
<p><strong>SOLO EL YO ES EL SUJETO DEL SUFRIMIENTO</strong></p>
<p>Solo el yo es el sujeto del sufrimiento.</p>
<p>Y el yo es un constructo. Necesario para la vida, pero constructo.</p>
<p>Conocemos los materiales principales con los que está hecho:</p>
<p>-La identificación con el cuerpo.</p>
<p>-La identificación con la mente y sus contenidos.</p>
<p>-La identificación con la biografía.</p>
<p>Buda mostró al mundo las causas del sufrimiento: esta fue su enorme y reveladora aportación a la evolución espiritual del ser humano poniendo las bases del autoconocimiento.</p>
<p>Él los llamó “los venenos”. Los dos primeros funcionan del mismo modo. El deseo por un lado, la aversión por otro: ambos generan frustración, temor, ansiedad, sufrimiento… Ambos se proyectan o bien al futuro—los deseos—otros, al pasado—las aversiones. Un deseo es solo una pieza de una cadena, por eso, cuando un deseo se cumple aparece otro nuevo aún sin cumplir. Dado que el deseo habita en el futuro—en lo irreal pues el futuro aún no existe—la expectativa de su cumplimiento es también irreal y, cuando se alcanza, habitualmente no cumple las expectativas fantásticas imaginadas. Por eso la complacencia en su logro es mínima pues la cadena sigue y aparecerá un nuevo deseo. El fruto es frustración si no se alcanza o si no corresponde a las expectativas soñadas, o es ansiedad ante el nuevo deseo que asoma junto al temor de que no aparezca lo deseado.</p>
<p>La aversión, el rechazo, habita en las experiencias del pasado. Cuando el yo se ha visto amenazado, aparece el rechazo a aquello que le hizo daño, que no pudo controlar, que no pudo gestionar. En definitiva, el rechazo a lo que teme que aparezca de nuevo. Otra forma de ansiedad y temor.</p>
<p>El yo teme que sus deseos no se cumplan; el yo teme que lo que rechaza aparezca y le dañe.</p>
<p>Pero ese mínimo e imprescindible autoconocimiento que deberíamos tener nos verifica que, como Buda enseñó, tanto deseo como aversión solo están en la mente: en el pasado o en el futuro. En la presencia, en el presente, está únicamente la necesidad vinculada a la acción. Una acción que, sin deseo ni aversión, cada vez deberá estar más libre de objetivos. El Ser solo <em>es. </em>La acción—literalmente es lo que significa <em>karma—</em>corresponde al ser humano y, en realidad, nunca le queda otra opción que, antes o después, actuar tomando sobre sí toda la responsabilidad y libertad incluida la de no juzgarse si el propósito es limpio. Solo en la acción está la verdadera enseñanza, pues en la acción hay elección y presencia.</p>
<p>El tercer veneno, el más letal, es la ignorancia, entendida como ignorancia espiritual. Esa ignorancia aparejada al olvido de la naturaleza espiritual intrínseca al ser humano. Aparece cuando el yo olvida al Ser y no se reconoce como un mero constructo efímero y artificial. </p>
<p>Este olvido de su naturaleza imperecedera en lo Real, hace que categorice sus deseos y aversiones sin entender que son solo fruto de la cualidad reactiva que distingue y caracteriza al género humano. Deseo y aversión son reacciones a partir de las cuales precisamente se produce el constructo del yo. Parten ambas de la dualidad humana: bien y mal; lo que mi bien procura, lo que mi mal procura… es decir, esa forma dual presente en la propia vida que obliga a decidir: deseo lo que mi bien procura, rechazo lo que mi mal procura. Todo correcto hasta que aparece la mente… es decir, cuando deseo y rechazo se separan de lo orgánico, de lo natural, y la mente toma el control sobre ellos. Y esto ocurre cuando el ser humano piensa y actúa bajo la ignorancia espiritual—el olvido de Dios, el olvido del Ser—, y se hunde en esa densidad en la que pierde el recuerdo de su origen y del que debe ser su destino. Es entonces cuando su vida queda atrapada en el laberinto de los deseos y aversiones: y así aparece el infierno del sufrimiento.</p>
<p>Buda también enseñó que el dolor es inevitable pero que el sufrimiento es opcional. Nos advirtió de la tentación de convertir el dolor—el orgánico, el dolor moral, el dolor emocional y real que existe en el presente—en sufrimiento. Sobre todo, en ese sufrimiento que lleva hasta una autocompasión enfermiza y debilitadora que busca anular la responsabilidad frente a uno mismo. El dolor comienza y acaba; el sufrimiento puede no acabar nunca si se instala en la mente.</p>
<p>Y volvemos al principio: solo el yo es el sujeto del sufrimiento. La buena noticia es que un atisbo de la consciencia del Ser en la Presencia de Sí mismo—solo un mínimo atisbo es suficiente—es una poderosa herramienta para darse cuenta de la inconsistencia efímera y contingente del ese constructo que definimos como yo. Pero no conviene engañarse, el yo es imprescindible en esta vida confusa y compleja: se trata de que esté bajo la mirada del Ser.</p>
<p>Una vez al descubierto el yo, todo lo demás es más fácil: llegará un momento que él solo, poco a poco, se pondrá al servicio del Ser. De este modo, el dolor—presente en la Vida como utilísimo mecanismo de alerta—podrá aparecer mientras haya vida, pero el sufrimiento ya no tendrá cabida.</p>
<p>Dios no quiere ni nunca quiso el sufrimiento humano. </p>
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