
<h4>Los acontecimientos irrumpen en nuestras vidas. Suceden. Y antes de que hayan terminado de suceder intentamos comprenderlos. Los interpretamos, los nombramos, los convertimos en certezas y, a veces, también reducimos al otro a una sola palabra. Este texto recorre ese oscuro mecanismo —del juicio a la herida, de la herida a la piedra— para preguntarse si todavía es posible mirar sin agotar el misterio, reconocer un rostro allí donde solo veíamos una categoría y escuchar aquello que, bajo la piel, aún insiste.<span></span></h4>
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<p style="text-align:left;"><i>La tierra tiembla. Y aunque el temblor es el mismo para todos, no para todos tiembla por igual.</i><i></i></p>
<p>Cuando acontece lo inesperado y el viento de poniente se levanta: la sangre brota, la grieta enmudece. Y entonces, un breve instante de lucidez, apenas un destello, llama nuestra atención para mostrarnos el rostro vulnerable que nos estremece. Pero no a todos estremece por igual. ¿Hasta qué punto somos conscientes del oscuro mecanismo del que formamos parte?</p>
<p>Un día algo sucede. Para muchos… Sin esperarlo. Para otros tantos… como si lo hubieran estado esperando toda una vida. Ninguno está preparado. El acontecimiento puede ser natural. Puede ser humano. Quizá, no siempre sea fácil distinguirlos.</p>
<p>Una frontera que se abre. Una guerra que estalla. Un terremoto que nos sorprende. Un desconocido que llama a nuestra puerta. Una traición. Una enfermedad. Una desaparición. Una pérdida. Un abandono.</p>
<p>El acontecimiento nunca llega desnudo. Atraviesa nuestras vidas, nuestras experiencias, nuestros prejuicios, ideologías, miedos, heridas. Incluso nuestras carencias. Entonces me pregunto: ¿es alguna vez el acontecimiento lo que vemos o vemos inevitablemente nuestra interpretación de lo acontecido? ¿Podemos abarcar lo sucedido lo suficiente como para posicionarnos de una forma justa y verdadera? Nuestros ojos, nuestra mirada… ¿qué han vivido? ¿qué han sufrido? ¿a qué temen? ¿qué ven cuando algo acontece?</p>
<p><i>La tierra tiembla. Y aunque el temblor es el mismo para todos, no para todos tiembla por igual.</i><i></i></p>
<p>El acontecimiento y la luna, aquella masa inabarcable cuyas formas jamás podremos contemplar en su totalidad. Imposible iluminarlas por completo y alcanzar todos sus resquicios al mismo tiempo. Cada zona que iluminamos deja otras en la penumbra. Nos dice algo. Pero nunca lo dice todo. La luna. La miramos como si pudiésemos poseerla con la mirada. La vemos iluminada. Pero hay siempre una cara que se nos oculta. Que no podamos verla, no significa que no exista. Quizá con el acontecimiento suceda algo parecido.</p>
<p>¿Hacia dónde dirigimos nuestra mirada? ¿Qué experiencias, miedos, heridas, y convicciones han ido moldeando nuestra forma de mirar? Quizá por eso, no todos vemos lo mismo. No necesariamente porque uno vea y los otros estén ciegos, sino porque ninguno de nosotros puede abarcar la luna en su totalidad.</p>
<p>Siempre quedará la penumbra. La cara oculta. Los surcos. El misterio.</p>
<p>Y quizá el misterio no sea aquello de lo que nada sabemos, sino aquello que, por mucho que lleguemos a conocer, nunca terminaremos de agotar.</p>
<p>Aparece entonces una extraña desproporción: entre lo poco que podemos abarcar y la enorme certeza con la que, en ocasiones, utilizamos las palabras sin demora.</p>
<p>Cuando algo acontece, sin lugar a la demora, el ser humano —el animal que se pregunta— se cuestiona: <i>¿por qué? ¿para qué?</i><i></i></p>
<p>Siempre anhelantes de encontrar razones, pues las razones parecen aliviar, y también remedios y narcóticos, terminamos por acudir a quien dice tener respuestas cuando nosotros no las tenemos. A quien se considera capaz de afirmar con rigor y sin que le tiemble la voz el porqué de nuestros sufrimientos.</p>
<p>Se cuestiona: <i>¿por qué a mí? ¿qué es lo que he hecho mal? </i>Buscamos explicaciones convincentes como remedio a nuestra enfermedad, argumentos lógicos que ordenen lo ocurrido y nos permitan seguir viviendo con certezas, bajo un suelo de cristal. <i>¿Por qué allí? ¿Por qué han cruzado? ¿Quién tiene la culpa? ¿Por qué lo han abandonado? </i>Con las respuestas nos posicionamos. Sin demora. Nos cuesta vivir sin saber, sin creer que sabemos. Y entonces el silencio se inunda de voces que murmuran fragmentos como si fueran verdades absolutas. Hay una voz que dice: <i>«Yo lo he vivido; sé lo que es. A mí que no me cuenten otra cosa… que yo he estado allí» </i>Otras voces: <i>«Yo sé cómo son. Lo que habría que hacer es acabar con ellos. Todos son iguales. La culpa es de»<span> </span></i><i></i></p>
<blockquote><p>¿Qué queda de una persona cuando una palabra consigue contenerla por completo? Las categorías ordenan el pensamiento. Simplifican las cosas. Buscan patrones. Organizan el conocimiento. Pero, ¿cuándo una categoría termina por devorar al individuo?</p></blockquote>
<p>Y esas voces individuales las tomamos prestadas, creyéndolas nuestras. Cuantas más voces las repiten… más legítimas se convierten. Se vuelve más fácil introducirlas en nuestros discursos, como si fueran propias, sin ponerlas en duda. Y, entonces, el enfrentamiento se vuelve colectivo. Las voces chocan unas con otras. Voces que no quieren escuchar, solo ser escuchadas. El acontecimiento todavía está sucediendo y nosotros ya hemos construido una explicación coherente a base de: opiniones, imágenes, vídeos, relatos, nuestra propia experiencia, nuestras sospechas, nuestros miedos, nuestra confianza ciega. Fragmentos de una realidad que, entrelazados, terminan adquiriendo la apariencia de una verdad completa. Pero, ¿por qué resulta tan difícil decir: no lo sé?<b></b></p>
<p>¿Por qué no podemos dejar que el acontecimiento permanezca, un instante, sin apresarlo? Suspender el juicio. No para tener que renunciar a juzgar sino para no juzgar antes de tiempo, antes de mirar. Nuestra experiencia puede proporcionarnos conocimiento. Puede advertirnos. Puede protegernos. Puede enseñarnos. Pero también puede convertirse en cárcel si no somos capaces de salir de ella. Alguien dice: h<i>e vivido una guerra, sé de qué son capaces, ellos me hicieron esto. </i>Y puede tener razones profundas para sentirlo. Su herida existe. Su miedo existe. Su experiencia existe. Pero, ¿cuándo una experiencia deja de ayudarnos a comprender al otro? El problema quizá no sea adoptar una interpretación, sino olvidar que esta es tan solo una de las formas de las que se puede entender el mundo, una de las caras iluminadas de la luna. No podemos vivir sin interpretar. Necesitamos categorías, experiencias, relatos, conocimientos. El peligro empieza cuando dejamos de decir: <i>«esto es lo que creo que ocurrió» </i>y comenzamos a decir: <i>«esto es lo que ocurrió.» </i>Ahí nace la certeza. Y de la certeza pueden nacer después las categorías, como:<i> ellos son así. </i>Y de las categorías, el borrado del rostro, de la mirada, de los ojos. Categorías como inmigrante. Drogadicto. Alcohólico. Negro. Preso. Mendigo. Gordo. Enemigo. Viejo…</p>
<blockquote><p>¿Hacia dónde dirigimos nuestra mirada? ¿Qué experiencias, miedos, heridas, y convicciones han ido moldeando nuestra forma de mirar? Quizá por eso, no todos vemos lo mismo. No necesariamente porque uno vea y los otros estén ciegos, sino porque ninguno de nosotros puede abarcar la luna en su totalidad.</p></blockquote>
<p>¿Qué queda de una persona cuando una palabra consigue contenerla por completo? Las categorías ordenan el pensamiento. Simplifican las cosas. Buscan patrones. Organizan el conocimiento. Pero, ¿cuándo una categoría termina por devorar al individuo? ¿En qué momento dejamos de ver los ojos del hombre que tiene miedo, de la mujer que perdió a un hijo, del joven que huyó de sí mismo, del hombre que roba, del hombre que enfermó, del hombre que envejeció? Cuando dejamos de ver a alguien y comenzamos a ver simplemente… a <i>uno de esos</i>… preparamos la tierra para la mala hierba. Allí arraigan los sentimientos de venganza y de rencor… allí el aire apesta a cosas que acaban por volverse secretas e inconfesables. El desprecio, el asco, la náusea incluso el odio… florecen en los terrenos donde apartamos la mirada y germina la indiferencia.</p>
<p>¿Qué ocurre cuando una de esas categorías silenciosas habla? ¿Qué ocurre cuando algunas dicen “yo” y sus historias se convierten en historias narradas, escuchadas, leídas? ¿Cuál es la diferencia? Cuando habla una categoría, el rostro puede regresar.¿Basta con que el otro hable para que nosotros seamos capaces de escucharlo? ¿Quiénes somos los buenos? ¿Quiénes somos los malos? Y aquí viene quizá la pregunta más importante de todas: ¿dónde nos colocamos nosotros cuando dividimos el mundo entre unos y otros? Sabemos que el otro comparte con nosotros algo de esa misma vulnerabilidad y, sin embargo, lo dañamos. ¿Somos conscientes del oscuro mecanismo del que formamos parte?</p>
<p><i>“La regla de oro”</i>, ¿uno de los principios más antiguos de la humanidad o uno de los intentos más persistentes de la humanidad por convertir la experiencia propia en límite para el daño que ejercemos sobre el otro? «No hagas al prójimo lo que no te gustaría que te hicieran a ti» Durante milenios parece repetirse esta operación: mírate a ti, reconoce lo que te duele, imagina que al otro también le duele, limita tu acción.</p>
<blockquote><p><i>Quizá el problema no sea conseguir vivir sin herir. Quizá sea aprender a preguntarnos cuánto de nuestra violencia era hambre y cuánto era ya ansia. </i></p></blockquote>
<p>Confucio: no le impongas lo que tú no deseas. El <i>Dhammapada</i>: tú temes el daño; él también. El <i>Mahābhārata</i>: juzga el daño al otro tomando como referencia tu propio daño. Levítico: ámalo como a ti mismo. Jesús: haz por él lo que querrías para ti. Hillel: lo odioso para ti, no se lo hagas.</p>
<p>Y entonces aparece la figura de Chantal Maillard con su compasión difícil. Allí, en la soledad del desierto, hace algo verdaderamente incómodo, introduce una herida, una grieta en esta hermosa regla: el hambre.</p>
<p>¿Y si… saber que al otro le duele, no basta para impedir que lo dañemos?</p>
<p>Porque ahí comienza un gran problema. La vida se alimenta de vida. Para permanecer, algo debe ser consumido. Y frente a la regla de oro nos encontramos con una realidad terrible: ¿Qué ocurre cuando vivir, cuando permanecer vivos… ya implica dañar?</p>
<div style="width:669px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/10/medea.jpeg" alt="" width="659" height="412"><p>«Medea» (1870) de Anselm Feuerbach.</p></div>
<p><i>En este cuadro de <a href="https://www.pinakothek.de/de/neue-pinakothek">Medea</a> todavía podemos ver: una madre, sus hijos, un cuerpo cercano a otros cuerpos. Un cuerpo que abraza lo que ha de morir. Todavía no se ha construido la categoría definitiva: infanticida. Y, sin embargo, miramos a la mujer del cuadro sabiendo lo que hará. ¿En qué momento dejamos de ver a alguien y comenzamos a ver “uno de esos”? ¿Podemos verla todavía como madre? ¿O el conocimiento del crimen futuro devora retrospectivamente todo lo demás? Sabemos una parte de la historia. Y esa parte invade toda la imagen. Parece que el misterio está resuelto. Pero el misterio nunca se deja agotar. Y yo que puedo conocer íntimamente el dolor, también puedo producir un dolor terrible.</i><i></i></p>
<p>A partir de <a href="https://elhombreylodivino.com/soy-un-vacio-que-dice-ser-algo-variaciones-sobre-los-diarios-de-chantal-maillard/">Maillard</a> podríamos distinguir entre hambre y ansia: el hambre tiene límite; el ansia no. Un animal puede matar para alimentarse; nosotros podemos seguir acumulando cuando ya estamos saciados. Podemos querer poseer más cuando ya tenemos suficiente. Podemos humillar sin necesidad. Podemos querer más poder, más territorio, más dinero, más reconocimiento, más cuerpos, más obediencia. Podemos querer venganza y llegar a justificar los medios por el fin que perseguimos. Vivir implica inevitablemente algún daño, pero el ser humano ha convertido muchas veces ese hambre en ansia. Y el daño en crueldad. No podemos evitar completamente la herida. <i>«¿Pero cuánto daño de más es necesario?» </i>Quizá aquí se abre una de las grietas más hondas de nuestro ser: proclamamos principios que nuestra propia condición pone una y otra vez a prueba. <b><i>«No hacer </i></b><i>al prójimo lo que no nos gustaría que nos hicieran…» </i>Pero, ¿cómo hacerlo? Si… No quiero ser comido y necesito comer. No quiero sufrir, pero alguna vez haré sufrir. No quiero ser reducido a una palabra, y, sin embargo, reduciré al otro a una palabra, a simples letras entrelazadas entre sí.</p>
<p><i>Quizá el problema no sea conseguir vivir sin herir. Quizá sea aprender a preguntarnos cuánto de nuestra violencia era hambre y cuánto era ya ansia. </i>¿Qué parte del daño que producimos pertenece a la inevitable fricción de estar vivos y qué parte comienza cuando, estando ya saciados, seguimos mordiendo?</p>
<p>Tenemos que interpretar, categorizar, comer, defendernos, elegir y, a veces, incluso combatir; pero ¿qué ocurre cuando olvidamos que nuestra mirada es parcial, nuestra categoría incompleta y nuestra hambre ya está satisfecha?</p>
<blockquote><p>A partir de Maillard podríamos distinguir entre hambre y ansia: el hambre tiene límite; el ansia no. Un animal puede matar para alimentarse; nosotros podemos seguir acumulando cuando ya estamos saciados</p></blockquote>
<p>¿Qué es lo que queda de aquel que ha sido mordido? Si iluminamos el lugar donde el daño permanece… Allí donde la piel cicatriza, pero bajo ella algo insiste. ¿Qué queda?</p>
<p>Una guerra puede terminar y permanecer todavía en alguien: en cada gesto, en cada ruido, en cada bala. Una relación termina y puede continuar consumiendo a alguien por dentro. Una humillación que puede durar treinta segundos puede permanecer treinta años en el mismo rincón de la memoria de alguien. Un padre golpea a un hijo y el golpe puede continuar presente aunque la mano ya haya desaparecido.</p>
<p><i>La tierra que tiembla, puede dejar de temblar. Pero el cuerpo a veces no.</i><i></i></p>
<p>Y el acontecimiento que ya ha finalizado permanece en nosotros. Permanece la historia que nos contamos sobre él.</p>
<p>Convertimos: <i>El «me abandonaron» en «todos abandonan». El «fracasé» en «soy un fracasado». El «me hirieron» en «no se puede confiar en nadie». </i>¿Dónde acaba lo acontecido y dónde termina nuestra interpretación?</p>
<p>¿Podemos convertirnos también nosotros en una categoría para nosotros mismos?</p>
<p>Hay un temblor secreto en cada uno de nosotros. Un terremoto silencioso que no derriba paredes, pero desplaza continentes por dentro. Y el cuerpo, que es más fiel que el discurso, lo registra. El cuerpo no tiene dogmas ni ideologías: tiene señales. No argumenta con palabras: tiembla con sinceridad. No justifica: se encoge. No se excusa: se queda sin aire. Es un sismógrafo paciente, apoyado sobre la carne, trazando líneas finísimas que delatan lo que el pensamiento —lleno de razones— intenta domesticar. El cuerpo no necesita pruebas… Le basta el tímido roce de lo verdadero.</p>
<p>¿Cuántas veces respondemos a lo que está sucediendo y cuántas a aquello que todavía continúa sucediendo dentro de nosotros? Quizá algunas heridas sean acontecimientos que nunca terminaron de ocurrir dentro de nosotros.</p>
<p>Las voces: <i>«Yo sé cómo son.» </i>Comienzan a adquirir un nuevo significado. Porque quizá esas voces estaban hablando desde una guerra que todavía sucedía dentro de ella. No significa que tenga razón. No significa que su categoría sea justa. Pero ahora comprendemos de dónde pueden venir. Y aquí viene una reflexión importante: <i>Comprender no es justificar. </i>Podemos tratar de comprender la herida de quien odia sin justificar su odio. Podemos comprender el miedo de quien categoriza sin aceptar su categoría. Podemos comprender la piedra sin dejar de intentar atravesarla. ¿Qué hacemos para que aquello que nos hirió no vuelva a herirnos? Nos protegemos. Nos alejamos. Desconfiamos. Construimos. Nos endurecemos. Y poco a poco… aparece la piedra.</p>
<blockquote><p>Escuchar esa parte de nosotros que se niega a rendirse, que se niega a desconfiar, que se niega a dejar de mirar. Permitir que el cuerpo registre aquello que el pensamiento todavía no sabe nombrar.</p></blockquote>
<p>La piedra. ¿Qué piedra? La piedra que cubre el corazón cuando el corazón queda olvidado. La que aparece con los excesos de violencia, de decepción, de traición, de injusticia, de guerras, de hogueras. Y esa piedra que nos protege del golpe, también puede hacerlo de la caricia y de la ternura. No siempre levantamos la piedra porque hayamos dejado de sentir. A veces la levantamos precisamente porque sentimos demasiado. Y, sin embargo, la piedra no es el final. Incluso cuando el corazón parece endurecido, algo permanece. Una grieta. Una débil pulsación. Un latido que podemos escuchar en el corazón del otro y que intuimos también en el nuestro mientras le hablamos, lo escuchamos y lo sostenemos. Escuchar aquello que todavía late cuando todo parece perdido.</p>
<p>Escuchar esa parte de nosotros que se niega a rendirse, que se niega a desconfiar, que se niega a dejar de mirar. Permitir que el cuerpo registre aquello que el pensamiento todavía no sabe nombrar. Atender lo que no queremos oír. Aquello que duele. Aquello que asusta. Aquello que desea. Aquello que, agotado, parece no poder más. No necesariamente para resolverlo, sino, al menos, para no traicionarlo. Aprender el mapa del estremecimiento. Intentar habitarlo sin huir de nosotros mismos. Aquellas voces que otros susurraban… ¿Hablaban desde detrás de una piedra? ¿Cómo podemos desprendernos de aquello que nos protege sin quedar nuevamente expuestos a aquello que nos hirió?<span> </span></p>
<p>Ahí parece que reside la dificultad. No se trata simplemente de «romper la piedra». La piedra que aparece quizá tuvo alguna vez una razón para existir. Por eso, antes de intentar atravesarla… debemos comprenderla. Así que la próxima vez… <i>Cuando la tierra tiemble, no olvides el misterio que la habita. Cuando la tierra tiemble, y el temblor sea el mismo para todos…recuerda que no para todos tiembla por igual. Cuando la tierra tiemble, y bajo la piel algo insista… Escucha.</i><i></i></p>
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