Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
Miedos / Fobias
Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

sábado, 1 de mayo de 2021

La invocación a las Musas de Hesíodo — Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona

.Texto de la invocación de Hesíodo Comencemos nuestro canto por las Musas Helicónides, que habitan la montaña grande y divina del Helicón. Con sus pies delicados bailan en torno a una fuente de violáceos reflejos y al altar del muy poderoso Cronión. Después de lavar su piel suave en las aguas del Permeso, en la fuente del Caballo o en el divino Olmeo, forman bellos y deliciosos coros en la cumbre del Heli­cón, airosamente impulsadas por sus pies. De allí parten envueltas en densa niebla y marchan al abrigo de la noche, lanzando al viento su maravillosa voz. Celebran con himnos a Zeus portador de la Egida, a la venerable Hera Argiva calzada con doradas sandalias, a Atenea de ojos glaucos, hija de Zeus portador de la Egida, a Febo Apolo y a la asaetadora Artemis, a Poseidón que abarca y sacude la tierra, a la augusta Temis, a Afrodita de ojos vivos [A Hebe la de áurea corona, a la bella Dione, a Eos, al alto Helios y a la brillante Selene], a Leto, a Jápeto, a Cronos, el de retorcida mente, a Gea, al espacioso Océano, a la negra noche y a la res­tante estirpe sagrada de sempiternos inmortales. Comencemos nuestro canto por las Musas Helicónides, que habitan la montaña grande y divina del Helicón. Precisamente ellas enseñaron una vez a Hesíodo un bello canto en tanto apacentaba sus ovejas al pie del divino Helicón. Y he aquí las primeras palabras que me dirigieron las diosas, las Musas Olímpicas, hijas de Zeus portador de la Egida: «¡Pastores del campo, triste oprobio, vientres tan sólo! Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad.» Tal dijeron las hijas bienhabladas del poderoso Zeus. Y me dieron un cetro después de cortar una admirable rama de florido laurel. Infundiéronme voz divina para celebrar el futuro y el pasado y me encargaron alabar con himnos la estirpe de los felices sempiternos y cantar­les siempre a ellas mismas al principio y al final. Mas ¿para qué abstraerse en tales relatos alrededor de la enci­na o la roca? ¡Ea, tú!, comencemos por las Musas que a Zeus pa­dre con himnos alegran su arrogante corazón dentro del Olimpo, narrando al unísono el presente, el futuro y el pasado. Comencemos por las Musas que a Zeus pa­dre con himnos alegran su arrogante corazón dentro del Olimpo, narrando al unísono el presente, el futuro y el pasado. Infatigable brota de sus bocas la grata voz. Se torna resplandeciente la mansión del muy resonante Zeus pa­dre, al propagarse el delicado canto de las diosas y re­tumban la nevada cumbre del Olimpo y los palacios de los Inmortales. Lanzan al viento su voz inmortal y con su canto alaban primero —desde el origen— la augusta estirpe de los dioses que engendró Gea y el vasto Urano y a los descendientes de aquéllos: los dioses dadores de bienes. Luego, de Zeus padre de dioses y hombres [al co­mienzo y al final de su canto, las diosas celebran], cómo sobresale con mucho entre los dioses y es el de más poder. Y al ensalzar la raza de los humanos y de los violen­tos Gigantes regocijan el corazón de Zeus –dentro del Olimpo– las Musas Olímpicas, hijas de Zeus portador de la Egida. Se torna resplandeciente la mansión del muy resonante Zeus pa­dre, al propagarse el delicado canto de las diosas y re­tumban la nevada cumbre del Olimpo y los palacios de los Inmortales. En Pieria las alumbró Mnemósine, señora de las co­linas de Eleuteras, unida al Padre Cronida, para que fueran olvido de males y remedio de preocupaciones. Nueve noches se unió con ella el prudente Zeus su­biendo a su lecho sagrado, lejos de los Inmortales. Y cuando llegó el momento, después de dar la vuelta las estaciones –con el paso de los meses– y de cumplirse muchos días, nueve jóvenes de iguales pensamientos –interesadas sólo en el canto y con un corazón exento de dolores en su pecho– dio a luz Mnemósine, cerca de la más alta cima del nevado Olimpo. Allí forman alegres coros y habitan suntuosos pala­cios. Junto a ellas viven, entre fiestas, las Gracias e Hímero. Y una voz deliciosa dejan salir por su boca, cuan­do cantan las normas y sabias costumbres de todos los Inmortales, lanzando al viento su encantadora voz. Así marchaban entonces hacia el Olimpo, orgullosos de su bello canto, inmortal melodía. Retumbaba en tor­no la oscura tierra, al son de sus cantos, y un delicioso ruido subía de debajo de sus pies en tanto marchaban al palacio de su padre. Reina aquél sobre el cielo y es dueño del trueno y del llameante rayo, desde que venció con su poder al padre Cronos. Por igual repartió todas las cosas entre los dio­ses y fijó sus prerrogativas. De esto trataba el canto de las Musas que habitan las mansiones olímpicas, las nueve hijas nacidas de Zeus: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania, y Calíope la más importante de todas. Ella es la que asiste a los venerables reyes: Al que las hijas del poderoso Zeus honran, advirtiendo que des­ciende de los reyes, vástagos de Zeus, a éste vierten sobre su lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen melifluas palabras. En él se centra la mirada de todas las gentes cuando interpreta las leyes divinas con sentencias justas. Y con seguras palabras en un momento resuelve sabiamente la mayor querella. Aquí radica la sabiduría de los reyes, en que hacen cumplir en el ágora los actos de reparación –en favor de las personas ofen­didas– fácilmente, con persuasivas y complacientes pa­labras. Calíope la más importante de todas. Ella es la que asiste a los venerables reyes: Al que las hijas del poderoso Zeus honran, advirtiendo que des­ciende de los reyes, vástagos de Zeus Cuando ese rey se dirige al tribunal, como a un dios le propician con dulce respeto las gentes y él brilla en medio del vulgo.¡Así de sagrado es el don de las Musas para los hombres! De las Musas y del flechador Apolo descienden los aedos y citaristas que hay sobre la tierra. Y de Zeus, los reyes. ¡Dichoso aquel de quien se prendan las Musas! Dulce le brota la voz de la boca. Pues si alguien víctima de una desgracia, con el alma recién desgarrada, se consume en la aflicción de su cora­zón, luego que un aedo servidor de las Musas cante las gestas de los antiguos y ensalce a los dioses felices, habi­tantes del Olimpo, al punto se olvida de sus penas y ya no se acuerda de ninguna desgracia. ¡Rápidamente cam­bian el ánimo los regalos de las diosas! ¡Salud, hijas de Zeus! Otorgadme el hechizo de vues­tro canto. Celebrad la sagrada estirpe de los sempiternos Inmortales: los que nacieron de Gea y el estrellado Ura­no, los que nacieron de la tenebrosa Noche y los que crió el salubre Ponto. [Cantad también de qué forma nacieron al comienzo los dioses, la tierra, los ríos, el inmenso ponto de agita­das olas –allá arriba– los brillantes astros y el espacio­so cielo.] Y cómo los descendientes de aquéllos, los dioses otorgadores de bienes, se repartieron las riquezas, cómo se dividieron los honores y cómo por primera vez habi­taron el abrupto Olimpo. Inspiradme esto, Musas que desde siempre habitáis las mansiones olímpicas; y decidme lo que hubo antes de aquéllos. Glosa a la invocación de R. Arola En la admirable Antigüedad griega y romana, los artistas y los poetas y artistas invocaban la ayuda de las Musas antes de comenzar su obra. En la actualidad nadie, o casi nadie, cree en esta ayuda y cuando los estudiosos analizan los textos antiguos consideran aquellas invocaciones como fórmulas convencionales de la época, sin mayor im­portancia. Pero quizá, la intención de los antiguos sabios fuera muy distinta y en sus invocaciones a las hijas de Zeus encontrasen realmente la ayuda idónea para el buen fin de sus obras. Esta ayuda es el principio de un Arte que no está construido por la sabiduría de los hombres, sino por la sabiduría del cielo. En la Antigüedad griega y romana, los artistas y los poetas y artistas invocaban la ayuda de las Musas antes de comenzar su obra. Cuando las Musas, como dice Hesíodo, vierten so­bre su lengua una dulce gota de miel no es el rey, ni el poeta, como mortales, quienes hablan, sino que es la divinidad quien dicta. Las palabras de las Musas pasan a través del hombre y éste se contenta con tan sólo transcribirlas, darles el peso de la forma, pues sabe que la belleza y la verdad no dependen de él. El auténtico creador es quien, como dice el texto que acabamos de ver, se eleva hasta los suntuosos palacios en los que residen las Musas. El poeta bebe en la fuente de este palacio para escribir sus ver­sos. Así lo describe Hermes Trimegisto en su Himno Se­creto: «Te doy gracias, Padre, energía de las Fuerzas; te doy gracias, Dios, Fuerza de mis energías. Tu Verbo te canta a través de mí, recibe por mí el Todo en palabras, como sacrificio espiritual. Esto es lo que gritan las Potestades que están en mí; cantan el Todo, cumplen tu querer, tu voluntad viene de ti y vuelve a ti, el Todo». El creador es quien, como dice el texto, se eleva hasta los suntuosos palacios en los que residen las Musas El poeta antiguo encarna a un dios en su creación, permitiendo que el dios inmanifestado e incognoscible se exprese a través de él, de esta manera se entiende por qué el Arte Sagrado sirve a Dios, con sus adoraciones y alabanzas. Del cielo provienen la belleza y verdad que llenan de contenido sus cantos y al cielo vuelven. Diodoro de Sicilia explica la etimología de Musas de la siguiente manera: Han sido denominadas Musas por el hecho que ellas inician a los hombres, es decir, por el hecho que enseñan las cosas bellas y desconocidas a los ignorantes. Las pala­bras de estas diosas contienen no sólo una estética en su armonía y perfección, sino que también poseen sabidu­ría y verdad, por eso el poeta que recibe el favor de las Musas es, así mismo, un sabio conocedor pues, gracias a ellas, ha recibido el conocimien­to y el amor que emanan del Dios incognoscible. Por eso, en su texto, Hesíodo dice: Las Musas narran al unísono el presente, el pasado y el futuro que pertenecen a Dios. Han sido denominadas Musas por el hecho que ellas inician a los hombres, es decir, por el hecho que enseñan las cosas bellas y desconocidas a los ignorantes Sabido es que en la Antigüedad la poesía se confundía con la profecía pues ambas eran instrumentos del cielo. Plutarco, en relación con los Oráculos de Delfos, escribió lo siguiente: «El dios de aquí [Apolo] se sirve de la Pitia para llegar a nuestros oídos, de la misma manera que el sol se sirve de la luna para alcanzar nuestros ojos». (Obras morales y de costumbres, 404-D) Así, en las invocaciones a la Sabiduría celeste, representada por las musas, se hallaría el origen del Arte sagrado. Y no sólo la poesía bebía de la inspi­ración del cielo, sino que gracias a su ayuda, se construyeron los templos, las pinturas, las músicas y las danzas. En el Antiguo Testamento es el Señor quien indicaba a Moisés o a Salomón cómo debía construirse el Tabernáculo o el Templo, así, en Éxodo 25-40 está escrito: «Mira y haz las cosas conforme se te ha mostrado en la montaña». También en la tradición islámica se cuenta que la alquibla de la mezquita del Enviado fue estable­cida por el arcángel Gabriel, por lo que es definitiva e inmutable. Hesíodo y la Musa, por Gustave Moreau (Museo de Orsay, París. 1891). La entrada La invocación a las Musas de Hesíodo se publicó primero en Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona. Artículo*: ArsGravis Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
Tex procedente de la "Teogonía" de Hesíodo y glosa de Raimon Arola a dicho texto. Del libro "Textos y glosas sobre el arte sagrado"

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Respecto a la antigüedad de la cábala — Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona

Presentación Rabí Moisés ben Chem Tov, nació hacia 1240 en la ciudad de León y murió en 1305 en la villa de Arévalo. Fue un escritor prolijo a quien, entre otras muchas obras, se le atribuye la autoría del famoso Zohar. El fragmento que presentamos pertenece al Siclo del Santuario que se supone que fue escrito en 1292, al tiempo que su autor estaría redactando el ya mencionado Zohar. Las relaciones entre los escritos de Moisés de León y los de otros cabalistas castellanos de la época son muy numerosas; estaríamos hablando de una época y de una zona, Castilla y Aragón, en las que se originaron multitud de textos cabalísticos, quizá a causa de una cierta relajación por parte de sus autoridades rabínicas y quizá también por la necesidad presente en todos estos autores de la transmisión de su sabiduría. Un texto de rabí Bahia ben Acher de Zaragoza es ilustrativo al respecto: “La Sabiduría está llamada ‘libro’, porque las generaciones se suceden y la sabiduría sólo permanece gracias al libro. Por eso, incluso la Sabiduría superior está llamada ‘libro.” La Sabiduría está llamada ‘libro’, porque las generaciones se suceden y la sabiduría sólo permanece gracias al libro. También Moisés de León en varias de sus obras alude a las razones que le mueven a poner por escrito unos misterios que, teóricamente, solo deberían enseñarse en el secreto de una escuela, la cita que sigue es uno de estos ejemplos: “No obstante revelo el contenido de los misterios profundos que no es conveniente desvelar porque he visto a los hijos de este mundo compartir ideas y pensamientos extranjeros y exteriores, y, en estas cosas, una generación va y otra viene y esta concepción persiste siempre, nadie escucha y nadie se preocupa por preguntar y buscar en relación a este asunto; me he visto obligado a revelar y a dar a conocer cosas que los antiguos vigilaban, habían cerrado la puerta y habían ocultado los misterios profundos que no conviene desvelar. Pero sé que es una buena acción el traer la oscuridad a la luz (Jb 12, 22: Él trae la oscuridad a la luz).” Me he visto obligado a revelar y a dar a conocer cosas que los antiguos vigilaban, habían cerrado la puerta y habían ocultado los misterios profundos que no conviene desvelar. Como hemos dicho se encuentran multitud de afinidades entre los escritos de Moisés de León y sus contemporáneos, de tal modo que quizá convendría hablar de una escuela castellana cuyas figuras más representativas serían: rabí Moisés de Burgos, rabí Isaac ha Cohen de Soria, el gran José ben Abraham Gikatilla y el propio Moisés de León. Texto de rabí Moisés de León respecto a la antigüedad de la cábala A continuación voy a tratar y penetrar en el secreto de estas cosas, del orden de su existencia, según la posesión de la temible sabiduría que es la raíz y el fundamento de todas las sabidurías. Se denomina cábala, pues es una tradición (qabalah, de quibel: recibir) recibida por Moisés -que la paz esté con él- en (del) Sinaí. Éste la transmitió a Josué, y Josué a los ancianos, los ancianos a los profetas y los profetas la transmitieron a los miembros de la Gran Asamblea, a la manera o del mismo modo que la transmisión de la Torá (1). Se transmitieron unos a otros el contenido de esta sabiduría. «Se denomina cábala, pues es una tradición recibida por Moisés en (o del) Sinaí.» Verdaderamente, la vía de esta sabiduría le fue dada al primer hombre en el momento en que Él lo introdujo en el Jardín del Edén y le dio el secreto de esta sabiduría. Ella permaneció con él hasta que pecó y fue expulsado del Jardín del Edén. Después de esto, cuando murió el primer hombre, su hijo Set heredó esta sabiduría, puesto que había sido creado a su imagen y a su semblanza (al recibir la Sabiduría, se restablece la primera unidad del hombre, a imagen y semblanza de Dios), como está dicho: Engendró un hijo a su semblanza, como su imagen (Gn 5, 3). Seguidamente esta sabiduría fue revelada a Noé, el justo, después él se la dio como herencia a Sem, su hijo, hasta que Abraham, nuestro padre, que la paz sea con él, la heredó y por medio de esta sabiduría sirvió a su creador: Observó mi observancia, mis mandamientos y mis leyes (Gn 26, 5). Abraham la dio como herencia a Isaac, e Isaac a Jacob y éste la legó a sus hijos. Hasta que las generaciones ulteriores subieran al monte Sinaí y que fuera legada a Moisés, que la paz esté con él, como hemos dicho. A partir de entonces, en todas las generaciones que siguieron, cada uno la recibió (quibel, de aquí cábala, que significa recepción) de la boca de su prójimo. Pero a causa de este exilio profano y de la multitud de desgracias, esta sabiduría ha sido olvidada, a excepción de un pequeño número: …uno por ciudad, dos por familia (Jr 3, 14) Y estos han despertado esta sabiduría en cada generación. Todas las generaciones que siguieron, cada uno recibió (quibel, de aquí cábala) la sabiduría de la boca de su prójimo. Así, esta sabiduría es una tradición que se recibe (qabalah) de la boca de alguien, y toda la Torá -la Torá escrita y la Torá oral-, está fundada sobre esta sabiduría. En consecuencia es necesario despertar esta sabiduría y cultivarla según el buen método conforme a la obtención de la verdad. Esto en la medida de mis fuerzas y con la ayuda de Dios. (2) ________ NOTAS 1. La transmisión de la cábala sigue un camino idéntico que la transmisión de la Torá, como se explica en la Mishnah Avot 1, 1: “… la cábala, pues, extrae su autoridad de la misma fuente que la Torá y sigue el mismo camino”. 2. Esta es la auténtica tradición cabalística que procede Adán. Moïse de Léon, Le sicle du Sanctuaire, Verdier, 1996. pp. 109-111. La entrada Respecto a la antigüedad de la cábala se publicó primero en Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona. Artículo*: ArsGravis Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
Fragmento del "Chequel ha-Qodesh" de Rabí Moisés de León que sitúa el origen de la Cábala en Adán. Traducción y presentación: Lluïsa Vert.

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"Templum Contemplatio" en la pintura de Gloria Muñoz — Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona

En el año 1992, Gloria Muñoz ubicó su taller de pintura en la antigua iglesia del convento de las monjas agustinas de Perelada. Fue una casualidad, como tantas otras que depara la vida. Sin embargo, esta irrupción física en un templo se convirtió en mucho más. Poco a poco se estableció una intensa relación espiritual entre la pintora y el espacio, de modo que la entrada en el templo provocó el acceso a una vía de contemplación. Una vía marcada por la práctica de su arte. En este texto introductorio a la exposición de una obra producto de la contemplación activa, procuraremos describir algunos aspectos de este proceso. Las iglesias construidas por los hombres son imágenes exteriores de una experiencia interior, aluden a una geografía sutil que coexiste con las formas visibles, pero que no pertenece al mismo nivel de realidad. La experiencia a la que nos hemos referido sucede en el hombre, templo visible y viviente de la presencia divina en la tierra. Las iglesias construidas por los hombres son imágenes exteriores de una experiencia interior El templo es el símbolo más completo de la unión del cielo y la tierra. Representa el lugar que se manifiesta cuando lo superior y lo inferior se unen indisolublemente para engendrar el misterio de una sola cosa. Es el lugar de las revelaciones divinas y también, de modo complementario, el lugar donde se ilumina la realidad propia y oculta de cada ser. El templo es el espacio propio de lo sagrado, su hogar natural que se actualiza constantemente pues es también el lugar donde puede habitar la espiritualidad más profunda del hombre. En la tradición occidental, de raíces judeocristianas, el templo por excelencia ha sido el templo de Salomón. Dictado por Dios directamente, fue construido pleno de sabiduría y belleza por el gran arquitecto Hiram. Dos veces fue destruido este templo, y ambas veces significó la desaparición del lugar de la unión entre el cielo y la tierra. Entonces, el pueblo de Israel se vio obligado a marchar hacia el exilio. Ahora bien, del exilio surgió la promesa del retorno al lugar sagrado y de la reedificación del templo, o lo que es igual, de la regeneración del hombre. Del exilio surgió la promesa del retorno al lugar sagrado y de la reedificación del templo, o lo que es igual, de la regeneración del hombre. Poco antes de la Revolución francesa, el teósofo Karl von Eckharthausen escribió lo siguiente: «Antes de la caída, el hombre era el templo viviente de la divinidad y cuando este templo fue destruido, el plano para reconstruirlo fue proyectado por la sabiduría de Dios. En aquella época comenzaron los santos misterios de todas las religiones que en si mismos son (bajo mil aspectos distintos según los tiempos, según las diversas circunstancias de los distintos pueblos) los símbolos repetidos y modificados de una única verdad: la regeneración o la reunión del hombre con Dios» (La nube sobre el santuario). Así pues, en el templo, como arquetipo de cualquier símbolo, hallamos tres aspectos fundamentales: el templo primordial, el templo destruido y el templo reconstruido para siempre jamás en toda su gloria y esplendor. La tradición cabalística relaciona estos tres aspectos del templo con el sueño de Jacob, cuando Dios le mostró un lugar secreto e interior. Entonces Jacob dijo: «¡Qué terrible es este lugar!» y los maestros cabalistas lo comentan diciendo: «Eso es para enseñar que el Santo, bendito sea, le hizo ver a Jacob, al mismo tiempo, el templo construido, devastado y reconstruido» (Midrash ha-Gadol). Esta dialéctica reproduce el drama de la caída adámica. Primero el hombre fue creado a imagen de Dios, después aconteció la caída y la consiguiente expulsión del paraíso y finalmente encontramos el tercer aspecto en el Adán regenerado y reconstruido en su cuerpo glorioso, como un viviente de la eternidad. La dialéctica del templo reproduce el drama de la caída adámica y su regeneración El pensamiento simbólico tradicional se fundamenta en la idea ternaria de unión-separación-reunión. Esta tríada se puede interpretar de muchas maneras; habitualmente se entiende de un modo exterior y da lugar a una sucesión de castigos y premios, leyes y obligaciones. Sin embargo, cuando es reencontrada por la vía contemplativa activa, como sucede con Gloria Muñoz, la tríada esencial se llena de un sentido nuevo que consiste en el fluir de la vida interior, donde se encuentran la experiencia particular y las tradiciones universales. Los estudios que se han hecho sobre el desarrollo de un feto, muestran como, en su gestación embrionaria, un ser particular reproduce la evolución de la especie. Así, por ejemplo, el embrión humano primero es un individuo unicelular, después comienza a desarrollar las funciones vegetativas, más adelante actúa como un ser acuático, después anfibio, y, finalmente, se prepara para ser un mamífero. La creación artística no es del todo ajena a esta norma pues en muchas ocasiones la evolución histórica del arte se concentra en el proceso particular de un solo artista. Las contingencias personales reflejan la evolución de la cultura. Podría ser, como pretendieron los antiguos griegos, que el macrocosmos se refleje en el microcosmos y viceversa. La obra de Gloria Muñoz es un ejemplo excelente para explicarlo. Nos centraremos en una consideración muy breve acerca de la historia de la cultura europea. A partir del Renacimiento, la sociedad occidental cayó en una desacralización progresiva. El hombre se convirtió en el centro del universo, con independencia de los dioses, y se transformó en un ser aislado de sus emociones con el fin de conocer una realidad que pretendía objetiva. Las largas y terribles guerras de los siglos XVI y XVII entre católicos y protestantes no ayudaron a invertir la tendencia en contra de lo sagrado, pues sólo manifestaron fanatismo e intolerancia allí donde hubiera sido necesaria la comunión y la comprensión. Las prácticas religiosas se centraron en la defensa de la fe, como un aspecto opuesto a la racionalidad. Las religiones oficiales dejaron de ser los vehículos para los impulsos espirituales de la humanidad y, por tanto, el referente de su interioridad. Las religiones oficiales dejaron de ser los vehículos para los impulsos espirituales de la humanidad y, por tanto, el referente de su interioridad. Cada vez más, la moderna sociedad occidental acepta, aplaude y se enamora del pensamiento racionalista y del dogma del progreso. El hombre actual se ha acostumbrado a buscar la realidad en el exterior en vez de adentrarse hacía sí mismo, con la ayuda de los dioses. Entre las disputas teológicas y la efectividad científica, el impulso espiritual propio del ser humano, se encuentra aplastado, desconcertado y menospreciado, como si sólo fuese algo propio de algunos individuos singulares, con poca o ninguna influencia en el devenir de la historia. Lo interior se contempla como una mera subjetividad. Hallamos en este fenómeno un cierto paralelismo con el mito de la destrucción del templo de Jerusalén. Podría decirse que desde principios del siglo XIX, después de la Revolución francesa, la búsqueda de la pureza, de la belleza, de la intuición, de los mundos sutiles; en resumen, de las manifestaciones del espíritu, se ha refugiado en un espacio social muy específico: el de la creación artística. Ha sido así porque los artistas no pueden ser distintos a aquello que sienten, tal como los define Cattiaux: «Seres profundamente diferenciados, incapaces de ser otra cosa que lo que son, seres alucinados por el mensaje que llevan en si mismos» (Física y metafísica de la pintura). Desde principios del siglo XIX, la búsqueda de la pureza, de la belleza, de la intuición, de los mundos sutiles, de las manifestaciones del espíritu, se ha refugiado en un espacio social muy específico: el de la creación artística. Desde esta época, los artistas no sólo han buscado la belleza externa de la realidad, sino también lo sublime que descubrían en su interior. En un estudio sobre la cultura moderna, Larry Shiner demuestra que fue entonces cuando se inventó el arte y lo resume al escribir: «Mientras que el siglo XVIII dividió la vieja idea del arte entre bellas artes versus artesanía, el siglo XIX transformó las bellas artes en la reificación del “Arte”, un reino independiente y privilegiado del espíritu, la verdad y la creatividad» (La invención del arte). Queremos situar las pinturas de Gloria Muñoz en el contexto de esta excelente definición. El artista se convierte en el hombre de genio, pero al revés de lo que generalmente se considera, eso sucede a pesar suyo. En la civilización occidental se ha producido un vacío, ha aparecido una tierra de nadie que no pueden ocupar ni la ciencia racionalista, ni las formas exteriores de la religión. La inquietud interior, el impulso del espíritu sólo pueden reflejarse en las actitudes personales, a veces extremas, de los pintores, poetas y músicos. Una amplia parte de la realidad propia de los seres humanos, ha quedado marginada y relegada al campo de la creatividad personal. William Blake, escribió: «La plegaria es el estudio del Arte. La alabanza es la práctica del Arte» (Laocoonte). La inquietud interior, el impulso del espíritu sólo pueden reflejarse en las actitudes personales, a veces extremas, de los pintores, poetas y músicos. Al considerar el fenómeno que acabamos de esbozar parece evidente que una gran parte del espacio que ocupa el arte desde el siglo XIX, pertenece a lo que los antiguos denominaron con el nombre de sagrado. Incluso en la actualidad, el mundo occidental necesita del arte para manifestar el misterio de la unidad primordial; un lugar para la simplicidad y la generosidad del espíritu. En definitiva, un templo y una vía contemplativa. A todo eso nos invita esta exposición. Las pinturas que Gloria Muñoz ha venido realizando desde el año 1992, cuando trasladó su taller a la iglesia de Sant Bartomeu de Perelada, continúan la búsqueda del arte occidental para recuperar lo sagrado. Sus obras, que representan imágenes del templo desacralizado y vacío, se llenan de formas y colores que se armonizan, no sólo a causa de una técnica excelente y un oficio contrastado, sino también gracias a un vibrator sutil que parece emerger silenciosamente de los propios temas representados; es decir, de los fragmentos del templo devastado. Estas afirmaciones son mucho más que un simple texto laudatorio de un amigo en la presentación de una exposición. En las telas de Gloria Muñoz, el templo primordial va reconstruyéndose. La espiritualidad interior va emergiendo de manera incipiente, pero viva y auténtica, reencontrando lo sagrado. ¿Qué es en realidad lo sagrado? Es inútil intentar definirlo racionalmente, volveríamos a cometer el mismo error que Europa ha conocido en los últimos siglos. Las imágenes de Gloria Muñoz lo explican mejor. Podría decirse que en sus pinturas lo sagrado es algo cercano, íntimo. El templo no es el edificio suntuoso y externo, sino que busca la experiencia personal, que sin lugar a dudas, responde a la genuina idea de la contemplación. La fuerza plástica de los cuadros de Gloria Muñoz hace visible lo invisible, acoge la presencia de las realidades ocultas y vivas. Su impulso espiritual interior y propio, se abraza a la vida intemporal y cósmica, para, unidos, reconstruir el templo. Dice Cattiaux: «La pintura, como las demás artes, es también un medio para descubrir los mundos ocultos que gravitan en nosotros y alrededor nuestro. Poner en circulación una obra de arte es una señal de reconocimiento destinada a reunir en una misma comunión a individuos que tienen una cultura y una sensibilidad idénticas» (Física y metafísica de la pintura). A nuestro entender, dicha comunión significa la reconstrucción del templo o el retorno al paraíso. El templo no es el edificio suntuoso y externo, sino que busca la experiencia personal, que sin lugar a dudas, responde a la genuina idea de la contemplación. Un cuento hasídico recogido por Martin Buber, explica que rabí Moshe Teitelbaum consiguió que los ángeles le condujeran al paraíso. Le costó muchísimo conseguirlo, pero finalmente los ángeles accedieron. Una vez allí pudo ver a uno de los grandes maestros hasídicos, tocado con su típico sombrero de piel, que estaba estudiando un tratado cabalístico. El camino finalizaba en aquel punto. Rabí Teitelbaum estaba sorprendido y exclamó: «Pero, ¡esto no puede ser el paraíso!». Los ángeles sonrieron y le dijeron: «Escucha, criatura, quizá pienses que los hombres perfectos están en el paraíso, pero eso no es así, es el paraíso el que está en el interior de los hombres perfectos». Con tales reflexiones en ningún momento hemos pretendido justificar una estética o una calidad plástica –sinceramente lo creemos innecesario–, más bien hemos procurado trazar unas líneas de lectura que acompañen la obra de Gloria Muñoz, la pintora. Creemos que es lo más conveniente. . La entrada «Templum Contemplatio» en la pintura de Gloria Muñoz se publicó primero en Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona. Artículo*: ArsGravis Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
A partir de la experiencia plástica de Gloria Muñoz, presentamos unas reflexiones de Raimon Arola sobre el simbolismo del templo.

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La astrología en la Antigüedad — Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona

Euclides y Hermannus, Liber fortunae de Bernardus Silvester (s. XIV). Bodleian Library, Oxford. Un brujo de pueblo que cura el cáncer por medio de hierbas… Una madre que salva a su hijo, mordido por una serpiente venenosa, auxiliándose únicamente de la magia… Una abuela que recupera la capacidad de lactancia y nutre un bebé gracias a la virtud de un caldo de hierbas recogidas en el bosque… Pueblos “primitivos”, como los de África occidental o ecuatorial, poseen por herencia unos conocimientos que aparentemente nada les predispone a haber adquirido; si se les pregunta de dónde les vienen, contestan: ¡de los ancestros! Un saber o una ciencia tradicional se distingue de la académica en que la primera es una ciencia transmitida. Es, de alguna manera, un capital que hemos recibido de los antiguos, que debemos acrecentar y transmitir a nuestros descendientes tan intacto como sea posible. La astrología se encuentra entre las ciencias tradicionales, que no deben nada a la invención humana; nos costaría mucho encontrar a su inventor. Todos los pueblos que han practicado este arte de la adivinación siempre se han remitido a sus predecesores; así, griegos y romanos decían que dicho arte les venía de los egipcios y caldeos. La astrología se encuentra entre las ciencias tradicionales, que no deben nada a la invención humana; costaría encontrar a su inventor. Según René Guénon, la tradición está hecha de aquello que ha quedado tal como era en su origen: se trata de lo que ha sido “transmitido” de un estado de la humanidad anterior a otro presente. Como veremos, esta tradición no es susceptible de progreso porque no es únicamente humana. En lo que concierne a la astrología, una obra que tiene cerca de dos mil años, como el Tetrabiblos, del matemático y astrónomo Ptolomeo, no tiene nada que envidiar a los tratados escritos por los mejores astrólogos contemporáneos. Sin duda es un error creer que la historia del pensamiento humano va a la par del desarrollo tecnológico. Tenemos incluso la impresión de que la tecnología, de la que estamos tan orgullosos, tienen por efecto paliar, reemplazar un cierto déficit de intuición y de sutilidad del hombre actual; como si los hombres del pasado no hubiesen tenido necesidad de nuestra tecnología porque eran más sutiles y estaban en relación más directa con el cosmos. La ciencia de los astrólogos es fundamentalmente diferente de las ciencias modernas, puesto que parte -como todas las ciencias tradicionales- del punto de vista del hombre. No conoce más que al hombre en medio del cosmos. (1) Así pues, todo saber tradicional es en primer lugar el saber del hombre y reduce todo saber a la unidad del hombre. Todos los principios de esta ciencia se pueden resumir en las palabras que fueron inscritas en el frontón del templo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y los dioses.” Así pues, todo saber tradicional es en primer lugar el saber del hombre y reduce todo saber a la unidad del hombre. Las ciencias modernas proceden de un principio absolutamente diferente, puesto que en ellas todo debe ponerse en duda y ser revisado a la luz de la razón humana. El argumento de la autoridad de la antigüedad ya no es válido y, por consiguiente, las ciencias humanas están sometidas a la evolución y al progreso. Vemos así que esas ciencias dan nacimiento a técnicas extraordinarias, de las que todos somos beneficiarios, es evidente, y que nos ayudan a instalarnos y a vivir cada vez mejor en el mundo que nos encontramos. Gracias a esta tecnología, el hombre hace inventario de lo múltiple, incluso podría decirse que se dispersa en el infinito y en la multiplicidad. A medida que el hombre progresa (2) y explora, sondeando lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, va cada vez más lejos, pero podemos preguntarnos: ¿cada vez más lejos de qué, sino de sí mismo? A esta noción de progreso, tal vez podría oponérsele, con Louis Cattiaux, el autor de El Mensaje Reencontrado, la noción de Arte: el Arte tiene por efecto llevar a la Naturaleza a un estado de perfección más allá del cual ya no hay progreso posible. (3) Los antiguos describieron dicho estado tomando como ejemplo el vidrio, que es una arena, un nitro llevado a un estado del perfección más allá del cual no hay progreso posible. Consideremos pues la astrología como lo que es en realidad: una ciencia de la Naturaleza. La astrología es la ciencia de la naturaleza humana, y la Naturaleza sólo puede existir por la unión del Cielo y de la Tierra; donde el Cielo y la Tierra no se unen o no son unidos, no hay Naturaleza. Entonces, podríamos preguntarnos: ¿existe un Arte, un Arte del Cielo que se transmita y que nos permita, como han afirmado los antiguos, impulsar, llevar la naturaleza humana a un estado de perfección más allá del cual no haya progreso posible? Es lo que los antiguos nos han enseñado cuando hablan de la palingenesia, ‘la nueva generación’, un re-nacimiento. También nos han hablando también de la divinización del hombre, de convertir al hombre en un dios. A la noción de progreso podría oponérsele la noción de Arte, que tiene por efecto llevar a la Naturaleza a un estado de perfección más allá del cual ya no hay progreso posible. Algunos ejemplos nos permitirán comprender estas nociones de Arte y Naturaleza. La naturaleza produce el trigo, pero quien produce el pan es el arte. La naturaleza produce la viña, pero quien produce el vino es el arte. Jamás encontraremos un pan o un vino que haya sido producido naturalmente; es necesaria la mano del hombre… ¿Hay pues en esta tierra un arte que produce dioses? Por supuesto, con un nuevo horóscopo, ya que se trata de una nueva generación. Sin embargo, en la astrología que se practica hay algo de decepcionante, en el sentido de que no tiene finalidad: el hombre nace con un determinado horóscopo, con un cierto destino; es feliz, desgraciado, rico, pobre, tiene una buena o mala salud y, finalmente, muere. Va de la generación a la corrupción, como decían los antiguos. Y cuando ha muerto, los astros continúan su curso en el Zodiaco, sin preocuparse del ser al cual habían dado nacimiento y después llevado a la corrupción. Entonces ¿será verdad que, como dice Píndaro, el hombre es el sueño de una sombra? ¿Un sueño que se concretiza durante un instante y que después se borra como la sombra que le había dado nacimiento? Esta es la pregunta que haremos a los antiguos, en particular a los griegos y a los romanos. Observemos que los judíos también nos han dejado una tradición astrológica; los judíos descendiente de Abraham, un caldeo que transmitió a sus hijos la astrología caldea, de la que era el depositario. Por eso cuando leemos los comentarios bíblicos hebreos, por ejemplo en el Talmud, encontramos muchos comentarios de versículos de la Escritura en los que se habla de astrología. La astrología aparece desde el momento en que tenemos testimonios del pensamiento griego. Cleostrato, que vivió en Tenedos en el siglo VII a. C., nos ha dejado un tratado de astrología donde nos da el significado de diferentes signos del Zodiaco. Cleostrato, que vivió en Tenedos en el siglo VII a. C., nos ha dejado un tratado de astrología donde nos da el significado de diferentes signos del Zodiaco. En el siglo VI a. C., Heráclito de Efeso, ciudad griega del Asia Menor, próxima a Caldea, escribió un pequeño libro de Filosofía que confió a los sacerdotes, recomendándoles que lo transmitieran con sumo cuidado. De dicho libro no ha quedado más que una o dos centenas de frases. Dos de esos fragmentos tratan de la ciencia del cielo; en el primero, que es biográfico, Heráclito se refiere a lo que llama el “gran año”, que consiste en cierta medida de tiempo. Para nosotros, que estamos en la tierra, el tiempo se mide evidentemente por la salida y la puesta del sol, pero para un observador que se encontrase por encima de la luna o en el nivel de la luna, ¿cómo contar el tiempo? El “gran año” es precisamente el espacio de tiempo que separa un cierto estado del cielo -en el que cada planeta está en tal o cual signo-, del estado siguiente, que será exactamente igual. Pongamos un ejemplo: el mundo fue creado -o más exactamente, la máquina comenzó a girar- con todos sus planetas domiciliados: Marte en el signo de Aries, Venus en Tauro, etc. Para volver a encontrar un momento en que los astros estén situados en la misma posición es necesario esperar la renovación de un gran año completo. Heráclito asignaba al gran año un periodo de 10.800 años, aunque de manera puramente simbólica, multiplicando 360 por 30, el número de años medio de la vida de un hombre. Se trata pues de un periodo de tiempo casi indefinido; es el movimiento sempiterno, que siempre gira, mucho mayor que el de la tierra. También se le designa con otro nombre; si aquí abajo la medida es llamada tiempo, encima de la luna se llama aion, en español ‘eón’. Sin duda, la doctrina de los eones ha hecho fortuna en el pensamiento grecolatino, y la encontramos incluso en santo Tomás, que la incluyó en su Summa Teológica, al hablar del aevum, es decir, ‘la edad’. Una de las consecuencias de esta doctrina es que si el año se divide en cuatro estaciones, también el eón se divide en cuatro edades subsidiarias, aunque de duración diferente, a las que se ha denominado edad de oro, edad de plata, edad de cobre y edad de hierro. La edad de oro es como la primavera de la humanidad, el periodo más bello y largo, al cual suceden los otros tres hasta que, al final de un cierto lapso de tiempo muy prolongado, recomienza y vuelve a florecer. Si el año se divide en cuatro estaciones, también el eón se divide en cuatro edades subsidiarias, aunque de duración diferente, a las que se ha denominado edad de oro, edad de plata, edad de cobre y edad de hierro Por otra parte, es conocido que los hindúes tienen una concepción social basada en la doctrina de las cuatro edades. De acuerdo con la famosa teoría de las castas, de difícil comprensión para los occidentales, habría hombres de oro, hombres de plata, de cobre, de hierro, según cierta selección que por otra parte es imposible determinar, y que daría nacimiento a la casta de los brahamanes, a la de los kshatryas, etc. Los griegos también divinizaron y corporificaron el eón, que para ellos era asimismo el nombre de un dios, de un dios corporal. Según ellos, el Ser supremo ejerce su acción en el mundo por medio del Eón, y a partir de ahí llamaron eones a las potencias eternas emanadas del Ser supremo. No obstante, no hay que confundir este tiempo sempiterno con la noción de eternidad, ya que ésta es la ausencia de movimiento. Para los griegos también existe el mundo de la eternidad, pero más allá de la esfera de las estrellas fijas, allí donde no hay más movimiento, en el lugar que los platónicos situaron lo que llamaban la “pradera de las ideas”, de las ideas eternas. Así pues, el eón fue considerado como el intermediario entre el tiempo y la eternidad. Fue tal vez esta concepción lo que ha dado nacimiento a la fórmula de bendición en la Iglesia de Occidente: “Bendito sea por los siglos de los siglos”, entendiéndose “siglos de los siglos” por los eones, la influencia de los cuales, como veremos, se derrama perpetuamente sobre nuestra tierra. Los babilonios se vanagloriaban de haber acumulado una cantidad ingente de observaciones, consignadas en sus archivos, referidas al curso de los astros y a todos los acontecimientos que habían anotado en el curso de un gran año. El señor Brahy (4) se basó en estos conocimientos, según dijo, para anunciar sucesos muy graves hacia 1990. Sin embargo, ni siquiera los caldeos, pudo determinar la amplitud de un ciclo, lo cual hizo decir a Cicerón, en su tratado De la naturaleza de los dioses (II, 9): “Esta conversión de los astros a su punto de partida es muy larga, y es una cuestión difícil, pero no por ello menos cierta.” Cicerón, en su tratado De la naturaleza de los dioses escribió: “Esta conversión de los astros a su punto de partida es muy larga, y es una cuestión difícil, pero no por ello menos cierta» Efectivamente, pues si jugamos con un calidoscopio, mirando las imágenes que se suceden, el cálculo de probabilidades nos permite afirmar que, en un determinado momento, se volverá a producir una imagen ya vista. Esto es tanto más cierto cuanto que se trata del curso de los astros, que no está sujeto al azar sino a los números. Los antiguos egipcios habían hecho el horóscopo del mundo. Según ellos, el mundo nació en el momento de la aparición, en Oriente, del planeta Sirio, que es, según Louis-Claude de Saint-Martin, las “restituciones de Dios, de los hombres y del mundo”, la estrella de Pitágoras. Los egipcios la llamaban Sotis y la consagraron a la diosa Isis. Era normal, pues, que el mundo naciera en el momento en que la gran diosa de los egipcios, Isis, se elevaba en el horizonte. Por lo tanto, para los egipcios el ascendente del mundo debía situarse en los 14 o 15 grados de Cáncer, con la luna en el ascendente, que era el planeta de Isis. El sol en la casa segunda, en Leo: cuando el sol entra en este signo, a principios del mes de agosto, la crecida del Nilo es más fuerte. El Nilo es quien, cada año, fecunda la tierra santa de Egipto; así, era lógico que esta fecundación coincidiera con el comienzo del mundo. A continuación venían los demás planetas según su domicilio: Mercurio en Virgo y Saturno en Occidente, en Capricornio. El mundo había sido creado de noche, puesto que el sol estaba en la segunda casa, cosa natural, de lo contrario, el creador no hubiera dicho: “¡Que la luz sea!” De esta teoría, según la cual cada vez que los planetas se vuelven a encontrar en la misma posición, comienza un mundo nuevo, algunos han extraído concepciones del todo extremas, como el mito del eterno retorno. A Nietzsche, que era helenista, le apasionó esta teoría; siguiendo tales ideas, llegará un tiempo, muy alejado, en que nos volveremos a encontrar en este mismo lugar, yo aquí y ustedes allí, yo hablando del mismo tema y ustedes escuchando. Volviendo a empezar los astros, todo deberá volver a comenzar de la misma manera. Esto ha dado nacimiento a lo que llamamos milenarismo, del que también Heráclito nos ha hablado. En otro de sus fragmentos, dice: “La Sibila, quien con boca delirante profiere sus palabras sin sonreír, sin adornos y sin unción, atraviesa con su voz un término de mil años.” Ahora bien, ¿qué anuncia la Sibila perpetuamente? La edad de oro. Al igual que los profetas de Israel se han sucedido para anunciar al Mesías, las numerosas Sibilas de la Antigüedad han anunciado todas la edad de oro. Al igual que los profetas de Israel se han sucedido para anunciar al Mesías, las numerosas Sibilas de la Antigüedad han anunciado la edad de oro. Según esta teoría, la edad de oro debe venir al término de un ciclo de mil años, aunque dicha cifra parece igualmente simbólica, pues también en el Apocalipsis se habla de un reinado de Cristo que debe durar mil años. De ahí han nacido los famosos terrores del año mil, en que las gentes creyeron, al final del primer milenio, que había llegado el fin del mundo. Y con toda seguridad, a pesar de nuestros conocimientos científicos tan evolucionados, conoceremos los terrores del año dos mil. Lo cierto es que ya encontramos los terrores del año mil en la Antigüedad, tal como lo refiere Tito Livio en su Historia de Roma. Como lo cantó el gran Virgilio -el mayor poeta que jamás haya producido la civilización occidental, que vivió naturalmente en Italia, cuna del arte y de la civilización-, la edad de oro de Roma comenzó con la destrucción de Troya. Fue de hecho esta destrucción lo que permitió al piadoso Eneas, después de muchas desgracias y naufragios, abordar la costa de Italia y fundar la ciudad de Alba Longa, de la que surgiría Roma. Siguiendo la teoría milenarista, el nuevo milenio debía pues comenzar con la destrucción de una ciudad. Y como según el calendario de Eratóstenes, la ciudad de Troya había sido destruida el 1184 a. C., al acercarse el año 184 los romanos comenzaron a asustarse, y su espanto crecía motivado por la inestabilidad de los tiempos y porque los adivinos -que por entonces eran muy numerosos y a menudo expertos en su arte- habían anunciado que el foro romano estaría cubierto de tiendas el año 184. Recordemos la famosa toma de Roma por los galos, cerca de doscientos años después: saquearon la ciudad y acamparon en el foro romano. Entonces, la gente supersticiosa quedó persuadida de que Roma era la nueva Troya, que pronto sería destruida y que padecerían de nuevo el tumulto galo. Ahora bien, fue precisamente en el año 184 cuando murió el gran Pontífice Craso y, siguiendo la costumbre, después de su entierro se celebraron juegos fúnebres, así como un banquete fúnebre en el foro. Y sucedió que, al comenzar éste, se puso a llover, con lo cual se vieron obligados a levantar tiendas a toda prisa… La gente respiró y los supersticiosos se vieron liberados de sus temores sin daño alguno. Esto ilustra la teoría milenarista y muestra que podemos interpretar muy mal las enseñanzas divinas si no lo hacemos con un espíritu absolutamente libre y sin prejuicios. La teoría milenarista, como todas las profecías, es difícil de interpretar sin un espíritu absolutamente libre y sin prejuicios Hay otra historia que se refiere al siglo de oro, pero más interesante, ya que alude a lo que se llama la gnosis: está en la IV Bucólica de Virgilio. Muchos la conocen, es la que anuncia el retorno de la edad de oro gracias al nacimiento de un niño. Por eso los cristianos consideraron a Virgilio como uno de sus profetas, al igual que la Sibila. Pensemos en el canto de los muertos del antiguo ritual católico, el Dies irae, donde se hace alusión al famoso teste David cum Sibila, es decir: ‘David es el testimonio, con la Sibila’. He aquí los primeros versos de la égloga: “Hela aquí que ha vuelto, la última edad cantada por la profecía de Cumas; el gran orden de los siglos recomienza. He aquí que vuelve también la virgen; he aquí que vuelve también el reino de Saturno. He aquí que una nueva generación desciende del cielo más elevado [toda generación viene del cielo: ¡es algo que los astrólogos saben bien!]. Dígnate solamente, casta Lucina [la diosa de los nacimientos] favorecer el nacimiento del niño por quien, para empezar, desaparecerá la raza de hierro y se elevará en el mundo entero una raza de oro…” Así pues, una nueva generación que viene del cielo. Para comprender lo que es esta generación, hay que leer, al final del poema, aquel pasaje que suscitaba la emoción de los profesores -quienes hayan hecho las humanidades antiguas lo recordarán-, cuando hacían traducir a sus alumnos: “Comienza, niño pequeño, a reconocer a tu madre por la risa… comienza, niño pequeño: aquél a quien sus padres no han reído, un dios no lo ha juzgado digno de su mesa, ni una diosa de su lecho…” Una nueva generación viene del cielo más elevado y se reconoce por la risa He aquí pues la generación de los dioses, ¡que se define por la risa! Nosotros, los hombres, somos concebidos con un gemido y venimos al mundo también con un gemido. Encontramos una enseñanza idéntica, cosa curiosa, en el Génesis de Moisés; se trata de la generación de los patriarcas, que en el judaísmo ya es una generación mesiánica. Así, según el Talmud, Sara, la mujer de Abraham, engendró gracias al Espíritu Santo. Leemos en el capítulo XVIII que Abraham se encontraba sentado a la puerta de su tienda, en el calor del día, y vio pasar a tres personajes, a quienes generosamente ofreció hospitalidad; estos tres personajes son ángeles, pero tienen la apariencia de hombres. Abraham les ofrece lavarles los pies y a continuación les prepara una buena comida. En el momento de marchar, los tres hombres se levantan y uno de ellos se dirige a Sara: “El próximo año volveré, como en el tiempo de la vida, y tú estarás encinta.” Pero Sara tenía 99 años, y no había pues ninguna posibilidad de que quedara encinta. Entonces, dice el texto hebreo: “ella rió en sí misma”. El pasaje es aún más preciso -los judíos son siempre muy precisos- pues hay que leer “Y ella rió en su vientre” (Gn 18, 12). También Sara, en la tradición judía, rió en su vientre cuando concibió a Isaac Además, este es uno de los pasajes que fue voluntariamente edulcorado por los traductores de la Setenta, a fin de que los misterios más profundos de la Escritura no fuesen entregados a la profanación de los extranjeros. El texto griego dice: “y ella se puso a reír para sus íntimos”. Por lo tanto, había alguna cosa que esconder. Después de Heráclito, recordemos también a Enópides, cuyo tratado de astrología no se ha conservado, pero de quien sabemos que asimilaba el Zodiaco a la Vía Láctea. Cuando Faetón, el hijo del Sol, quiso conducir el caballo de su padre, el sol cambió de ruta y se puso a correr en el Zodiaco. Los pitagóricos nos han dejado tratados completos de cosmología, de los siglos V y IV a. C. En uno de los más célebres, Filolao de Tarento decía que la gnosis era el dominio de lo que había por encima de la luna y de lo que había bajo nuestros pies, mientras que la virtud reinaba en el espacio que separaba la luna de la tierra. Había pues una gnosis del cielo y una gnosis de lo que hay en la tierra. En el Timeo, un tratado muy conocido que debe su nombre al de un célebre pitagórico, Platón nos ha dejado una cosmología completa, en la que adjudicó muchos planos al universo: había, para empezar, las esferas de los planetas, en la que cada planeta estaba sujeto a una esfera y cada una de las esferas giraba alrededor del Zodiaco -en el sentido del sol-, a una velocidad que le es propia, desde la esfera de la Luna hasta la de Saturno. Por encima de la esfera de Saturno se encontraba la de las estrellas fijas, que giraba en sentido inverso y con extrema lentitud. Finalmente, por encima de la esfera de las estrellas fijas se hallaba la Eternidad, donde ya no había movimiento y donde se encontraban las ideas. El espacio que separaba la tierra de la luna era el lugar del tiempo, un caos que sólo engendraba seres demasiado débiles para perpetuar su ser, y que estaba sometido a la acción de los mundos superiores; se decía que era el lugar de la generación y de la corrupción, mientras que por encima de la luna, los astros se bañaban en el éter divino. El espacio que separaba la tierra de la luna era el lugar del tiempo, de generación y corrupción, mientras que por encima de la luna, los astros se bañaban en el éter divino. El éter era un aire extremadamente sutil, mezclado con fuego, y era divino: para los griegos era el mismo Dios. Este éter estaba animado continuamente por un movimiento circular y era inteligente. El éter -que es el alma del mundo, lo que los hombres llaman Dios- mantenía continuamente las esferas en su movimiento circular. De ahí viene la palabra ‘universo’, del latín uni-versus, ‘que gira siempre en el mismo sentido’. Para Platón el éter era pues el mismo Dios, e incluso se divirtió haciendo juegos de palabras entre ‘éter’, aither y ‘Dios’, theos. (5) Contamos asimismo con el comentario de Virgilio, quien celebra en su II Geórgica (325 y ss.) la venida de la primavera: “Entonces, el Padre omnipotente, el Éter [así, el éter es Dios Padre] desciende por medio de lluvias fecundantes al seno gozoso de su esposa, la Tierra, y unido en este potente abrazo a su gran cuerpo, vivifica todo embrión.” Este éter está animado sobre todo por la necesidad y el deseo de corporificarse. Una vez encuentra un cuerpo muy puro, que de alguna manera es de su naturaleza, se une a él y produce la luz. Es lo que sucedió, dicen los antiguos, con los astros, que son dioses, hijos del éter, que los inflamó y los volvió luminosos. El éter también desciende a este mundo, pero mezclándose a lo que Aristóteles llamó el flogisto, es decir, las impurezas. Aquí abajo el aire es impuro, está flogisticado: es lo que provoca los truenos y relámpagos. El éter se mezcla con ese aire flogisticado y es inspirado por los hombres al nacer, en el momento de la primera inspiración del niño. Es lo que provoca el horóscopo, pero ello el movimiento circular celeste se encuentra dentro del hombre. He aquí pues al hombre, en cierta manera fermentado -el aire es un fermento, no hay fermentación posible sin aire- por este aire flogisticado mezclado con el aire divino. Ahí está el destino del hombre, marcado por el movimiento circular, con la psique, su espíritu, que viene del cielo y es, por lo tanto, aéreo. ¿Cómo puede ser -la pregunta ya se la hacían en otros tiempos- que siendo los astros buenos, que siendo dioses, puedan tener malas influencias como las cuadraturas, las oposiciones, etc.? Según los antiguos, de hecho las influencias no son malas, sino que nosotros somos demasiado débiles para recibirlas. Es exactamente como un enfermo débil, que no puede recibir los rayos del sol sin daño. Los rayos del sol son buenos en sí mismos, pero para ciertos enfermos pueden ser peligrosos. Según los antiguos, de hecho las influencias no son malas, sino que nosotros somos demasiado débiles para recibirlas. En el libro X de la República, Platón une armoniosamente los problemas del destino, los de la libertad de escoger y de la suerte. Es el mito de Er el Pánfilo. Las almas que han de reencarnarse pueden echar suertes, por turno; son introducidas en una playa donde se encuentran diferentes estatuas, que representan cada una a un hombre. Entonces escogen, según su sabiduría o su locura. A partir del momento en que han escogido, se les hace beber el agua del río Ameles, ‘sin preocupación’, y se encarnan. Han perdido el recuerdo y su destino está desde entonces fijado. ¿Pero es posible al hombre escapar de su destino? Platón aporta una respuesta a esta pregunta, aunque extremadamente discreta. En el Fedro explica que, antes de reencarnarse, las almas han podido, más o menos, según su calidad, según su fuerza, contemplar la pradera de las ideas. Cuando se encarnan han perdido el recuerdo de ellas, pero guardan como una nostalgia de las mismas. Y según el destino que les ha sido asignado, esta nostalgia puede inclinarles más o menos al estudio de la filosofía y a las santas iniciaciones. “Por el estudio de la filosofía -dice Platón- el hombre puede volver a recordar realidades que antiguamente había contemplado o entrevisto”. Un verdadero saber sería pues volver a recordar lo que ya se sabía y se ha olvidado, lo cual tendría el efecto de devolver a su espíritu las alas que le permitirían escapar del desesperante dédalo de este mundo y adquirir el entusiasmo. La palabra viene del griego enthousiasmos, que significa ‘tener en sí mismo el soplo de un dios’. Ser entusiasta, adquirir el entusiasmo es estar poseído por un dios. La cosa es curiosa, puesto que desde que el hombre nace e inspira por primera vez, tiene en sí mismo un soplo. El entusiasmo es, pues, un segundo soplo, lo que sería un nuevo nacimiento. Tener consigo el soplo de un dios es nacer una segunda vez y, si puede decirse así, tener por pastor un nuevo horóscopo. Y entonces, sigue Platón: “como se separa de aquello que es el objeto de las preocupaciones de los hombres y se aplica a lo que es divino, el vulgo le demuestra que tiene el espíritu alterado; sin embargo, está poseído por un dios y el vulgo no lo sabe.” Tener consigo el soplo de un dios es nacer una segunda vez y, si puede decirse así, tener por pastor un nuevo horóscopo. Platón no nos ha dicho mucho más; no obstante, en la VII carta dirigida al tirano Dionisio de Siracusa también escribió: “Sobre todos esos problemas no existen escritos míos, ni los habrá jamás. Efectivamente, este no es un saber que, a ejemplo de los otros, pueda de alguna manera formularse en proposiciones, sino que es el resultado del establecimiento de un comercio repetido con aquello que es la materia misma de este saber, resultado de una existencia que se comparte con ella. Súbitamente, como se enciende una luz cuando crece la llama, este saber se produce en el espíritu y en adelante se nutre solo”. La mitología también alude a este saber extraordinario, en particular en el mito de Prometeo, quien precisamente había robado el fuego del cielo, el éter radiante. En el Prometeo encadenado (248-254), drama que Esquilo le consagró, hay una escena en la que Prometeo, víctima de la venganza de los dioses, clavado en la roca afirma: “Prometeo. -Sí! He liberado a los hombres de la obsesión de la muerte. / El Corifeo. -¿Qué remedio has descubierto pues a este mal? / Prometeo. -He instalado en ellos las esperanzas ciegas. / El Corifeo. -¡Poderoso consuelo, el que en este día has traído a los mortales! / Prometeo. -¡Aún he hecho más! ¡Les he obsequiado con el fuego! / El Corifeo. -¿Cómo! ¿El fuego llameante está hoy entre las manos de los efímeros? Prometeo. -¡Sí! Y de él aprenderán artes sin número.” Desde luego, no se trata del fuego de nuestra cocina, sino del fuego del cielo, aquél de quien dicen los Oráculos Caldeos: “Quien toque el fuego del éter, ya no podrá separarlo más de su corazón.” “Quien toque el fuego del éter, ya no podrá separarlo más de su corazón.” He aquí, pues, como Prometeo, el gran bienhechor de la humanidad, fundador de las iniciaciones santas, ha liberado a los hombres de la obsesión de la muerte. La Navidad se acerca y podríamos concluir reflexionando sobre los misterios que nos propone. Los cristianos, ya lo hemos dicho, no han inventado ni aportado nada nuevo, pues de lo contrario el cristianismo no sería la expresión de la tradición universal; el misterio de la Navidad es mucho más antiguo de lo que nos han enseñado los Evangelios. Veamos como prueba este breve pasaje de los antiguos misterios de Eleusis, que nos ofrece san Hipólito en sus Philosophumena: “En un determinado momento, los iniciados eran sumergidos en la oscuridad y el gran hierofante hacía traer todas las luces. Entonces, bajo muchas luces, gritaba con voz fuerte el gran y secreto misterio de Eleusis: Nuestra Señora ha engendrado un hijo santo. Brimo ha engendrado a Brimona, lo que quiere decir: la fuerte ha engendrado al fuerte.» Se dice que Nuestra Señora es la que engendra en el espíritu, la que está por encima del cielo: la de arriba. El fuerte es aquel que ha sido engendrado de esta manera. Los antiguos griegos ya esperaban, pues, la venida del buen pastor y habían conocido el pesebre de Navidad que pronto reencontraremos. Y puede decirse que cuando se ha encontrado a este buen pastor, es decir, el fuego del cielo corporificado, se ha encontrado a aquel que puede llevarnos a la práctica de esas “artes sin número”, pues una vez el hombre ha sido regenerado espiritualmente, aún debe serlo corporalmente, ya que es cuerpo y espíritu. Y esto nos lleva a otra parte del saber, que no es únicamente la gnosis del cielo, sino que es sobre todo la gnosis de la tierra, y de lo que hay bajo la tierra: el misterio de la alquimia. No existe únicamente la gnosis del cielo, sino sobre todo la gnosis de la tierra y de lo que hay bajo la tierra: el misterio de la alquimia. Es sabido que los astros del cielo tienen sus correspondencias bajo la tierra y que los metales tienen también nombres de dioses: Saturno representa el plomo, Júpiter el estaño, etc. Ocurre que en la tierra se encuentra un cuerpo metálico, que es el único en el mundo que escapa a toda destrucción y a toda corrupción: el oro. De ahí la alquimia y el misterio de quienes han buscado, digamos, cómo hacer oro. Aunque de hecho, nunca han perseguido hacer oro, sino regenerarlo, lo cual es otra cosa muy diferente. Sabemos por un edicto de finales del siglo III d. C. o de principios del IV, que el emperador Diocleciano quiso hacer destruir todos los libros de alquimia existentes en su tiempo, “para impedir que los egipcios se enriquecieran”. Afortunadamente, algunos de aquellos libros escaparon a la destrucción y aún existen. En la actualidad se encuentran en la biblioteca de la Universidad de Leiden, en Holanda. Seguimos esperando un Filósofo suficientemente ilustrado, no solamente para traducirlos y editarlos, sino también para comentarlos. En conclusión, la astrología se presenta como una ciencia de la Naturaleza humana y se sitúa en un cierto nivel en relación con las otras ciencias tradicionales, las del arte, que permite precisamente mejorar esta naturaleza y llevarla a un estado de perfección, más allá del cual no hay progreso posible. Esto nos ha llevado naturalmente al pesebre de Navidad y a los misterios de Eleusis. Eleusis es una palabra griega que significa ‘la buena ventura’. Y ésta es la buena ventura que os deseo a todos… ¡Así sea! ______ NOTAS: 1. Ignoramos si los antiguos sabían que la tierra gira alrededor del Sol. Parece ser que en Siracusa era conocido el sistema heliocéntrico. 2. ‘Progresar’, del latín progredi, ‘poner un pie delante de otro, partir, andar, marcharse’. 3. Cf. L. Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, Arola ed., 2000, VIII, 32. 4. G. Lambert Brahy, célebre astrólogo belga, fundador de la revista Demain y Cébestia. 5. Cf. Platón, Crátilo 410b. La entrada La astrología en la Antigüedad se publicó primero en Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona. Artículo*: ArsGravis Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
Conferencia de Emmanuel d'Hooghvorst pronunciada en Bruselas en 1975 y publicada en la revista "Astrología y tradición" de la colección "La Puerta".

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“Seré cuando tú seas…” — Arsgravis - Arte y simbolismo - Universidad de Barcelona

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Nourrir puis sevrer : La fonction de cheikh, du Prophète à nos jours - Conscience Soufie

Nourrir puis sevrer : La fonction de cheikh, du Prophète à nos jours par: Eric Geoffroy Si le Coran égrène des versets sur la nécessité d’avoir un guide spirituel1, le Prophète a cette parole rarement citée : « Le shaykh a le même rang parmi les siens que le prophète dans sa communauté2 ». Le terme shaykh signifie notamment ici « chef », « ancien », mais il suppose d’autres sens plus subtils. Les cheikhs assument donc la direction spirituelle qu’exerçaient les prophètes dans leur communauté. C’est pourquoi, dans la tradition initiatique de l’islam, ils ne sont que les substituts du Prophète et, au-delà, de Dieu, le Maître des maîtres. De ce fait, lorsque l’aspirant fait acte d’allégeance en plaçant sa main droite sous celle du cheikh, il la place sous celle du Prophète et, en réalité, sous celle de Dieu : « Ceux qui passent un pacte avec toi [Muhammad] le font avec Dieu : la main de Dieu est sur leurs mains3 ». Tout spirituel musulman ne peut espérer guide plus accompli que le Prophète, qui affirmait : « C’est mon Seigneur qui m’a éduqué, et Il a parfait mon éducation ». Dans le soufisme, la relation de maître à disciple repose ainsi sur un terme, celui de suhba, le « compagnonnage » qu’a entretenu le Prophète avec certains compagnons. Le cheikh shâdhilî Ahmad al-Zarrûq (m. 1493) montre dans le détail comment le Prophète a exercé cette fonction de guidance personnalisée avec son entourage4. Mais il relève aussi que la teneur sémantique du terme suhba était très souple, et n’appartenait en rien durant les premiers siècles à la terminologie soufie5. Elle pouvait s’échelonner, comme le remarque Jean-Jacques Thibon6, d’une simple amitié spirituelle jusqu’à une relation initiatique exigeante. En fait, la pratique de la direction spirituelle s’est imposée avant sa dénomination, et ce n’est qu’entre les dixième et onzième siècles que la fonction de maître spirituel, de guide (shaykh, murshid) a été formulée et explicitée7. Le cheikh marocain ‘Abd al-‘Azîz al-Dabbâgh (m. 1720) fournit un élément d’explication : durant les premiers siècles de l’islam, la fonction de maître éducateur ne s’imposait pas car les musulmans étaient encore immergés dans la présence prophétique. Par la suite, ce sacerdoce est devenu nécessaire8. Durant ces premiers siècles, nous sommes dans un monde pré-confrérique, un monde très fluide où les aspirants côtoient plusieurs guides, hommes ou femmes. Le passage du shaykh al-ta‘lîm, « le maître qui dispense un savoir » au shaykh al-tarbiya, « le maître qui éduque et initie » s’est effectué dans le Khurâsân (nord-est de l’Iran actuel) et plus précisément à Nichapour9. Cette transition est formulée par le shâdhilî Ibn ‘Abbâd (m. 1390), mais Ahmad al-Zarrûq, shâdhilî un peu plus tardif, distingue quant à lui une troisième catégorie, celle du shaykh al-tarqiya, le « cheikh qui élève vers Dieu ». Il enracine cette relation initiatique, la plus aboutie, dans le modèle muhammadien. Il cite à cet effet la parole d’un compagnon : « Nous avions à peine fini d’enterrer le Prophète que nous sentions déjà une déficience dans notre coeur10 ». Avant le XIe siècle, on avait déjà des enseignements impromptus sur la nécessité du guide spirituel, tel cet adage attribué à Bistâmî : « Qui n’a pas de guide a Satan pour guide ». Mais désormais les choses se précisent. Et si des disciples d’Ibn ‘Arabî ont vu dans la seule lecture de ses oeuvres un support de réalisation suffisant, le Shaykh al-Akbar revient à plusieurs reprises sur le caractère impératif, pour le commun des aspirants, de prendre maître. Certains cheikhs ont des formules abruptes, tel Bahâ’ al-Dîn Naqshband (m. 1389) : « Le rattachement à tel ou tel maître ne sert à rien » ; « il faut chercher seul et en soi-même » ; mais ces paroles ne doivent pas tromper, car elles ne visaient qu’à ébranler le conformisme qui sévissait dans le soufisme de son époque11. Les familles spirituelles, fondées sur l’enseignement et le charisme d’un saint, se mettent en place dans la deuxième moitié du XIIe siècle ; elles deviennent des « voies initiatiques particulières » (tarîqa). Les rituels d’affiliation se précisent, et les chaînes initiatiques (silsila), qui relient les disciples au Prophète, fournissent un ancrage personnel, ainsi qu’une légitimité dans les sociétés musulmanes. Le symbolisme de la chaîne n’est pas vain, puisqu’on nous dit que les personnes affiliées doivent sentir physiquement la chaîne bouger12. Se distinguent aussi les voies d’initiation plénière, pleinement « volontaires » (irâda), de celles qui dispensent une simple bénédiction (tabarruk) dans des cercles plus vagues. Se concrétise également le phénomène de la multiple affiliation – ce qu’on oublie généralement de nos jours : on peut être rattaché à de nombreux lignages initiatiques (le chiffre 36 revient souvent…), qui sont autant d’opportunités de se rattacher à l’influx spirituel du Prophète, mais il est clair qu’on ne peut avoir qu’un seul maître éducateur à la fois. Tous ces développements historiques ne sauraient faire oublier cette parole d’Ibn ‘Arabî : « C’est par Dieu qu’on connaît les ‘‘hommes de Dieu’’ (al-rijâl) et non par eux qu’on connaît Dieu13 ». Gardons également à l’esprit les éléments suivants : – « Seul le mandat du ciel est absolument impératif : d’où la possibilité de saints sans maîtres terrestres et donc sans généalogie14 ». – Au-delà des lignages initiatiques particuliers qui ont éclos au cours des siècles, le cheminement spirituel en soufisme s’effectue du début à la fin au sein de la Voie muhammadienne (al-tarîqa al-muhammadiyya). Cette réalité, par ailleurs, n’empêche pas les initiés qui sont en contact direct avec le Prophète de prendre, par convenance spirituelle, un maître terrestre. Toutefois, et concrètement, si une personne en quête de rattachement fréquente tel ou tel groupe soufi, elle doit quitter cette assemblée si la présence du Prophète n’est pas évoquée ou ressentie. – Le but de la relation de maître à disciple est que le premier opère le « sevrage spirituel » (fitâm) du second. Le guide a en effet un rôle maternel souligné très souvent dans la littérature soufie. Sa fonction en témoigne, puisqu’il est appelé shaykh al-tarbiya, le terme tarbiya signifiant « nourrir un enfant ». Le cheikh nourrit le disciple de son lait comme le fait la mère avec son nourrisson15. – Seul le cheikh, en principe, sait quand advient le moment du sevrage pour son disciple. Parfois il ne se réalise qu’après avoir côtoyé plusieurs maîtres dans le temps, comme ce fut le cas pour Sha‘rânî16. En tout état de cause, que le disciple soit parvenu à une certaine réalisation spirituelle ou pas n’y change rien : il doit ‘‘accoucher’’, et il le fera en fonction de son potentiel intérieur, de ses « prédispositions », selon les termes d’Ibn ‘Arabî. Le guide spirituel est le miroir de « l’être accompli » (al-insân al-kamil) qui sommeille dans le disciple ; en aucun cas, il ne peut faire le travail à la place du disciple. La fin des maîtres spirituels ? Ces précisions s’imposent avec d’autant plus d’acuité que se profilent des changements profonds dans la relation initiatique en soufisme : les maîtres spirituels sont-ils en train de disparaître ? D’évidence, il faut se méfier des illusions de perspective. À toute époque, en effet, on a annoncé que le cheminement sur la voie soufie était désormais clos, et que les vrais maîtres étaient rares, voire absents. On mettait également en garde contre un attachement trop humain aux cheikhs, ce qui aboutit souvent à des drames après leur disparition physique. Le seul et vrai maître n’est autre que Dieu. Les choses semblent pourtant se préciser actuellement, et plusieurs configurations se présentent. Depuis une quarantaine d’années beaucoup de cheikhs n’ont pas désigné de successeur avant de quitter ce monde – ce qui était exceptionnel par le passé. D’autres fois, la succession, purement héréditaire, relève davantage de l’administration de biens que de la direction spirituelle. Parfois, il y a bien un maître « vivant » au sein des grandes confréries internationales, mais le disciple n’a pas de contact avec lui : le compagnonnage traditionnel (suhba), issu du modèle prophétique, n’existe quasiment plus. Certes, l’initiation soufie se joue du conditionnement spatio-temporel, et il se trouve des cheikhs pour initier par internet, mais… Cette éventualité de la « fin des maîtres » est en lien étroit avec la « fin de l’ésotérisme » augurée par certains. Jusqu’à présent, seuls les ‘‘initiés étaient censés avoir accès à la réalisation spirituelle, tandis que l’immense majorité des humains était prisonnière de ses illusions égotiques. Nous entrerions maintenant dans une ère de désoccultation, de révélations, où le « Réel voilé », selon l’expression du physicien Bernard d’Espagnat, se dévoilerait de façon accélérée. La transmission initiatique traditionnelle se fait/se faisait dans le cadre d’une relation privée, étroite, ‘‘verticale’’. Désormais, la gnose se déploierait en mode ‘‘horizontal’’, comme un souffle en expansion. L’Esprit serait accessible à un grand nombre d’humains, s’ils en viennent à oser, à assumer, une telle réception. La réalisation spirituelle, en effet, fait peur, et c’est ce qui permet à ce bas monde de persister dans son illusion. Ceux qui accepteraient cette responsabilité constitueraient autant de relais dans le monde. Il se dit que, dès lors, il n’y aurait plus quelques grands phares mais beaucoup de petites lumières. S’agit-il de la « démocratie spirituelle » dont parlait le penseur et poète indien Muhammad Iqbal (m. 1938) ? Tout porte à croire que la femme jouerait un rôle privilégié dans ce processus, car elle est beaucoup moins enferrée que l’homme dans la carapace du mental, et immédiatement réceptive aux changements majeurs qui sont en cours. Le Dalaï-Lama actuel n’a-t-il pas annoncé que son successeur pourrait être une femme ? Il a aussi prévenu en 2015 qu’il ne désignera peut-être pas de successeur : « À chacun d’être son propre lama ». Les contrefaçons initiatiques sont et seront inévitables lors de cette ouverture, mais l’humanité actuelle devra selon toute vraisemblance en passer par là si elle veut se regénérer, ou préparer l’avènement éventuel d’une nouvelle humanité. Plus modestement, il y a eu un soufisme avant les confréries, et il peut y en avoir un après, sous des modalités que nous pouvons déjà pressentir. Eric Geoffroy 1 Par exemple Coran 6 : 90 ; 9 : 120 ; 16 : 43 ; 25 : 59 ; 31 : 15. 2 Hadîth rapporté par Tirmidhî, validé notamment par Suyûtî. 3 Coran 48 : 10 de la sourate al-Fath, « l’Ouverture » ou « la Victoire ». Ce verset relate le « pacte de l’agrément » (bay‘at al-ridwân) qui fut contracté par les Compagnons avec le Prophète à Hudaybiyya. Il est généralement récité par le cheikh ou son représentant lorsqu’il rattache quelqu’un, ainsi que le verset 48 : 18. 4 Cf. son texte‘Uddat al-murîd al-sâdiq, dans Idrîs ‘Azûzî, Al-shaykh Ahmad Zarrûq – arâ’uhu al-islâhiyya, Maroc, 1998, p. 273-275. 5 Ibid., p. 272. 6 Cf. son article « L’émergence de la fonction de maître spirituel dans le soufisme », Revue Conscience Soufie n°3. 7 Ibid. 8 Ibn al-Mubârak, Kitâb al-Ibrîz, Damas, 1984, I, 52. 9 Cf. Fritz Meier, Essays on Islamic Piety and Mysticism, Brill, Leiden, 1999 ; J.J. Thibon, op. cit. 10 ‘Uddat al-murîd al-sâdiq, p. 272, 401. 11 Kharaqânî, Paroles d’un soufi, Le Seuil, 1998, p. 65. 12 Sha‘rânî, Al-anwâr al-qudsiyya, Le Caire, 1962, I, p.40. 13 Futûhât makkiyya, II, 366. Cette parole est mentionnée à plusieurs reprises par les auteurs du dossier Transmission et Initiation, Revue Conscience Soufie n°3. 14 Michel Chodkiewicz, « Notes complémentaires sur les rites d’initiation dans les turuq », revue ‘Ayn al-hayât, n°5, 1999, p. 62. 15 Michel Chodkiewicz, « Les maîtres spirituels en islam », revue Connaissance des Religions n° 53-54, janvier-juin 1998, p. 39-40. 16 Latâ’if al-minan, Le Caire, 1935, I, p. 51. L’article Nourrir puis sevrer : La fonction de cheikh, du Prophète à nos jours est apparu en premier sur Conscience Soufie. Artículo*: Eric Geoffroy Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas Pueblo (MIJAS NATURAL) *No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.
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