
ATRAVESAR EL DESIERTO
El proceso y la sensación de “atravesar el desierto” es una de las grandes metáforas de la aventura espiritual. En el desierto no hay referentes salvo los que te ofrece el sol durante el día y los que te indican las estrellas—espléndidamente visibles en la noche—. En el desierto no se ve más que arena, no se escucha nada salvo el silencio— tal vez ligeros sonidos de seres que se esconden en las dunas—, así se intuye la vida, pero no, en el desierto no hay referentes.
En el camino de la Vía, poco a poco, van desintegrándose, desvaneciéndose, las referencias acumuladas y que han sido útiles en el tránsito por la vida: educación, lecturas, creencias, experiencias… todo ello ha servido para construir referentes que, como faros, han sido útiles para orientar la vida dándonos seguridad, incluso certezas o firmes convicciones, pero todo eso se va desvaneciendo como el humo y aparece de modo inadvertido ese estado de no-sé: no hay certezas, no hay referencias, no hay más nada que no sea un lento vaciado de todo lo que ya sobra y pesa. Así se llega al desierto, sin los referentes anteriores y sin que aún hayan aparecido los nuevos: un vacío que llenar de amor, una soledad fértil, dar cumplimiento a la promesa del encuentro con Él…
Se torna intensa la evidencia de que estás solo, ¿solo?; no, estás solo frente a Él que no sabes dónde está, pero sabes que está: tan aparente, tan escondido. Como dijo el Maestro Doménico, es una historia de amor entre Dios y su criatura, su hijo; y como cualquier historia de amor necesita de la intimidad: solos el Amante y el Amado.
En el desierto no puedes pararte, sabes que estás en él cuando también se van difuminando las distracciones, los neones se apagan, nadie lanza fuegos artificiales y callan los altavoces que propagan mensajes ya inútiles. Entonces solo vale avanzar, buscar el norte y seguir; de día mirando al sol y de noche mirando las estrellas: ese norte es la buena guía. Y es así, como un viajero del desierto se da cuenta de que solo vale mirar a lo alto, hacía arriba; atrás y a los lados solo arena y polvo, arriba sol que ilumina y estrellas que te llaman a reunirte con ellas, ¿hay elección?
Caminemos de día, descansemos de noche, sumerjámonos en la paz y el silencio de las arenas, hagamos las tareas necesarias, oremos con la mirada alta, hallemos refugio en el propio corazón, sirvamos al viajero perdido como fuimos socorridos en idéntica ocasión, midamos y cuidemos amorosamente actos y palabras, no perdamos la buena guía, pongamos atención a dónde ponemos los pies… todo lo demás consiste en seguir paso a paso, día a día y, si es posible, sonreír en la dicha del abandono ante el encuentro con Él que nos aguarda. Para el viajero de la Vía tampoco hay ya elección y descansa en esa certeza. Solo Él es el más sabio.
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