
<h4>El vegetarianismo no nació como una cuestión de salud ni de sensibilidad hacia los animales. En la Antigüedad fue, ante todo, una forma de vida vinculada a la filosofía, la religión y la disciplina espiritual. En este sentido, Pitágoras fundó una comunidad de vida, como quería Platón: basada en una estricta ascesis y en doctrinas secretas y purificadoras y en una suerte de cenobios filosóficos. Ahí la comunidad pitagórica ponía en común sus bienes como una especie de gran familia al margen de la sociedad general, y entre sus reglas —algo muy interesante— había fuertes tabúes alimenticios que incluían la abstinencia de la carne.</h4>
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<p>Es de notar que los grandes precedentes del vegetarianismo están en Grecia y en la India, en la era y la zona axial, en los siglos VI-II a. C. en que se forjan las corrientes órfico-pitagóricas y sramánicas, que desembocarán en el budismo, entre otras cosas. Pero empecemos más tarde, en la Antigüedad Tardía, cuando de los siglos II al III de nuestra era encontramos fuentes cristianas y paganas que hablan sobre la renuncia al sexo y a la carne. Estas fueron estudiadas por Peter Brown en su clásico y magnífico libro, de título algo foucaultiano, <i>The Body and Society</i> y subtitulado «los hombres, las mujeres y la renuncia sexual en el cristianismo primitivo», publicado en 1988 por la editorial Columbia University Press. Sobre el vegetarianismo de algunos grupos cristianos, el autor afirma que: «Los encratitas declaraban que la iglesia cristiana debía estar compuesta por hombres y mujeres que fueran “continentes” en el sentido estricto: habían “contenido” el impulso de mantener relaciones sexuales entre sí. A esta continencia básica, los encratitas añadieron restricciones dietéticas, absteniéndose de la carne y del consumo de vino. Estas abstenciones estaban íntimamente ligadas al acto constitutivo de la renuncia sexual: pues se sostenía que comer carne vinculaba a los seres humanos con la naturaleza salvaje y carnívora de los animales, del mismo modo que el coito los vinculaba con la naturaleza sexual de las bestias brutas. Además, el vino era una fuente conocida de energía sexual, “pues el vino imparte calor a los nervios, calma el alma, evoca el placer, engendra semen y provoca el deseo sexual”». (Brown 1988, 92-3).</p>
<p>Encratita es un término derivado del griego <i>enkrateia</i>, que significa continencia y era una de las virtudes filosóficas de largo alcance, desde Pitágoras y Platón a los estoicos. Hay que pensar en la función social y religiosa del abstenerse de la carne, del vino y del sexo en las sociedades antiguas: es curioso cómo el sapiens es un animal que ha sabido renunciar, por diversas motivaciones que incluyen el prestigio social, la sabiduría mística y el poder en el grupo, entre otras, a procesos básicos de todo ser vivo como la nutrición y la procreación, es decir, la supervivencia individual y la de la especie. Las élites basadas en la abstinencia de la carne animal o del sexo han comenzado, como decíamos antes, mucho más atrás en el tiempo, en la Grecia e India clásicas. Pero no cabe duda de que la Antigüedad Tardía ve un florecer de estas tendencias vegetarianas —ligadas a veces al celibato— que no surge por una preocupación hacia los animales en sí mismos o por la creencia en el parentesco con ellos o en la reencarnación, sino por un afán de purificación, una elección radical destinada a detener un proceso social colectivo.</p>
<div style="width:408px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/07/erma_di_pitagora.jpg" alt="" width="398" height="600"><p>Herma de Pitágoras. © Museos Capitolinos (Roma)</p></div>
<p>Estas visiones vegetarianas, como señala Brown, también tienen una contraparte no cristiana en esa época. En torno al 214, el padre de Mani, fundador de la religión que lleva su nombre, oyó la misteriosa llamada, nos cuenta el autor, de una voz que le instaba: «No comas carne, no bebas vino, no te unas a un ser humano». Unos sesenta años después, en plena época de Diocleciano, el neoplatónico Porfirio escribía su tratado «Sobre la abstinencia», para persuadirnos de las ventajas éticas, espirituales y racionales de mantener una dieta libre de alimentos de origen animal. A lo largo de sus páginas, se recopilan argumentos de pensadores como Pitágoras, que creía en la reencarnación, una idea de ecos indios, y defendía una fraternidad con los animales, que remite a las ideas de la Edad de Oro, a la creencia de que la abstinencia de carne era el camino hacia la pureza del alma. Pero Porfirio de Tiro (c. 233 – c. 305 d. C.) escribe también una biografía de Pitágoras: no solo fue Porfirio un entusiasta biógrafo de Pitágoras, sino también un militante filósofo neoplatónico y oponente de los cristianos, quien enfatizó deliberadamente la excelencia ética y ascética del pitagorismo como un modelo mítico para el neoplatonismo pagano —frente a un cristianismo que también era ascético y se abstenía progresivamente del sexo y la carne—. Por un lado, parece que Porfirio proyectó en Pitágoras ciertos rasgos de la biografía de su propio maestro, Plotino, así como de sus propios estilos de vida ascéticos. Por otro lado, el plano espiritual debe ponerse en relación con los fundamentos filosóficos de sus ideas respecto a una dieta vegetariana, cuyo punto de referencia es el ideal de la Edad de Oro. Este es un ideal que solo podía restaurarse en nuestro mundo a través de la filosofía.</p>
<blockquote><p><b>La <i>fuga mundi</i>, del sexo, de la carne y del dinero, paradójicamente proporcionaba un estatus por encima del mundo y un poder y un prestigio también inusitado. Las grandes organizaciones que hacen de su abstinencia la base de su poder y que siguen dando hoy ejemplo de poderío y prestigio moral son un ejemplo de este curioso proceder de la ventaja evolutiva en nuestra especie.</b></p></blockquote>
<p>Pero si hablamos de Pitágoras nos estamos remontando siglos atrás, pues su vida se desarrolla en la segunda mitad del siglo VI a. C. Nacido en la isla de Samos, es fama que creó un movimiento de vida filosófica que marcaría la historia del pensamiento. Pitágoras de Samos (c. 570 – c. 490 a. C.) es, claro, mucho más que un matemático, pues su importancia reside sobre todo en el ámbito de la historia de la religión y sus enseñanzas abarcan desde los números y las escalas musicales a la doctrina del alma y la reencarnación. Como es sabido, el problema principal es que no sabemos nada a ciencia cierta de lo que enseñaba, y hay gran parte de leyenda tanto en sus biografías —lo retratan con poderes sobrenaturales— como en su obra subterránea, pues, como tantos otros sabios de la antigüedad, se jactaba de no escribir nada y transmitió su doctrina oralmente. No es casual que sus biografías legendarias sean de la Antigüedad Tardía, como la de Porfirio o la de Jámblico, que son quienes, además, nos dan información más detallada sobre el vegetarianismo de la escuela de Pitágoras. Hay quien recuerda también que introdujo en Occidente la idea de la inmortalidad del alma y su reencarnación cíclica. Pero lo más notable es que Pitágoras fundó una comunidad de vida, como quería Platón: basada en una estricta ascesis y en doctrinas secretas y purificadoras y en una suerte de cenobios filosóficos. Ahí la comunidad pitagórica ponía en común sus bienes como una especie de gran familia al margen de la sociedad general, y entre sus reglas —algo muy interesante— había fuertes tabúes alimenticios que incluían la abstinencia de la carne. También la cuestión de las mujeres es polémica. Había una sección femenina en la escuela y la regulación de las relaciones sexuales era objeto de debate —huelga decir que todo esto impacta notablemente en <a href="https://elhombreylodivino.com/pensar-desde-el-alma/">Platón</a>—.</p>
<p>En su <i>Vida de Pitágoras</i>, Porfirio describe la dieta vegetariana de la escuela pitagórica. El otro gran biógrafo de <a href="https://www.edicionesatalanta.com/catalogo/vidas-de-pitagoras/">Pitágoras</a>, Jámblico de Calcis (c. 245 – c. 325 d. C.), seguidor de Porfirio, analiza más detalles de la dieta que no giran únicamente en torno a la meditación para lograr un mejor estado espiritual o a la renuncia a la carne debido a la reencarnación. Más bien sus explicaciones tienen un trasfondo místico, ritual o socio-jerárquico, lo que distingue sus relatos de otras fuentes. Tal y como lo describe, el vegetarianismo estaba prescrito para los niveles más altos de la escuela. En su origen de la época arcaica, sin duda, la dieta vegetariana estaba vinculada con la doctrina órfica y pitagórica de la reencarnación, que luego asumirá también Empédocles en el contexto geográfico y cultural de la Magna Grecia. Pero los biógrafos tardíos destacan que las regulaciones alimenticias de los pitagóricos, como la de otros grupos sectarios de diversas épocas, estaban estrechamente ligadas con la organización de la propia escuela como un cuerpo social y, al mismo tiempo, con un cierto misticismo.</p>
<p>Me sigue fascinando la larga historia del vegetarianismo, a la que hace poco se dedicó un congreso estupendo en la Universidad de Berna, comparando India y Grecia. Se trataba del <i>workshop</i> <i>«Animals’ Sentient Souls: Comparing Indian and Mediterranean Origins of Vegetarianism and Veganism»</i> (Berna, 21–22 de mayo de 2026), como parte del proyecto de investigación <i>«Vegetarianism, Veganism and Religion: Ancient Origins and Contemporary Features of an Ethical Worldview»,</i> dirigido por Jens Schlieter y Guido Nerger. Ahí defendí que, pese a la antigüedad del vegetarianismo en perspectiva filosófica, en perspectiva social la edad clave es la Antigüedad Tardía: y que no acaba siendo tan importante la visión filosófica, ética o sapiencial, sino más bien el control de los recursos, la sociedad, la política… Por eso titulé mi contribución <i>The Meat and Society, </i>en homenaje al maestro Peter Brown, y empecé hablando de los grupúsculos cristianos que, en el siglo II, propugnaban una vida de abstinencia. La <i>fuga mundi</i>, del sexo, de la carne y del dinero, paradójicamente proporcionaba un estatus por encima del mundo y un poder y un prestigio también inusitado. Las grandes organizaciones que hacen de su abstinencia la base de su poder y que siguen dando hoy ejemplo de poderío y prestigio moral son un ejemplo de este curioso proceder de la ventaja evolutiva en nuestra especie.</p>
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