
<h4><i>El pensamiento de Hannah Arendt y de María Zambrano no habría llegado a ser lo que fue sin el exilio. Les hubiese faltado espacio para estirarse más allá de las fronteras. El exilio se convirtió en el albergue desde el cual les fue posible ejercitar un acto reflexivo muy personal, del más allá, tan propio del pensamiento nómada que va a contracorriente sin temor a las barandillas con las que se cruza en la sinuosa senda de quien no está dispuesta a volver al mismo lugar del que partió.</i></h4>
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<p>La localidad catalana de Portbou es uno de esos lugares de la memoria de los que habla el historiador francés Pierre Nora por su carácter limítrofe que la convierte en lugar de paso forzado al exilio. También, cómo no, es famosa por el suicidio del pensador alemán Walter Benjamin. Portbou, convertida ya para siempre en un obelisco, en una tumba-corredor directa al mar, es el punto cardinal, que no cordial, de la memoria irredenta. Un enclave más, de la infamia del exilio.</p>
<p><span>En 1940, Hannah Arendt sube la escarpada cuesta que conduce al cementerio de Portbou y ensaya desde allí una</span><span> de sus míticas miradas telescópicas aguantando el dolor por la pérdida del querido amigo, el buceador de perlas: «El cementerio da a la bahía, directamente sobre el Mediterráneo, está tallado en la piedra y se desliza en el acantilado. Es uno de los lugares más fantásticos y más bellos que he visto en mi vida». La belleza, una vez más, haciendo soportable, con un leve gesto, la faz más grotesca de la realidad. </span></p>
<p><span>Un año antes, el 27 de enero de 1939, María Zambrano salía de una Barcelona capitulada junto a su madre Araceli Alarcón, su hermana, sus primos José y Rafael Tomeo y Rosa, la criada, por La Junquera, otra de esas puertas improvisadas que se abrieron a pedradas para crear desiertos imaginarios en los aledaños de la Patria. </span><span>Por rutas distintas, aunque paralelas en numerosos momentos, las dos pensadoras recorrerán los lugares de memoria del exilio desarrollando </span><span>un saber de experiencia transversal, una “ética en marcha” que configura una forma muy particular de ser y de estar en el mundo. En el caso de ellas, se trata además de una etopoética, un “ir haciéndose a sí mismo” en el proceso de creación desde el desarraigo. </span><span>El gran acontecimiento del exilio tiene lugar en aquellos casos afortunados en los que la persona, deteniendo la búsqueda y el paso, comprende y acepta su única pertenencia original a una ciudadanía universal y suprahistórica. </span></p>
<p>Gran parte de la obra de Zambrano y de Arendt se articula a modo de una propedéutica del exilio; un intento por encontrar el mejor modo de llegar a lo que ellas concibieron como “el exilio logrado” que es aquel que, pese al sinsentido primero, adquiere un sentido final, se hace con-sentido. Podría hablarse así de un pensamiento trimembre: sobre el exilio, en el exilio y exiliado él mismo de escuelas, de maestros y del canon. Zambrano dirá a este respecto que ama su exilio porque hay algo en él de trascendencia y de adquisición de un conocimiento que permanece vedado al que demora en la casa materna. Hay que desenraizarse para que acontezca la revelación de los claros del bosque.</p>
<blockquote><p>Con su hacer en el exilio, fueron un ejemplo vivo de un intento de creación de un mundo mejor. En sus microcosmos particulares <span>⎯</span>Arendt en su apartamento situado en la 370 Riverside Drive y Zambrano en sus múltiples moradas del exilio<span>⎯</span>, ambas se convirtieron en dos “Sherezades” rodeadas de aquella estupenda república de amigos con los que compartieron ideas.</p></blockquote>
<p>De igual manera, la conciencia política para Arendt solo adquiere su real dimensión en el lugar marginal que ocupa el refugiado judío transformado ya en la figura arquetípica del paria lúcido. Este exilio, que en un inicio cobra la forma de un desgarro forzado, con el paso del tiempo se irá convirtiendo en un hábito, en una forma de estar y de comprenderse frente al mundo. La obligación originaria de “dejar de ser” se transmuta en una posibilidad de emancipación, en una suerte de conversión hacia aquello que estamos destinados a ser. De manera sorprendentemente similar, para ambas pensadoras, el ser en desarraigo se convierte en el paradigma de la verdadera condición humana. Su simbólica “desnudez” sirve de reflejo invertido de lo que es, y de lo que debería ser, la vida auténtica de la persona. Zambrano habla de “un espejo justiciero” en el que el ciudadano de una determinada nación puede comprobar la propia inautenticidad de su existencia. También Arendt, en su fantástico artículo “Nosotros los refugiados”, privilegia la figura del judío refugiado como vanguardia de la humanidad. La situación marginal y la falta de raíces hacen del exiliado un agente consciente capaz de calibrar la realidad con mayor rigor, sin caer en espejismos ni en subjetividades. En este sentido, Arendt y Zambrano desarrollan toda una teoría de la extraterritorialidad en la que el habitante de los márgenes resulta imprescindible para la configuración de la <i>polis</i>. Son esas existencias periféricas, aquellos habitantes de las fisuras del sistema los protagonistas de sus obras: los idiotas, los locos, los parias, los exiliados, los poetas…</p>
<div style="width:441px;"><img src="https://elhombreylodivino.com/wp-content/uploads/2026/08/FullSizeRender.jpeg" alt="" width="431" height="496"><p>Tumba de Walter Benjamin en Portbou.</p></div>
<p>También aquí, en el lugar sin lugar, ambas pudieron tomarse ciertas licencias, haciendo uso de saberes tan antifilosóficos como son la poesía, los sueños, la imaginación creadora y la mística, para llegar a eso que ellas estimaron: la unión sin escisiones del pensamiento con la vida o, lo que es lo mismo, una vida que es puro pensamiento. Zambrano, en “Ortega y Gasset, filósofo español”, confiesa que dejó tras de sí los apuntes del maestro, llevándose tan solo la <i>Ética</i> de Spinoza, otro desterrado de la filosofía, un gesto bastante clarividente de lo que va a ser esa razón poética tan inclasificable. También Arendt parte al destierro tan solo con una carpeta en la que guarda sus poemas, sus diarios, aquel relato autobiográfico tan inquietante titulado <i>Sombras</i> y la primera parte de la biografía de Rahel Varnhagen. En el exiguo equipaje del exilio solo tiene cabida la propia obra.</p>
<p>Por definición, la experiencia del exilio es un estado de “éx-tasis”, de salir “fuera de sí”. El destino ansiado es, pues, el lugar en el que habita el desconocido. Así lo entendieron también ellas desarrollando una continua dialéctica del huésped y del anfitrión en sus obras. Lo sorprendente en ambos casos, sin embargo, es que el huésped acaba convirtiéndose en el protagonista absoluto. Un ejemplo estelar de esta inversión salvífica y restauradora por la cual el desterrado pasa de víctima a agente propiciatorio, lo encontramos en el bello<span> relato de Zambrano titulado “El huésped”. En él, cobra protagonismo la figura de un extranjero que llega a una casa portando un regalo, una prenda, una promesa inesperada. Lo esencial aquí es que no viene a recibir, sino a dar. Esta restitución fundamental no sería posible sin la articulación del concepto de <i>amor mundi</i> en Arendt y el de la piedad en Zambrano, ya que ambas filosofías proponen un saber tratar con la otredad no desde la alerta, sino desde la apertura incondicional. En este sentido, el exilio no es el lugar del aislamiento, sino de encuentro, con el otro y con uno mismo.</span></p>
<blockquote><p>Gran parte de la obra de Zambrano y de Arendt se articula a modo de una propedéutica del exilio; un intento por encontrar el mejor modo de llegar a lo que ellas concibieron como “el exilio logrado” que es aquel que, pese al sinsentido primero, adquiere un sentido final, se hace con-sentido.</p></blockquote>
<p>Con su hacer en el exilio, fueron un ejemplo vivo de un intento de creación de un mundo mejor. En sus microcosmos particulares <span>⎯</span><a href="https://www.planetadelibros.com/autor/hannah-arendt/000004452">Arendt</a> en su apartamento situado en la 370 Riverside Drive y <a href="https://elhombreylodivino.com/job-la-ultima-palabra-de-el-hombre-y-lo-divino/">Zambrano</a> en sus múltiples moradas del exilio<span>⎯</span>, ambas se convirtieron en dos “Sherezades” rodeadas de aquella estupenda república de amigos con los que compartieron ideas y empezaron a poner las bases de un nuevo espacio de convivencia. Hans Jonas dijo en el funeral de su amiga Arendt que el mundo se había convertido en un lugar más frío al perder la calidez de semejante “genio de la amistad”. También los que conocieron a Zambrano compartieron ese sentimiento de orfandad que dejó la Diotima veleña a su muerte. El poeta Javier Sánchez Menéndez lo expresa así: “María Zambrano fue un ángel, un ángel que nos dejó una lámpara que siempre está encendida”. No sabemos si fue un “ángel”, de lo que sí estamos seguras es que una de esas “genias”, que dejan una estela inextinguible tras de sí.</p>
<p>No hay que olvidar, sin embargo, que ninguna de ellas quisieron hacer una “loa del exilio”. Ambas sintieron en la propia piel que el exilio es la negación, la carencia absoluta de todo lo primordial, una herida incurable. La lección del exilio se le plantea entonces desde la sociedad de acogida; es ella la que tiene que estar a la altura de las circunstancias aceptardo el cambio y la diferencia como una posibilidad de mejora y de enriquecimiento. Dice Ernst Bloch que el exilio es una especie de paraíso, un lugar en donde brillan los recuerdos de la infancia y en el que, sin<span> embargo, nunca antes hemos estado. Hacia allí deben encaminarse los pasos de la sociedad del por-venir.</span></p>
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