
<h4>Las civilizaciones antiguas dieron una gran importancia al sueño como vehículo de conexión con la divinidad y con realidades más allá de lo sensible. Entre las diferentes funciones que podían tener las experiencias oníricas estaba la sanación. Quizá venga de ahí el proverbial «sueño reparador».</h4>
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<p>Es la lengua de <a href="https://elhombreylodivino.com/el-exilio-como-camino-espiritual/">Cervantes</a> precisa cual reloj suizo, cuando así lo desea, pero ambigua si el asunto discurre por caminos resbaladizos, sendas ilusorias y terrenos evanescentes y minados de trampas como los que observamos con los ojos del pensamiento, una vez que cae la noche. «Sueño» es en castellano el acto de dormir, pero también las imágenes que proyecta nuestro subconsciente durante ese acto, los «monstruos», en definitiva, que pintara Goya con razón o sin ella. De todos modos, la mayoría de lenguas suelen reflejar la diferencia entre estas dos realidades que los griegos también acertaron a distinguir desde los primeros relatos mitológicos.</p>
<p>Cuenta el poeta Hesíodo en su <i>Teogonía </i>que de Caos (Χάος) —fuera lo que fuera— surgió la negra Noche (Νύξ) y que esta dio a luz a la Quer (Κήρ) —la latina parca—, Tánato (Θάνατος) —la muerte hecha dios— y también a Hýpnos (Ὕπνος) —el acto de dormir, también divinizado— y a la tribu de los Sueños (φῦλον Ὀνείρων). Por un lado, la tradición posterior hizo gemelos a Hýpnos y Tánato, quizá por aquello de que morir siempre se ha interpretado desde el eufemismo y el anhelo de la trascendencia como un sueño eterno o porque al dormir, el cuerpo inerte, solo agitado por el ralentizado latido del corazón, recuerda de manera inequívoca al ser muerto, yaciente en su quietud. Por otro, mencionaba Hesíodo un grupo étnico de visiones oníricas que denotaba su diversa tipología y su naturaleza mutable, amplia y polimórfica, rasgo este último que asociamos en todo tipo de tradiciones religiosas con poderes reservados a los dioses inmortales.</p>
<blockquote><p>En la antigua Grecia surgió una tradición que documentamos con seguridad en torno al siglo III a.e.c. en la que el dios Asclepio, la divinidad asociada a la medicina, unía su pericia y conocimiento al sueño</p></blockquote>
<p>Hesíodo deificaba también estas visiones que en la lengua griega antigua reciben múltiples nombres, algunos tan curiosos como φάσμα (<i>phásma</i>) o φάντασμα (<i>phántasma</i>), de donde deriva en última instancia el término moderno que en las lenguas romances usamos para hablar de esas imágenes inexplicables, que identificamos con espíritus del más allá y que aparecen durante el sueño o la vigilia, provocando normalmente pavor. Entre el abanico de vocablos que tenía el griego para hablar de ellos el más antiguo es, sin duda, ὄναρ (<i>ónar</i>), la imagen del sueño que el primer aedo griego, Homero, oponía a la realidad de la vigilia, que recibía el nombre de <i>hýpar</i> (ὕπαρ) e identificaba entre los ámbitos de dominio de Zeus, el padre de los dioses y los hombres. Desde la <i>Ilíada</i> y la <i>Odisea</i> los sueños podían tener un carácter profético o un mensaje cifrado que requería la exégesis de uno de esos intérpretes de la materia onírica, también presentes en otras tradiciones culturales antiguas.</p>
<p>Con el tiempo el sueño fue adquiriendo un carácter terapeútico. Nuestro proverbial «sueño reparador» resulta una evidencia que la ciencia moderna ha confirmado y que ni el más ignorante y zafio de los buleros 2.0 que campan a sus anchas las autopistas de la comunicación y la banalidad sería capaz de negar. El objetivo nocturno de las ocho horas de sueño se presenta como un placer, un objetivo frustrantemente inalcanzable para noctámbulos o padres en situación de crianza temprana o incluso una garantía de éxito para deportistas y pensadores de alto rendimiento. Al <i>mens sana in corpore sano </i>contribuye de manera decidida la cantidad y la calidad del sueño, y en este aspecto seguramente se basa aquella ancestral creencia del «sueño reparador» y, en consecuencia, también sanador.</p>
<div style="width:534px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/07/El-sueno-de-la-razon-produce-monstruos.jpg" alt="" width="524" height="1823"><p>«El sueño de la razón produce monstruos» (1797-1999), de Goya. © Museo del Prado (Madrid)</p></div>
<p>En la antigua Grecia surgió una tradición que documentamos con seguridad en torno al siglo III antes de nuestra era en la que el dios Asclepio, la divinidad asociada a la medicina, unía su pericia y conocimiento al sueño. Nació allí la llamada <i>enkóimesis</i> (ἐγκοίμησις) en griego,<i> incubatio </i>en latín, una práctica que consistía en que un paciente enfermo acudiera a un templo dedicado a un dios —parece que no siempre Asclepio—, pasara la noche en el santuario y recibiera en sueños la visita del dios, que le prescribiría el remedio para su dolencia o, incluso, le liberaría directamente de su mal mediante distintos procedimientos. Las «recetas» del dios a veces resultaban bastante crípticas, otras veces ingeniosas. El orador Elio Aristides (s. II) llegó a cotas de tal fervor religioso en su relación con Asclepio que ya no precisaba del espacio físico para recibir en continuas ensoñaciones la asistencia y las curas del dios. Su evidente hipocondría era mitigada de noche, cuando Asclepio se presentaba ante él.</p>
<blockquote><p>En los tiempos que corren no está de más recordar de vez en cuando todos estos rituales, sobre todo si se encaminan a la puesta en valor del reposo, del descanso y del dormir. La aceleración del estilo de vida que domina las sociedades actuales debería revertirse.</p></blockquote>
<p>Esta práctica de la <i>incubatio </i>fue tan popular en la época y estaba tan bien asentada en ciertos enclaves concretos que con la fagocitante expansión del cristianismo y la paulatina sustitución del culto politeísta grecoromano por el monoteísta, esta fue asumida sin mayores problemas y asociada con ciertos santos a partir de finales del siglo IV, una vez se contaba con la vitola de «religión oficial». Las colecciones de milagros bizantinas describen con minuciosidad este ritual sanador donde se mezclaban las creencias en la medicina celeste, que provenía directamente de la divinidad, la aplicación de la técnica medicinal desarrollada en Grecia desde hacía siglos, el enigma del magnetismo de los sueños, la fe, la voluntad y el acto de dormir.</p>
<p>Santos como Tecla, Ciro y Juan, Cosme y Damián, Menas, Demetrio o Artemio aparecían en vívidas ensoñaciones a sus fieles, como nuevos Asclepios, cristianizados acólitos de la creencia en el sueño reparador. En ese espacio inmaterial prescribían sus remedios o intervenían físicamente a los pacientes, rompiendo la barrera y la distinción homérica entre el <i>ónar</i> y el <i>hýpar</i>, el <a href="https://www.edicionesatalanta.com/catalogo/poder-del-sueno/">sueño</a> y la vida real. Su capacidad taumatúrgica era tal que conectaban ambas realidades, la corporal y la espiritual, y actuaban en salvaguarda del beneficio físico del paciente, sin perder de vista la ganancia edificante que producía en sus almas. En muchos casos, estos sueños terapéuticos marcaban la conversión de nuevos fieles, cuando no reforzaban su fe. Jugaban, sin duda, con la certeza de que el bien dormir es sinónimo de buena salud.</p>
<p>En los tiempos que corren no está de más recordar de vez en cuando todos estos rituales, sobre todo si se encaminan a la puesta en valor del reposo, del descanso y del dormir. La aceleración del estilo de vida que domina las sociedades actuales debería revertirse para reivindicar como Aristides o los hagiógrafos bizantinos la experiencia benéfica y edificante del sueño. Deberíamos dormir más, aunque solo fuera por mera curiosidad, como una suerte de experimento en busca de la conexión con lo trascedente que muchos rastrean en una vida material compuesta de paraísos baldíos y yermos. «Bienaventurados aquellos que, al cerrar los ojos, reciban la visita de un dios, porque sus cuerpos serán sanados». <i>Sogni d</i><span>’</span><i>oro</i>.</p>
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