
<h4><strong>¿Qué esconde, en su secreto seno, la ruina? Ella es, como el teatro, la esfera de la visión. A partir de <i>El uso de las ruinas </i>de Jean – Yves Jouannais; un encuentro entre ruina y teatro — a través de Ortega y Gasset, María Zambrano, Clara Janés y Anne Dufourmantelle — una defensa de esa pequeña esperanza que emana de la grieta, recubierta de misterios, y que pide de nosotros la inclinación de aquel que se dispone a creer ejercitando la mirada.</strong></h4>
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<blockquote>
<p>«Y guarda la desposada el misterio</p>
<p>en un cofre,</p>
<p>pero pierde la llave</p>
<p>y así misma en la oscuridad»</p>
<p><strong>Clara Janés.</strong></p>
</blockquote>
<p>Una ruina es un estado <i>otro.</i> Existe, en esa otredad, un secreto que la constituye, un devenir escondido. Cada cosa encarna su desmoronamiento, así como la verdad siembra sus silencios, alza sus edificios, se fragmenta y se encubre.</p>
<p>Ruina, que no desastre, aquello separado de la estrella, ¡ruina! —<i>de ruere</i>—, lo que se ha venido abajo, lo caído, cadente o de-cadente. La Historia es un viaje entre las ruinas de lo egregio. A la gracia y virtud más perfectas les llega inexorablemente la hora de su ruina. Los protorrománticos buscan las ruinas, se establecen en medio de ellas, los románticos descubren su gracia. Decía Emerson que como cada planta tiene su parásito, toda cosa en el mundo tiene su amante y su poeta. Hay, en efecto, enamorados de las ruinas y, está bien que los haya, porque lo ruinoso es uno de los dos modos de ser la realidad. Ortega y Gasset, en <i>Idea del teatro </i>(1946), habla de la ruina para hablar del hombre y con ello, de la metáfora corporizada, el teatro, edificio de visiones, lugar al que hay que ir — el teatro no acontece dentro de nosotros, como pasa con el poema — tenemos que salir de nosotros y de nuestra casa e ir, más que a oír, a <i>ver</i>.</p>
<p>Según Ortega y Gasset, es condición de toda realidad pasar por estos dos aspectos de sí misma: lo que es cuando es con plenitud o en perfección y lo que es cuando es ruina; no obstante, para él, las cosas deberían ser definidas según su «ser en forma» y no en sus modos deficientes y ruinosos. Pero, si la palabra «ser» significa la realidad, todo un lado de la realidad y todo un lado de las cosas humanas consiste en ser ruina. Entonces, ¿por qué no pensar la Historia desde la pérdida primera, los restos inconexos, silencio de nadas, silencio detrás de la máscara de bronce, tras la gran caída, después de dos días y dos noches de incendio, después de la muerte? Al fin y al cabo la Historia y las vidas, en sus vías, todavía, de expresión.</p>
<p>En el teatro, la visión acontece en ese enlace místico que se produce entre lo que se ofrece y lo que se trae, una pequeña ruina que queda, después de la palabra, después de la imagen, <i>de lo que ha sido visto y oído</i>. Tras el aplauso final se abre un silencio ruinoso, y su poso solo puede encontrarse y sentirse, aunque no quizás <i>asirse</i>, en el corazón. Esa ruina que queda requiere, quizás, de una inclinación, de una fidelidad, de un acto de fe. El espectador debe introducir su propia existencia en esa esfera de misterios, y en el encuentro, confiarse al hallazgo: una sensación que tiene que ver con el desplazamiento de tierras, con lo adivinado, con lo impronunciable. Después de eso, transformado y cabizbajo, con la vida hacia adentro, volver a casa.</p>
<blockquote><p>La ruina es el icono mismo de la gloria y de la pérdida; encarna, en la ironía de su polvo, al que duerme y al que está despierto. Anne Dufourmantelle nos dice en su <i>Defensa del secreto</i> (2015) que el secreto, el sermón y lo sagrado están vinculados a lo inefable, indefectiblemente ligados a una memoria. Las ruinas traen consigo el secreto, todo aquello que está «impedido de existir» pero que, de un modo hundido, insiste, persiste y actúa. En un juego metaliterario Jean-Yves le pide a Enrique Vila-Matas, otorgándole a este último la autoría de su libro de «retratos obsidionales», que lo envíe al país de las ruinas. Solo en el frente, encarnando, podrá traer el brillo de aquellas estrellas que podrían brillar nuevamente sobre nosotros.</p></blockquote>
<p>«Todo silencio es un hacha», escribe la poeta Clara Janés en el poema titulado «Runas»<i> </i>dentro de <i>Huellas sobre una corteza</i> (2005): «Estar aquí es callarse». Solo así, en ese estado que recuerda al «callar y obrar» de San Juan de la Cruz, o a la máxima de Blanchot: «Él pasa días y noches en silencio. Eso es la palabra» — una puede atender a ese misterio que sigue del otro lado.</p>
<p>Secreto, del latín <i>segreda/secretus:</i> «dejado de lado», «reservado». El secreto simboliza el poder sobrenatural. Pensar el secreto tiene que ver con adentrarse verdaderamente en aquello que se encuentra del lado del <i>ser.</i> El ser de las cosas acostumbra a estar dentro de la cosa concreta y singular, cubierto por ésta, oculto, latente. Necesitamos des-ocultar, y para ello, una mirada dispuesta que se entrega, serena y atenta, un <i>reposo</i>. En griego, estar cubierto, oculto, se dice <i>lathein,</i> con la misma raíz que latente. Recuerda a latir. Decimos del corazón que late, no porque pulse y se mueva, sino porque es una víscera, porque es lo oculto o lo que permanece latente dentro del cuerpo. Así, averiguar significa adverar, hacer manifiesto algo oculto, por tanto, <i>aletheia</i> es desocultar, descubrir, preguntarnos por el ser oculto de las cosas, esto es, su verdad.</p>
<p>¿Cómo atender a una verdad? ¿Cómo llegar a ella? Tal vez haciéndola, como diría María Zambrano: «Hacer una verdad, ni que sea escribiendo»<i>.</i> La ambigüedad de lo humano pide un esfuerzo por extraer lo que está entre lo indecible y lo que el hombre, nuevamente, intentará decir en defensa de su propia ruina, la del habla.</p>
<p>La sala de teatro sostiene y vela, en su arquitectura, por las revelaciones y transfiguraciones que se dan en el escenario. El telón sitia el espacio de la metamorfosis, en su alzarse nos desquita de nosotros mismos, nos conduce al <i>ver, </i>y; en su caída, nos devuelve a la agencia de nuestras vidas, evidencia que aquel es ya el espacio del recuerdo, de la abstracción. De un modo parecido, quizás, cuando un edificio cae abatido, se deshace, se desnuda. Queda o acontece, en su silencio, una nueva visión. Llega, el derrumbamiento, a su calma secreta. La sacudida desplaza el sentido y desvela algún tipo de secreto, algún tipo de nueva verdad. ¿No es ese el rastro de la perfección? La perfección, para la escritora italiana Cristina Campo, es antes que nada esa cosa perdida, pequeños lugares en ruinas batidos por los vientos, crisálidas de perenne sabiduría, iconos mínimos de inmensas ceremonias, saber durar, quietud, inmovilidad. Este aéreo y terrible peso: silencio, espera, duración.</p>
<blockquote><p>«Todo silencio es un hacha», escribe la poeta Clara Janés en el poema titulado «Runas»<i> </i>dentro de <i>Huellas sobre una corteza</i> (2005): «Estar aquí es callarse». Solo así, en ese estado que recuerda al «callar y obrar» de <a href="https://elhombreylodivino.com/san-juan-de-la-cruz-un-silencio/">San Juan de la Cruz</a>, o a la máxima de Blanchot: «Él pasa días y noches en silencio. Eso es la palabra» — una puede atender a ese misterio que sigue del otro lado.</p></blockquote>
<p>Las ruinas poseen un atractivo indudable, atractivo que ha sido utilizado como punto de partida por el crítico, periodista y escritor francés Jean-Yves Jouannais. Este toma, en <a href="https://www.acantilado.es/catalogo/el-uso-de-las-ruinas/"><i>El uso de las ruinas </i></a>(2012), una actitud propia no solo de espectador de tragedia sino más aún, de protagonista: «Un día u otro debía desvelarse el secreto / yo quiero conocer el misterio de la melancolía» — o lo que es lo mismo, el misterio de la obsesión. Jean-Yves se inserta en ciertos paisajes de la historia que comparten entre ellos <i>sus estados de ruina, </i>las trazas de algo humano vencido, los templos de la historia, eso de lo que nos habla María Zambrano en el capítulo de «Las ruinas» dentro de <i>El hombre y lo divino </i>(1991): «Toda ruina tiene algo de templo; es por lo pronto un lugar sagrado. Lugar sagrado porque encarna la ligazón inexorable de la vida con la muerte; el abatimiento de lo que el hombre orgullosamente ha edificado, vencido ya, y la supervivencia de aquello que no pudo alcanzar en la edificación: la realidad perenne de lo frustrado; la victoria del fracaso».</p>
<div style="width:589px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6596.jpg" alt="" width="579" height="547"><p>María Zambrano durante su único viaje a Grecia en la primavera de 1972.</p></div>
<p>La ruina es el icono mismo de la gloria y de la pérdida; encarna, en la ironía de su polvo, al que duerme y al que está despierto. Anne Dufourmantelle nos dice en su <i>Defensa del secreto</i> (2015) que el secreto, el sermón y lo sagrado están vinculados a lo inefable, indefectiblemente ligados a una memoria. Las ruinas traen consigo el secreto, todo aquello que está «impedido de existir» pero que, de un modo hundido, insiste, persiste y actúa. En un juego metaliterario Jean-Yves le pide a Enrique Vila-Matas, otorgándole a este último la autoría de su libro de «retratos obsidionales», que lo envíe al país de las ruinas. Solo en el frente, encarnando, podrá traer el brillo de aquellas estrellas que podrían brillar nuevamente sobre nosotros. Volver a vivir la vida de otro, padecerla, y así, en ese padecimiento, adentrarse en la actitud más humana del hombre, esto es, en su historia y más aún, en aquello que se nos escapa de ella, lo que la cerca, lo que la aguarda: su secreto. Como toda experiencia mística, es necesario sumergirse en cuerpo y alma en la opacidad: «Yo quiero vivirla, ser el punto de contacto: ser todos los personajes regalo de Enrique Vila-Matas».</p>
<p>En su capítulo acerca de las ruinas, María Zambrano nos dice que «el gesto de aquel que se inclina sobre las cosas pasadas para ponerlas bajo la luz, ante la vista de todos, es un gesto de protagonista de tragedia». Los conflictos esenciales de la tragedia tienen que ver con eso que sigue siempre pasando, soterradamente, verdad de entrañas, desgarro sin nombre: «El pasar de la historia no ha pasado del todo, puesto que solo dentro de esto que ya ha pasado, lo que veo pasar y aun lo que a mí me pasa, cobra pleno sentido».</p>
<p>En el gesto de adentrarse en el escenario de las ausencias, en el pasado cercado, Jouannais desvela una obsesión compartida, una necesidad de sitiar la propia Historia y con ello, deshacer la tragedia comprendiéndola, padeciéndola — en eso que hay, en eso que queda.</p>
<p>«De toda ruina emana algo divino, algo divino que brota de la misma entraña de la vida humana; algo que nace del propio vivir humano cuando se despliega en toda su plenitud sin que haya venido a posarse como regalo concedido de lo alto; algo ganado por haber apurado la esperanza en su extremo límite y soportado su fracaso» (Zambrano, 1991).</p>
<p>El sentido simbólico de la ruina es literal; lazos vividos que ya no poseen calor vital, pero que todavía existen, saturados de pasado y de realidad. En la ruina aparece <i>la yedra,</i> <i>el rastro,</i> y <i>el horizonte;</i> los secretos que aguardan la Historia, y en su inmovilidad: defensa, firmeza, eternidad.</p>
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