Psicología

Centro MENADEL PSICOLOGÍA Clínica y Tradicional

Psicoterapia Clínica cognitivo-conductual (una revisión vital, herramientas para el cambio y ayuda en la toma de consciencia de los mecanismos de nuestro ego) y Tradicional (una aproximación a la Espiritualidad desde una concepción de la psicología que contempla al ser humano en su visión ternaria Tradicional: cuerpo, alma y Espíritu).

“La psicología tradicional y sagrada da por establecido que la vida es un medio hacia un fin más allá de sí misma, no que haya de ser vivida a toda costa. La psicología tradicional no se basa en la observación; es una ciencia de la experiencia subjetiva. Su verdad no es del tipo susceptible de demostración estadística; es una verdad que solo puede ser verificada por el contemplativo experto. En otras palabras, su verdad solo puede ser verificada por aquellos que adoptan el procedimiento prescrito por sus proponedores, y que se llama una ‘Vía’.” (Ananda K Coomaraswamy)

La Psicoterapia es un proceso de superación que, a través de la observación, análisis, control y transformación del pensamiento y modificación de hábitos de conducta te ayudará a vencer:

Depresión / Melancolía
Neurosis - Estrés
Ansiedad / Angustia
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Adicciones / Dependencias (Drogas, Juego, Sexo...)
Obsesiones Problemas Familiares y de Pareja e Hijos
Trastornos de Personalidad...

La Psicología no trata únicamente patologías. ¿Qué sentido tiene mi vida?: el Autoconocimiento, el desarrollo interior es una necesidad de interés creciente en una sociedad de prisas, consumo compulsivo, incertidumbre, soledad y vacío. Conocerte a Ti mismo como clave para encontrar la verdadera felicidad.

Estudio de las estructuras subyacentes de Personalidad
Técnicas de Relajación
Visualización Creativa
Concentración
Cambio de Hábitos
Desbloqueo Emocional
Exploración de la Consciencia

Desde la Psicología Cognitivo-Conductual hasta la Psicología Tradicional, adaptándonos a la naturaleza, necesidades y condiciones de nuestros pacientes desde 1992.

martes, 2 de junio de 2026

El claustro monástico como espacio simbólico


<h4>El claustro monástico es un espacio donde la revelación bíblica, los textos litúrgicos y la regla monástica confieren a la arquitectura una forma y un sentido perfectos para que el monje encuentre en él una imagen-modelo para su situación existencial. Este jardín sagrado, verdadero microcosmos, aparece así como reflejo material del Paraíso perdido y anticipo de la Jerusalén Celestial</h4> <p><span></span></p> <p>Quienquiera que hoy acceda a un claustro monástico siente que se adentra en un lugar especial. Muy insensible debiera ser el alma de aquel que, una vez dentro de ese jardín envuelto por galerías de piedra, no perciba que se ha operado un cambio de realidad a su derredor y también, quizá, en su interior.</p> <p>Hay que reconocer, sin embargo, que cada vez más estos espacios devienen escenarios de fondo para el turismo que no busca conocer enclaves sagrados sino satisfacer las necesidades de sus redes sociales. Esto ocurre especialmente en las grandes catedrales. Sin embargo, conviene recordar que el claustro catedralicio siempre ha tenido una vocación de apertura, tránsito y congregación. En este sentido el murmullo de una conversación, alguna risa lejana y cierta ociosidad en paralelo al recogimiento y a la oración del pueblo es algo que convive con normalidad desde el principio. Lo que hoy vemos, sin embargo, es probablemente un exceso propio de nuestros tiempos.</p> <p>Con todo, el caso del claustro de la catedral no es equiparable al monástico, pues si la catedral es la casa de todos, el monasterio lo es únicamente del <i>monăchus: </i>«aquel que vive solo».<i> </i>Y esto, que puede parecer una contradicción, ya que los monasterios son espacios de vida comunitaria, resulta en verdad una interesante cuestión simbólica.</p> <p>Y es que monje es una paradoja. De hecho, todo el cristianismo lo es. En efecto, aunque originalmente la palabra <i>monăchus</i> se usaba para describir a una persona que vivía en completa soledad —como un ermitaño—, con el paso de los siglos un monje es alguien que pertenece a una orden religiosa y que vive en comunidad dentro de un monasterio, por lo que ya no está físicamente solo, sino acompañado de otros religiosos. ¿Por qué se mantuvo el nombre entonces? ¿Qué sentido tiene?</p> <p>Quizá el monje, en su clausura, busca dejar de vivir fragmentado, tal y como vive el ser humano «en el mundo exterior», dividido por sus pasiones, distracciones y deseos mundanos. ¿Es el monje <i>mónos</i> porque busca la unificación de su propio ser? Nos inclinamos a pensar así, puesto que su objetivo es alcanzar un corazón indiviso, donde la mente, el cuerpo y el espíritu estén totalmente integrados y volcados en Dios, que es la única realidad.</p> <p>Esta interpretación tiene todo el sentido desde la perspectiva del monacato tardo-antiguo, que acuñó el concepto de «soledad compartida» o «soledad habitada». En el monasterio los monjes no están agrupados por razones sociales o económicas, sino porque comparten una misma sed de silencio. La comunidad existe precisamente para proteger y facilitar el aislamiento individual de cada miembro respecto del mundo exterior. Conviven físicamente en paz con otros hermanos, pero el corazón de cada uno permanece a solas en su diálogo constante con Dios, esto es, con el verdadero <i>monăchus</i>, con el verdadero «Único». Tal es otra traducción para la raíz griega <i>mónos</i>: «uno solo».</p> <p>Ciertamente, los monjes viven solos en esa unidad y están<span>  </span>encerrados. No en vano, «claustro» quiere decir «espacio cerrado», lo cual vuelve a ser otra aparente contradicción puesto que, si bien las galerías de un claustro están cerradas sobre sí mismas, lo cierto es que este elemento arquitectónico presenta a su vez una abertura enorme, total de hecho, en relación con su verticalidad. Diremos, por esto, que el monje vive cerrado horizontalmente, es decir, clausurado respecto al mundo de aquí abajo; pero a la vez se encuentra totalmente abierto respecto al mundo celestial, el cual es lo único que puede ver desde su clausura. Colóquese el paseante en el centro de un claustro y levante la cabeza. Solo hay cielo, nada más. Cielo abierto que cubre el jardín cerrado que conecta las estancias del monasterio, del hogar de quien busca ser uno con <a href="https://elhombreylodivino.com/hierofanias/">Dios.</a></p> <p>Esto que hemos dicho tiene un nexo poético-ritual, aunque asombre, con el corte de pelo que los monjes han llevado hasta las reformas litúrgicas acaecidas a la luz —y a la sombra— del Concilio Vaticano II (1962–1965). La tonsura —así se llama esta forma de cortar el pelo que dejaba al descubierto la coronilla del monje como si este llevase un anillo craneal— es un elemento simbólico de primer orden. En primer lugar porque simbolizaba la corona de espinas que portó el Señor durante su Pasión. En segundo lugar, porque es una imagen en miniatura del claustro. Sí, el monje lleva la clausura sobre su cabeza: abierta al cielo y cerrada por ese pelo-muro-corona que rodea su cráneo. Dicho de otro modo: el claustro es una manera sensible de cómo el monje vive su religiosidad: cerrado a la oscuridad del mundo y abierto a la luz del cielo. El religioso deviene entonces un claustro viviente, esto es, un jardín cerrado que deambula por otro jardín cuya imagen reconoce en su propia vida.</p> <blockquote><p>Quizá el monje, en su clausura, busca dejar de vivir fragmentado, tal y como vive el ser humano «en el mundo exterior», dividido por sus pasiones, distracciones y deseos mundanos. ¿Es el monje <i>mónos</i> porque busca la unificación de su propio ser? Nos inclinamos a pensar así, puesto que su objetivo es alcanzar un corazón indiviso, donde la mente, el cuerpo y el espíritu estén totalmente integrados y volcados en Dios, que es la única realidad.</p></blockquote> <p>El eminente teólogo y monje benedictino Beda el Venerable (siglo VIII), al defender la tonsura circular frente a otras formas, argumentaba que este corte dejaba la mente «descubierta ante la luz divina». Cortar el cabello de la coronilla significaba, según este religioso, retirar los «techos» de la vanidad humana para que el alma estuviera, tal como el patio de un claustro, expuesta constantemente al rocío, a la lluvia y a los rayos del Sol, esto es, a las gracias, las bendiciones y la mirada de Dios (<i>Historia eclesiástica del pueblo de los anglos</i>, V, 21).</p> <p>Este modo de concebir el espacio claustral se engarza con otras lecturas que, solidarias con las que ya hemos expuesto, confieren una dimensión aún más mística a este espacio monástico. Si bien la semilla de esa exégesis se encuentra en los Padres de la Iglesia, será en la Baja Edad Media cuando se desarrolle plenamente todo ese simbolismo.</p> <p>Una de las figuras más importantes para la exégesis de las formas de la arquitectura sagrada fue Honorio de Autun (c. 1080–1153). En su obra <i>De Gemma Animae</i> (1130), presenta una serie de imágenes que conectan con el sentido simbólico del claustro.</p> <div style="width:615px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/06/Rios-Paraiso-300x194.webp" alt="" width="605" height="348"><p>«La Nueva Jerusalén», Beatus de Facundo, 1047. Madrid, Biblioteca Nacional, Ms Vit.14.2, f. 253v.</p></div> <p>En la primera de esas imágenes el teólogo ofrece una legitimación bíblica de este espacio: la edificación del claustro junto al monasterio tendría su origen en la construcción del Pórtico de Salomón junto al Templo de Jerusalén. Después, haciéndose eco de un pasaje del Nuevo Testamento (Hech 4,32), Honorio afirma que todos los apóstoles se reunieron allí con un solo corazón y una sola alma teniendo todas las cosas en común. Aquí el teólogo plantea el tema de la <i>vita apostolica</i>, de la cual las comunidades monásticas serían herederas naturales. Ciertamente, los monjes también tienen todas las cosas en común y se reúnen en un «pórtico» junto a su propia casa de culto.</p> <p>Honorio, después, hace evidente el nexo entre el jardín monástico y el Paraíso terrenal, cuya fuente de cuatro ríos es imagen de la pila bautismal. Esta, a su vez, está vinculada con el Árbol de la Vida, que ocuparía el lugar axial. Los diversos árboles frutales que crecen en el claustro son los libros de la Sagrada Escritura, alimento nutricio que el monje necesita. Por otro lado, el carácter cerrado del claustro es una imagen del cielo: así como los bienaventurados están separados de los pecadores, quienes han elegido la vida religiosa están separados de los mundanos.</p> <blockquote><p>Diremos, por esto, que el monje vive cerrado horizontalmente, es decir, clausurado respecto al mundo de aquí abajo; pero a la vez se encuentra totalmente abierto respecto al mundo celestial, el cual es lo único que puede ver desde su clausura. Colóquese el paseante en el centro de un claustro y levante la cabeza. Solo hay cielo, nada más. Cielo abierto que cubre el jardín cerrado que conecta las estancias del monasterio, del hogar de quien busca ser uno con Dios.</p></blockquote> <p>Por su parte, Hugo de Fouilloy (c. 1100–1173), monje benedictino y teólogo francés, escribió uno de los tratados más importantes para comprender los distintos niveles de interpretación de los claustros monásticos: <i>De Claustro Animae</i>, en cuyo libro cuarto encontramos otra de las grandes claves simbólicas del tema que nos ocupa: la Jerusalén Celestial, la cual se presenta como modelo sobrenatural del claustro terrenal. La influencia de este modelo es tal que, en algunas ocasiones, la pura y literal materialidad de los claustros románicos evoca el arquetipo arquitectónico-espiritual contemplado por Juan en Patmos. Tal es el caso del claustro del <a href="https://visit.santcugat.cat/es/monasterio-de-sant-cugat/">Monasterio de Sant Cugat</a>, que está sostenido por 144 columnas, emulando así el número de codos de altura de los muros de la Jerusalén Celestial. Esto implica que, aunque sea virtualmente, el monje vive ya en la morada de los bienaventurados.</p> <p>Hugo de Fouilloy afirma, además, que la construcción del claustro y su estructura se fundamentan en la observación del alma humana: sus cuatro galerías están dedicadas a la contemplación de uno mismo, la contemplación del mundo exterior, el amor a Dios y el amor al prójimo.</p> <p>¿Qué pensar entonces de los capiteles figurados que pueblan estas cuatro galerías? En efecto, son imágenes que hablan de amor y meditación sobre dimensiones diversas de la realidad; iconografías al servicio de la reflexión monástica que glosan y enriquecen la propia estructura de este enclave sagrado que es recuerdo del Paraíso perdido, actualización del pórtico que reunía a los apóstoles y promesa del mundo regenerado en el fin de los tiempos.</p> <p><a href="https://elhombreylodivino.com/el-claustro-monastico-como-espacio-simbolico/" target="_blank">- Enlace a artículo -</a></p> <p>Más info en https://ift.tt/dD94kig / Tfno. & WA 607725547 Centro MENADEL (Frasco Martín) Psicología Clínica y Tradicional en Mijas. #Menadel #Psicología #Clínica #Tradicional #MijasPueblo</p> <p>*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí compartidos. No todo es lo que parece.</p>

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