
<p><strong>LA SERPIENTE PRIMORDIAL</strong></p>
<p>Es en el antiguo Egipto, en su relato cosmogónico de la creación heliopolitano, donde nos encontramos con ideas y símbolos que luego perduraron y tuvieron continuidad en otras filosofías y religiones. Uno de ellos es la de un ser primordial identificado con una serpiente.</p>
<p>Comienza el relato con la existencia de un a modo de océano primigenio acuoso y caótico llamado Nun* poseedor de todas las potencialidades en tanto sustancia, forma y función, si bien emanando todo—incluido el propio Nun—de una misma esencia.</p>
<p><em>*Recordemos que el presocrático Tales de Mileto afirmó que el agua era el arché, es decir, el principio, el origen, de todo lo creado. Recordemos también que Tales es el que da el paso del mytos al logos y, por ende, es considerado como un “padre” del pensamiento científico entendido este como “hijo” del pensamiento filosófico. </em></p>
<p>En esa estructura aparentemente pasiva, pero con gran dinámica interna en forma de energía centrípeta, se produce por implosión lo que el relato define como que Atum “toma consciencia de Sí Mismo” y, esa misma toma de consciencia, pone en marcha la creación. Esa creación adquiere identidad precisamente a través del nombre: A Tum. Una consciencia cuyo primer acto consiste en que se nombra a sí misma: el Verbo.</p>
<p>Atum, el ser primordial que inicia la creación, no tiene esposa. A veces, crea mediante la saliva que escupe por su boca; otras mediante el semen que produce al masturbarse. Así, la primera representación suya es la boca por un lado y la mano por el otro. Lo que dice y lo que hace crea, si bien son dos formas distintas de acción. La acción de la mano opera en un campo de energía; la palabra opera en otro campo de energía diferente.</p>
<p>Atum se manifiesta como Ra, el sol, y como Kephri, el escarabajo solar. Ra el señor de la luz que está presente y forma parte indispensable de la Vida. Kephri, la fuerza de la luz activa en la evolución y crecimiento presente en la Vida. Los tres forman la trinidad de la luz mostrada por las tres fuerzas energéticas solares diferenciadas: la luz solar del amanecer como fuerza de inicio; la luz solar del mediodía como fuerza de sostén; la luz solar del ocaso como fuerza de renovación.</p>
<p>En cuanto al nombre—un nombre que nombra lo que crea—A es la primera respiración que lleva aire y humedad (que se muestran como sus hijos Shu y Tefnut) en un movimiento lineal que genera y recorre un espacio. Tum es el movimiento de la primera vibración que es un latido que genera un tiempo. En ese latido está presente el fuego—incluido el fuego frío estelar, no solo el solar— y da consistencia y forma a la sustancia (son Geb, la tierra y Nut, el cielo, los hijos de Shu y Tefnut y nietos de Atum).</p>
<p>Por su propia naturaleza, esa consciencia de Sí mismo, posee un orden implícito que se expresa en leyes, siendo la principal y principio de todas las demás, la del equilibrio: la llamaron Maat. Dado que ese orden y sus leyes son <em>verdad</em>—es verdad que el sol sale por el este o que la sangre humana es roja—Maat, también representó a esa verdad que se mostró como una balanza en el entendimiento de que la presencia de la verdad está siempre en el punto “cero” del equilibrio: la verdad no se mueve ni está condicionada por los “puntos de vista” del ser humano. La Ley divina y la Verdad son Uno. La Verdad <em>es</em>.</p>
<p>Pero la propia naturaleza y dinámica de Nun, que se autoabastece y regenera continuamente, impide que toda su sustancia llegue en su totalidad a la consciencia de Atum, lo que implica que siempre hay una parte que permanece en la entropía y que, por atracción, busca que aquello que se ha llevado a la consciencia, regrese al caos que lo generó.</p>
<p>A esa fuerza entrópica la llamaron Apophis y la representaron como una gran y poderosa serpiente. Si Atum es la consciencia, Apophis es la energía a la que aún no ha llegado la consciencia y por tanto es solo inercial y únicamente responde a su fuente: es decir, al final siempre intentará regresar al caos del que se nutre de un modo cíclico.</p>
<p>Apophis reina en el mundo de las sombras y, por ello, en el relato funerario ataca al sol, Ra, durante las horas de la noche. Ra es igual a sol, igual a luz visible que el ojo capta, igual a consciencia. Cuando no hay consciencia, cuando solo hay energía inercial carente de la luz que proporciona la consciencia, es cuando Apophis actúa. Entonces, con la pérdida de la consciencia, cuando la consciencia está inoperante atada al cuerpo y al yo, es cuando se pierde <em>maat,</em> el punto cero de equilibrio en el que no hay dinámica y que no existe por tanto el peligro de atracción de Apophis: si un platillo de la balanza pesa más que el otro—es indiferente cual sea—aparece Apophis, aparece la entropía. Su función es interrumpir el orden cósmico de Maat, sin embargo, surge una pregunta: ¿la creación entendida como fruto de la consciencia necesita de la energía de Apophis? La respuesta es que sí y, efectivamente, la consciencia humana necesita de la energía y la energía necesita de la consciencia. Ese es el misterio de la hierogamia sagrada. Y no, Apophis ni es un demonio ni una entidad negativa. En el orden cósmico todo tiene una función. En los antiguos relatos, Apophis—este era su nombre griego, los egipcios la llamaron Apep— era indestructible y su poder se ponía de manifiesto por la noche cuando el sol se ocultaba.</p>
<p>Si Apophis es la negrura de la noche, es esta serpiente la que nos permite ver las estrellas. De día, reino del sol Ra, las estrellas no son visibles, las oculta el velo de la luz. Solo de noche podemos contemplar las incontables miríadas de criaturas que, como luces, nos rodean: nos dicen que formamos parte de ellas y ellas forman parte de nosotros. En el templo de Déndera, la casa de Nut, la señora del cielo, se enseñaba que “las estrellas solo se pueden ver de noche”, mientras tanto se mantienen ocultas por el velo de la luz del sol.</p>
<p>¿Quién dice que las estrellas no están vivas si forman parte de la Vida?</p>
<p>Hay un texto que define a Apophis como “una tripa intestinal”. Otro texto dice que el mismo alimento que da la vida al ser humano es la causa de su muerte. Hoy la ciencia nos ha dicho que lo que respiramos, que lo que comemos, deja un residuo que al final nos mata: lleva al cuerpo a su entropía y provoca su final una vez terminada su función. Si al morir la consciencia va a la luz; el cuerpo—energía coagulada— regresa también a la energía de donde procede: al caos primordial de Nun que seguirá abasteciendo a la creación de sustancia que luego adoptará una forma. A veces esa energía que regresa a Nun, al integrarse en el océano energético que es, no logra borrar del todo la memoria acumulada en la materia viviente del cuerpo que fue y, al regresar a una nueva forma, incorpora parte de esa memoria que lleva en la sustancia antes de que llegue a formarse como ser humano. La energía—más o menos coagulada—surge de la energía; la consciencia surge de la consciencia. Seres humanos y divinos a la vez. Somos tanto hijos de Atum como de Apophis. Es la hierogamia sagrada: el coito perenne entre consciencia y energía.</p>
<p>Efectivamente, Apophis no es “maligna”—al igual que no lo es Set—cumple una función específica, profunda y necesaria: aquello que no llega a la consciencia ha de regresar a su fuente original de energía para que sea reciclada y potenciada para que, de nuevo, pueda ser utilizada como “combustible” para la luz de la consciencia. La energía genera la sustancia que es anterior y origen de la forma, y con la forma aparece la función.</p>
<p>LA SERPIENTE DEL GÉNESIS</p>
<p>A la serpiente, para los egipcios enorme y poderosa, la volvemos a encontrar en el poético relato hebreo del Génesis como un animal aparentemente menos peligroso, pero mucho más astuto: su modo de atracción es más sutil. Apophis se “dirige” a la energía; la serpiente del Edén se “dirige” a la mente y a activar su capacidad de elección; antes, en el Edén, esa posibilidad no existía.</p>
<p>En el relato del Génesis, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, salvo en una cosa: mientras que Dios sigue su propia y divina voluntad, el hombre no sigue la suya, sino que ha de obedecer las leyes dictadas por Dios. Si obedece todo será perfecto y continuará en el paraíso disfrutando de sus placeres, de su abundancia, y sin sentir dolor ni padecer fatigas. Pero ni elige ni tiene capacidad de decidir la acción respecto a sus obras. En el Edén todo está bajo la ley divina. En ese paraíso en el que habita el ser humano, Dios decidió dividir a la criatura hecha “a su imagen y semejanza” en dos para perfeccionar una parte de su función diciendo: “Procread y multiplicaos” (Génesis 1:26).</p>
<p>Pero en el paraíso había una serpiente astuta—capaz de hablar el lenguaje humano para que este lo entendiera—y, según el relato, podemos intuir que susurró al oído de la criatura: “no, no eres como Dios, no eres semejante a él, no puedes decidir por ti mismo, él decide por ti, tú solo obedeces”.</p>
<p>Podemos suponer que la criatura contestaba: “carezco de inteligencia suficiente y discernimiento para saber decidir lo correcto, no poseo la consciencia necesaria para saber diferenciar lo bueno de lo malo más allá de las apariencias que engañan, dada mi ignorancia, mi acción puede ir contra la ley de Dios, solo Dios es sabio”.</p>
<p>“No te preocupes—suponemos que dijo la serpiente— yo te daré el alimento que te hará capaz de discernir, come del fruto del árbol del bien y del mal y sabrás entonces diferenciar lo uno de lo otro y podrás, como Dios, hacer tu voluntad y no la suya”.</p>
<p>Sin embargo, la serpiente no le explicó que el hombre solo podría elegir entre lo que difusamente entendiese como <em>su</em> propio bien y <em>su</em> propio mal, coincidiese este o no con el “bien” y el “mal” de sus semejantes o del mundo, tampoco le dijo que su entendimiento estaría limitado en cuanto saliera del paraíso. Es decir, sus acciones, libremente elegidas, quedarían fuera de la ley divina dada su ignorancia, dada su nueva y desconocida condición: “ganarás el pan con el sudor de tu frente y parirás con dolor a tus hijos”, la nueva exigencia de lograrse el sustento y de tener pareja para garantizar la descendencia hizo que la criatura tuviera que luchar con todas sus consecuencias de ira, temor, violencia, venganza, codicia…</p>
<p>De este modo, la criatura que había comido del fruto del árbol del bien y del mal, antepuso siempre su bien independientemente de que su bien significase un mal para su prójimo: a veces sabiéndolo, a veces, ignorándolo.</p>
<p>Y efectivamente, la serpiente cumplió su promesa, pero solo pudo dar a la criatura lo que ella tenía. Por eso el hombre decide, elige, pero desde su limitación: por eso el hombre es esclavo de la energía—de la serpiente— y por ello la mayoría de las veces la energía prima sobre la consciencia. La energía está presente en el ser humano activa en sus inteligencias y funciones meramente vegetativas e independientes de su volición y al margen de su consciencia. Donde la consciencia no está, actúa la energía y cuanta menos consciencia, más actúa autónomamente la energía, pues la energía es neutra en origen y sirve a la vida y aparece frente a la criatura de mil formas—la mayoría de las veces no es capaz de percibirla—que, o bien la utilizará según su nivel de consciencia o bien será utilizado por ella. Una energía que, sin consciencia, se muestra inercial y obedece al primer patrón con el que fue activada si no se modifica ese patrón.</p>
<p>Esa energía neutra que Caín hizo que se transformara en envidia, luego en ira, luego en violencia y muerte. El asesinato de un hermano a manos de su hermano. Caín contra Abel.</p>
<p>Podemos imaginar—respetuosamente— que Dios se dijo a sí mismo: “Sea pues que el hombre decida, que elija, que actúe según su voluntad. Pero, subordinado a las fuerzas de la energía intensa de la vida, sufrirá dolor y fatigas. Le será un camino largo y penoso el que ha elegido para alcanzar la madurez de su consciencia. Si hubiese seguido el camino que yo le indiqué que consistía en obedecer las leyes divinas, hubiese llegado a la consciencia del Ser de un modo menos doloroso, aunque más lento. La serpiente le ha mostrado que puede elegir y su primera elección fue la de seguir sus dictados y desobedecer las leyes divinas”.</p>
<p>“Sumergido en la dinámica exigente de la materia, olvidará su origen, pero le concederé el don de que la Mí Luz permanezca siempre en su corazón y que pueda ser su faro y guía en su travesía por la materia mientras duerme en la fantasía de que su voluntad pueda estar por encima de la ley divina, por ello limitaré su capacidad de acción, además limitaré su percepción de modo que así quede también limitada su capacidad de actuar y su ignorancia no pueda afectar al orden divino”.</p>
<p>Y efectivamente, el ser humano, sin embargo, no tuvo opción a la hora de obedecer a la energía vital de la supervivencia, a la energía de la necesidad vital de reproducirse, de la necesidad de defenderse, de pelear por su seguridad, por su alimento… y así desde que Caín mató a Abel: hermano contra hermano. Hasta hoy.</p>
<p>Sin embargo, le quedó un atisbo de esperanza, en el paraíso había adquirido una consciencia asociada a su origen divino como hijo de Dios—a su imagen y semejanza, sí, pero aún con su consciencia sin madurar—; la esperanza residía en que, con dolor y esfuerzo, podía ir haciendo crecer lentamente su consciencia apartándola de las energías inerciales que estaba destinado a obedecer porque lo dominaban: en definitiva, podía volver a obedecer las leyes divinas diseñadas para la maduración de su consciencia y su desarrollo armónico. Esa fue la promesa.</p>
<p>Respecto al conjunto “ser humano”—dividido por necesidad en la vida orgánica—dice el relato que la serpiente sedujo a la parte femenina, es decir, la parte en la que la energía es más fuerte. Dice el mismo relato del Génesis que Dios pondrá enemistad entre la mujer y la serpiente. En el Apocalipsis la serpiente no vence ni a la mujer ni a su hijo. Y ese Hijo es el fruto de la consciencia ya madura. Es pues en la mujer y su consciencia en donde está depositada la esperanza en este cambio de ciclo en el que Apophis intentará de nuevo que todo regrese al caos tal y como siempre ha hecho. Confiemos pues en Dios y en Ella. La hierogamia sagrada de unión de conciencia y energía se consumará del todo y dará su fruto: el Hijo.</p>
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