
<h4>Amar es consentir en la distancia. La filosofía de Simone Weil nos invita a sostener una mirada que no busca poseer, sino contemplar, en la espera, la belleza del mundo otro. Una aproximación a la ética de la atención como esa oración del alma que permite vislumbrar la grieta por donde se cuela la eternidad en forma de Amor: el instante de la gracia.</h4>
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<blockquote>
<p>Amar puramente es consentir en la distancia,</p>
<p>es adorar la distancia entre uno y lo que se ama»</p>
<p>«La mirada y la espera representan</p>
<p>la actitud que se corresponde con lo bello»</p>
<h5><i>La gravedad y la gracia, </i>Simone Weil</h5>
</blockquote>
<p>No hay gracia sin espera ni amor sin distancia. Al menos cuando tratamos de pensar la hondura pura del amor y de la gracia, cuando aquello que sondeamos se insinúa en los límites de la palabra inapresable, de la vivencia interior. Simone Weil, «único gran espíritu de nuestro tiempo» —dijo Albert Camus—, mística ineludible en su vivir, en su pensar y en su sentir el mundo, hizo de su vida y de su pensamiento una entrega: la de quien se dispone a la búsqueda de la Verdad, la de quien pone el propio cuerpo para experimentar el misterio.</p>
<p>Fue Gustave Thibon quien dio a conocer, de forma póstuma, los fragmentos que hoy componen <i>La gravedad y la gracia </i>(Trotta, 1994), la obra donde Weil explora, junto con sus <i>Cuadernos</i> (Trotta, 2001), las ideas que sustentan su filosofía y pensamiento místico, todo aquello que entrañan las operaciones del alma: el amor, la belleza, la balanza, la cruz, la descreación. Y la gracia. En la edición original, publicada en la editorial Plon en 1947, cuatro años después de la muerte de la pensadora, Thibon escribe, con la precisión vívida del recuerdo inolvidable, que «nunca la palabra sobrenatural me ha parecido más llena de realidad que en su presencia [de Simone Weil]». Una apreciación reveladora, pues es la contradictoria claridad de lo sobrenatural aquello que la pensadora francesa nos ofrece en sus escritos; un estudio atravesado por la experiencia de la verticalidad: ese flujo de la gracia que permite el cruce de lo horizontal con lo vertical, de lo que es del mundo con aquello que no lo es, cuando «la eternidad —escribió Weil— desciende para insertarse en el tiempo».</p>
<blockquote><p>Solo entonces contempla puramente quien demora su mirada, quien atiende con la devoción de una plegaria. Nunca son los ojos visibles los que operan en este mirar. Es el mirar del corazón, que «está en un confín, al borde de ir todavía más allá», dice María Zambrano, el que en su transparencia nos mueve hacia la escucha. Pero esta atención no debe confundirse con un esfuerzo del intelecto. Al contrario, su ejercicio implica una pasividad <i>activa </i>—de nuevo la distancia— que, lejos de incitar al quietismo, nos revela la posibilidad de disponernos hacia <i>algo</i> sin que haya un fin medible o un objetivo cuantificable que necesite de su consecución para <i>ser</i>.</p></blockquote>
<p>Esta inserción de lo eterno en nuestra propia finitud exige, ante todo, una espera y una lejanía que nos permita contemplar lo bello, aquello que amamos, tal como es, sin ánimo de tocarlo, sin poseerlo y sin querer apresarlo bajo nuestra propia mirada y deseos. Simone Weil lo expresa con claridad en estas palabras que se elevan casi como una oración, que guardan la dolorosa hermosura de la renuncia: «Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama». Amar de verdad es adorar de corazón todo aquello que nos distancia del amado, «consiste en verse colmado simplemente con saber que (…) está gozando, sin tomar parte de ese gozo, ni siquiera desear hacerlo». Weil nos dice que amar es la alegría, la punzada hiriente y feliz, de saber que el amado existe, aunque ande lejos, aunque no haya cuerpo que se toque. Decir «yo amo» nada tiene que ver con este amor; en otras palabras, amar significa decir: «qué gozo porque existes». Pero amar la distancia también guarda un significado constitutivo de nuestra cualidad de <i>ser</i>; es, por ejemplo, contemplar la composición de una flor y reconocer que nunca se podrá ser pétalo, que la flor es bella en tanto que es una flor y no es otra cosa. O amar la distancia última, la lejana cercanía, en palabras de Margarita Porete, que nos separa de Dios. Una distancia que apela a las preguntas más hondas del ser y que latía en el centro del pensamiento de Simone Weil cuando escribió «aquel al que hay que amar está ausente». Pero ¿qué es <i>este amor?</i> Sobre-la-naturaleza, parece que nunca encuentra una satisfacción en el tiempo; tal es su imposibilidad de contenerse y saciarse en una forma. El amor sobrenatural, expresión de lo indecible, halla su posibilidad a través del ejercicio puro de la atención, que lo alimenta y lo consiente, y se hace puente —<i>metaxú— </i>de lo sagrado en el mundo. Cuando Simone Weil dijo que la belleza es aquello «que se mira sin alargar la mano», también nos dijo: si atendemos puramente, sin tratar de poseer, hacemos con nuestra mirada la belleza por amor. Y por este mismo amor consentimos la existencia del mundo otro.</p>
<div style="width:720px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/05/Simone-Weil-1-300x166.webp" alt="" width="710" height="284"><p>Weil nos dice que amar es la alegría, la punzada hiriente y feliz, de saber que el amado existe, aunque ande lejos, aunque no haya cuerpo que se toque.</p></div>
<p>Solo entonces contempla puramente quien demora su mirada, quien atiende con la devoción de una plegaria. Nunca son los ojos visibles los que operan en este mirar. Es el mirar del corazón, que «está en un confín, al borde de ir todavía más allá», dice María Zambrano, el que en su transparencia nos mueve hacia la escucha. Pero esta atención no debe confundirse con un esfuerzo del intelecto. Al contrario, su ejercicio implica una pasividad <i>activa </i>—de nuevo la distancia— que, lejos de incitar al quietismo, nos revela la posibilidad de disponernos hacia <i>algo</i> sin que haya un fin medible o un objetivo cuantificable que necesite de su consecución para <i>ser</i>. No es el deseo que se llena y se sacia. Atender con amor es, en su radicalidad, un ejercicio de espera y desposesión, una acción sin móvil, en que la mirada se reorienta y «se vacía de todo contenido propio —escribió Weil— para recibir al ser al que está mirando tal cual es, en toda su verdad». Es así, en este vaciado pleno del que se inclina a la desnudez de la mirada, cómo la atención adquiere la cualidad de oración: su grado máximo, posibilitador de la gracia. Visible se torna la idea al pensar el cuerpo en postura de rezo, pues hay en esa actitud suplicante una entrega suave, un recogimiento; una humildad en las rodillas del arrodillado y una ofrenda en las manos ofrecidas hacia arriba. Son las manos que se tienden en la espera y sin esperar nada. Son también las palabras que se repiten como una letanía interior, casi siempre palabras otras (de otras). Tal como Simone Weil recitaba para sí el poema «Love» de George Herbert, me repito yo misma en silencio: «Amar puramente es consentir en la distancia». Las palabras trascendidas de esta manera son también reflejo de la belleza sobrenatural que nos asiste. «Love» [Amor], de Herbert, reza así:</p>
<p>«¿Y acaso no sabes —dijo Amor—, quién cargó con la culpa?».</p>
<p>«Mi muy querida, entonces te serviré».</p>
<p>«Solo siéntate —dijo Amor— y prueba mi carne».</p>
<p>Así que me senté y comí.</p>
<p>Probar la carne del amor es tratar con amor la carne, los cuerpos vulnerables que, también solos, nos acompañan. Quien así mira y se dispone, comido ya este amor, transforma radicalmente su manera de habitar el mundo y de encontrarse con su prójimo. Es frecuente que a diario, en este tiempo de ritmos frenéticos y hostiles, nos veamos sometidos a interrogaciones que nos categorizan y tratan de apresar nuestra diversidad: desde un «¿quién eres?», «¿de dónde eres?» hasta «¿por qué actúas así?» o «¿a qué te dedicas?». La pregunta, por el contrario, que late en el corazón de la atención sobrenatural es: «¿cuál es tu tormento?». Dirigiéndose hacia la presencia del ser en su diferencia, la mirada atenta nunca se retira ante el <i>malheur</i> del otro. No interroga ni enjuicia, sino que sostiene la visión de la vulnerabilidad del cuerpo herido como ejercicio propio de la atención.<i> </i>Todo se reduce para Weil en «contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada, no solo la mirada de los ojos, sino la mirada de la atención». Atender con el corazón entraña mirar al otro que llora en su grito, desgarrado, y decirle, en nombre de la piedad: <i>te veo y te sostengo. Existes y sufres. No me retiro para ti.</i></p>
<blockquote><p>Cuando Simone Weil dijo que la belleza es aquello «que se mira sin alargar la mano», también nos dijo: si atendemos puramente, sin tratar de poseer, hacemos con nuestra mirada la belleza por amor. Y por este mismo amor consentimos la existencia del mundo otro.</p></blockquote>
<p>Bien se sabe que no hay manera tangible ni guía ni método que nos permita delimitar con facilidad la complejidad que implica tratar con el otro. Tampoco con nuestro propio encuentro con lo bello. Habitamos una constante anunciación, una disposición, ese lugar del umbral de lo inacabado en que todavía nada ha acontecido. Una espera. Ya decía <a href="https://elhombreylodivino.com/maria-zambrano-y-miguel-de-unamuno-hacia-dentro-2/">María Zambrano</a> que: «la lección inmediata de los claros del bosque [es que] no hay que ir a buscarlos». La pensadora veleña intuía, como Weil, que la gracia, en cierta manera análoga al instante del claro zambraniano, opera en ese lugar exacto donde el tiempo y la eternidad comparten, por un momento, la saeta clavada en el centro de la cruz de nuestra existencia. Es el hallazgo súbito embebido de amor que nos recorre y desconcierta, que nos saca del tiempo para volver a insertarnos en él. Todo el misterio del mundo concentrado en un punto. Es el lugar de la claridad que nos llama a no desmirar ni desoír la desdicha, en cuya profunda gravedad <a href="https://www.trotta.es/autores/simone-weil/628/">Weil</a> vislumbró el peso contrario de la balanza, esa gracia que atraviesa el centro del alma y que, en su asombro, nos sitúa, también, en una actitud de apertura hacia lo inefable inesperado, hacia todo aquello que se escapa de los flujos y ritmos tiránicos del <i>Cronos</i>.</p>
<p>Simone Weil ofrece su ser mismo con tal de que todo lo que ella no <i>es</i> pueda <i>ser</i>; desea mirar el mundo más allá de sí misma, es decir, dejar de decir <i>yo </i>para decir <i>lo otro.</i> Solía escribir en sus cuadernos tomando a Arquímedes: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Dadme el instante, la belleza con que sostenerme, y moveré el mundo. Hay en ella <i>el</i> anhelo, un movimiento, la inquietud desbordante del corazón desasosegado. Ese aleteo del alma que recuerda a la «mariposica» teresiana, cuando la Santa de Ávila escribe en <i>Las moradas</i>: «(…) no acaba esta mariposica de hallar asiento que dure, antes, como anda el alma tan tierna del amor». No habría asiento en vida para Simone Weil, que dejó este mundo «casi desprendida de la carne», «etérea», «transparente» —dijeron aquellos que la vieron por última vez—, pero entregada, en su descrearse, a lo que es y lo que no es del mundo, a amar la desnudez de las cosas, sondeando hasta el secreto último la grieta por la que se cuela la eternidad: lo único que <i>no se muda.</i></p>
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