
<h4><span>«¿Cuál es la diferencia fundamental entre arte y ciencia?», se preguntaba Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002) en su discurso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Separadas mucho después de su nacimiento, en la actualidad consideramos que ambas disciplinas son islas distanciadas por profundos océanos. Pero esto no es más que una ilusión impuesta por aquellos que gustosamente se deslizan por las superficies<span> </span>y son incapaces de percibir que, en lo profundo, la tierra siempre recoge en su regazo al agua.</span></h4>
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<p><span>Eduardo Chillida fue un valiente: se sumergió para contemplar la tierra, esa desde la que nace su <a href="https://elhombreylodivino.com/category/mundus-imaginalis/">arte</a>. Un arte de tierra profunda, de tierra mojada, como su querida tierra natal. Es bien sabido que Eduardo indagó en cuestiones relativas a la gravedad, el espacio y el tiempo, la velocidad o la densidad. De hecho, él mismo comentó en varias ocasiones que se rebelaba contra las leyes de Newton. Pero yo, querido Eduardo, no creo que solo te rebelaras contra ellas, yo creo que fuiste mucho más allá: las trascendiste. Y así, en un silencio muy propio de la humildad auténtica, Chillida se acercó a un tal Albert Einstein. Sus esculturas suponen un diálogo fascinante entre ambos genios, un diálogo del que, además, todos podemos ser partícipes. </span></p>
<p><span>Sin embargo, la erótica relación que Eduardo mantenía con el misterio propio del arte y la ciencia le llevó también a rozar, con esa intuición tan especial que él tenía, otros conceptos científicos menos conocidos que los anteriores por el público general pero que son de una tremenda importancia. Podría decirse que Chillida recorrió, al ritmo de su propia respiración —de su inspiración—, buena parte de la física del siglo XX. En este artículo exploraremos cómo ese recorrido desemboca en una de sus intuiciones más fecundas: su relación con el vacío (cuántico).</span></p>
<p><span>Antes de nada conviene entender cómo este gran artista ponía de manifiesto la relación entre el arte y la ciencia. Y la clave para entender esta fusión en la obra de Chillida se encuentra en las profundidades de la materia. Según Eduardo, la materia no es solo un vehículo de un pensamiento o una idea, sino que tiene algo que decir y, por ello, debe tratarse con gran respeto. Entender el arte como un diálogo con la materia automáticamente lo acerca a la ciencia en tanto que ambos interpelan a la materia para que esta deje escapar su luz. Lo hacen con lenguajes diferentes, claro está. Pero Chillida sabía que unir arte y ciencia supone ser capaz de ir más allá de las vicisitudes del lenguaje e intuir algo que se encuentra lejos de la superficie y que, seguramente, ningún concepto sea capaz de encarcelar jamás. Diría que esta unión es algo así como leer una fórmula matemática como quien mira una escultura y mirar una escultura como quien lee una fórmula. Esta conclusión, aún a día de hoy, se advierte como una memoria del futuro.</span></p>
<p><span>En una entrevista con Martín de Ugalde (<i>Hablando con Chillida: vida y obra</i>. Txertoa, San Sebastian), Eduardo comenta: «[…] he sacado más consecuencias válidas para mi desarrollo artístico, leyendo biología por ejemplo, que visitando museos, que los he visitado mucho, con una una enorme curiosidad y un enorme interés». En esa búsqueda del conocimiento que supone su obra, las icónicas manos de Eduardo soñaban con la ciencia: «un artista no puede encontrar mejor maestro, ni mejor alimento», nos dice. Es así como él entendía que ambas disciplinas, el arte y la ciencia, son lo mismo y, a la vez, diferentes; son complementarias y, sobre todo, son alimento para esos momentos, tan impredecibles como decisivos, que todo <i>creador</i> transita. El <i>punctum</i> —término acuñado por Roland Barthes en su libro <em>La cámara lúcida</em> (<i>La Chambre Claire</i>, 1980)— de la obra de Chillida respira ciencia. </span></p>
<p><span>Esta forma de conocimiento que supone el arte, cimentada sobre el misterio,<span> </span>y ese <i>punctum</i> <i>científico</i> de la obra de Eduardo, no podía sino desembocar en las geniales intuiciones que le embargaron, y le embriagaron. Es evidente que el lenguaje de Chillida no es el lenguaje propio de la ciencia, pero las preguntas que en él se despertaban y las respuestas que nos sugieren sus obras se acercan a algunos de los conceptos científicos modernos más importantes. Como ya he comentado, la obra de Chillida dialoga con la gravedad, y también acaricia la relatividad de Einstein tanto en su versión <i>especial</i> como su versión <i>general</i>. Pero aquí quiero apuntar hacia algo de lo que aún no se ha hablado: Chillida y el vacío cuántico como matriz viva.</span></p>
<blockquote><p><span>Según Chillida, la materia no es solo un vehículo de un pensamiento o una idea, sino que tiene algo que decir y, por ello, debe tratarse con gran respeto. Entender el arte como un diálogo con la materia automáticamente lo acerca a la ciencia en tanto que ambos interpelan a la materia para que esta deje escapar su luz.</span></p></blockquote>
<p><span>Durante el siglo XX se desarrolló un marco teórico que aunaba tres pilares fundamentales de la física: la teoría clásica de campos, la relatividad especial de Einstein y la física cuántica. Este monumental avance dio lugar a la teoría cuántica de campos, uno de las mayores logros científicos de la humanidad. La capacidad predictiva de esta teoría es monumental, y ha sido confirmada una y otra vez a través de experimentos que culminaron en el descubrimiento del bosón de Higgs en 2012. Richard Feynman, uno de los físicos más destacados del siglo XX, llegó a describirla como «la joya de la física».</span></p>
<p><span>Este texto no pretende profundizar en los detalles técnicos de la teoría, pero merece la pena destacar uno de sus aspectos más revolucionarios y fascinantes: el vacío cuántico. Según la teoría cuántica de campos, el universo está compuesto por una intrincada red de campos que se extienden por todo el espacio-tiempo. Podemos imaginar un campo como una vibración que existe en cada sitio y en cada momento del universo: una totalidad vibracional. Cada partícula fundamental tiene su campo asociado, así, el electrón está asociado al campo del electrón y el quark <i>up</i> al campo del quark <i>up</i>. Es decir, en esta teoría lo fundamental es el campo no la partícula, esta simplemente aparece como vibración de su campo asociado. No obstante, cuando un campo se encuentra en su estado de mínima energía o, lo que es lo mismo, mínima vibración, hablamos de vacío, ya que en ese estado tan solo existiría el campo y no la partícula. Cuando un campo, por la razón que sea, adquiere una energía vibracional por encima de ese mínimo, entonces su estado sí corresponde a la presencia de una partícula en ese lugar y momento.</span></p>
<div style="width:605px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/07/chillida6-1-scaled.jpg" alt="" width="595" height="335"><p>«Lo profundo es el aire». © Chillida Leku</p></div>
<p><span>Lo que vuelve esto profundamente contraintuitivo es que, dado que estamos tratando con una teoría cuántica, el estado de menor energía de un campo no es cero. Por lo tanto, el estado de vacío contiene una cantidad finita de energía, sin que esto corresponda a la presencia de ninguna partícula. Esta energía es conocida como energía de vacío o simplemente como vacío cuántico. Es decir, que incluso cuando no hay partículas presentes, el espacio-tiempo no está vacío; está impregnado de esta energía y, por tanto, está lleno de posibilidades. El vacío no está vacío, está lleno de energía.</span></p>
<blockquote><p><span>Este gran artista ponía de manifiesto la relación entre el arte y la ciencia. Y la clave para entender esta fusión en la obra de Chillida se encuentra en las profundidades de la materia. </span></p></blockquote>
<p><span>Esta idea redefine nuestra comprensión del vacío ya que lejos de ser una ausencia, el vacío es una presencia, una presencia llena de energía, llena de vida.</span></p>
<p><span>Por lo tanto, podemos pensar en la materia como una expresión de los campos fundamentales en forma de una vibración mayor que la vibración mínima. Todo lo que conocemos, todo lo que existe, nace del vacío, que no es vacío en absoluto, sino una rica matriz de energía y posibilidades. La teoría cuántica de campos nos invita a mirar el universo desde una perspectiva radicalmente nueva en la que el vacío es el origen dinámico de la materia, de la existencia misma. En este sentido, resuenan mucho las palabras de Kosme de Barañano (Kosme María de Barañano. <i>Sobre el silencio del abismo. Chillida-Heidegger-Husserl. El concepto de espacio en la filosofía y la plástica del siglo XX</i>. Bilbao: Universidad del País Vasco, 1990.): «En la escultura actual el concepto de vacío ha ocupado la mayor parte de sus reflexiones; pero ya no es el vacío democriteano. Ahora el vacío está dimensionado por espacios no creados […] es un vacío vivo […]». También sobre el arte y el vacío me vienen estas bonitas palabras de mi amigo y compañero el pintor y escultor Antonio Sosa: «Los símbolos del arte moran en el vacío».</span></p>
<p><span>En una de sus reflexiones en la mencionada entrevista con Martín de Ugalde, <a href="https://www.museochillidaleku.com/?gad_source=1&gad_campaignid=23597759160&gbraid=0AAAABBz-w1sdF6S1CjATVAK4CsUjOggA5&gclid=CjwKCAjw7KvTBhA6EiwAWnutYe5q9bjXZS87qJOI6ikf2J8oaeOeXFsyh12oqUlZomfwB7rDz5iWFxoCAX0QAvD_BwE">Chillida</a> se pregunta: «¿Qué es lo que manda: el hueco o lo que lo delimita, lo que envuelve ese hueco?». Esta inquietud conecta de forma analógica con la concepción del vacío cuántico, pues como hemos visto, la materia no es más que una vibración de un campo que delimita y da <i>forma</i> al vacío. De la reflexión de Eduardo se desprende que él veía el espacio interior de sus esculturas como algo más que un hueco, lo veía como una fuente dinámica de existencia donde las posibilidades pueden dar lugar a la creación misma de la obra de arte. </span></p>
<blockquote><p><span>Podemos pensar en la materia como una expresión de los campos fundamentales en forma de una vibración mayor que la vibración mínima. Todo lo que conocemos, todo lo que existe, nace del vacío, que no es vacío en absoluto, sino una rica matriz de energía y posibilidades. </span></p></blockquote>
<p><span>«Este espacio interior ha estado o no en el origen de estas obras de madera, quiero decirte que yo creo que sí […]», continúa el escultor, subrayando la importancia del vacío como punto de partida en su obra. Chillida, con su intuición artística llena de ciencia, parece intuir esta idea: el espacio vacío no es una ausencia pasiva, sino el motor creativo que da forma tanto a su obra como a la realidad misma. Y prosigue: «[…] para mí este vacío constituye un lleno más verdadero que el material […]». Aunque aparentemente carente de materia, el vacío cuántico es un entramado de energía, un espacio pleno de potencialidad que hace posible la existencia misma de la materia. Eduardo percibe en el vacío escultórico una densidad y un significado que trasciende lo material, de la misma forma en que la física moderna entiende el vacío como un lleno esencial, más fundamental, en cierto modo, que la propia materia que surge de él.</span></p>
<p><span>Eduardo Chillida ha sido, sin duda, uno de los más grandes artistas de nuestro país. Su sed de conocimiento, su constante tensión con la pregunta y su inspiración le permitieron acercarse con mucha valentía y una tremenda curiosidad a la ciencia y a la filosofía. Como hemos visto, Eduardo poseía una capacidad única para mirar en las profundidades de la materia.</span></p>
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