
<p>EN ÉL VIVIMOS</p>
<p><em>“Quien busque a Dios por otro método distinto a sí mismo nunca lo encontrará”.</em></p>
<p>Dice san Pablo en Hechos 17:28: “<em>En Él vivimos, nos movemos y somos (existimos)*”.</em> Dice también: <em>“Porque somos linaje suyo”.</em></p>
<p><em>En</em> representa tanto un “lugar” como un “estado”. Podemos decir <em>estoy</em> en <em>el paraíso</em> para referirnos a un lugar; podemos decir también <em>estoy</em> en <em>paz</em> para referirnos a un estado interior. Con ese <em>en,</em> san Pablo nos muestra el vínculo indeleble y permanente entre Dios y su criatura.</p>
<p>Nos podemos preguntar en coherencia a lo dicho por san Pablo si habitamos pues en la consciencia de Dios, si somos <em>hijos</em> suyos<em>—</em>su linaje—nacidos de esa consciencia y que en ella somos y vivimos.</p>
<p>¿Es la creación un producto de la Consciencia de Dios?, ¿crea su consciencia lo que percibimos y llamamos realidad ?, ¿es nuestra consciencia fruto—hija—de la Consciencia divina?, ¿de qué modo nuestra consciencia <em>hija</em> de la Consciencia divina se individualiza y se hace única?</p>
<p>¿Es la mente producto de la consciencia cuando esta se expande y dilata en un primer movimiento con el objetivo de conocerse y conocer?, ¿es esa expansión, a modo de explosión, la matriz de lo que llamamos espacio y tiempo y que conforma los límites de nuestra realidad perceptible?</p>
<p>En tanto la Consciencia-Uno se transforma en autoconsciencia de sí mismo individualizada, se produce <em>un</em> <em>paso</em>, <em>una dinámica,</em> entre un estado y otro. Podemos inferir que ese paso de la consciencia a la auto consciencia genera la mente en tanto medio de percepción y conocimiento: es decir, como cuando nos observamos, nos conocemos y nos identificamos en el espejo.</p>
<p>Ese paso de estado es en sí mismo el origen del movimiento que es, a la vez, origen de la energía que en diferentes estados emanativos llega de la más sutil y ligera a la más densa y concentrada. Es pues la creación un resultado de las <em>bodas</em> entre Consciencia y Energía y el hijo de ambos es el Viviente que se muestra como vida de dos maneras: la perceptible en la diversidad, y la que se oculta en la unidad; la primera frente a los ojos, la otra frente al ojo del corazón y la consciencia.</p>
<p>¿Hay una hierogamia entre nuestro corazón y nuestra consciencia?, ¿cuál es su fruto?, ¿es posible que el corazón nutra a la consciencia y esta nutra al corazón? El amor nutre al conocimiento y el conocimiento nutre el corazón y solo se ama lo que se conoce y solo se conoce lo que se ama.</p>
<p>Podemos afirmar pues que lo que entendemos como consciencia es la realización, que surge a modo de epifanía, de la certeza de <em>yo soy</em> inmerso y viviente en la Consciencia divina.</p>
<p>Así, la aparición de una autoconsciencia de mí mismo como entidad espiritual, divina en su origen, sacraliza a la criatura, la eleva en su nobleza y dignidad que le son propias y abre su mirada y corazón a la percepción del otro de la misma manera, es decir: lo ve sacro, digno y noble tal y como se ve a sí mismo. De este modo, su corazón entendido como un espejo de la creación divina, en tanto libre ya de opacidades, solo muestra lo Uno: en ese Uno que vivimos, nos movemos y somos-existimos.</p>
<p>Y así, de esta manera, también es el otro, el prójimo, quien vive, se mueve y existe en Dios.</p>
<p>Dijo Jesús: <em>yo soy el Camino (en Él nos movemos), la Verdad (en Él somos y existimos) y la Vida (en Él vivimos).</em></p>
<p>Como vivientes, somos y existimos transitando un camino del cual una etapa nos lleva a sumergirnos en la materia de modo que la existencia en ella nos lleva al olvido de la esencia y origen del <em>somos.</em> Pero el recuerdo de pertenencia al linaje de Dios del que habla san Pablo, siempre está presente en el corazón y siempre se puede retornar a ese estado a poco que la criatura, aunque solo sea un instante, se libere de la densidad del mundo, un mundo de materialización necesaria para su auto existencia.</p>
<p>Nuestro corazón ama, nuestro aliento y corazón vive, nuestra mente comprende y sabe, nuestra consciencia <em>es— “yo soy en Dios”—</em> y por tanto somos sacros, dignos y nobles.</p>
<p>Así, nos descubrimos como hijos de Dios, recordamos y reconocemos nuestro verdadero linaje, y entonces, así identificados, podremos tocar con pleno derecho las puertas del Reino al que pertenecemos.</p>
<p>Lo demás es solo ilusión, vanidad, humo, sombras y confusión. Pero el paraíso en la paz de Dios está cerca, muy cerca, basta recordar que en Él vivimos, nos movemos y existimos.</p>
<p>Y la buena nueva es que tenemos herramientas para el recuerdo de Dios en Dios: por una parte, nuestro propio corazón inocente; por otro, el amor del y al prójimo—bien el de la sangre, bien el de la amistad—, pues en él siempre podremos encontrar la Luz, tanto en sus ojos como en su corazón, si con nuestra mirada, alta y limpia, evitamos que la opacidad del mundo oculte ni nuestra propia Luz ni la del prójimo.</p>
<p>*En ocasiones está traducido como “somos” y en otras como “existimos”.</p>
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