
<h4><b>¿Es necesario despojarnos de lo material para acariciar lo sagrado? ¿Vaciarnos de toda humedad para retornar a la sequedad de lo Eterno? El antro de las Náyades, bajo la visión de Porfirio, Blake y Raine, nos sugiere que la materia y lo celeste no solo coexisten, sino que se nutren mutuamente, alzando nuestra humana danza.</b></h4>
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<p style="text-align:right;"><i>Man has no Body distinct from his Soul […]» </i></p>
<p style="text-align:right;"><strong><i>The Marriage of Heaven and Hell, William Blake</i></strong></p>
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<p style="text-align:right;"><i>Al extremo del puerto hay un olivo de anchas hojas</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>y cerca de él una gruta amena y sombría,</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>consagrada a las Ninfas que llaman Náyades.</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>Dentro hay cráteras y ánforas</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>de piedra, donde fabrican sus panales las abejas.</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>Dentro hay grandes telares de piedra, donde las ninfas</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>tejen sus túnicas con púrpura marina, maravilla de ver.</i></p>
<p style="text-align:right;"><i>Y dentro aguas siempre manantes. […]</i></p>
<p style="text-align:right;"><strong><i>Odisea XIII</i>, 102-110, Homero, </strong></p>
<p style="text-align:right;"><strong>(Tr. Enrique Ángel Ramos Jurado)</strong></p>
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<p>Durante la segunda mitad del siglo III d. C., el filósofo Porfirio, discípulo de Plotino, transformó uno de los fragmentos más misteriosos de la <i>Odisea</i> de Homero, en el Canto XIII, en una exégesis neoplatónica sobre el descenso y retorno de las almas. Sin embargo, no es únicamente en esta gruta <i>porfírica</i> donde nos adentramos, pues, alrededor de 1821, durante sus últimos seis años de vida, William Blake también quiso asomarse a este acuoso antro.</p>
<p>A través de la acuarela <i>The Sea of Time and Space</i> de William Blake —que no deja de ser otra forma de humedad y transparencia—, la exégesis de Porfirio se transforma en visión. Es aquí donde Kathleen Raine nos aclara aún más la extraña luz de la pintura. Lejos de ser un retrato exacto del fragmento de Homero, o del comentario de Porfirio, ya de por sí plagados del Misterio, Blake nos encierra en sus párpados para acercarnos a sus ojos visionarios. Y, de la sabia mano de nuestra maestra Raine, el paseo entre la tradición neoplatónica y sus símbolos-pinceladas se hace más abordable.</p>
<p>Porfirio nos ofrece una interpretación neoplatónica del antro homérico y, en un minucioso análisis de las formas del alma, nos recuerda las antiguas teorías de su descenso. Es a través del eterno manantial de la cueva, símbolo del Cosmos, de su forma pétrea pero amable, de aquellos telares-carne y de las ánforas y demás símbolos, que se presentan las imágenes de tal descenso. Pero, entre todos los símbolos y <i>fuentes</i> que el mismo Porfirio trata de descifrar, es en la humedad de las almas y en la miel de estas donde mis pasos se han detenido, quizás por ese tender instintivo hacia la pegajosidad del placer.</p>
<p><i>«What’s water but the generated soul?». </i>W. B. Yeats</p>
<p>Como se ha mencionado, la cueva homérica, atravesada por manantiales y consagrada a las Náyades, aparece como <i>imago mundi</i> del terreno donde el alma primeriza se adentra en la materia. Porfirio nos narra cómo en la tradición las Náyades no solo son aquellas ninfas que presiden las aguas, sino que, al mismo tiempo, han servido para designar a las almas que se encaminan a la generación. Como Heráclito decía, y Numenio hacía eco, las almas, al humedecerse, se aproximan al mundo sensible y, por tanto, encontramos así en las Náyades, envueltas siempre en la idea de agua, esa humedad esencial.</p>
<p>Continuando con su análisis del verso homérico:</p>
<p><i>Dentro hay cráteras y ánforas</i></p>
<p><i>de piedra, donde fabrican sus panales las abejas.</i></p>
<p>Porfirio se pregunta por qué en vez de líquido en el interior de las cráteras y ánforas, encontramos panales, y nos introduce de esta forma en la tradición simbólica de la miel: el uso de esta en ciertos ritos como medio purificador, su capacidad de preservar de la podredumbre, y su vínculo con el placer de la caída a la generación. La miel añade a esa humedad del alma cierta pegajosidad dulce, acompañando y atrayendo a esta a su entrada en lo sensible a través del placer y la dulzura.</p>
<blockquote><p>Mientras el agua aparece así como unión entre cuerpo y alma, entre tiempo y eternidad, la miel, aquello que atrae a las ninfas apícolas y que ellas elaboran en el mundo material, las acompaña y adhiere a la vida sensible, como aquel seductor impulso hacia la caída.</p></blockquote>
<p>Las ánforas que guardan los panales de estas abejas se convierten, por tanto, en recipientes de paso, umbrales que entretejen ambos mundos. En ellas, el alma curiosa se precipita hacia su encarnación. Y es aquí donde Kathleen Raine acrecienta aún más la belleza de la imagen al relacionar estas con <i>«the womb and tomb», </i>útero y tumba. El alma alada se nos aparece entonces adentrándose en un vientre dulce y funerario. Recién nacida y húmeda para vestirse de mortal, muerta por un tiempo a su seca eternidad.</p>
<p><i> </i>Volviendo a los ojos de Blake, en su pintura, Raine identifica aquellas ninfas que aparecen recónditas en la esquina superior derecha, transportando las ánforas sobre la cabeza, con las abejas de Porfirio. Almas —¿inocentes?— aún provistas de sus alas, situadas ante el instante próximo a su encarnación, orientando sus pasos hacia la gruta. De este modo, mientras el agua aparece así como unión entre cuerpo y alma, entre tiempo y eternidad, la miel, aquello que atrae a las ninfas apícolas y que ellas elaboran en el mundo material, las acompaña y adhiere a la vida sensible, como aquel seductor impulso hacia la caída.</p>
<blockquote><p>Porfirio se pregunta por qué en vez de líquido en el interior de las cráteras y ánforas, encontramos panales, y nos introduce de esta forma en la tradición simbólica de la miel: el uso de esta en ciertos ritos como medio purificador</p></blockquote>
<p>Sin embargo, si observamos más de cerca la acuarela de Blake, esta no se detiene con el descenso del alma. Como observa Raine, Blake combina el fragmento del Canto XIII con un episodio del Canto V de la <a href="https://elhombreylodivino.com/la-nostalgia-del-heroe/"><i>Odisea</i></a>, en el que Odiseo devuelve al océano el ceñidor con el que Leucótea lo había rescatado del naufragio. El héroe queda suspendido bajo el pincel de Blake en ese gesto de desprendimiento sin volver la vista, mientras que, a su lado acompañándolo, Atenea luminosa nos orienta señalando hacia la región solar.</p>
<p>Esta combinación concede a la pintura de <a href="https://www.nollegiu.com/es/autor/blake-william/">Blake</a> una inesperada sensación de apertura, como si los pasos de Blake, además de retornar al Canto V, se hubiesen detenido pacientes ante los primeros versos homéricos del misterioso fragmento:</p>
<p><i>Al extremo del puerto hay un olivo de anchas hojas […]</i></p>
<p>Frente al útero cerrado de la cueva-Cosmos, mar y cielo desbordan la escena, excediendo los límites pétreos de esta. A mi parecer, sin embargo, lo abierto y lo cerrado no se rechazan entre sí como contrarios irreconciliables. Por un lado, nos trazan el ciclo y doble movimiento del alma. Por otro, surge una comunión entre lo abierto y lo cerrado: la eternidad envuelve el útero púrpura de la materia. El antro acoge al alma, la viste, pero no la aísla del todo en su encierro.</p>
<p>La pintura de Blake, lejos de ser un sueño privado, se nos revela entonces como una imagen trascendente de aquello que se incrusta en el alma celeste del tiempo. Alma que nos recupera —en el sentido no solo histórico, mas casi medicinal— y nos recuerda el necesario contacto con lo sagrado, lo Divino y, en ecos de Blake, con la Imaginación. Pero, en este caso, huyendo de la actual concepción de una materialidad mecánica y vacía, Porfirio —queriendo o sin querer— y Blake nos invitan a reconciliarnos con nuestra condición material.</p>
<div style="width:676px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/09/detalle-de-la-acuarela-del-plate-2-Urizen.jpg" alt="" data-inoreader-upscale="wp_suffix"><p>Detalle de «Teach these Souls to Fly», lámina 2 de Urizen, 1796, obra de William Blake. Tate, Londres. Fotografía de la autora en la exposición «William Blake: The Age of Romantic Fantasy» (Galería Nacional de Irlanda).</p></div>
<p><i> «Teach these Souls to Fly»</i> [«Enseña a estas Almas a Volar»], nos canta Blake en <i>El libro de Urizen</i>. Bajo mis ojos, no obstante, tal vuelo no nos exige abandonar la carne, sino aprender a habitarla, saltar y jugar en ella para así rozar el revoloteo del alma. Nuestro humano cuerpo brota entonces como terreno en el que esta se viste de púrpura y carne, se espesa en su sangre, en el Deseo y Placer—saborea esa miel.</p>
<p>En el momento en que el alma se encarna, podemos ver este cuerpo nuestro como nido suyo, materia atravesada por su presencia. Convertida ahora en cría nuestra, debe ser nutrida a través de los sentidos. Por ejemplo, son los humanos ojos puertas a la Luz y el color—y los párpados curiosos, aquello que nos permite retenerla más tiempo. Nuestras manos acariciando, nuestro vientre recibiendo: todo ello, viaductos mortales hacia el alma. Unas veces, lo Divino yace oculto en todas esas sensaciones, y es ella quien, entre sus transparentes mordiscos, lo deshilvana y nos lo devuelve, agradecida, a la carne—como, por ejemplo, cuando, inconsciente, el cuerpo se eriza tras haberlo alimentado precisamente de Belleza.</p>
<p>Otras veces, lo Divino desnudo, casi sin velo, también necesita de esta presencia corpórea para <i>alimentar el plumaje del alma </i>(Platón, <i>Fedro,</i> 246d-e). Pensemos, por ejemplo, en la música, tan de por sí incorpórea y transcendente. Cuando el alma está encerrada, no es sino con el oído —que, como bóveda, permite que resuene en ella—como la recibimos. Incluso en el tacto se pronuncia, si logramos desarrollar la cercanía de nuestras carnes a las esferas celestes. La unión armoniosa entre cuerpo y alma nos permite así aprender cuánto de lo Invisible puede rozarnos esencialmente a través de lo Visible y palpable.</p>
<p>Es esta, entonces, quizá otra forma de imaginar la Imaginación blakeiana: encarnándola en nuestro tejido mortal, nos permite celebrar la materialidad desde un punto de vista luminoso, sin vacío, sin alienantes mecanicidades, sin herida, mas enredada en su juego con la suave caricia celeste.</p>
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<p><i>Nido de obras</i></p>
<p>Porfirio. <i>L’antro delle Ninfe</i>. A cura di Laura Simonini. Milano: Adelphi Edizioni, 1986.</p>
<p>Raine, Kathleen. <i>Blake and Antiquity</i>. Princeton University Press, 1977.</p>
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