es «adorar la distancia», escribirá Simone Weil mucho más tarde en <i>La gravedad y la gracia. </i>La pobreza como condición inserta en esa distancia que se ama. Igual que cuando escribe: «Dios mío, concédeme que me convierta en nada» es como si formulara la plegaria de la pobreza, ya que «no se puede ofrecer otra cosa más que el yo (…), pues nada poseemos en el mundo salvo “decir yo”». En su viaje a Asís, Weil camina también guiada por el relato de las <i>Florecillas, </i>y además de embeberse de la sencillez del paisaje y sus gentes, vive una de las experiencias místicas que transformarán su vida y su pensamiento. Así se lo contará al padre Perrin en su «autobiografía» espiritual, carta de 1942: «Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de <i>Santa Maria degli Angeli,</i> incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó San Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por vez primera en mi vida, a ponerme de rodillas».</p>
<p>De camino a esa Porciúncula<i>, </i>bajo un manto de lluvia súbita que se detiene poco antes de bajar del autobús, la peregrina medita sobre el anhelo de su compañera: «Siempre creí y esperé que algún día el destino me obligaría a ese estado de vagabundeo y mendicidad libremente elegido por él [San Francisco]», escribe en sus cuadernos. Admiraba Simone el habitar mendicante de la vida franciscana hasta el punto de pasar aquellos días de primavera en Asís siguiendo las huellas del Santo y todo lo que tuviera que ver con él. Al leer las cartas que la pensadora escribió a su familia y, especialmente, a su amigo, Jean Posternak, se vislumbra este deseo de la <i>práctica; </i>por ejemplo, cuando les cuenta a sus padres que, si hubiera conocido antes la historia de una mujer del siglo XV que se había hecho pasar por hombre para ser franciscana y vivir en una ermita en lo alto de la montaña que vela por Asís, la habría imitado. «Si os descuidáis un poco», añade, «me pierdo aquí para siempre».</p>
<p>Es tal impacto que producen en ella los «dos días maravillosos» que pasa en Asís, que una apenas puede dejar de ver en su palabra escrita la herida y la pobreza, la absoluta seducción del Santo que desafió las contradicciones del mundo, también de las doctrinas y dogmas de la Iglesia, cada vez más alejada —tal como en nuestros días— de la vida apostólica. Cuando Weil escribe sus pensamientos sobre el amor, estos conllevan constitutivamente un ser <i>en la pobreza</i>, el reflejo de la concepción que subyace al ideario de las órdenes mendicantes, de toda experiencia de la mística. Aquello que se ama nunca es el objeto del amor, sino la distancia que florece en la belleza contemplada de lo amado. Un gesto en forma de oración que implica, ante todo, dejar de utilizarse a una misma como medida de realidad. <i>Ser nada para serlo todo. </i>Desplazar el ego y los bienes que lo ensalzan para hacer posible que nuestra pobreza se transfigure en amor y gozo inexpresables, como predicaba San Francisco —o para hacer, como decía Weil, que el otro aparezca <i>desnudo </i>ante nuestros ojos—. Cómo no entender entonces, en este testigo de fascinaciones y delirios, la alegría del <i>poverello</i>, que quizá susurraba entre los bosques, descalzo de cuerpo y alma, a las amigas golondrinas: <i>la entrega absoluta del amante me convierte en pobre, porque quien ama el amor mediador nada tiene, ni a su Amado… ¡Y qué hermoso no poseer nada y ser, no obstante, pobremente en el Amor! </i>Es la hermosura única posible «del alma colmada», en la que, anotaría también Simone Weil, «ningún rincón queda disponible para decir “yo”».</p>
<blockquote><p>«San Francisco creía haber recibido la orden de llevar piedras a San Damián», escribe la compañera peregrina Simone Weil</p></blockquote>
<p>A tenor de la preocupación de Weil por la «decreación», la peregrina imagina a su compañera arrodillada junto a ella en el interior de la Porciúncula. En la entrada, unas palabras anuncian: <i>«Haec est porta vitae aeternae»</i>; y la inefabilidad de la <i>vida eterna </i>se percibe en el compás de todas las personas que dejan ahí su tránsito, su saludo, su oración en comunidad. <i>Ave verum. </i>Allí juntos en otro tiempo, San Francisco y Santa Clara hicieron de su fuego espiritual una llama expansiva que hizo creer a los campesinos del valle que la capilla estaba ardiendo.</p>
<div style="width:248px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/portada-EL-TIEMPO-DE-LOS-LIRIOS-658x1024.jpg" alt="" width="238" height="371"><p>Portada de «El tiempo de los lirios», libro editado por Periférica.</p></div>
<p>El gesto suplicante fue el método de <a href="https://elhombreylodivino.com/amar-la-distancia-simone-weil/">Weil</a> para comprender el misterio en su cuerpo, el misterio de la aniquilación creadora; quizá junto a un pensamiento aparecido de que la pobreza que le inspira Francisco se inclina, por su condición humilde, a los núcleos y centros, y que, por eso, propicia en su cultivo de la nada los instantes de revelación, como si la (<i>des)gracia</i> que llevara inscrita actuara como palanca de la potencia divina. «La gravedad», escribió Simone, «hace que caigamos hacia lo alto». Y en esa caída la diferencia entre desgracia y gracia se difumina, y los contrarios se llaman amorosamente como llamó Dios al joven Santo en San Damián.</p>
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<p><i>La tarde última, frente al sepulcro de </i>Francesco,<i> siento como quizá sintió mi compañera peregrina —a la que yo he seguido, tal como ella siguió a </i>Francesco—,<i> que en el fervor por la pobreza no se halla sino un amor desmedido pero también un rechazo y un desafío rebelde a todas las violencias visibles y no visibles que la tiranía de lo material y sus relaciones de poder ejercen sobre nuestro corazón. Si algo nos sigue cautivando hoy del </i>poverello,<i> tantos años después de su muerte, es su clara condición de Santo bienaventurado, de nuevo: </i>su hacer insobornable<i>, no dejarse corromper por los mandatos del mundo, seguir solo la llamada acompasada que arde en su alma. También lo hace Simone Weil, quien posiblemente inspirada por </i>Francesco <i>terminó siendo ella misma una bienaventurada, un ser comprometido con el misterio de la Verdad sin abandonar nunca las preocupaciones por el devenir de su tiempo. Indiscernibles al intelecto. Fascinantes por su Pasión. —Tratar de </i>comprenderlos<i> es un fracaso—. Pero más allá de su incomunicable experiencia de Dios, el legado que ofrecen a la eternidad de este tiempo horizontal es aquello que María Zambrano escribe en su obra de este mismo nombre —</i>Los bienaventurados—: <i>con su práctica íntegra y de una coherencia arrolladora, estos seres ponen de manifiesto no solo las graves disonancias de nuestro mundo y de cómo amamos y vivimos, sino también la esperanza en nuestra palabra y acción: la posibilidad de acercarnos, siempre en Amor y rebeldía, cada vez más, a una vida más clara, más desnuda, más cierta y amada. Tocada, por qué no, por un soplo de vida franciscana: paz, pobreza y amor.</i></p>
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