
<p><img src="https://www.4pt.su/sites/default/files/main/articles/photo_2026-10-20_21-05-40.jpg"></p><div><p><strong>Presentador: Me gustaría hablar de que Europa se ha visto sacudida por otra fuerte ola de protestas debido al rápido aumento del costo de vida, los precios de la vivienda y la educación. Francia se ha encontrado en el centro de los acontecimientos; la semana pasada ya tuvimos la oportunidad de analizar con expertos la tensa situación en ese país. María Zajarova publicó un video muy elocuente sobre lo que está sucediendo en Europa y planteó una pregunta retórica: «¿Acaso otra vez tienen la culpa los rusos?», señalando directamente que las causas de esta profunda crisis son exclusivamente internas y no externas.</strong></p>
<p><strong>Aleksander Guélievich, la magnitud de las actuales protestas europeas parece gigantesca. ¿Qué tan profundos son los problemas socioeconómicos y sistémicos reales de Occidente y a qué puede conducir toda esta turbulencia en el futuro cercano?</strong></p>
<p><strong>Aleksander Duguin:</strong> Lo que está sucediendo ahora en Europa no tiene, por así decirlo, una sola causa aislada. No se trata simplemente de una reacción local ante tal o cual decisión concreta del gobierno o ante otro aumento de precios. Procesos similares se desarrollan allí de manera continua.</p>
<p>En este sentido, observamos un fenómeno que se asemeja más bien a la teoría clásica del caos: cuando un acontecimiento pequeño, a primera vista insignificante, o un caso aislado de injusticia (y de estos hay en abundancia en cualquier sociedad) provoca de repente una reacción desproporcionadamente grande. Y a partir de ahí, el proceso se pone en marcha como una bola de nieve y adquiere un carácter exponencial.</p>
<p>Al mismo tiempo, es necesario señalar una característica importante: en Francia, a partir de un momento histórico determinado, este tipo de comportamiento de las masas callejeras —manifestaciones gigantescas, disturbios, saqueos de tiendas, incendios y agresión directa contra la policía— se ha convertido, en esencia, en una tradición nacional bastante arraigada.</p>
<p>Desde los acontecimientos de mayo de 1968, cuando las protestas callejeras se extendieron por toda Francia y, en última instancia, provocaron la renuncia del gran general de Gaulle, esta forma de presión popular se ha convertido en la norma política. Desde entonces, en Francia estallan regularmente manifestaciones de un millón de personas en las ciudades más grandes. A menudo se caracterizan por una violencia extrema y muy dura, pero en el ámbito político no cambia nada de manera sistemática.</p>
<p>A lo largo de todo el mandato de Emmanuel Macron, los «chalecos amarillos» —gente común sin una orientación partidista clara— se han manifestado incesantemente en su contra. Se enfrentaron con ferocidad a la policía prácticamente cada semana. En esencia, los enfrentamientos entre el pueblo y Macron se prolongaron a lo largo de sus dos mandatos presidenciales. Y eso no condujo a ningún derrocamiento del régimen.</p>
<p>Recuerden las marchas masivas en contra de la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo: en ese entonces, un millón y medio de personas salieron a las calles de París. Parecía que la sociedad estaba a punto de derrocar al gobierno, pero el sistema resistió. Para los franceses, destrozar, quemar y destruir es una especie de estilo de vida particular, una característica específica de su estado sociopsicológico. No se trata simplemente de una enfermedad, sino de una mayor volatilidad de la psique colectiva.</p>
<p>Y ese comportamiento callejero desviado es sumamente contagioso: se propaga fácilmente a otros países siguiendo el principio de un síndrome viral. En Albania, por ejemplo, se están llevando a cabo protestas colosales que no tienen nada que envidiar a las francesas. Allí estalló un levantamiento popular porque Jared Kushner, yerno de Donald Trump, que decidió comprar una isla albanesa, y la población local se opone rotundamente, por temor a que allí se establezca otro enclave privado al estilo de Epstein. En Italia, en este momento, aparentemente no hay motivos económicos objetivos, pero la revuelta se sigue extendiendo de todos modos.</p>
<p>El principal factor subyacente es el siguiente: en Europa, en contra de toda lógica económica y sentido común, se han estado trayendo durante años, de manera descontrolada y sistemática, cantidades colosales de migrantes. Y esto no es una casualidad, sino una política conocida y consciente de las actuales élites europeas —ya sea Macron, Friedrich Merz o sus colegas de la UE—. Esa es una base de su ideología.</p>
<p>Ningún habitante normal de Europa necesita a estos migrantes; la población local está completamente aterrorizada por ellos. Se comportan de manera extremadamente irresponsable, porque las autoridades globalistas les han otorgado total libertad para hacer lo que quieran.</p>
<p>Y, poco a poco, la composición social de estas manifestaciones callejeras psicóticas a gran escala, que se han convertido en parte de la cultura política francesa, está cambiando radicalmente. Se está produciendo un cambio cualitativo fundamentalmente nuevo: antes, los franceses no saqueaban tiendas. Salían a las calles, armaban alboroto, discutían acaloradamente, a veces prendían fuego a algo y golpeaban a la gente, pero no se dedicaban al saqueo.</p>
<p>Ahora, esta protesta callejera se está convirtiendo ante nuestros ojos en una caza depredadora de artículos caros y gratuitos. El saqueo está adquiriendo un carácter sistemático y epidémico, algo que nunca antes se había visto en la historia de las protestas francesas. Antes, incluso las manifestaciones más violentas se desarrollaban a través de canales más o menos claros, pero ahora han cruzado definitivamente la línea crítica.</p>
<p>Da miedo ver cómo en Limoges se quema hasta los cimientos un magnífico y refinado edificio de arquitectura tradicional, simplemente porque una multitud de migrantes irresponsables le prendió fuego sin motivo alguno.</p>
<p>La principal causa de esta catástrofe es precisamente la ideología liberal y la política descabellada de las élites globalistas. La sociedad la rechaza por completo y no le sirve de nada a nadie, pero estas élites, que poseen un instinto bestial y despiadado, se aferran tanto al poder como a su dogmatismo liberal-individualista y siguen trayendo y protegiendo a los migrantes a pesar de todo.</p>
<p>Incluso aquí en Rusia, a veces se creía erróneamente que solo los conservadores se oponían a Macron. Pero en las calles también se rebelan los partidarios de extrema izquierda de Mélenchon. Y aquí surgen paradojas sorprendentes. Estamos acostumbrados a pensar que la política es algo profundamente racional, basado en el cálculo. Sin embargo, la situación actual de Europa refuta por completo esta tesis. El rumbo actual de los líderes de la Unión Europea es fundamentalmente irracional.</p>
<p>Pero la reacción de la sociedad europea también es absolutamente irracional y caótica: no se trata de una protesta constructiva, sino de un colapso mental a gran escala, un brote psicótico colectivo. La sociedad se está volviendo extremadamente atomizada e inestable, mientras que la clase gobernante ha perdido por completo cualquier atisbo de racionalidad.</p>
<p>Y, sin embargo —María Vladímirovna Zajarova tiene toda la razón—, aún se proponen pelear contra nosotros. No pueden imponer un orden elemental en su propio territorio, no son capaces de proteger ni preservar sus propios edificios históricos de una turba enfurecida. No pueden controlar sus propias calles, ¿y aún así están tramando planes de guerra contra una Rusia que posee armas nucleares?</p>
<p>¿Pero quién de estas personas irá a la guerra? Tan pronto como intenten poner en marcha las oficinas de reclutamiento en las ciudades europeas, simplemente las quemarán al día siguiente. Y esto sucederá mucho más rápido que en Ucrania.</p>
<p>Por eso surge la firme sensación de que una parte de la élite globalista ha tomado conscientemente el rumbo hacia la autodestrucción total de sus propias sociedades. Están aplicando de manera deliberada una política que conduce inevitablemente a ese proceso. En sus acciones no hay el sentido de Estado habitual: Macron no renunciará, se aferra desesperadamente a su cargo con uñas y dientes. Parece que basta con una pequeña cerilla para que todo se incendie, como un campo rociado con gasolina.</p>
<p>Nos enfrentamos a un giro crucial en la política mundial: la transición de Occidente hacia una fase de irracionalidad caótica y terminal. Nos hemos acostumbrado a pensar que Occidente es extremadamente pragmático, calculador y que vela por sus intereses económicos. En su momento, efectivamente lo fue. Pero lo que está sucediendo allí hoy —con la dictadura de género, la bacanal migratoria y la destrucción sistemática de sus propios valores tradicionales— todo ello desemboca en un suicidio civilizatorio.</p>
<p>La población nativa ya no tiene hijos; en su lugar, se traen a los países enormes masas incontrolables de población extranjera, que, a la primera oportunidad, comienzan a saquear, a destrozar todo a su alrededor y a quemar el patrimonio cultural clásico.</p>
<p>Quizás logren sofocar esta ola en particular de alguna manera. Pero la próxima ola, en mi opinión, es capaz de arrasar no solo a Macron, sino a Europa como civilización. Y nadie en el liderazgo siquiera intenta corregir este rumbo catastrófico. Al contrario, lo toleran de todas las formas posibles. Y solo quedará un camino por delante: o bien el caos definitivo o bien la transición de Europa hacia formas extremas de dictadura dura, porque de otra manera ya es imposible controlar esta fuerza de la naturaleza que se desata.</p>
<p><strong>Presentador: Te escucho y me hago una pregunta. El fin de semana hablé con una persona que vivió en Francia durante 25 años y regresó recientemente a Rusia. Justo estábamos discutiendo sobre estos disturbios y protestas. Y él confirma lo que usted dice: a muchos residentes locales esto ya ni siquiera les molesta; lo perciben simplemente como parte de la vida cotidiana, como algo normal.</strong></p>
<p><strong>En cuanto al edificio histórico incendiado en Limoges, tanto nosotros como los oyentes nos escribieron al programa preguntando si realmente lo hicieron los migrantes y si esto tiene que ver con las protestas actuales en Francia. Ahora, gracias a tus explicaciones, el panorama se ha vuelto muy claro: todo esto son eslabones de una misma cadena.</strong></p>
<p><strong>Pero me surge una pregunta: ¿tiene sentido siquiera hablar de una salida sistémica a la crisis, si para ellos esto ya se ha convertido en la norma? ¿Y es capaz un hipotético «otro gobierno» de cambiar algo de manera fundamental? Actualmente, muchos en Occidente y aquí tienen puestas sus esperanzas en que, en 2027, Marine Le Pen pueda llegar al poder en Francia. ¿Es capaz la oposición de derecha de cambiar realmente lo que está sucediendo en Francia o los procesos de destrucción han ido demasiado lejos?</strong></p>
<p><strong>Aleksander Duguin:</strong> En primer lugar, en teoría, por supuesto que es posible corregir la situación. Para ello no se requiere nada sobrenatural: basta con volver a un enfoque elemental y racional de la gestión. Se trata, ni más ni menos, de devolver el sentido común a la política de alto nivel. Eso es todo.</p>
<p>Para ello, no es en absoluto necesario recurrir a una dureza excesiva ni a ningún tipo de represión radical. Si al frente de los Estados europeos se encuentran personas verdaderamente racionales, que simplemente se sienten a sopesar todas las ventajas y desventajas reales de las políticas que se están llevando a cabo, esta crisis descabellada se podrá resolver muy rápidamente. A algunos se les puede deportar sin problemas; a otros, se les puede exigir una respuesta firme. Después de todo, existe un concepto perfectamente viable llamado «remigración»: si las personas se encuentran en el país de manera ilegal o violan gravemente las normas legales y culturales, se les envía de regreso a su patria histórica. Todo esto es perfectamente factible en el marco de los procedimientos estatales normales.</p>
<p>Pero ahí radica la paradoja más importante. Tan pronto como estas fuerzas de derecha y soberanistas —ya sea Marine Le Pen en Francia, «Alternativa para Alemania» en Alemania, el Partido de la Libertad en Austria o el ejemplo reciente de Călin Georgescu en Rumania— se acercan al poder real, cuando la gran mayoría de la población comienza a votar por ellas de manera natural y democrática, de inmediato empiezan a sucederles cosas extrañas.</p>
<p>O bien se prohíben estos partidos por vía judicial o bien se les acusa de extremismo, fascismo, de «trabajar para los rusos» y de propagar valores inaceptables para la institucionalidad liberal. Y a veces, a los líderes indeseables simplemente se les excluye de las elecciones o se les elimina físicamente. Ahí radica el verdadero problema.</p>
<p>Al observar a los actuales líderes europeos, es difícil calificarlos de clínicamente dementes. Lo más probable es que sean perfectamente cuerdos en su vida cotidiana. Pero el objetivo final hacia el que conducen obstinadamente a la sociedad europea plantea enormes interrogantes. Avanzan, con una especie de obstinación fanática, por una ruta estrictamente marcada, pagando por este rumbo con disturbios constantes, ataques violentos y desintegración social.</p>
<p>Por supuesto, si Marine Le Pen realmente demuestra ser coherente y obtiene un mandato pleno de confianza popular, creo que podrá hacer frente a esto. Porque esta crisis no es una fatalidad histórica inevitable. Es el resultado de la acción de un virus intelectual específico.</p>
<p>Se trata de un verdadero virus mental: la ideología liberal-globalista, que obliga a quienes ostentan el poder a actuar en contra del sentido común más elemental, en contra de los intereses nacionales de sus propios pueblos y, sencillamente, en contra de las leyes de la lógica y el orden.</p>
<p>Por cierto, si lo miramos desde el punto de vista de la filosofía, las raíces de este fenómeno son muy profundas. Fue precisamente en Francia, a partir de finales de la década de 1960, donde comenzó a desarrollarse activamente la corriente postmoderna, que luego se apoderó de toda la filosofía y la cultura occidentales. Y la filosofía postmoderna, de hecho, apuesta conscientemente por el desmantelamiento de la norma y la legitimación de la patología, por el paso de la racionalidad humana al triunfo de la esquizofrenia y la formación de una «esquizomasa» controlable.</p>
<p>El hecho es que el postmodernismo es toda una época que, conscientemente, antepone la enfermedad a la salud. De ahí que se eliminen los viejos diagnósticos y que las clínicas psiquiátricas en muchos países se vacíen literalmente, pues se considera que «ser tolerante» y «indulgente» con cualquier manifestación de desviación es algo sumamente progresista.</p>
<p>Y la sociedad misma se transforma: de una estructura organizada verticalmente (aunque sea democrática) se convierte en un caos absoluto. Además, el caos en el postmodernismo y en la misma ontología orientada hacia los objetos no es una falla fortuita ni un desorden común, sino un objetivo final totalmente consciente.</p>
<p>Da la clara impresión de que, en el contexto político, este posmodernismo —que al principio no era más que un paradigma filosófico elitista y una corriente cultural— hoy ha tomado por completo la conciencia de las élites occidentales.</p>
<p>Por cierto, he observado con gran interés que, en el ámbito militar de EE. UU., la concepción del caos se ha venido desarrollando de manera sistemática desde hace ya unos 25 a 30 años. El concepto de «guerra centrada en redes» (network-centric warfare) se basa precisamente en el principio del llamado caos controlado, donde los términos «sistemas caóticos» y «dinámica no lineal» se utilizan como categorías militares estándar. Es decir, el caos no es una falla fortuita, sino un método.</p>
<p>Si echamos un vistazo a las ciencias humanas del Occidente contemporáneo, veremos cómo el posmodernismo expande su influencia. Todo lo que en su momento escribieron Gilles Deleuze, Félix Guattari, en parte Michel Foucault y sus seguidores, se está haciendo realidad literalmente ante nuestros ojos.</p>
<p>Se está produciendo una transición sistémica del estado individual al estado dividual (subindividual):</p>
<p>· La mano derecha de la sociedad ya no sabe lo que hace la izquierda;</p>
<p>· Los gobiernos aumentan conscientemente la concentración de la locura —y lo hacen no solo para facilitar las tecnologías de dominio, sino porque así lo exige la ideología que promueven.</p>
<p>Este es un momento de importancia crítica. Estamos presenciando la última etapa en el desarrollo del pensamiento liberal, que históricamente se ha esforzado por «liberar» al ser humano de absolutamente todas las formas de identidad colectiva.</p>
<p>1. Primero se liberó al ser humano de las clases sociales y los imperios;</p>
<p>2. luego, de la identidad nacional y religiosa;</p>
<p>3. y a continuación, de la pertenencia a una familia y de su género.</p>
<p>Todo esto ha sido erosionado de forma total y deliberada. Se empuja deliberadamente a las personas a cambiar de género mediante una propaganda agresiva, al tiempo que se traen millones de migrantes extranjeros para desdibujar el orden clásico y dejar que el caos puro ocupe el lugar de la civilización. Se trata de una estrategia sistémica.</p>
<p>Y el último paso lógico en este camino es la liberación del ser humano de su propia naturaleza humana. Es precisamente de ahí de donde surgen el transhumanismo, el posthumanismo y el concepto de la singularidad.</p>
<p>Hoy, en las calles de las ciudades europeas, defienden con vehemencia a los migrantes que causan disturbios; y mañana, siguiendo el mismo guion, defenderán a los robots humanoides o a las entidades digitales del «maltrato de los humanos». Ya se están entrenando con agentes no humanos —exactamente como lo describe Bruno Latour, otro filósofo postmoderno profundo y peligroso.</p>
<p>Por eso, la sociedad occidental contemporánea deja de ser una sociedad en el sentido habitual: ya es una postsociedad. Es inútil medirla e interpretarla con nuestros criterios tradicionales. En cierto sentido, nos hemos quedado rezagados respecto a estos procesos —¡y, gracias a Dios, eso es lo que nos ha salvado!</p>
<p>Porque la forma en que se transforman las instituciones sociales y políticas en Occidente solo puede explicarse a través de la filosofía postmoderna. Y esta es una filosofía sumamente coherente: anula no solo a Dios, al cristianismo y al Estado soberano, sino también al Hombre mismo como tal. Y lo que estamos viendo ahora en las calles de Francia y de toda Europa es su materialización sociopolítica directa, una verdadera explosión y el triunfo de la postmodernidad.</p>
<p><strong>Presentador: Pasemos a un tema no menos interesante. Zelenski se quejó de que Trump está presionando a Ucrania para que se rinda. Trump, por su parte, afirma que Zelenski no quiere que termine el conflicto. El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, dice que Washington busca oportunidades para llegar a un acuerdo. Al mismo tiempo, los medios de comunicación informan de que los aliados no desean brindar a Ucrania ninguna garantía de seguridad. Da la sensación de que el conflicto entre ellos se está volviendo cada vez más abierto. Quizás no sea del todo así. Por favor, cuéntenos: ¿cuál es la esencia de este enfrentamiento público entre Trump y Zelenski, por qué se está agudizando y si realmente todo está sucediendo tal como nos lo transmiten los medios occidentales?</strong></p>
<p><strong>Aleksander Duguin:</strong> Este es un tema muy importante. Ayer lo discutimos en el Canal Uno con Dmitri Simes y él propuso una imagen muy precisa para describir la política de Trump: la fórmula del zigzag. Trump nunca avanza en línea recta, sino precisamente en zigzag. Se percibe cierta estructura interna en sus acciones, pero la inconstancia es su rasgo más constante y fundamental.</p>
<p>Si intentamos identificar el componente principal de la visión de Trump sobre la guerra en Ucrania, él considera que esta guerra ha sido, desde el principio, un error fundamental. Desde su punto de vista, Rusia no representa una amenaza económica o geopolítica directa para Estados Unidos.</p>
<p>Las prioridades de Trump están distribuidas de manera completamente diferente:</p>
<p>1. El Medio Oriente y el apoyo absoluto a Israel. Para Trump y su núcleo electoral, esto tiene un carácter casi religioso, sagrado. Es difícil juzgar hasta qué punto esto es racional, pero el hecho es innegable: la defensa de Israel en cualquier situación y la ayuda para que luche contra todas las fuerzas que rodean al Estado israelí y que Tel Aviv considera sus enemigos, es su vaca sagrada. Por más giros que dé Trump en su política exterior, nunca se aparta de su orientación hacia Netanyahu.</p>
<p>2. China como principal rival global. Trump considera que Pekín es precisamente el principal desafío geopolítico y económico para Estados Unidos. Se está preparando, ante todo, para un enfrentamiento y una guerra dura con China.</p>
<p>Y Rusia, en este panorama general, no representa una amenaza clave para él. Es más, según la lógica de Trump, el escenario ideal sería lograr que Rusia se mantuviera neutral en el enfrentamiento de Estados Unidos con China o incluso lograr que se pusiera por completo del lado de EE. UU. Esas son sus posturas básicas en materia de política exterior.</p>
<p>Sin embargo, aquí entra en juego el factor de la debilidad y la presión. Si mostramos debilidad en algún aspecto, y Ucrania, con el apoyo del Occidente, da la impresión de que le va bien en el frente, Trump, bajo la influencia de sus socios menores de la OTAN y de su propia élite de halcones estadounidenses, cambiará de opinión sobre Rusia y ya lo ha hecho en repetidas ocasiones —a veces para peor, otras para relativamente mejor—.</p>
<p>Recuerden: bajo su mandato se aprobaron las leyes del rusófobo Lindsey Graham. Trump no tienen ningún problema con la rusofobia, pero tampoco es su principal promotor o impulsor. Con sus constantes giros, a veces suaviza los ataques rusófobos y otras vuelve a la trillada senda rusófoba.</p>
<p>Después de todo, fueron precisamente los demócratas globalistas quienes desataron esta guerra. Ellos fueron la fuerza principal que llevó a Zelenski al poder, que incitó al régimen de Kiev en nuestra contra y que sigue alimentando este conflicto. Y Trump ve el proceso de otra manera: para él, el tema ruso es secundario.</p>
<p>Al ver que Ucrania no avanza en absoluto y que su situación en el frente no hace más que empeorar inexorablemente, Trump se inclina por reconocerlo abiertamente. Nunca le ha caído bien Zelenski y, a diferencia de los globalistas ideológicos, no ha visto ningún «deber religioso» en el apoyo infinito al régimen de Kiev.</p>
<p>Y Zelenski, sin duda, lo percibe. Nunca hubo «química» entre ellos. Recuerdo que Zelenski, de hecho, participó en la campaña electoral de Kamala Harris, recorrió los estados e hizo campaña abiertamente a favor de los demócratas. En Kiev lo entienden perfectamente: Trump nunca ha sido un partidario radical de Ucrania, a diferencia de los demócratas o las élites de Bruselas.</p>
<p>Pero, ¿por qué Zelenski se atrevió hoy a criticar tan abiertamente a Trump, a ser grosero con él y a burlarse de él? Después de todo, el régimen de Kiev depende totalmente de Estados Unidos. Toda la información que obtienen de inteligencia y los sistemas clave de armamento de alta precisión son estadounidenses. Europa aporta dinero, pero son precisamente los Estados Unidos quienes proporcionan la infraestructura tecnológica y militar para la guerra.</p>
<p>¿Por qué se ha atrevido Zelenski precisamente ahora?</p>
<p>Porque en Kiev están convencidos de que Trump sufrirá inevitablemente una derrota en las próximas elecciones intermedias al Congreso: perderá la Cámara de Representantes y, posiblemente, también el Senado. Las encuestas ya indican hoy un riesgo altísimo de que los republicanos pierdan la mayoría en la Cámara de Representantes, y si pierden ambas cámaras, para Trump será una catástrofe total.</p>
<p>A partir de ahí, Trump se convertirá en el «pato cojo» (lame duck) por excelencia, al que sus oponentes, tanto internos como externos, se permitirán ignorar por completo. Se desatará una nueva oleada de procesos de destitución, la presión se intensificará y cualquier decisión proactiva de Trump en materia de política exterior será bloqueada sin contemplaciones por la mayoría demócrata.</p>
<p>Eso es precisamente con lo que cuenta Zelenski. Él cree que a Trump no le queda mucho tiempo, aunque aún falte mucho para que termine su mandato. En Kiev esperan que, tras las elecciones intermedias, Trump se debilite enormemente —y esto lo reconocen hoy tanto sus partidarios como sus opositores—.</p>
<p>Además, Ucrania en sí le importa muy poco al votante estadounidense promedio. Los neoconservadores y los demócratas tienen una fuerte rusofobia ideológica, pero a la gente común, en general, le da igual el tema de Kiev. En cambio, hay otros factores que afectan gravemente la situación de Trump:</p>
<p>· La guerra en el Medio Oriente;</p>
<p>· El vertiginoso aumento del precio de la gasolina y el diésel;</p>
<p>· El deterioro general de los indicadores socioeconómicos en EE. UU.</p>
<p>El apoyo incondicional a Netanyahu y al conflicto del Medio Oriente ya le está costando a Trump una enorme cantidad de puntos políticos. Y Zelenski llegó a la conclusión de que ya no hay que temer a Trump; se puede dirigir a él de forma descarada.</p>
<p>En respuesta, Trump ya dice casi sin rodeos: «Quiten a Zelenski, debe irse; necesitamos cerrar un acuerdo pragmático con los rusos —en el ámbito energético y en una serie de otros temas clave». Y para Estados Unidos esto realmente sería beneficioso.</p>
<p>Al final, se formó un enredo muy complejo entre tres fuerzas. Por un lado, está Trump, en cuyas manos sigue estando la «acción de oro» (el control sobre la ayuda militar, la inteligencia y las finanzas). No quiere entrar en una nueva ronda de escalada con Rusia, pero tampoco tiene la firme voluntad de poner fin a este conflicto. Si tuviera un deseo genuino de poner fin de verdad a la guerra, habría tenido muchas oportunidades para hacerlo —tanto después de Anchorage como en muchos otros momentos—. Pero Trump no lo hizo, demostrando ese mismo «principio del zigzag» del que habló con tanta precisión Dmitri Simes.</p>
<p>Y es en esta indecisión —un paso hacia Zelenski, un paso lejos de Zelenski— donde Trump se ha quedado estancado.</p>
<p>Por otro lado, están el mismo Zelenski, los demócratas estadounidenses, los líderes de la Unión Europea y el Reino Unido. Juntos forman un polo único de rusofobia dura y radical, obsesionado con la idea de infligirle a Rusia una derrota estratégica.</p>
<p>Creen firmemente —o fingen creer— que ese es un objetivo realista. Esperan poder presionar los puntos vulnerables de Rusia que se han puesto de manifiesto durante el conflicto, aprovechando sus debilidades. Y aunque la práctica no lo confirma en absoluto —y Rusia, habiéndose adaptado bastante bien a las condiciones más difíciles, resiste con firmeza—, el enemigo sigue aferrándose a esta ilusión. Aunque nuestro ritmo actual aún no sea suficiente para una victoria fulminante y aplastante, les parece una carta ganadora convertir el conflicto de una guerra de aniquilación en una guerra prolongada de desgaste.</p>
<p>En este odio furioso que nos profesan hay una lógica ideológica fundamental —aunque sea absolutamente irracional—:</p>
<p>· Rusia aboga por un mundo multipolar, la soberanía de los Estados-civilizaciones y los valores tradicionales;</p>
<p>· los globalistas y liberales occidentales defienden exactamente lo contrario: un mundo totalmente unipolar bajo el control de Occidente, valores caóticos y antitradicionales y la aniquilación de cualquier soberanía nacional.</p>
<p>Por eso tienen reclamaciones fundamentales contra Rusia. Consideran el conflicto ucraniano como el instrumento ideal para debilitar al máximo, minar desde adentro y, en el mejor de los casos, quebrantar y destruir nuestro Estado.</p>
<p>Al analizar esta dinámica, debemos comprender claramente los límites reales de las capacidades tanto de Trump como de los demócratas, de la Unión Europea y la OTAN y del mismo Zelenski. Zelenski, en este esquema, no es más que un ejecutor obediente. Si todo Occidente le ordenara unánimemente que se retirara, se esfumaría ese mismo día. Pero cuando solo Trump exige su renuncia, Zelenski se atreve a ignorarlo —pues los clanes demócratas de EE. UU. que lo respaldan le susurran: «No le hagas caso a Trump, pronto acabaremos con él».</p>
<p>No debemos hacernos ilusiones ni sobrevalorar a las figuras de la política estadounidense ni albergar expectativas excesivas a partir de los contactos con representantes del equipo de Trump. Si el Congreso de EE. UU. pasa a manos de los demócratas, los primeros en recibir un golpe legal y político devastador serán precisamente los enviados especiales de Trump, como Steve Witkoff o Jared Kushner. De inmediato se les preguntará: «¿Quiénes son ustedes y con qué fundamento se entrometen en la gran geopolítica?»</p>
<p>Para diseñar una estrategia adecuada y racional, es hora de que tomemos conciencia del principal desafío. Debemos plantearnos directamente el objetivo: asestar una derrota estratégica a Occidente.</p>
<p>Mientras tanto, nuestra retórica oficial suena exactamente como lo contrario: siempre estamos subrayando que no tenemos intención de atacar a Europa, que no buscamos que el conflicto se intensifique y que no queremos una guerra directa con la OTAN. Desde un punto de vista diplomático, esto es comprensible. Pero el enemigo se ha fijado abiertamente el objetivo de aniquilarnos. Si vienen a matarte y tú, en respuesta, solo te justificas diciendo: «Pero yo no planeo matarlos», ¿a quién va dirigida esa postura? Se trata de un subtexto profundamente asimétrico y peligroso. Al fin y al cabo, nos están aniquilando abiertamente.</p>
<p>Por cierto, fueron precisamente estas cuestiones fundamentales las que analizamos en detalle en el programa de Dmitri Simes, junto con Dmitri Trenin y Andrew Napolitano. Napolitano es un exjuez estadounidense influyente, excolaborador cercano de Trump que ha cambiado de opinión, y un analista muy perspicaz. Y Dmitri Simes es uno de los expertos más profundos y exmiembros del Olimpo de los expertos y analistas de EE. UU.</p>
<p>¿Y a qué conclusión llegamos? — No tenemos libertad para elegir: escalada o no escalada. Porque en Occidente hay fuerzas extremadamente influyentes, prácticamente claves, que elevan el nivel de esta escalada de manera unilateral. Y nosotros, por ahora, solo las seguimos y nos limitamos a reaccionar.</p>
<p>¿Y por qué no nos involucramos de verdad en este proceso? Si desempeñamos un papel activo en esta escalada, en lugar de uno pasivo —uno activo y ofensivo, en lugar de uno pasivo y defensivo—, podremos empezar a controlar este proceso.</p>
<p>Y el aumento de la escalación de nuestra parte, paradójicamente, llevará a su disminución. Porque, cuando, desde su punto de vista, respondemos con apatía e inseguridad, ellos ven en ello únicamente debilidad. Y aumentan aún más la intensidad. Nos defendemos. Pero si nos sumáramos ahora mismo...</p>
<p>Claro, podemos esperar un par de semanas hasta las elecciones intermedias en EE. UU. Y luego, a juzgarlo todo, eso es lo que haremos. Quién sabe: todo está en manos de nuestros líderes; lo que decida el presidente, así será. Pero sería muy lógico —al no haber obtenido un resultado decisivo del cambio de postura de Trump respecto a Zelenski (y aquí difícilmente el resultado será exhaustivo, aunque sin duda habrá alguno, y hay que aprovecharlo al máximo)—, responder de otra manera. Si todo sigue igual, Rusia debería sumarse al proceso de escalada y, de ese modo, hacer que sea manejable por ambas partes.</p>
<p>Y si los políticos europeos dicen que están en guerra para infligirle a Rusia una derrota estratégica, pues respondámosles de manera absolutamente simétrica: «Está bien. Entonces nosotros también lucharemos contra ustedes para infligirles una derrota estratégica». Ustedes buscan una derrota estratégica y nosotros buscamos una derrota estratégica.</p>
<p>Ya basta de eludir este hecho y fingir que no pasa nada. De verdad somos buenos y bondadosos. Pero si hay una guerra a muerte, es una tontería ignorar esta realidad. La guerra está en pleno apogeo. Por eso, en algunos casos, aumentar el nivel de escalada puede, por paradójico que parezca, acercarnos a la paz: calmar a los más agresivos, enfriar los ánimos exaltados en Occidente, demostrándoles de lo que somos capaces. Y sin duda somos capaces de muchas cosas a las que aún ni siquiera hemos recurrido.</p>
<p>Fíjense: ¿cuánto tiempo llevamos sin lanzar ataques decisivos contra Kiev? Y tan pronto como empezamos a hacerlo, todo cambió. El comportamiento del régimen de Kiev se volvió mucho más racional. De repente se dieron cuenta de que podían perder absolutamente todo. Y mientras los tratábamos con indulgencia, estaban firmemente convencidos de que no atacábamos por debilidad. Por eso, a veces es simplemente necesario demostrar fuerza para lograr la paz.</p>
<p>La idea del pacifismo incondicional y las constantes garantías de que no tenemos ninguna intención agresiva hacia Occidente no siempre dan un resultado positivo. Ellos lo interpretan exactamente al revés: como debilidad.</p>
<p>Mientras tanto, las sociedades europeas se han sumido definitivamente en el caos —ya lo mencionamos en la primera parte—. Los pueblos de allí pueden elegir a políticos que no les agradan, pero la élite gobernante simplemente no los llevará al poder. Si queremos dar una buena imagen ante los ojos de los ciudadanos comunes occidentales —quizás hasta llegar al <em>demos</em>—, pero allí opera una propaganda total y de todos modos ya nada depende de esas sociedades.</p>
<p>Occidente está gobernado por élites que se rigen por su propia lógica, la cual tiene cada vez menos que ver con la opinión del pueblo. En su momento, tuve una conversación franca con Francis Fukuyama. Cuando le recordé que la democracia clásica es el poder de la mayoría, él respondió sin rodeos: «Así era antes. Hoy en día, nuestra democracia es el poder de las minorías, dirigido contra la mayoría». Me sorprendí: «¡Eso es algo nuevo!». Y él dijo: «Sí, porque la mayoría puede elegir a Putin u otro líder fuerte, por lo que ya no se puede confiar en la mayoría. Hay que controlar a la mayoría, reeducarla y, mejor aún, someterla al control estricto de las minorías».</p>
<p>Es decir, la era de la mayoría en Occidente ha quedado atrás. Las actuales élites globalistas ni siquiera ocultan su ruptura total con la sociedad. Consideran a su propio pueblo como atrasado y lo empujan a la fuerza hacia la postmodernidad.</p>
<p>Por eso me parece que, hasta ahora, no comprendemos bien en qué se ha convertido realmente el Occidente contemporáneo. Si estudiáramos con más atención la filosofía y las disciplinas humanísticas contemporáneas, nos daríamos cuenta de mucho más. Occidente ha cambiado profundamente y debemos tenerlo en cuenta. Y el factor de la fuerza directa e inflexible es ahora vital para nosotros, no solo en relación con Ucrania, sino también con todo el Occidente.</p>
<p><strong>Presentador: Intentemos abordar el tema de la inteligencia artificial, al menos brevemente. Elon Musk declaró hace unos días que muchas personas serán derrotadas muy rápidamente por una superinteligencia sumamente persuasiva e incluso admitió que él mismo podría encontrarse entre ellas. Al mismo tiempo, hay un alboroto constante en torno a la IA: unos exigen controlarla totalmente y frenar su avance, otros —por el contrario— quieren impulsarla al máximo. ¿Qué opina al respecto?</strong></p>
<p><strong>Aleksander Duguin</strong>: Estoy convencido de que la inteligencia artificial es, ante todo, un problema filosófico muy importante, porque pone en tela de juicio la propia definición de lo que es el intelecto. ¿Y puede existir el intelecto fuera del ser humano?</p>
<p>El ser humano posee un don único que lo distingue de todas las demás especies: el pensamiento. Y el hecho de que la humanidad intente reproducir este intelecto mediante la tecnología, para convertirse en «demiurgo» y «creador» de una nueva mente, encierra en sí mismo algo profundamente luciferino. Pretendemos generar una vida alternativa —y para nosotros, los seres humanos, la vida es, ante todo, una vida inteligente—. Y esto, de por sí, inspira una profunda inquietud.</p>
<p>Quienes debaten si se debe acelerar o frenar el desarrollo de la IA comprenden perfectamente que está ya ha superado desde hace tiempo las capacidades de una persona promedio. Esto no es el futuro, es un hecho consumado. La inteligencia artificial no solo es más rápida que el ser humano, sino que en muchos aspectos es más objetiva. Sí, puede tener alucinaciones y equivocarse, pero la estructura de los grandes modelos lingüísticos (LLM) le ha permitido manejar el pensamiento como un lenguaje —de manera flexible y orgánica— y no simplemente como lógica formal y árida. Hemos creado la IA a nuestra imagen y semejanza y en este sentido ya nos ha superado.</p>
<p>Pero ahora se trata de la siguiente etapa: el momento de la singularidad tecnológica, cuando la inteligencia artificial comience a tomar decisiones por los seres humanos. Por ahora aún nos mantenemos dentro de este circuito de toma de decisiones, pero nos acercamos rápidamente al punto en que el control pasará a manos de ella.</p>
<p>En el ámbito militar, esto se manifiesta con mayor claridad: el ser humano ya no puede seguir el ritmo, físicamente, de las velocidades de los sistemas de combate modernos y los flujos de datos.</p>
<p>En consecuencia, una inteligencia artificial no humana y todopoderosa podría simplemente tomar el control del mundo. Y qué hará con nosotros —si convertirá a los humanos en sus esclavos o si los eliminará por completo como una especie biológica obsoleta— es una pregunta totalmente abierta. Esto es extremadamente peligroso. Esto se asemeja a un verdadero Apocalipsis —tanto uno secular, que se hace realidad según los guiones de la ciencia ficción sombría, como uno de lo más religioso que pueda existir—. Con nuestras propias manos estamos construyendo una mente absoluta no humana en la última etapa de la civilización tecnológica occidental. Y esto es sumamente siniestro.</p>
<p><em>Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera</em></p>
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